LIBROS | CRÍTICA DE 'LA NATURALEZA DE LA TIRANÍA'

Un pensador contra los tiranos

Considerado el fundador del pensamiento político árabe moderno, Abderrahmán al-Kawákibi publicó en el exilio un ensayo decisivo sobre el despotismo

Protestas contra el Gobierno en El Cairo en enero de 2011, preludio de la primavera árabe.
Protestas contra el Gobierno en El Cairo en enero de 2011, preludio de la primavera árabe.Peter Macdiarmid / Getty Images

Hoy, como hace 100 años, cuando murió el pensador sirio Al-Kawákibi, para un musulmán comprometido transformar es liberar. Liberar a la sociedad y liberarse mentalmente de las falsas interpretaciones que sojuzgan a comunidades e individuos y los someten a la tiranía de la ignorancia, la peor de las enfermedades, porque abre la puerta a las demás: el autoritarismo político, la dependencia económica, la debilidad moral, la desigualdad social. La historia intelectual árabe desde la Nahda —el renacimiento cultural de finales del siglo XIX— hasta la actualidad es una reflexión sin solución de continuidad en torno a las razones de esta situación de postración generalizada, y a las vías para superarla. En ello ha consistido la modernidad árabe, también su posmodernidad; más concienzuda en sus planteamientos y dialogante la primera, más radical y rupturista la segunda.

Esta modernidad, apasionada en sus debates, estuvo condicionada por la zarpa del capitalismo colonial y la colonizabilidad de las mentalidades, baldones que se prolongaron más allá del estricto periodo colonial. Y aunque el tambaleante Imperio Otomano acabó cayendo tras la Primera Guerra Mundial, la relación entre política y religión, y en concreto entre política e islam, siguió determinando toda aproximación al futuro. Gramsci, mucho más influyente en la intelectualidad árabe de lo que se cree, avanzó en 1929 una imagen del islam tan precisa como todas las suyas cuando dijo que “el islam se ve obligado a correr vertiginosamente”. Y así ha venido siendo durante el último siglo y medio.

Las propuestas de los pensadores modernistas oscilaron entre las soluciones constitucionalistas, como las que puso en marcha el visir Jair al-Din (1822-1890) en Túnez, las reformulaciones semilaicas del califato, como la de Rachid Rida (1865-1935), y la negación tajante de la islamicidad de la institución califal por parte de los menos, como Ali Abderráziq (1888-1966). Abderrahmán al-Kawákibi (1855-1902) forma parte de este movimiento reformista que cimentó el mundo árabe que hoy conocemos, y en el que quizá él no se reconocería. Su obra La naturaleza de la tiranía y la lucha contra el servilismo —traducida con maestría por Pablo García Suárez— es un análisis que supera enfoques previos y posteriores.

Al-Kawákibi, un autor tan genial como desconocido en Occidente, fue un alepino que acabó sus días en El Cairo envenenado por orden del sultán Abdul Hamid II. Abogado, periodista y funcionario, miembro de una antigua familia venida a menos, nada de su ciudad le era ajeno (pasó por la alcaldía, la cámara de comercio, la dirección de varios diarios), lo que le supuso enfrentarse al Gobierno otomano y marchar al exilio en 1899. En Egipto publicó las dos obras por las que merece ser considerado el fundador del pensamiento político árabe moderno: La naturaleza de la tiranía y La Madre de las Ciudades (sobrenombre de La Meca). Lo habitual entre políticos e historiadores de las ideas ha sido apreciar la primera (más teórica y prospectiva) e ignorar la segunda (más práctica y programática). Sin embargo, resulta difícil, y no solo sesgado, intentar comprender la agudeza de Al-Kawákibi sin ponderarlas conjuntamente.

Su crítica feroz del despotismo y su disección de los orígenes de la tiranía en las sociedades árabes no es menos lúcida que sus propuestas de regeneración auténticamente salafistas. El “despotismo” de Al-Kawákibi no es un mal oriental ligado a la estructura económica, como diagnosticó Marx, ni un ineludible designio divino, sino el resultado de la corrupción humana, consciente y consentida, de los ideales islámicos primigenios, muy rousseaunianos por otra parte: “El islam, puesto que elimina todo sometimiento, se asienta sobre los principios de la libertad, gobierna con justicia y equidad, con igualdad y fraternidad, e incita a la bondad y la concordia”. Pero al despotismo no se le combate por las bravas, sino de manera progresiva, mediante programas educativos, el compromiso de la élite y la implicación de la prensa como servicio público.

En este proyecto revolucionario de maneras reformistas, es forzoso el papel que Al-Kawákibi otorga a la juventud, demostrando un des­crei­mien­to de las instituciones que no se aprecia en igual medida en sus coetáneos reformistas. En su andanada contra el viejo orden, el de los sultanes y los ulemas, no sale bien parada su querida lengua árabe, una lengua de retruécanos a la que también hay que liberar para que llame a las cosas por su nombre, empezando por la nación y la política. Ni se libra Europa, a la que admira por sus progresos técnicos, como era habitual, pero a la que critica por su intervencionismo ¡y por el servicio militar obligatorio! De él dice, nada menos, que es una infamia que protege “por un lado, la tiranía de los Gobiernos que comandan esa fuerza armada, y por otro, la tiranía de las naciones que se enfrentan entre sí”.

Durante todo el siglo XX, Al-Kawákibi estuvo y no estuvo: en el mejor de los casos se le resucitó a medias, como hicieron los nacionalistas pansirios, los panarabistas, los comunistas y los islamistas. Con las revueltas árabes de 2011, ha sido tímidamente recuperado por la izquierda, siempre dejando en claroscuro la parte de su propuesta que enraíza con el reformismo islámico y defiende un Estado confesional, con un califato árabe sometido a los distintos Estados de derecho. En cualquier caso, su espíritu crítico y libre y un orgullo de árabe que se siente parte integral del decurso universal son el legado que hoy la juventud democrática reinterpreta en su lucha contra la cultura regimencialista.

La naturaleza de la tiranía y la lucha contra el servilismo 

Abderrahmán al-Kawákibi. Traducción de Pablo García Suárez. Verbum, 2020. 197 páginas. 19,95 euros.

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