RESUMEN DEL AÑO | MÚSICA

Los mejores discos de 2020

Los críticos de música de EL PAÍS escogen sus álbumes favoritos del año en todos los estilos

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POP-ROCK INTERNACIONAL

Doce meses feos, fuertes y… normales

Por Xavi Sancho

Hace 12 meses, este espacio estaba ocupado por una pieza que hablaba de voces femeninas y clásicos, también de lo complicado que resulta encasillar a los artistas actuales y la forma en que lo masivo se ha valido de lo alternativo para reempaquetar su discurso, reforzar su hegemonía e incluso hacer creer a algunos que sonidos que están en todas partes, como el reguetón, son marginados. Bien, pues todo sigue igual. El pop y el rock han decidido quedarse como estaban y configurar su discurso a partir de lo mismo. Podría escribirse esto cambiando los nombres mencionados hace 365 días. Lo que entonces eran Billie Eilish o Lana Del Rey, este año son Taylor Swift o Fiona Apple. Dos discos maravillosos firmados por mujeres. Fiona entregó Fetch the Bold Cutters, un opus descomunal, con tantas ideas como palabras, un torrente que casi ahoga al oyente. Por su parte, Taylor se hizo un poco indie, y eso hubiese sido el titular si no fuera porque tanto en folklore como en su continuación, evermore, también lanzado este 2020, estaban algunas de las mejores canciones que se han editado este año.

Pero Fiona y Taylor no están solas. Phoebe Bridgers, Kelly Lee Owens, Haim, Laura Marling, Róisín Murphy o Waxahatchee han lanzado obras entre lo grande y lo enorme. También han sido quienes han decidido este 2020 la forma en que había que reivindicar los ochenta. El revival de aquella década ya no es un revival, es un género en sí mismo. Dua Lipa y Miley Cyrus lo saben. Lady Gaga cree que lo sabe.

También ha sido el año del retorno de veteranos ilustres, como Bob Dylan o Bruce ­Springsteen. El primero lanzó un largo que sonaba increíblemente mejor de lo que su anuncio parecía sugerir. El segundo, justo lo contrario. Y como avanza el tiempo inexorablemente, gente como Jarvis ­Cocker o The Strokes ya casi pueden entrar en la categoría de veteranos, una liga condescendiente en la que todo se fía a las ganas de los fans. En un año con tiempo para pensar y recordar, eran muchas. Jarvis publicó una obra magnífica a la altura de su mejor producción al frente de Pulp, mientras que The Strokes lanzaron un álbum que, al menos, tardaba más que los anteriores en mostrar que tenía poco que mostrar.

Incluso lo más nuevo del año pertenece al anterior. Sault es un grupo misterioso misterioso —no está claro quién lo compone, no hay fotos ni entrevistas— que lanzó dos discos en 2019 y otros dos en 2020. Mezclan pospunk, funk, disco, no wave, afropunk y activismo. Untitled (Black Is) y Untitled (Rise) son el reflejo de este 2020: un año que no sabemos de quién ha sido idea, pero seguro que no vamos a olvidar.

1. Sault. Untitled (Black Is) / Untitled (Rise). (Forever Living Originals)

Son dos discos. Y van juntos porque separarlos sería un abuso. Untitled (Black Is) apareció en junio, cuando las protestas por al muerte de George Floyd se extendían por todo el planeta. Es un disco de canciones, de texturas y de eslóganes. Una llamada a las armas y a la reflexión, y si la reflexión no funciona, pues otra vez a las armas. Untitled (Rise) salió en septiembre. Es similar en estructura a su predecesor, pero este es más globalista, más festivo y menos circunspecto. Es un ensayo de cómo celebrar una victoria. Sault crean algo único a partir de clásicos de la música negra, desde Gil Scott-Heron hasta ESG, pasando por Chic, Sly & the Family Stone o Johnny Nash.

2. Fiona Apple. Fetch the Bold Cutters (Sony)

Editado el 17 de abril, en pleno confinamiento, el primer disco de Fiona Apple en ocho años es uno de aquellos discos cuya mística perdurará. Mientras los sellos retrasaban los lanzamientos y la industria se encogía hasta caber en una lista algoritmo de Spotify, la estadounidense retornaba con un álbum complejo y con una historia detrás. Totalmente a contracorriente del negocio pero total sintonía con lo que eran nuestras vidas aquella semana. Fetch the Bolt Cutters es excesivo, locuaz, casero, autosuficiente y resiliente.

3. Jarv Is. Beyond the Pale (Rough Trade / Popstock!)

La carrera de Jarvis Cocker después de Pulp ha sido algo errática, con momentos interesantes, algunos divertidos y muchos demasiado intrascendentes si los comparamos con el estatus casi mítico que el de Sheffield adquirió en los años noventa. Formó un grupo llamado Jarv Is, adelantó este disco con un tema con una estructura similar a su ‘Common people’ pero tratando de algo mucho más mundano: la evolución de las especies. Y luego llegó este largo, lo mejor que ha lanzado este siglo. Todo lo bueno de Pulp, más todo lo bueno de no tener que ser Pulp.

4. Taylor Swift. folklore (Republic Records)

El fenómeno más comentado del año. Lo de Taylor Swift no se veía venir, pero eso no quita que una vez aquí tenga todo el sentido del mundo. Acompañada por Jack Antonoff, Aaron Dessner o Justin Vernon, Taylor se hizo un Lana del Rey en toda regla. Bueno, dos, pues cinco meses después de este enorme folklore lanzó el no menos grande evermore. De todos los ropajes con los que Taylor ha vestido sus canciones durante su carrera —muchas canciones y muchos ropajes— este estilismo es el que mejor le sienta. No es que sea indie, es que es simplemente mejor.

