SILLÓN DE OREJAS
Columna
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Edición y emprendimiento

Mark Twain, autor de la primera Gran Novela Americana, experimentó una absoluta fascinación por la ciencia y los inventos, lo que contribuyó a que perdiera casi todo lo que ganaba como autor de éxito

Huckleberry Finn, el personaje de la novela de Mark Twain, visto por Edward Kemble (1884).
Huckleberry Finn, el personaje de la novela de Mark Twain, visto por Edward Kemble (1884).Print Collector (Getty Images)

1. Aprendizajes

En sus interesantísimas Memoirs of a Publisher, Frank Nelson Doubleday (1862-1934), fundador de una de las grandes editoriales estadounidenses del siglo XX (y hoy propiedad de Penguin Random House), refiere la idea que tenía Mark Twain de los editores: “Saca a un idiota de un manicomio y cásalo con una idiota; la cuarta generación de esa unión será un buen editor desde el punto de vista americano (estadounidense)”. Twain, autor de la primera Gran Novela Americana (Las aventuras de Huckleberry Finn, 1885), experimentó toda su vida una absoluta fascinación por la ciencia y los inventos (gracias a ello se hizo amigo de gentes como Nikola Tesla y Thomas Edison), lo que, por otra parte, contribuyó a que perdiera en sus emprendimientos casi todo lo que ganaba como autor de éxito. Invirtió, por ejemplo, mucha pasta en una ineficaz “máquina de composición tipográfica” que iba a facilitar el trabajo de imprenta justo en el momento en que apareció la linotipia y la hizo obsoleta. Y, a pesar de sus invectivas contra los editores, en cuanto pudo permitírselo se hizo él mismo editor (e incluso publicó importantes éxitos de crítica y ventas). Como en casi todo, existen editores buenos y malos, independientemente de esas pifias que se transmiten de boca a oreja con un aparato de detalles semejante a los de las leyendas urbanas: libros que no se contratan porque tienen malos informes editoriales (como Harry Potter y la piedra filosofal, 1997), autores que se van a otro sello porque se consideran de algún modo maltratados, mal pagados, mal distribuidos o insuficientemente cortejados (Marías, Cercas, Gopegui…). A editar se aprende, existen escuelas y libros para ello, pero nada como la práctica: que se lo pregunten, por ejemplo, a esos pequeños editores que, insatisfechos con la oferta y el modo de hacer de las grandes casas en las que algunos se formaron, surgieron en la asombrosa cosecha de hace 15 años y hoy son grandes garantes de la bendita bibliodiversidad. Algunos, los más primerizos y diminutos, incluso se lanzan sin red, como los que vuelven a reunirse (los días 24 y 25 de septiembre) bajo el paraguas de la biblioteca pública Casa de las Conchas de Salamanca, dirigida por la inquieta Nona Domínguez, en los encuentros de “editores inclasificables”. De entre los libros de y sobre la edición que he podido hojear y ojear últimamente destaco uno publicado por Trama, la editorial del polifacético Manuel Ortuño: Los fundamentos del libro y la edición, un completo reader de Oxford University Press editado por Michael Bhaskar y Angus Phillips y traducido por Íñigo García Ureta; muy diferente y bastante menos “profesional” es Black Sun, cuando editar era una fiesta (Fórcola, traducción de Gabriela Torregrosa y prólogo de Jordi Doce), de Dominique de Saint Pern, que cuenta la glamurosa peripecia editorial y biográfica de Caresse y Harry Crosby, una pareja de millonarios-mecenas que aterrizaron en el agitado París de los años veinte, fundaron la editorial Black Sun Press y publicaron y se relacionaron con buena parte de los escritores y artistas del modernismo literario, expatriados o europeos, que por aquellos años de entreguerras brillaron en la capital francesa.

2. Brindis

Desde sus primeros vagidos literarios, Alberto Olmos (Segovia, 1975) proporcionó muestras inequívocas de su impertinencia de enfant terrible y de su voluntad de criticar con ferocidad a la generación de sus inmediatos mayores (sobre todo a críticos y comentaristas) a los que los años y, quizás, el éxito habrían convertido en excesivamente complacientes. Novelista precocísimo, Anagrama le publicó su primera novela, A bordo del naufragio, finalista del Herralde, cuando tenía 23 años. Luego, y tras descubrir en Japón la fuerza comunicativa de la electrónica, dominar la mecánica y la química del blog, y comprender el ecumenismo de las páginas web, su mensaje, siempre iconoclasta y provocativo, encontró cauces más estimulantes. Posee, además, el dudoso título de ser uno de los (abundantes) mejores escritores españoles de la revista Granta, un tesoro para los editores que no pueden pagarse scouts. Desde entonces nunca ha parado (no puede): novelas, relatos y, sobre todo, mucho, muchísimo periodismo en forma de columnas, crónicas y diatribas más o menos salvajes. Su (actual) columna digital Mala fama, que pocos citan y muchos leen, es mordaz, informativa, a menudo despiadadamente cotilla, siempre astringente. Su último libro es el ensayo Vidas baratas, cuyo subtítulo explica mejor de qué se trata: ‘Elogio de lo cutre’, y se lo ha publicado HarperCollins, empeñada (pero aún un poco cutremente) en abrirse un hueco en España entre los dos voraces gigantes, Random y Planeta. El libro, ligero y punzante, me ha divertido bastante, especialmente la parte dedicada a las “vidas baratas” (barrios, museos, verbenas) y el dedicado a “Pablo Iglesias y la política cutre”, al que, sin embargo, le falta, en mi opinión, un poco más de punch político. Por lo demás, y aprovechando que lo cutre es a veces (pero en absoluto siempre) lo más barato, brindo por el libro con una copa de vino Estola (¡3,65 euros la botella!), uno de los tintos que recomienda el imprescindible vademécum Los supervinos 2022 (Lince, un sello de Malpaso), de Nuria Poveda, subtitulado ‘La guía de vinos de supermercado’, todo un regalo para degustar buenos caldos baratísimos o simplemente baratos. Y que mi amigo Johnnie Walker me perdone.

3. Nos espían

Han creado monstruos y nos hemos entregado a ellos porque nos facilitan la vida. Manipulados, de Sheera Frenkel y Cecilia Kang, disecciona la plataforma Facebook, cuyo secretismo propio de secta es proverbial. Y Privacidad es poder, de Carissa Véliz, explica muy bien cómo las grandes empresas tecnológicas saben casi todo de nosotros, porque se lo hemos servido gustosos en sus bandejas electrónicas. Ambos estremecedores libros han sido publicados por Debate.

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