Lo que no sabemos que sabemos

Hay dos misterios en torno a Emilia Pardo Bazán: la muerte de su hijo Jaime en la Guerra Civil y su tumba en Madrid

Retrato de Emilia Pardo Bazán pintado por Joaquín Sorolla en 1913.
Retrato de Emilia Pardo Bazán pintado por Joaquín Sorolla en 1913.

En el centenario de la muerte de Emilia Pardo Bazán se ha venido hablando de manera reiterada de varios aspectos fascinantes de su biografía. Entre ellos está su personalidad contradictoria y compleja; su singular lucha feminista; el menosprecio y las burlas de los que fue víctima por parte de algunos escritores varones de la época como Clarín o Fernanflor (burlas que, por otra parte, le importaron un bledo); del sillón en la RAE que se le negó por el mero hecho de ser mujer; de sus amoríos con Benito Pérez Galdós o de la conocida controversia sobre la propiedad de la que fue su residencia de verano, las Torres de Meirás.

De lo que no se ha hablado tanto, y llama la atención, es de otra cuestión que, aunque no es desconocida, ha quedado en segundo plano. Yo misma, que tanto he disfrutado con la lectura de la obra de la gallega (aunque esté lejos, desde luego, de ser una experta en su figura), la ignoraba, hasta que la escritora Soledad Puértolas me lanzó la pregunta este verano: “¿Tú sabías que está enterrada en la cripta de la basílica de la Concepción, en la calle de Goya de Madrid, y no en Meirás como era su expreso deseo?”. Pues no, no lo sabía. La pregunta y mi desconocimiento son el detonador de estas líneas. Pero lo curioso es que el interés por este asunto me ha abierto la puerta a otras pequeñas historias aún más desconocidas de su biografía.

El 12 de mayo de 1921 doña Emilia Pardo Bazán muere en su residencia de la calle de la Princesa, en Madrid, en donde llevaba viviendo desde 1917. Como creyente, había previsto su enterramiento en la capilla del mal llamado “pazo” de Meirás —denominación, dicho sea de paso, totalmente ajena a los Pardo Bazán—, que heredó de su padre como granja y que mandó reconstruir tal y como se conserva en la actualidad. Dejó incluso instrucciones de cómo quería ser enterrada y despedida, en una ceremonia “muy sencilla”.

Aunque ya se demoró el traslado de los restos a la capilla de Meirás desde el cementerio de San Lorenzo, donde fue inicialmente enterrada, suponemos que estaba en el ánimo de sus tres hijos (Jaime, Blanca y Carmen Quiroga) cumplir con su deseo. Pero tras el fallecimiento de Carmen en 1935 y, poco después, de Jaime, en trágicas circunstancias, las cosas se complicaron. Como todos sabemos, las Torres de Meirás pasaron a manos de Franco y ya no pudo ser. Esta es la primera historia.

La segunda tiene que ver con la muerte de su hijo Jaime Quiroga, conde de Torre de Cela y capitán de caballería. Al comienzo de la Guerra Civil, concretamente en agosto de 1936, durante la ola de violencia que desató la resistencia a la insurrección franquista en Madrid, Jaime Quiroga y el hijo de este, de 19 años, fueron detenidos en su casa por milicianos de la FAI y fusilados poco después. Según alguna fuente, parece que Jaime había tenido un hijo ilegítimo con una mujer del pueblo, y este fue quien, convertido en miliciano, encabezó el pelotón que detuvo a su padre y quien lo mató; al hijo legítimo de este, su hermanastro, no tuvo agallas de matarlo, así que lo hicieron sus compañeros milicianos. A este suceso, o a parte de él, también hace alusión el periodista Francisco Camba (hermano de Julio) en su crónica de la Guerra Civil titulada Madridgrado.

Partiendo de que todo esto sea cierto, lo que más me llama la atención de esta cadena de hechos fortuitos (que tal vez sean la causa de que Pardo Bazán no esté enterrada en Galicia) no es ni la muerte violenta del hijo y del nieto, ni el afán de venganza del hijo no reconocido. La pregunta que se abre camino es ¿quién sería esa mujer del pueblo con la que Jaime tuvo un hijo? Y de paso, ¿qué pensaría doña Emilia, que tan bien reflejó la problemática de la mujer sometida a algún tipo de violencia (física, psicológica, sexual, patrimonial o social), de esta relación?, ¿la aceptaría?

Estas cuestiones conectan no solo con la fuerza de los personajes femeninos de la gallega (véanse relatos como Las medias rotas, El indulto, El encaje roto y Feminista, entre otros), sino también con ese inquietante componente intuitivo o premonitorio que a veces aflora en la escritura de los grandes. Y es que, curiosamente, en una de sus novelas, La Tribuna (1883), también hay un personaje de extracción humilde, Amparo, que se enamora y queda embarazada de un hombre de una condición social superior, Baltasar. A pesar de las reiteradas promesas de matrimonio por parte de este, y de la áspera advertencia de la madre tullida de Amparo (“Tú te quedarás pobre, y el señorito se irá corriendo”), la muchacha es finalmente abandonada. Es decir, que lo que la escritora denunciaba con denuedo, lo tenía (o lo acabaría teniendo) en su propia casa. Una vez más se impone la idea de que en la escritura hay (o al menos yo quiero pensar que debería haber) una parte visceral o inconsciente que escapa a lo estrictamente racional. Al fin y al cabo, como alguien dijo una vez, “escribimos para saber lo que no sabemos que sabemos”.

Cristina Sánchez-Andrade es escritora, autora de ‘El niño que comía lana’ (Anagrama, 2019).

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