5. Waxahatchee. Saint Cloud (Merge Records)

Katie Crutchfield dejó el alcohol en 2018. Hasta la fecha había lanzado cuatro largos que habían recibido buenas críticas y poco más. En paz consigo misma, con sus allegados y con la tierra que la vio nacer (Alabama), Waxahatchee despachó a finales de marzo esta maravilla que está a medio camino entre Liz Phair, Cat Power y Lucinda Williams. Este es un disco de descubrimiento en el que en cada surco del mismo se oye a una artista encontrándose a sí misma y disfrutándolo como jamás pudo imaginar.

6. Haim. Women In Music Part III. (Sony)

Haim aparecieron hace siete años, cuando el mundo independiente decidió que el sabor añejo que tocaba reivindicar era Fleetwood Mac. Ellas fueron quienes mejor metabolizaron el sonido, algo perfecto para atrapar el zeitgeist pero poco útil si se quiere estar en las listas de lo mejor del año siete años después. Bien, pues este, su tercer disco, es una de las colecciones de pop más o menso alternativo más frescas, brillantes, estilosas y clarividentes que se han publicado desde el debut de Vampire Weekend.

7. Working Me’s Club. Working Men’s Club (Heavenly)

Los primeros singles de esta jovencísima banda de West Yorkshire se publicaron en 2019 y les colocaban en la liga del constante revival post punk. Tras un cambio en su formación y una epifanía, el combo decidió virar hacia la electrónica. El resultado es este disco, el mejor álbum de debut en un año casi huérfano en debuts realmente destacables. Desde LCD Soundsystem no se veía un grupo con tanta personalidad y que a la vez recordara a tantas cosas tan buenas: Grace Jones, Pulp, The Fall, Depeche Mode, Gang Of Four, LCD Soundsystem.

8. Bob Dylan. Rough And Rowdy Ways (Sony)

Los más de 17 minutos de ‘Murder most foul’, el primer adelanto de este disco, advertían sobre la magnitud de lo que podía venírsenos encima. Era un tema de Dylan, pero, incluso para los enormes estándares del de Minnesota, era algo más. Luego llegó este disco que es, en cierto modo, lo conclusión gloriosa de un trabajo de retrospección emprendido por el artista durante la pasada década. Dylan descubrió que era el mejor músico de su tiempo y pensó que también podía serlo del anterior a su llegada. Y de esto va Rough And Rowdy Ways.

9. Phoebe Bridgers. Punisher (Dead Oceans)

El segundo largo de Phoebe Bridgers es de aquellos discos que enroscan al oyente y, como dice el tópico, ya no sueltan. Íntimo, psicodélico, a ratos pequeño, a ratos expansivo hasta casi salirse de sí mismo, Punisher es algo así como si los Wilco de Yankee Hotel Foxtrot hubieran fichado a Elliot Smith para recordarles que todo acaba, como si todos los artistas de Laurel Canyon hubiesen sido millennials.

10. Dua Lipa. Future Nostalgia (Warner)

No es muy habitual que un disco de estas características logre un consenso que ya quisieran aquí para el asunto del CGPJ. Siempre hay fans del pop demasiado modernos para algo tan ochentero y abiertamente festivo. También los hay demasiado conservadores, que no es que crean solo en el pop como lo entendieron Kylie o Madonna, sino que solo creen en Kylie y Madonna. Luego están aquellos que sufren urticaria cada vez que escuchan la palabra pop al lado de cualquier artista a esta lado de los Beatles. Dua Lipa ha logrado con este concienzuda y perfectamente acabado trabajo poner de acuerdo a casi todos.


POP-ROCK NACIONAL

Variedad y mucha guitarra

Por Fernando Navarro

Sin festivales ni grandes conciertos, la música española superó la hecatombe y el año quedó marcado por la variedad discográfica. También por el adiós de Luis Eduardo Aute y Pedro Iturralde. El Premio Nacional de las Músicas Actuales recayó en el pianista Chano Domínguez. Otro que ya lo obtuvo fue Santiago Auserón, que como Juan Perro publicó el ecléctico y bello Cantos de ultramar. De ese corte arrebatador fue Lilith de Maria Rodés, confirmada como una voz imprescindible.

Cuando parecía que las guitarras se habían jubilado, han surgido álbumes de fuerte reivindicación. Grupos como Mujeres, Biznaga, Melenas, Triángulo de Amor Bizarro y las jovencísimas Ginebras, gran revelación del año, han rescatado el gusto por las cuerdas. Mención especial para los padrinos de todos ellos: Los Enemigos, veteranos que regresaron con un gran disco. En una línea más pop y en ascenso, estuvieron Sidecars y Sidonie, que se marcaron un hedonista disco. Bunbury se descolgó con dos álbumes de amplio espectro sonoro mientras que Xoel López dio un paso más en su colorida invitación al baile. Como con el ritmo pegadizo salieron bien reforzados Delaporte y Joe Crepúsculo.

De todo esto son referentes las dos grandes estrellas mediáticas: Rosalía y C. Tangana. Ambos protagonizaron el año con canciones. Pero hay que detenerse en millennials irreverentes y personalísimos como Marcelo Criminal, Confeti de Odio y Amatria, y en jugosísimas propuestas de autor como Julia de Castro, de pop como Pablo Prisma y Las Pirámides, y más rockeras como Juárez, La Trinidad, Los Estanques y Nueva Vulcano. Todo calidad.

