Los quinquis y macarras, al otro lado del mito

Dos nuevos ensayos se adentran en la subcultura callejera surgida de sistemas ideológicos y económicos que fueron creados por la dictadura

Una escena de 'Perros callejeros' (1977), de José Antonio de la Loma, en el paseo de Gràcia de Barcelona.
Una escena de 'Perros callejeros' (1977), de José Antonio de la Loma, en el paseo de Gràcia de Barcelona.Entertainment Pictures / Entertainment Pictures / ContactoPhoto (Entertainment Pictures / Entertainment Pictures / ContactoPhoto)

En invierno hacían hogueras y cantaban en torno a ellas. Rafael y Raimundo Amador eran unos chavales que tocaban la guitarra en el barrio marginal de las Tres Mil Viviendas de Sevilla y después pasaban el platillo. Se lo cuenta a Iñaki Domínguez un gitano que, en 1971, con ocho años, se instaló allí con su familia, y así puede leerse en el trabajo de campo que es Macarras ibéricos. Cuando en 1977 Raimundo cumplía los 18 y Rafael los 17, se encerraron en el estudio con Kiko Veneno y, bajo la batuta del productor genial Ricardo Pachón, grabaron la catedral del rock español que es Veneno. En el centro del disco, ‘Los delincuentes’. Sigue emocionando la intensidad con la que las imágenes sucias de la barriada adquieren una dimensión lírica, alucinada, gracias a la cascada imaginativa de los versos y la intensificación de esa atmósfera con el rasgueo de las guitarras. Los delincuentes son pobres, roban coches y se buscan problemas. Podrían ser personajes del estudio que firma Iñigo López Simón, centrado en el establecimiento de conexiones entre la planificación franquista de los barrios construidos para acabar con el chabolismo y la creación de las condiciones para la delincuencia.

La hipótesis no es original, pero López Simón la sustanció con datos. Ya entonces se sospechaba que la creación de identidad grupal en ese urbanismo reforzaba la sensación de marginalidad en contraste con la vida en los centros de las capitales. El potentísimo arranque del filme Perros callejeros, también de 1977, lo ejemplifica. Durante los primeros segundos, la cámara se pasea por el cruce del paseo de Gràcia con Consell de Cent en Barcelona. Muestra las fachadas de las casas modernistas impulsadas por la burguesía, cuando, de repente, por un segundo, se ven esas barriadas del extrarradio que parecen colmenas en medio de la nada. Las ciudades tienen problemas, dice la voz en off, y el primero que menciona, en otro cambio de plano y regreso al suburbio, es la delincuencia juvenil. “Miles de coches robados y estrellados, asaltos a tiendas, robos de armas, atracos a tiendas, gasolineras, parkings, incluso a bancos”, detalla. Pronuncia el nombre de tres quinquis muertos y sigue: “El problema está ahí, existe y no podemos volverle la espalda”. Fin de secuencia con plano general de Barcelona desde Collserola: “En el fondo todos somos culpables y a todos nos toca hacer algo por remediarlo, levantando el brazo de la justicia, desde luego, pero sin olvidar la caridad, las posibilidades de redención de esos muchachos”.

Con el consumo de droga, en especial de la heroína, aumentó la delincuencia desde finales de los setenta, creándose un cierto pánico social desde los medios

Podrían ser palabras de un prólogo moralista para presentar Los olvidados. Ante cierta mitificación actual del quinqui, ante la tentación del revival naíf que glorifica la miseria, este estudio sociológico tiene la virtud de intentar comprender un fenómeno urbano que se vivía en diversas ciudades de Occidente. Pero aquí, en España, intensificado por lógicas ideológicas y económicas creadas por la dictadura. Este historiador señala el proceso de despersonalización que va del campo a la inmigración a la chabola y de la chabola al barrio de nueva creación donde uno puede alojarse, pero apenas puede vivir. La principal aportación del libro es el análisis de la documentación oficial sobre esas viviendas y esas barriadas, básicamente centrada en los casos de Otxarkoaga, en Bilbao, y San Blas, en Madrid. En un informe oficial, al cabo de un año de haber entregado pisos de nueva construcción, constaba que había más de un desperfecto por vivienda. Humedades, baños defectuosos, cocinas inservibles, ventanas rotas, imposibilidad de hacer uso del agua caliente… Y, para completar el cuadro, la falta de plazas escolares en esos barrios era clamorosa. En pisos de mierda, sin colegios, entre la pobreza y lejos de la ciudad, uno podía cantar con Kiko Veneno “me junto con toda clase de delincuentes”. Se crean las bandas.

En 1965, cuando con 16 años S. E. Hinton empezaba a escribir la novela de bandas The Outsiders, que se desarrolla en la ciudad de Tucson, aquí la Fiscalía General del Estado mencionó por primera vez el aumento de la delincuencia juvenil. A finales de la década ya se describía cuáles eran los tipos de delito: el robo de vehículos (en 1969, entre el Seat 600 y el 800, 4.354 vehículos), el tirón y atracos a establecimientos. Como evidencian los datos que se sistematizan, con el consumo de droga, en especial de la heroína, aumentó la delincuencia desde finales de los setenta, creándose un cierto pánico social desde los medios y, al mismo tiempo, una cierta identidad grupal singularizada por el uso del argot y una vestimenta determinada y sobre todo capturada por el cine de los quinquis. Algunos de los nombres paradigmáticos de ese momento —Vaquilla, Torete, Kung Fu o el Pera, entre otros— tienen su breve biografía en el último capítulo del libro.

Algunas de esas figuras epocales reaparecen en Macarras ibéricos. El abanico de testimonios que sistematiza Iñaki Domínguez entronca con su anterior Macarras interseculares, pero, si el primero estaba más próximo a nosotros, este se centra en el momento de los quinquis: los años de la Transición. “Con los movimientos políticos, con las manifestaciones en las fábricas, con el paro galopante, con la crisis del petróleo, con las matanzas de ETA…, entonces los jóvenes hacíamos lo que nos salía de los cojones”. Esta actitud antisistémica en el momento de cambio de régimen, cuando el país se democratiza, pero en las barriadas se mantienen focos de pobreza a los que se suma la droga, es la que rememoran las personas entrevistadas por Domínguez en diversas ciudades del país. De ese momento negro, con la banda sonora de Burning, se evoluciona hacia las bandas urbanas, las mafias de la discoteca del bakalao o los círculos en torno a raperos. Podríamos pensar que en esas subculturas incluso Spain era diferente, pero ni a esas. Más bien, entonces, eran variantes locales de fenómenos que ocurrían en realidades como la nuestra. Se trata de estudiarlos también desde un punto de vista cultural, conductual, y Domínguez, registrando tantas voces, ha logrado recrearlo.

Portada de 'Los olvidados. Marginalidad urbana y fenómeno quinqui en España (1959-1982)', de Íñigo López Simón

Los olvidados. Marginalidad urbana y fenómeno quinqui en España

Iñigo López Simón 
Marcial Pons, 2022
349 páginas. 31 euros

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Sobre la firma

Jordi Amat

Filólogo hispánico reconvertido en opinador y crítico literario. Los sábados publica reseñas sobre no ficción en Babelia y los domingos una columna buscando las raíces de la actualidad política. Ha estudiado la reconstrucción de la cultura democrática catalana y española, y su último libro es la novela de hechos reales 'El hijo del chofer'.

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