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‘La casa en llamas’: los misterios de la cotidianidad

Las claves de los relatos de Ann Beattie son la fatalidad y el amor que ha fingido acabarse pero solo ha cambiado de forma

Ann Beattie
La escritora estadounidense Ann Beattie, en París en 2016.Ulf Andersen (Getty Images)

La confortablemente adictiva, jugosa y sensual y sensorialmente documental —casi videográfica— literatura de Ann Beattie (Washington DC, 74 años) abre mundos dentro del mundo con aspecto de escenas sin importancia que resultan, en realidad, trascendentales en las vidas de sus múltiples personajes. Tiende a haber en todos sus relatos —y, en especial, en todos los reunidos en la colección que nos ocupa, en la que se puede viajar en el tiempo a través de su obra, desde 1979 hasta 2006— parejas que han dejado de serlo y se reúnen en casa de amigos comunes, o simplemente, en casa del otro, cuando ese otro ya tiene una nueva pareja, y charlan y se miran y se interrumpen y se recuerdan y destruyen y reconstruyen lo que son y lo que fueron en un juego de espejos rotos en el que el yo muta por dentro y por fuera, a golpe de líneas de diálogo brillantes.

Porque sí, en cada relato de Beattie late el espíritu de su canónica Postales de invierno (1976), aquella primera novela que inventó la conversación telefónica —dolorosa y existencial— para la literatura cultísimamente cool. Tao Lin confesó que su alt lit no habría existido sin ella, y tampoco lo habría hecho ningún clásico emo encantadoramente autodestructivo de los noventa, empezando por los que firmó Douglas Coupland. Aquí, hay llamadas telefónicas —un pequeño festín tras otro— y encuentros en la cocina, en el jardín trasero, por la noche, con una copa en la mano, o demasiadas encima, y se atan cabos sueltos con el dibujo de una intimidad aparentemente casual que se abisma en esas casas que parecen existir fuera del tiempo y en las que los relojes están dos minutos atrasados o cinco adelantados (como ocurre en Hora de Greenwich).

Como Joy Williams, Lorrie Moore y Lydia Davis, la no menos celebrada Beattie —que tiene un Pen Award a la Excelencia de sus Relatos, y a la que comparan, con razón, con J. D. Salinger, por su apabullante minimalismo de cámara— se sitúa en algún lugar a los márgenes de aquello que se tenía por epicentro en los setenta —cierta reinvención de un nuevo costumbrismo, un hiperrealismo pop con raíces en universos propios y salvajes—, y completa el rompecabezas con lo que hace única su narrativa: el punto de vista que observa, no como lo haría una videocámara, sino como lo haría la cinta resultante de la grabación en cuestión. “No soy una cámara, sino un reproductor de cintas de vídeo”, ha dicho en alguna ocasión la propia Beattie respecto a lo que hace, y da en el clavo al incluir el pasado —la reproducción de lo que fue— en el vibrante presente de sus personajes.

Beattie dice de sus personajes que son pequeños misterios que van creciendo y convirtiéndose en verdaderos acertijos, acertijos irresolubles, a medida que avanza la acción

Toda una maestra en construir momentos que se desplazan hacia el pasado y que no pueden evitar fantasear con un futuro que nunca será —la fatalidad es la clave de toda relación sentimental en cualquiera de sus historias, pero también el amor que ha fingido acabarse pero solo ha cambiado de forma—, Beattie dice de sus personajes —casi siempre artistas, despreocupados boomers, profesionales liberales de vida solucionada en lo material— que son pequeños misterios que van creciendo y convirtiéndose en verdaderos acertijos, acertijos irresolubles, a medida que avanza la acción. Y así es.

Dice Beattie que le gusta pensar que todos somos cajas de sorpresas. Que siempre podemos sorprender con las respuestas que damos a cualquier cosa que nos pregunten. Y que así es como construye a sus personajes. Dejando que la sorprendan. Por eso cada relato de esta antología es una pequeña aventura, un laberinto de peculiares y aparentemente banales (y profundísimas, en realidad) batallas dialécticas.

Portada de 'La casa en llamas', de Ann Beattie.

La casa en llamas

Autora: Ann Beattie.


Traducción: Virginia Higa.


Editorial: Chai Editora, 2022.


Formato: tapa blanda (248 páginas, 19,50 euros) y e-book (euros).

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Sobre la firma

Laura Fernández
Laura Fernández es escritora. Su última novela, 'La señora Potter no es exactamente Santa Claus' (Random House), mereció, entre otros, el Ojo Crítico de Narrativa y el Premio Finestres 2021. Es también periodista y crítica literaria y musical, y una apasionada entrevistadora de escritores y analista de series de televisión.

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