1. Maria Rodés. Lilith (Satélite K)

Iba para un EP y al final Maria Rodés aprovechó el confinamiento para lanzarse a por un disco. De nuevo, la cantautora barcelonesa es capaz de combinar canción de autor y experimentación con un desparpajo especial. Con Lilith, hay una atmósfera lúgubre, un folk que recuerda al embrujo de Joni Mitchell, pero termina por mezclar con aliento nocturno vals, jota, bossa-nova, seguidillas y baladas mediterráneas. Un lujo.

2. Los Enemigos. Bestieza (Alkilo Discos)

Seña de identidad del mejor rock en castellano, emblema de la época dorada de Malasaña y símbolo de resistencia, Los Enemigos regresaron este año con un disco que volvía a recordarnos por qué son la mejor banda de rock de España. Un abecedario de cómo deben sonar guitarras feroces de fuzz y melodías que atraviesan. Pletóricos, como si el tiempo no pasase por ellos.

3. Juan Perro. Cantos de ultramar (La Huella Sonora)

Juan Perro es el laboratorio sonoro de Santiago Auserón. Esta vez el músico se hace acompañar de un sexteto de jazz que le llevan a mejorar los bocetos que ofreció en El viaje. Son las mismas canciones pero con mucho más condimentos sonoros: Cuba y el Caribe revoloteando en sones, tex-mex, coplas, jazz de Nueva Orleans, salsa… Todo mezclado bajo una visión única y fundamental como la de Santiago Auserón.

4. Ginebras. Ya dormiré cuando me muera (Vanana Records)

El pop-rock español vuelve a vivir un tiempo de frescura con una variedad de grupos y artistas que tocan con descaro e inocencia. Ginebras son de las últimas en llegar y lo hacen con un escandaloso talento para hacer sencillo lo difícil. Rock guitarrero desde Madrid con una perspectiva juvenil y desenfadada. Tan divertidas como contagiosas.

5. Los Estanques. IV (Inbophonic Records)

Las influencias de los setenta se dan cita en este grupo cántabro residente en Madrid. Una suerte de combo, liderado por Iñigo Bregel, que es una auténtica máquina de rock, psicodelia y funk cargada de ritmo y algo de locura. Armonías vocales al servicio de una instrumentación contundente, de fuertes telones de guitarra y órgano.

‘HIP-HOP’, R&B Y ELECTRÓNICA

Rimas y ritmos en cuarentena

Por David Broc

A diferencia de otros géneros en estado de shock, el hip hop y el R&B han aprovechado el encierro para activarse e incrementar su ritmo de trabajo: en 2020 se han publicado más álbumes, y cada vez más cortos, con el afán de acumular descargas, copar el mercado y saciar el ansia de novedades del consumidor confinado. El colectivo Griselda, con Westside Gunn, Conway, Benny the Butcher, Armani Caesar y Boldy James colgando material nuevo casi cada semana; Lil Uzi Vert, con tres discos del tirón, o Bad Bunny, con una dupla irresistible, son ejemplos ilustrativos, pero en ningún caso tan llamativos como el de Jay Electronica: el rapero y productor rompía más de una década de silencio con dos títulos lanzados entre marzo y octubre. Otros milagros de la covid-19: la buena forma de la vieja, y no tan vieja, guardia —Busta Rhymes, Brandy, Nas, Ka, Freddie Gibbs, Run The Jewels—, la consolidación de promesas —Moses Sumney, Chloe x Halle, Megan Thee Stallion, Burna Boy, dvsn, Lil Boy—, discos póstumos de altura —Mac Miller, Pop Smoke, Juice WRLD— y hasta un pelotazo comercial —The Weeknd—.

Sin clubes ni festivales, la escena ha apostado por una mirada interior, reflexiva y experimental que se ha traducido en una de las cosechas más atractivas de los últimos años: Arca, Beatrice Dillon, Actress, Yves Tumor, Nicolas Jaar, Pantha Du Prince, Salem o Krust han competido con unos Autechre que han vuelto a lo grande y por partida doble.

1. Jay Electronica. Act II: The Patents of Nobility (The Turn) / A Written Testimony (Equity / Roc Nation)

Cuando Jay Electronica fichó por Roc Nation en 2010 pocos imaginaban que el rapero y productor tardaría diez años en lanzar su ansiado álbum de debut, A Written Testimony. Pero lo que nadie llegó a pensar es que el disco se convertiría en un místico, introspectivo y experimental tête à tête con Jay-Z, quien aparece en casi todas las canciones. Para redondear el retorno del año, y forzado por una filtración inesperada en Internet semanas después de su puesta de largo, Electronica decidió regalar en exclusiva para Tidal Act II: The Patents of Nobility (The Turn), su puesta de largo perdida, un disco inconcluso grabado a inicios de década que Roc Nation nunca se atrevió a publicar y que hoy se muestra tan desafiante y asombroso como entonces.

2. Moses Sumney. græ (JagJaguwar)

Aunque su debut ya dejó entrever talento, anticipación y personalidad, græ supone un paso de gigante en la consolidación de Moses Sumney como la voz más deslumbrante del R&B de presente y futuro. R&B por decir algo, porque su fusión de jazz, folk, pop y electrónica lo convierte en uno de esos álbumes decisivos en la pulverización de fronteras estilísticas.

