Los peligros del elogio
Proliferan un tipo de elogios públicos que en realidad constituyen una forma apenas disimulada de autoelogio por parte de quien los formula


“El elogio debilita”, gusta de repetir el exitoso actual entrenador del PSG, el asturiano Luis Enrique, uno de los personajes públicos que, por cierto, mayor sensación de estar pagado de sí mismo transmite. Pero, contradicciones personales aparte, tal vez la afirmación contenga un punto de verdad, siempre que introduzcamos en ella un pequeño matiz, y la dejemos en que el elogio, más que debilitar, confunde. No solo al que lo recibe sino también, convendría añadir, al que lo emite.
Sirva como ilustración este ejemplo, sacado de la realidad inmediata. No es raro que, con ocasión de la noticia del fallecimiento de un cantante o de un compositor, o de la gira de despedida de los escenarios de un artista o de un grupo, proliferen un tipo de elogios públicos, dedicados en apariencia al que se va, pero que en realidad constituyen una forma apenas disimulada de autoelogio por parte de quien los formula (del tipo: “tan sensible soy que todavía se me hace un nudo en la garganta escuchando sus canciones”, o confidencias presuntamente íntimas de parecido tenor). Sin ir más lejos, el concierto de despedida de Joaquín Sabina en Madrid a finales del pasado mes de noviembre ofreció una abundante muestra de ello, con buena parte de los asistentes haciendo ostentación de su emoción mirando a la cámara de TVE que transmitía el evento desde la platea.
Otra dimensión de la misma confusión viene representada por la tendencia a atribuirle a un autor todos los rasgos de sus productos, dando por descontado que quien es capaz, pongamos por caso, de cantar con hondura y sensibilidad solo puede ser, él mismo, hondo y sensible. A este respecto, una de las primeras decepciones del joven intelectual, cualquiera que sea el ámbito en el que aspire a desempeñarse, es la que le provoca el conocimiento personal directo de ese autor o autora cuyos productos tanto admiraba hasta el momento. Porque es frecuente que la persona admirada no se adorne en absoluto con los rasgos que caracterizaban a sus obras.
No resulta ajena a esta confusión del emisor del elogio la que en paralelo a menudo experimenta su destinatario. En muchas ocasiones, en efecto, el creador, con el argumento de ir modulando una voz propia, acaba por quedarse a vivir en el personaje que él mismo había construido, especialmente si este tiene una favorable acogida entre el público. Y a la vista está que hay un amplio muestrario de personajes de gran aceptación en el mercado entre los que escoger: canallita romántico, empoderada de una pieza, rojo melancólico, rebelde utópico… Seguro que sin dificultad encuentran ustedes para cada una de estas figuras el famoso o famosa correspondiente.
Yerra el artista ensoberbecido que cree merecerse personalmente los mismos elogios que merecen sus obras
Más ajustado sería a este respecto adoptar una actitud (y perdón por el palabro que viene) hermenéutico-pragmática. El rasgo pragmático vendría definido por lo recién apuntado, y se sustanciaría en la siguiente indicación. De lo que se trata siempre, a la hora de valorar cualquier producto intelectual, es de atender a la realidad de lo hecho y no a las intenciones del autor, intangible al que con demasiada frecuencia muchos se aferran y que desemboca en un auténtico callejón sin salida (¿cómo valorar entonces a aquel remoto clásico de cuya peripecia personal nada sabemos?). Sin duda, no resulta fácil mantener esta actitud en una época en la que con frecuencia los creadores pueden llegar a constituirse en auténticas estrellas del espectáculo cultural, con lo que es grande la tentación de proyectar la calidad del producto sobre el autor, especialmente cuando se trata de cubrirle de elogios.
Olvidan o ignoran todas estas confusiones algo sobre lo que nos advirtió la perspectiva hermenéutica, a saber, la autonomía de la obra. En el caso de los textos se trata de un producto verbal, que en cierto modo va desprendiendo toda la riqueza de los significados que contiene a medida que entra en diálogo con diferentes lectores de diferentes épocas y lugares, que le instan a decir lo que todavía no había dicho (“un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir”, afirmaba Italo Calvino), a base de colocar la luz de unas nuevas preguntas sobre aspectos antes nunca iluminados. O, por plantear lo mismo de manera algo más rotunda: se puede sostener, con escaso temor a equivocarse, que la principal recomendación de la filosofía hermenéutica es la de que la instancia a la que deberíamos prestar menor atención es la del autor. Al respecto, me vuelven a la cabeza las palabras de Eduardo Chillida en una entrevista televisiva, realizada en la cocina de su viejo caserío, al ser preguntado por el significado de sus esculturas. Señalando a una que tenía a su espalda, encima de una atrotinada nevera, afirmó sin volverse a mirarla: “Ella sabe más que yo”.
De ahí que yerre el artista ensoberbecido que cree merecerse personalmente los mismos elogios que merecen sus obras, convencido como está de que ellas constituyen una fiel y precisa radiografía de su propia alma. Este tipo de figura constituye el pan de cada día en el espacio público. Casi tanto como lo constituyen esos nuevos inquisidores que siguen el camino inverso y dan por descontado que los comportamientos privados reprobables que haya podido tener un creador se proyectan —consigna lo personal es político mediante— sobre su obra, derramando sobre ella toda la negatividad individual de quien la creó, y haciéndola acreedora de una cancelación radical. Como si de las obras debiera predicarse una variante del dictum evangélico, que bien podría quedar formulada así: por sus autores las conoceréis.
Manuel Cruz es catedrático de Filosofía y expresidente del Senado. Autor del libro Resabiados y resentidos. El eclipse de las ilusiones en el mundo actual (Galaxia Gutenberg, 2025).
Tu suscripción se está usando en otro dispositivo
¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?
Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.
FlechaTu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.
Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.
¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.
En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.
Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.




























































