‘La curva del olvido’, la cal y los agujeros de la memoria

Dos generaciones se enfrentan al presente de forma distinta. Y Pedro Zarraluki sabe que encerrar a un grupo de personas en un pequeño espacio genera una historia progresivamente absorbente

Diez años después de su última novela, el escritor Pedro Zarraluki vuelve con 'La curva del olvido'.
Diez años después de su última novela, el escritor Pedro Zarraluki vuelve con 'La curva del olvido'.Enric Fontcuberta (EFE)

Ibiza: julio de 1968. Estos datos apuntan ya al sugestivo marco espacial y temporal en que transcurren las historias de La curva del olvido, título que alude a la línea “que describen los recuerdos a medida que los vamos perdiendo”. Cada uno de ellos tiene su propia curva —se nos dice—; y la fotografía, el poder de interrumpirla. Sucede que esa curva en realidad son muchas, y con el paso del tiempo se convierte en “un maldito aspersor hacia atrás […], defectuoso y lleno de cal y agujeros”.

La nueva novela de Pedro Zarraluki tiene el inconfundible sello del autor, al menos en tres o cuatro de sus rasgos medulares. Para empezar, la muy cuidada estructura escénica con que se trama la historia, que se presenta y desarrolla a partir de la sucesión y combinación de una serie de secuencias y episodios hilvanados con gran naturalidad y extrema fluidez, cuyo centro lo ocupa siempre un personaje, porque tan importante es el contar como el mostrar: relatar los hechos en las criaturas que los desencadenan, protagonizan, afrontan, etc. Otro rasgo inconfundible del autor es su habilidad para acotar un espacio reducido y confinar en él a sus personajes, sea éste una casa aislada en las afueras (El responsable de las ranas), un céntrico hotel barcelonés (Hotel Astoria) o la masía ampurdanesa de un editor (Para amantes y ladrones). Y es que, como decía el narrador de esta última novela, un grupo de personas encerrado en un pequeño espacio genera una historia progresivamente absorbente. Además de saber acotarlos, Zarraluki sabe también crear o recrear esos espacios, gracias a la selección y el despliegue de finísimos detalles que transcienden la mera descripción exterior o específicamente geográfica y cobran su máximo relieve cuando sirven al trazado de una atmósfera de época. Y por último, el humor.

La curva del olvido transcurre en Ibiza. Y llegar a una isla por mar y de madrugada infunde el misterio y la promesa de aventuras de una antigua terra incognita. Al menos para las dos muchachas que, sin saberlo aún, vivirán durante esos días su rito de paso. Sara, la mayor, es hija de Vicente Alós, arquitecto de éxito, recién divorciado, hombre encantador y habilidoso para sortear todo tipo de dificultades, y maestro del tanteo: la capacidad para “adaptarse a todo tal como llegara, transformándose lo que hiciera falta para conseguir que las cosas cayeran de su lado”. Candela es hija de Andrés Martel, dedicado al negocio de las antigüedades, de carácter pusilánime y torpe, al que la reciente muerte de su mujer en un desgraciado accidente hunde en el pesimismo y la culpa. La larga amistad entre ambas familias justifica el plan veraniego —idea de Vicente— de instalarse en un pequeño hotel solitario situado en una apartada cala.

Los adultos viven el presente a la luz del pasado, revisando la amistad, la maraña de sentimientos encontrados, haciendo balance y atentos al deterioro físico y la inminente vejez

Tanto para los padres como para las hijas, en esos días apacibles se desencadenan insospechados sucesos, con sus peligros y sus riesgos o sus esperanzas, aunque la vivencia del tiempo es ya muy distinta en cada generación. Los adultos viven el presente a la luz del pasado, revisando la amistad, la maraña de sentimientos encontrados, haciendo balance y atentos al deterioro físico y la inminente vejez. Las chicas lo viven entregándose a él —con más osadía Sara; más tímidamente, Candela— y recorriendo los distintos senderos que se les ofrecen. Al final, cada una encuentra lo que cree puede ser su anhelado porvenir.

La ejecución novelesca de estas experiencias se resuelve en un haz de peripecias de variado signo, en las que intervienen un conjunto espléndido de personajes secundarios: la viuda dueña del hostal, Josefa, briosa y mandona, gran “emprendedora”; su ayudante, el atribulado Ricardo, que logrará realizar su modesto sueño; el pintor Esteban Capella, genio tutelar de Candela y cuyo credo estético bien podría aplicarse a la propia novela de Zarraluki; el alemán Jakob, siempre cámara en ristre a la caza de nazis instalados en la confortabilidad de nuestra dictadura, porque no admite que los procesos de Nuremberg fueran el pitido que marcó el final; los hippies yankis desertores de la guerra de Vietnam y cuantos habitan la cercana comuna, como Armonía, hija de un carnicero de Badalona… junto con la impagable intervención de varios agentes de la Benemérita en diversos episodios.

Y es que, como Esteban, sabedor de que “la mirada es lo único que no envejece”, Pedro Zarraluki tampoco se limita a reproducir la realidad ni a pintar los personajes, sino la luz que estos reflejan. Con todos sus matices. Porque, como afirma el pintor, “los artistas estamos obligados a ponernos en peligro, somos reporteros de la subjetividad”.

Portada de 'La curva del olvido', de Pedro Zarraluki.

La curva del olvido 

Autor: Pedro Zarraluki.


Editorial: Destino, 2021.


Formato: tapa blanda (334 páginas. 19,90 euros) y e-book (9,99 euros).

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