3. Bad Bunny. YHLQMDLG (Rimas Entertainment)

¿Reggaetón?¿Trap emocional?¿Pop urbano?¿Electro latino? Si YHLQMDLG se ha convertido en un paso de gigante en la trayectoria de Bad Bunny es por su talento y valentía para desmarcarse de etiquetas y escenas y romper leyes no escritas. Un derroche de inspiración, hits, producción rompedora y letras interesantes para demostrar que esto solo ha hecho que empezar.

4. Run the Jewels. RTJ4 (Jewel Runners-BMG)

Trump, el movimiento Black Lives Matter, la pandemia… Al 2020 solo le faltaba un disco de Run The Jewels para tener la fotografía completa. Y el tándem-apisonadora formado por El-P y Killer Mike respondió a la llamada del año más delirante con un disco impecable en su manera de conjugar letras con intención, beats apabullantes y aperturismo pop.

5. Autechre. Sign (Warp)

Después de un periodo fundamentado en las grabaciones más crípticas y extremadas de su trayectoria, Autechre, icono de los novent aún en plena forma, ha propuesto su particular tregua con Sign, hermosa y profunda vuelta de tuerca al ambient experimental que se ha convertido en uno de los grandes discos electrónicos con el confinamiento como telón de fondo.

6. Freddie Gibbs & The Alchemist. Alfredo (ESGN-ALC-Empire)

En un momento en que el concepto de álbum ha perdido relevancia y en que los raperos trabajan con productores de procedencia sonora muy diversa pensando en las descargas, Freddie Gibbs y The Alchemist han reivindicado los discos al uso y la fortaleza del binomio MC-productor en un proyecto sin mácula que está pidiendo a gritos una segunda parte.

REEDICIONES

Estado de alarma

Por Diego A. Manrique

La covid parece estar acentuando una tendencia funesta en el negocio de las reediciones: se multiplican los lanzamientos lujosos, publicados en costosas ediciones limitadas. El objetivo, aparte de hacer caja, parece ser minimizar los gastos de almacenaje. En efecto, suelen desaparecer inmediatamente y, gracias a ágiles especuladores, entran de tapadillo en el mercado secundario de eBay y similares, con escandalosos sobreprecios.

Así, asistimos a disparates como la decisión de fabricar solamente 3.000 copias (¡para todo el mundo!) de la segunda entrega de Archives, las ambiciosas retrospectivas de Neil Young. Se agotó en el momento y, tras la indignación general, se volverá a fabricar, con un envoltorio más modesto, en marzo de 2021.

Si discográficas y artistas tuvieran corazón y algo de cabeza, podrían haber destinado esas ediciones deluxe a las heroicas tiendas físicas que todavía se mantienen. Pero no interesa cuidar el ecosistema de la distribución: tienden a repartir la mayor parte de la tirada entre las diferentes sucursales de Amazon. Y la logística del gigante resulta que no está a la altura: abundan los retrasos, las cancelaciones, los envíos deteriorados. Una porción de las cajas fabricadas termina en las tiendas on line de los propios artistas, donde contemplamos jugadas tan cutres como convertirlas en “objeto de coleccionistas” con el añadido de un autógrafo, aunque sería más correcto hablar de garabato.

1. Varios. The Missing Link: How Gus Haenschen Got Us From Joplin To Jazz And Shaped The Music Business (Archeophone)

Tiene título de tesis doctoral: pretende reescribir la historia del jazz, evidenciando que ya se grababan sonidos hot antes del canónico debut de la Original Dixieland Jass Band (1917). Haenschen, pianista y productor, trabajaba en la frontera entre las orquestas de baile más chispeantes y lo que conoceríamos como jazz.

2. Mina. Orione (PDU) / Cassiopea (Sony)

Massimiliano Pani, hijo de Mina, ha remasterizado y puesto a punto estas recopilaciones con títulos estelares, que se venden por separado, en CD o en LP. Son las primeras de una serie denominada Italian songbook, a partir de sus 1.100 canciones grabadas. Dominan las baladas, a veces con punto jazzy.

3. Prince. Up All Nite With Prince (NPG / Legacy)

Rescate a buen precio de un triple CD en directo, publicado en 2002 por el sello propio del Artista, ahora ampliado con un DVD grabado en Las Vegas y su colección a voz y piano. Contiene muestras de sus legendarios after shows, actuaciones en pequeños locales tras sus conciertos grandes.

4. Lou Reed. New York (Deluxe edition) (Sire / Warner Music)

Remasterización de uno de los discos más sólidos del Lou Reed rockero, disponible en CD y doble LP. Para los muy devotos, se incluye una colección de maquetas y mezclas provisionales. También se ofrece el mismo cancionero en directo más un DVD registrado en Montreal en el mismo año, 1989.

5. Marie Laforêt. Integrale (Polydor)

Laforêt puso más cariño en su carrera de actriz que en su faceta de cantante dulce, con aires folk y orquestaciones exóticas. Solo la persistencia de un admirador logró que dedicara sus últimos años a preparar esta bella Integral, que recupera abundantes inéditos y un centenar de temas nunca digitalizados.

JAZZ

Construir el presente

Por Yahvé M. de la Cavada

El surgimiento de clásicos inéditos ha sido apabullante y ha marcado el año a nivel discográfico: Palo Alto de Thelonious Monk, Just Coolin’ de Art Blakey o Rollins in Holland de Sonny Rollins no son despojos musicales aparecidos en las catacumbas del oportunismo discográfico, sino álbumes importantes para el canon de estos artistas. El año en el que hemos celebrado el centenario de Charlie Parker y Dave Brubeck ha sido también el de despedir a algunos de los nombres más importantes de la historia del jazz, como Lee Konitz, McCoy Tyner, Henry Grimes, Jimmy Cobb, Wallace Roney, Keith Tippett o Gary Peacock. Su muerte nos acerca más al fin de una era en esta música que, sin embargo, sigue reinventándose y construyendo presente.

