Una autopsia practicada con un serrucho

‘Geografía de la oscuridad’, de la escritora peruana Katya Adaui, es un brillante muestrario de relatos en los que la crudeza de los temas se corresponde con un uso del lenguaje llevado al límite

La escritora peruana Katya Adaui.
La escritora peruana Katya Adaui.ALEJANDRA LOPEZ

En un club de lectura que, como diría Remedios Zafra, conecta nuestras habitaciones propias —ya no importa que medio planeta opine sobre la decoración de nuestro piso—, una participante me preguntó si la literatura servía para imponer orden al caos. Respondí que a veces usábamos la escritura —no es lo mismo que la institución literaria— para intentar comprender el caos que produce el dolor en nuestro cuerpo: los textos que construyen el dolor físico y tratan de expiar el dolor por la pérdida pueden ser mera catarsis, personal e intransferible, terapia caligráfica; sin embargo, cuando se extrema la conciencia de que al otro lado hay alguien con quien se quiere conversar a partir de una experiencia compartida e inquietante, entonces, la escritura y su búsqueda estilística, en su resonancia social, se transforman en literatura. Luego, me puse ingeniosa y dije que nos tendríamos que pensar si la literatura más interesante —como institución— no es esa que logra introducir el caos en las ordenadas y autoritarias estructuras de nuestros prejuicios y de los sistemas en los que se retroalimentan. En los relatos de Geografía de la oscuridad se solapan las dos perspectivas: cuentos de duelo por la muerte del padre y, a la vez, un estilo que practica un corte no limpio, irregular, un corte que no es la disección del bisturí, sino el rastro de un serrucho contra o sobre la apariencia de una realidad organizada, con precisión biblioteconómica, en familias con signatura y sociedades-colmena. El modo de representación de esas realidades cuestiona las mismas realidades y un orden lingüístico identificado con el valor literario.

En estos cuentos los ogros donan semen y las madres no nos amparan ni entienden la homosexualidad de sus maridos.

Desde ese territorio, he disfrutado mucho de la narrativa de Adaui, escritora peruana que trabaja y reside en Argentina. La sierra dentada de su observación fractura anatomías que sufren escoliosis y operaciones de cuello y espalda; las casas tienen grietas o se incendian o están infectadas de insectos. Los padres fumadores ensucian el techo o se mueren recordándonos la propia mortalidad. Los ogros donan semen y las madres no nos amparan ni entienden la homosexualidad de sus maridos. Ellos se jactan de haber abandonado a tiempo a sus esposas y los hijos narradores garabatean su desconcierto a través de un sentido del humor de teatro del absurdo —una excelente cuentista argentina, Camila Fabri, ríe de un modo parecido— y de una lengua que zigzaguea, vulnera la reglamentaria sintaxis, para concentrarse en fogonazo, encabalgamiento y dispersión del estilo nominal. Hacia el final la prosa casi se transforma en poesía.

La lengua nos acerca y nos separa de las personas tanto como el amor no verbalizado. Escribe Adaui con la lucidez del juego de palabras y la retórica conceptista, la elocución paradójica de sor Juana: “Y no es verdad que se entienden. Y no es verdad que no se entiende…”. Este reencuentro entre un padre y un hijo que ha olvidado su lengua materna nos obliga a trascender el lugar común: acaso las experiencias insatisfactorias sean, a la vez, comuniones emocionales. Se dinamitan las habituales solidaridades léxicas, el cada oveja con su pareja del mundo afectivo, despojando de su sesgo peyorativo a la insatisfacción y arrojando sombra sobre palabras de un código nimbado de positividad: emoción, memoria, felicidad… Menos mal que las infancias maltratadas tienen la misma capacidad de regeneración que un rabo de lagartija.

Geografía de la oscuridad

Autor: Katia Adaui.


Editorial: Páginas de Espuma, 2021.


Formato: 118 páginas. 15 euros.



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Sobre la firma

Marta Sanz

Es escritora. Desde 1995, fecha de publicación de 'El frío', ha escrito narrativa, poesía y ensayo, y obtenido numerosos premios. Actualmente publica con la editorial Anagrama. Sus dos últimos títulos son 'pequeñas mujeres rojas' y 'Parte de mí'. Colabora con EL PAÍS, Hoy por hoy y da clase en la Escuela de escritores de Madrid.

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