Las columnas, pilares del periodismo
Umbral inventó la crónica de sociedad de izquierdas, Vázquez Montalbán logró fundir el posmarxismo con el POP


El peligro que corre a menudo el columnista es terminar cociéndose en su propia salsa. Si bien es cierto que un columnista en el fondo no deja nunca de escribir el mismo artículo, el milagro se produce cuando es capaz de sorprender una y otra vez al lector. Siempre se ha dicho que lo bueno del artículo es que una vez leído también sirve para envolver un kilo de pescado. A la hora de poner la autoestima en el lugar que le corresponde he imaginado que la página de El Sol donde Ortega y Gasset escribió en 1930 el artículo histórico “El error Berenguer”, que conmovió los cimientos de la monarquía y contribuyó a derrocarla, acabaría envolviendo ese kilo de pescado o de patatas. Lo mismo sucedió con el “Yo acuso” de Emilio Zola. He aquí la gloria y miseria del oficio periodístico.
Desde los inicios del periodismo moderno los artículos solían llegar a las redacciones desde fuera firmados por un nombre consagrado. Pero a partir de la Transición se produjo un fenómeno peculiar. Los articulistas empezaron a brotar desde dentro de la Redacción. Eran redactores de plantilla que debido a su talento y estilo literario habían logrado firmar sus opiniones y en este caso de ser redactores de mesa pasaron a ser también articulistas y finalmente se convirtieron en columnistas. Un artículo es distinto a una columna. El artículo puede ir buscando su ubicación en varias secciones, pero dentro de la estructura del periódico la columna de un autor tiene un lugar propio, un número determinado de palabras, una confección y una periodicidad establecida. El lector espera al columnista cada día o cada semana, pero siempre un día señalado. Su patrimonio es su firma y su prestigio consiste en ser leído.
Se cumple ahora el 50º aniversario de la salida de EL PAÍS a la calle, un periódico que sintetizó todo el espíritu del regeneracionismo que había quedado en suspensión en el aire tras la hecatombe de la Guerra Civil. Sus marcas de identidad han sido desde su nacimiento la defensa de la democracia y de la libertad de expresión, la lucha por los derechos humanos, la vocación de Europa como patria común, valores que encarnaba la Institución Libre de Enseñanza. Desde el principio fue un producto bien hecho, bien elaborado por excelentes profesionales. Nació felizmente sin ninguna servidumbre con el franquismo. Muy pronto en su andadura José Luis Aranguren lo definió como el “intelectual colectivo” puesto que, más allá del prestigio de los nombres concretos que firmaban artículos y tribunas libres en sus páginas, era su espíritu de modernidad y altura de los tiempos el que se había impuesto en la conciencia de los nuevos lectores. Después de 50 años de historia se puede decir que por sus páginas ha pasado lo mejor que se ha producido intelectual y estéticamente en este territorio, de modo que, en su momento de esplendor, si alguien tenía la capacidad de elegir dónde trabajar o expresar sus opiniones, elegía EL PAÍS.
Más allá de la información hay que resaltar lo que ha significado el columnismo en este periódico. La lista de columnistas que han pasado por sus páginas es muy larga. Quisiera recordar en nombre de todos a tres que están muertos. Francisco Umbral podía hacer con la yema de los dedos sobre el teclado lo que le daba la gana con el castellano, había inventado la crónica de sociedad de izquierdas con un aire de desvergüenza achampañada, el lector abría el periódico por su página, que es a lo máximo a lo que puede aspirar un columnista; Juan Cueto tenía un olfato privilegiado para saber lo que se llevaba o no se llevaba; Vázquez Montalbán había logrado la fusión del posmarxismo con el pop, podía unir a Santiago Carrillo con Lola Flores y confeccionar con ello la crónica sentimental de España. El director Juan Luis Cebrián me llamó en 1977 para que escribiera las crónicas parlamentarias. Desde entonces he escrito reportajes, entrevistas, crónicas de viajes y columnas. El diario EL PAÍS ha pasado por distintos avatares entre los oleajes de distintas crisis. El mundo está cambiando, la historia discurre a toda velocidad. Ahora EL PAÍS afronta los embates del mundo digital y la confusión de Babel, pero en esencia su espíritu de resistencia permanece a través de sus columnistas que luchan para mantener en pie los valores que impulsaron su salida, pese a que hoy cualquier tipo afincado en el circo de las redes con un móvil en la mano se cree enviado especial, corresponsal de guerra, líder de opinión, articulista, columnista y todo los demás.


























