Aunque algunos de los más interesantes álbumes del año han venido de la mano de grandes veteranos, como Slow Pieces For Aki de Alexander von Schlippenbach o Life Goes On de Carla Bley, la escena contemporánea sigue nutriéndose de nuevas propuestas: tanto de músicos jóvenes que han publicado álbumes tan diferentes como los de Aaron Diehl, Ambrose Akinmusire, Benjamin Moussay o Anna Webber y Angela Morris, como de innovadores con mucha carrera detrás, como Jeff Parker, Tim Berne, Agustí Fernández o Matthew Shipp, que este año ha publicado media docena de títulos, todos excelentes. También publicaron grandes discos Gonzalo del Val, Marco Mezquida, Moisés Sánchez o el trío de Lucía Martínez, Baldo Martínez y Juan Saiz, entre otros, mostrando la riqueza de lenguajes que suenan en nuestro país.

1. Keith Jarrett. Budapest Concert (ECM)

No hay que dejarse engañar por lo reiterado del formato: Jarrett ha grabado una veintena de álbumes en piano solo, sí, pero este es uno de los más importantes. No solo porque se publicó al calor de su despedida de los escenarios, sino porque contiene algunas de las mejores interpretaciones de su etapa reciente, con un repertorio equilibrado y el genio creativo del pianista intacto.

2. Anna Högberg Attack. Lena (Omlott)

Con su segundo álbum, el grupo de la sueca se sitúa entre los más fascinantes combos del jazz europeo en la actualidad. En su música hay rastros de Mats Gustafsson, padrino musical de Högberg, pero la saxofonista ha encontrado una voz propia y rotunda, formando junto a sus compañeras una banda que genera música intensa y espiritual. No se han publicado muchos discos este año tan vibrantes como este.

3. Mary Halvorson’s Code Girl. Artlessly Falling (Firehouse 12)

La guitarrista sigue siendo una de las voces más poderosas de su generación y Code Girl es su proyecto más original, en el que Halvorson pone composiciones, letras y una visión que empuja hacia adelante el jazz del siglo XXI. En este nuevo registro colabora el legendario Robert Wyatt, y Adam O’Farrill (nieto de Chico e hijo de Arturo) se revela como uno de los solistas jóvenes más brillantes del momento.

4. The Nels Cline Singers. Share The Wealth (Blue Note)

En su tercer álbum para Blue Note, el portentoso guitarrista amplía sus “Singers” (no hay vocalistas en el grupo) hasta formar un sexteto estelar, con el carismático saxofonista Skerik y uno de los más aventajados protegidos de John Zorn: el teclista Brian Marsella. El resultado es un disco cósmico y fascinante en el que cristalizan varias de las identidades musicales de Cline, lleno de texturas sónicas y desarrollos electrizantes.

5. Redman / Mehldau / McBride / Blade. RoundAgain (Nonesuch)

25 años después de grabar su seminal Moodswing, Joshua Redman volvió a reunir a su banda de entonces para grabar de nuevo. En todo este tiempo, Brad Mehldau, Christian McBride y Brian Blade se han convertido, como Redman, en algunos de los mejores y más importantes músicos de su generación. El disco del reencuentro es extraordinario, y muestra la excelente madurez que viven todos ellos.

MÚSICAS DEL MUNDO

El placer de la imprecisión

Por Javier Losilla

No es asunto nuevo. Tiempo ha que andamos a vueltas con esa imprecisa taxonomía llamada world music, en origen, un término creado por el profesor Robert E. Brown para un nuevo doctorado en la Wesleyan University. Este año la organización de los Grammy ha decidido llamar Global Music a su categoría World Music, aunque no tiene claro qué hay que meter en ese saco. Gran debate. Mientras tanto, África brilla en femenino con Star Feminine Band, Yemi Alade, Les Amazones d’Afrique, Les Mamans du Congo & Rrobin, Dama Do Bling, Cintia, Oumou Sangaré, Niniola… Además, el rescate de The Pace Setters, el álbum que en 1981 Brian Eno produjo a Edikanfo, y el ADN africano de las canciones de Shabaka & The Ancestors. En América Latina y el Caribe, el fin de la inocencia y la reinvención sonora de esa parte del mundo se llama reguetón. Y más: la vuelta de Frente Cumbiero y su tropicanibalismo de pandemia, Martín Buscaglia, tremendo ÌFÉ en directo, Bebel Gilberto, iLe, La Dame Blanche, Gheto Kumbé, Rita Indiana, Natalia Lafourcade, Eme Alfonso, el nuevo proyecto de Eduardo Cabra… Más al norte, también en español, La Orkesta Mendoza y Marisoul. Y desde Iberia para Europa, Rodrigo Cuevas, Nakany Kanté y Matthieu Saglio (de Lina & Refree ya les hablamos, adelantándonos, el año pasado). Conciertos y festivales, bajo mínimos. Y dijimos adiós a Manu Dibango, Tony Allen, Waldemar Bastos, Joseph Shabalala, Cándido Camero, Mory Kanté… ¡Uf!

