TEATRO | CRÍTICA DE 'PALOMA NEGRA'

Chéjov en el exilio mexicano

Alberto Conejero ofrece una nueva lectura de ‘La gaviota’ en un espectáculo que funciona mejor sobre el papel que en el escenario

Una escena de 'Paloma negra', de Alberto Conejero. En vídeo, tráiler de la obra.SUSANA MARTÍN

Buena parte de la producción dramática de Alberto Conejero se asienta en la confluencia de tradición literaria y memoria. Es la gran singularidad de su escritura, además de su marcado tono poético. La piedra oscura (2014) exhuma el drama de la Guerra Civil a través de Lorca. Los días de la nieve (2017) evoca el trágico final de Miguel Hernández por medio de las memorias de su viuda, Josefina Manresa. En La geometría del trigo (2018), una historia de tres generaciones de una familia desde los años setenta, vuelve a resonar Lorca. Su nueva obra, Paloma negra, mantiene esta constante, aunque la referencia literaria más directa en este caso no es un autor español, sino Chéjov: es una especie de versión de La gaviota protagonizada por exiliados republicanos en México.

El argumento es casi idéntico al de La gaviota. Una actriz española con aires de diva vive exiliada en un pueblo del desierto mexicano con su hijo, un músico emergente enamorado de una joven escritora del lugar que anhela triunfar en la capital. Pero la muchacha no lo quiere a él, sino al amante de la madre, un célebre autor llamado Max Rejano (mezcla de los exiliados Max Aub y Juan Rejano) despreciado por el hijo no solo por celos sino también por razones artísticas: el eterno enfrentamiento entre la vanguardia y las viejas formas. Asistimos además a la amargura de otra joven que está enamorada del músico y que, al no ser correspondida, acepta casarse con un maestro al que nunca amará.

Conejero encaja las tribulaciones de los personajes de Chéjov con las de los exiliados y asombra lo bien que se articula el cruce. La misma añoranza de algo que ya no existe. El desierto como trasunto de la estepa rusa y metáfora del destierro. La ciudad como promesa. La paloma negra como reencarnación de la gaviota. La sensación de los hijos de no pertenecer a ningún lugar. “¡Nací en un barco en mitad del océano y allí sigo!”, lamenta el joven músico.

El texto funciona, pero no tanto su traslación al escenario, dirigida por el propio Conejero. Falta el torrente subterráneo que recorre las obras de Chéjov. Esa vibración que subyace en cada palabra y cada silencio. El argumento se come a los personajes: enuncian lo que les pasa, pero no lo sentimos. En parte por el tono recitativo de los actores, pero también porque los diálogos entre ellos no lo propician. Son bellos, cargados de metáforas y referencias literarias, pero suenan un tanto solemnes. Da la sensación de que el espectáculo no avanza hacia ningún sitio y acaba resultando plano.

Paloma negra. Texto y dirección: Alberto Conejero. Teatros del Canal. Madrid. Hasta el 21 de febrero.

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