Un clásico del Siglo de Oro con nariz de payaso

La compañía circense Rhum divierte con su libertaria puesta en escena de ‘El diablo cojuelo’

Una escena de 'El diablo cojuelo', de Luis Vélez de Guevara, por la compañía Rhum.
Una escena de 'El diablo cojuelo', de Luis Vélez de Guevara, por la compañía Rhum.David Ruano

La idea de llevar a las tablas una obra del Siglo de Oro español en clave de clown puede parecer peregrina. Pero también divertida. Hace pensar en la comedia del arte italiana: improvisación, libertad creativa, juego escénico, enredos, mímica, interacción con el público, música, acrobacia, máscaras, vestuario estrafalario. No hay que olvidar que los payasos contemporáneos son herederos de los personajes de aquel género al que tanto debe también el teatro clásico considerado culto. Aquel Pantaleón es hoy el carablanca seriote que encuentra siempre su réplica en boca del augusto de nariz roja con zapatones (como los bufones pícaros Brighella o Coviello) y el contraugusto (los criados torpes y tontos Arlequín o Polichinela). De todo eso hay en la versión que la compañía de payasos Rhum ha hecho de El diablo cojuelo, novela satírica que encumbró a Luis Vélez de Guevara, con una adaptación del texto escrita a medida por el dramaturgo Juan Mayorga, dirección de escena de Ester Nadal y producción nada menos que de la Compañía Nacional de Teatro Clásico. Solo por su audacia merece ya celebrarse esta propuesta. Por diferente, osada y refrescante.

Llama la atención que para el experimento se haya escogido una novela en lugar de una obra teatral. El propio Vélez de Guevara dejó decenas escritas y hay montones de Lope de Vega o Calderón que se representan a menudo. Quizá la elección persiga justo evitar comparaciones fáciles. O tal vez para poder jugar más libremente con la materia prima. Así parecen haber abordado el trabajo tanto Mayorga como la directora y los intérpretes. Por otra parte, el texto es tan disparatado e inverosímil que invita a volar. Un diablo cojo conduce a un estudiante en un viaje por los aires para enseñarle lo que ocurre en el interior de viviendas y palacios, cuyos techos levanta como si se tratara de casas de juguete, dejando al descubierto vicios, perversiones y costumbres. “En el mundo todos somos locos, los unos de los otros”, resume Mayorga en el programa de mano.

Para hacer la mezcla, la adaptación recurre al infalible truco del metateatro. El espectáculo comienza con un grupo de payasos que resulta ser la compañía Rhum explicando al público que la Compañía Nacional de Teatro Clásico les ha invitado a representar en la casa una obra del Siglo de Oro a su manera. Y eso hacen. Escenifican algunos pasajes de la obra original, se saltan los que les da la gana, bromean sobre su condición de payasos y la convención de hablar en verso, cantan, bailan, juegan, hacen mimo y detienen con frecuencia la acción para hacer comentarios que podríamos considerar como apartes clásicos. Hay carasblancas, augustos, contraugustos, narices rojas, confeti y una estructura escenográfica circular que parece la pista de un circo. Es cierto que el argumento se pierde con tanta interrupción, pero la trama aquí es lo de menos. Déjense llevar. Esto es un juguete teatral. Bullicioso, gamberro y libertario.

El diablo cojuelo

Texto: Luis Vélez de Guevara. Dramaturgia: Juan Mayorga. Dirección: Ester Nadal. Reparto: Joan Arqué, Roger Julià, Xavi Lozano, Jordi Martínez, Mauro Paganini, Piero Steiner. Teatro de la Comedia. Madrid. Hasta el 5 de junio.

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Sobre la firma

Raquel Vidales

Jefa de sección de Cultura de EL PAÍS. Redactora especializada en artes escénicas y crítica de teatro, empezó a trabajar en este periódico en 2007 y pasó por varias secciones del diario hasta incorporarse al área de Cultura. Es licenciada en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid.

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