1. Coldcut. Keleketla! (Ninja Tune / Pias)

Paradigma de hibridación musical, este disco es el resultado del vital encuentro del dúo británico Coldcut, precursor de no pocos movimientos en el ajedrez de la electrónica, y artistas sudafricanos procedentes de la música tradicional, del jazz y del rap; maestros del afrobeat como Tony Allen y Dele Sosimi y pioneros del spoken Word como The Watts Prophets. El norte y el sur, sin distancias.

2. Bab L’Bluz. Nayda! (Real World)

Yousra Mansour, cantante e intérprete de guembri, creadora con Brice Bottin del grupo franco-marroquí Bab L’Bluz, dice que Nayda! es una invitación a cuestionar todas las formas de dogmatismo. Este primer disco de la formación es un artefacto sonoro que parte de la música gnawi, pasa por las vibraciones chaabi y bereber, los ritmos mauritanos, los destellos de psicodelia rockera y el sabor de India.

3. Mulatu Astatke. To Know Without Knowing (Agogo Records)

Emperador del llamado jazz etíope o etiojazz, Mulatu Astatke se alía aquí con Black Jesus Experience (un colectivo de cantantes, raperos e improvisadores de diferentes nacionalidades residente en Australia) para facturar un subidón de polirritmia. El jazz, etíope o no, entra en escena de la mano del hip hop, los pespuntes afrobeat, los aromas reggae, las vibraciones latinas y el rock.

4. Lido Pimienta. Miss Colombia (Anti / Pias)

Afrocolombiana de Barranquilla (Colombia), afincada en Canadá, Lido Pimienta reformula el folclore desde una perspectiva contemporánea, queer e indigenista. Miss Colombia, su tercer álbum, muestra conexiones futuristas y está confeccionado con materiales procedentes de ritmos autóctonos como el palenque, el porro, la cumbia y la champeta criolla. Lili Saumet (de Bomba Estéreo) colabora en ‘Nada’, una pieza soberbia.

5. Rodrigo Cuevas ronda a Raül Refree. Manual de cortejo (Aris Música / Altafonte)

Este es el primer disco de asturiano Rodrigo Cuevas, reina del cabaret-glam-rural. Se trata de una perturbadora muestra de encaje de raíces y puntas electrónicas. Grabado con Raül Refree, quien firma una de sus mejores producciones, Manual de Cortejo es una oferta singular. Su acercamiento desprejuiciado e irreverente (pero riguroso) al folclore no tiene precio en un país repleto de tiquismiquis.

EXPERIMENTAL

Estado natural

Por Álex Sánchez

Dos motivos definitorios de la música experimental son el estudio casero y el forzoso “hazlo tú mismo”. Así, este 2020 ha resultado ser prolífico en la composición contemporánea y el arte sonoro, como atestiguan los destacados trabajos de Sarah Hennies (Spectral Malsconcities; The Reinvention of Romance; Casts), Judith Hamann (Peaks; Days Collapse; Music for Cello and Humming) o Jim O’Rourke (Shutting Down Here). Desde personalísimos lugares enfrentan estéticas cercanas al rock los londinenses Mosquitoes (Minus Objects) y Still House Plants (Fast Edit). Gwenifer Raymond (Strange Lights Over Garth Mountain), Mary Lattimore (Silver Ladders) o Alison Cotton (Only Darkness Now) ofrecen sus respectivas vueltas de tuerca al folk con sede principal en el Reino Unido. Y desde Estados Unidos sucede lo propio con las músicas improvisadas en los nuevos discos de las guitarristas Susan Alcorn —pedal steel(The Heart Sutra; Pedernal) y Mary Halvorson (Artlessly Falling). El compendio de la obra del chelista Charles Curtis y la revisión de Unbegrenzt, de Karlheinz Stockhausen, por parte de Catherine Christer Hennix son dos de los discos de archivo del año. Místico, iconoclasta o pionero son tres adjetivos que a menudo se asocian con la figura del artista granadino José Val del Omar. Se intuye hasta lógico, así, que Niño de Elche firme un sobresaliente disco alrededor de su archivo sonoro. Selfie, un disco a piano solo de Agustí Fernández, completa con honores el año en lo nacional: suena un piano, sí, pero no como lo conocíamos.

1. Sarah Hennies. Spectral Malsconcities (New World Records)

Dos piezas integran esta grabación, la homónima ‘Spectral Malsconcities’ para el ensemble Bearthoven (piano, contrabajo y percusión) y ‘Unsettle’, interpretada por Bent Duo (piano, percusión). Trabaja Hennies (Kentucky, 1979) en la primera desde el micro-error de interpretación de los músicos al repetir varias veces un mismo motivo con resultados deslumbrantes; y desde un minimalismo más académico y atmosférico en la segunda con idéntico desenlace.

2. Niño de Elche. La distancia entre el barro y la electrónica. Siete diferencias valdelomarianas (Niño de Elche / Sony Music Spain)

A partir del archivo sonoro del artista granadino José Val del Omar construye Niño de Elche (producido por el musicólogo Miguel Álvarez Fernández) un collage de electrónica abstracta y palabra en cuatro caras (por ahora solamente disponible en vinilo) en el que ambos artistas se (con)funden. ¿Fue Niño de Elche el autor técnico e intelectual del mencionado archivo sonoro? ¿Es José Val del Omar el creador de este radical y conseguidísimo post-retrato sonoro a partir de su propia figura? Cualquier respuesta es válida.

3. Alison Cotton. Only Darkness Now (Bloxham Tapes)

La descripción que aparece en el Bandcamp de Bloxham Tapes sobre este trabajo de Alison Cotton se antoja exacta: “poemas tonales”, los llaman. Cinco cortes que oscilan entre el drone folk instrumental más exigente (viola y harmonio mandan aquí), la canción folk de corte clásico o una particular combinación de ambas cosas. Pasado, presente y futuro.

4. Charles Curtis. Performance & Recordings 1998-2018 (Saltern)

Desde composiciones pertenecientes al canon del violonchelo renacentista (Guillaume de Machaut, entre otros) a la meditación trascendental por la cinta magnética de Éliane Radigue o el intrincado universo de Oliver Messiaen conviven en este triple cedé con composiciones propias de Curtis más cercanas al rock o el ruidismo del norteamericano Richard Maxfield. El espectro es ancho, el retrato completo y desbordante.

5. Mosquitoes. Minus Objects (Ever/Never)

Nueve composiciones bajo el título de Minus Objects y su correspondiente número conforman este sorprendente artefacto del trío inglés de multi-instrumentistas que ya cuenta con varios trabajos destacados en su discografía. Interferencias, grabaciones de campo, atmósferas cercanas al dub, recitados prácticamente ininteligibles, sintetizadores, estética art-punk y cierta filiación a los ritmos rituales cuajan en un disco verdaderamente inclasificable de menos de treinta minutos.

FLAMENCO

Creatividad compartida

Por Fermín Lobatón

Se trata de evolución, de hallar discursos propios y de este tiempo, algo por lo que los artistas del cante y del toque pelean de forma desigual. Con trayectorias muy diferenciadas, las dos disciplinas comparten, sin embargo, una similar lucha creativa. Cantaores y cantaoras se esfuerzan en romper corsés, aunque ello solo se plasme en la presentación de los repertorios y en la forma de apropiarse de la tradición, con una lectura más abierta que nunca. El granadino Antonio Campos, con Tardo antiguo, podría ser un paradigma de ello. Otro, el jerezano Ezequiel Benítez, que con Ilus3 ha culminado una ambiciosa trilogía. Y un tercero, Israel Fernández, con una obra casi conceptual, letras propias y actuales para estilos antiguos. El toledano ha producido uno de los discos más asombrosos del año, el del nonagenario Antonio El Rubio, creador de la saga que lleva su nombre. En la guitarra, además de innovar, resulta obligado seguir sonando flamenco. De manera singularísima lo consigue el lebrijano Rycardo Moreno con su Miesencia, e igualmente lo hace Dani de Morón, aunque se salga del canon estilístico para crear o recrear. Daniel Casares, por el contrario, ha ido al tuétano en su última entrega, Guitarrísimo. En el año del regreso del flamenco a los Grammy Latinos, un guitarrista, Antonio Rey, lo ganó con un disco de título elocuente: Flamenco sin fronteras, las que nunca ha tenido Dorantes, que ensanchó el género con La Roda del Viento.

1. Dorantes. La Roda del Viento (Flamenco Scultura)

El flamenco, sus ritmos y armonías, sirven de inspiración y soporte para la composición de una obra para piano, orquesta, percusión y coral de carácter conceptual, que describe los avatares de una epopeya: la circunnavegación de Magallanes y Elcano. La obra, estrenada como concierto hace dos años, ha visto la luz en disco, conservando toda su fuerza, belleza y capacidad evocadora. Su condición épica no le resta lirismo.

2. Israel Fernández. Amor (Universal)

El joven toledano afianza su figura con una grabación en la que asume el reto de ser fiel a los estilos tradicionales haciéndolos propios por medio de letras de su autoría y una interpretación que los refresca. A ello también contribuye el acompañamiento de Diego del Morao, con una guitarra que sorprende a cada paso. Al cantaor, además, lo honra el haber producido el disco de Antonio El Rubio.

3. Rycardo Moreno. Miesencia (Karonte)

El impulso creativo se vuelca en versatilidad y en una expresión personalísima. El disco, que él califica como una “autobiografía sonora”, lleva impresa la huella de su Lebrija natal y de sus viajes, junto a otras querencias (Rodrigo, Satie…). Todo este legado recibe un tratamiento muy diverso, técnica y estilísticamente. Guitarras cutaway y flamencas, púas, efectos, teclados… Su contemporaneidad no le impide sonar flamenco y gitano.

4. Antonio Campos. Tardo antiguo (La Voz Flamenca)

Cantaor, guitarrista y escritor, nombró su tercer disco con una etapa de la historia del arte. Su manera de seleccionar, ordenar y presentar los estilos mezcla inquietud y conocimiento. Como muestra, los cortes dedicados a los cantes en tiempo de seguiriya y, especialmente, de soleá, donde amalgama con destreza hasta media docena de variantes. Una creatividad que revitaliza los estilos con interpretaciones plenas de intensidad.

5. Ezequiel Benítez. Quimeras del tiempo (Trilogía) (La Bodega / El Flamenco Vive)

El ambicioso proyecto del cantaor jerezano ha crecido de forma natural hasta su tercera entrega. Una antología personal en la que se reúnen 27 estilos y variantes con sus nombres y procedencias. Un homenaje multiplicado a creadores locales y foráneos que revela gran afición y conocimiento. En la forma de hacer suyos los cantes, proyecta esa mezcla de dolor y dulzura que lo define.

CLÁSICA

El año de los valientes

Por Luis Gago

Esta vez resulta casi más fácil escribir sobre “lo que podría haber sido” lo mejor de estos últimos doce meses que sobre lo realmente acontecido, ya que lo primero (la infinidad de óperas y conciertos cancelados) supera con mucho en cantidad a lo segundo. Por eso es el momento de recordar a quienes, aun en la mayor adversidad, decidieron no tirar la toalla. El primer concierto (sin público) en Europa tras el confinamiento duro de primavera lo ofreció la Filarmónica de Berlín, que ha mantenido sus citas semanales con público o sin él, con el Digital Concert Hall como su ventana abierta al mundo. Otra institución en esa misma línea ha sido el Wigmore Hall, que ofrece a diario desde Londres conciertos de idéntica calidad a los habituales y accesibles gratuitamente en streaming. Pocos festivales se salvaron de la debacle estival: Salzburgo (donde triunfó merecidamente Joana Mallwitz, uno de los nombres de 2020) y Granada fueron dos grandes excepciones en medio de un panorama desolador. El Teatro Real ha sido un islote en un mar de silencio operístico global y acaba de regalarnos además una Rusalka que para sí habrían querido muchos teatros de primera en tiempos de normalidad. Su princesa extranjera fue Karita Mattila, que cantó justo antes en un Covid fan tutte con música de Mozart y nuevos textos de la novelista Minna Lindgren, dirigido por Esa-Pekka Salonen en la Ópera Nacional de Finlandia para atemperar el horror con un poco de humor.

1. Varios. Leuven Chansonnier. Vol. 1. Sollazzo Ensemble (Passacaille, PAS 1054)

No todos los días aparece un cancionero con música del siglo XV y que incluya, además, doce chansons profanas no conocidas por otras fuentes. Hacía un siglo que no se producía un descubrimiento tan fabuloso como el que sacó a la luz en 2016 el que ha sido bautizado como Cancionero de Lovaina, un librito que cabe en una mano, de 12 por 8′5 centímetros y 69 folios en pergamino. No podía confiarse la grabación a un mejor intérprete que el Sollazzo Ensemble, jóvenes cantantes e instrumentistas rebosantes de talento y preparación que insuflan a este repertorio engañosamente sencillo, y poéticamente irresistible, intensidad y naturalidad a partes iguales.

2. Hammerschmidt. Ach Jesus stirbt. Vox Luminis (Ricercar, RIC 418)

Año tras año se repite el milagro. Unas veces es con un repertorio muy conocido y otras, como esta, con músicas poco frecuentadas o directamente arrumbadas por el paso y el peso de la Historia, como es el caso de la de Andreas Hammerschmidt. Vox Luminis siempre da en la diana, enaltece cualquier repertorio que cae en sus manos y se eleva a alturas que parecen inalcanzables para cualquier otro grupo. Conquistó la fama en su día con su grabación de las Exequias musicales de Heinrich Schütz, que es justamente el compositor con una estética y un lenguaje más similares a los de Hammerschmidt, un descubrimiento que dejará a muchos sumidos en una mezcla de admiración e incredulidad.

3. Bach. Obras para teclado. Vol. 3. Benjamin Alard (Harmonia Mundi, HMM 902457.59)

Cada nueva entrega de la integral bachiana de Alard es una fiesta, no solo porque se reafirma con fuerza creciente entre las mejores, sino porque es la más inteligente. Fruto de un concepto muy bien elaborado, primero, y desarrollado, después, la música de Bach suena junto a la de sus predecesores, sus coetáneos y hay que imaginar que también, llegado el momento, de sus descendientes, de sus propios hijos. Así se entiende todo mejor y se arroja luz sobre las parcelas más oscuras y menos frecuentadas de su catálogo. Pero, más allá del diseño teórico, las interpretaciones del francés al clave y al órgano son, pieza tras pieza, un dechado de perfección estilística y de musicalidad honda y sin artificios.

4. Beethoven. Obras para violoncelo y piano. Nicolas Altstaedt y Alexander Lonquich (Alpha 577)

Aunque pertenecientes a dos generaciones diferentes, Altstaedt y Lonquich se entienden como si fueran hermanos gemelos. Tocan dos extraordinarios instrumentos históricos (un violonchelo de Giovanni Battista Guadagnini y un fortepiano de Conrad Graf), lo cual, con ser importante y contribuir decisivamente al resultado sonoro final, no es lo más reseñable. Son ellos dos músicos con una comunicatividad desbordante, quienes, con su manera de sentir y tocar esta música que recorre todo el arco estilístico beethoveniano, nos regalan una de las mejores grabaciones con música del compositor de Bonn de un año especialmente pródigo en ellas.

5. Brahms y Widmann. Sonatas para clarinete y piano. Intermezzi. Jörg Widmann y András Schiff (ECM 2621)

He aquí a otros dos músicos con mayúsculas, que destilan talento por cada uno de sus poros. Widmann y Schiff viven por y para la música, el primero en su doble faceta de intérprete y compositor. Las Sonatas para clarinete de Brahms son un oasis de paz, de melancolía otoñal, la primera entrega de la trilogía de obras (junto con las Cuatro canciones serias y los Preludios corales para órgano) en las que el hamburgués decidió despedirse del mundo. Widmann le rinde homenaje en sus propios Intermezzi, plagados de guiños brahmsianos insertos sin ningún complejo y tocados por Schiff con devoción, como si fueran —que lo son— la obra de un compositor clásico. El entendimiento y la comunión espiritual entre ambos en su interpretación de las dos Sonatas coronan un disco perfecto para dar rienda suelta a la melancolía.