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50 ANIVERSARIO
Tribuna

La portada de mañana

En momentos de tantas turbulencias como los actuales, el método es nuestro principal sostén. Porque la verdad es método, no opinión

La Redacción de EL PAÍS en Ciudad de México.Mónica González Islas

Las horas se nos escapan. El tiempo, la más volátil de las sustancias, corre siempre contra los periodistas y, paradójicamente, es de las pocas certezas que tenemos: nunca sabemos bien lo que ocurrirá mañana, pero sí que habrá un periódico que publicar, una portada que hacer. Con esa confianza, y también esa incertidumbre, hemos recorrido en EL PAÍS un camino largo y fructífero que cumple 50 años este lunes 4 de mayo.

Medio siglo que ha dejado huella. Cada uno la juzgará a su manera. Al echar la vista atrás juegan tanto la memoria como el olvido. En mi caso, como lector y director, me quedo con el esfuerzo en defensa de la democracia y los valores del progreso. Ha sido una línea inequívoca, que motivó el nacimiento mismo del periódico, mostró su firmeza la decisiva noche del golpe de Estado del 23-F, cuando salimos a la calle apoyando la Constitución, y que se refleja a diario en nuestras coberturas, especialmente las de América, donde las libertades aún son frágiles.

Ese compromiso se basa en una profunda convicción democrática y se traduce en una práctica periodística acorde: contrastar los hechos, anteponer el dato cierto al prejuicio y separar la información de la opinión. A partir de esas premisas se ha construido un medio que, junto con el periódico impreso, cuenta ya con siete ediciones digitales en España y América (incluidas dos en Estados Unidos), decenas de millones de lectores habituales y más de 450.000 suscriptores.

No ha sido tarea fácil. Desde sus inicios, EL PAÍS ha navegado con la carga del liderazgo y de ser un medio de referencia cuyas portadas aspiran a jerarquizar el mundo. Y esto tiene un precio. Las críticas son más duras y los errores cuestan más. Pero también la confianza de los lectores se fortalece cuando se está a la altura.

Esta credibilidad ha sido posible gracias a un equipo de excelentes profesionales, a una empresa que comparte los mismos fines y a una arquitectura diseñada para protegerla. A lo largo de los años, EL PAÍS ha desarrollado mecanismos internos que refuerzan su compromiso con los lectores y hacen del rigor una exigencia. El Libro de estilo, la Defensora del Lector, el Estatuto de Redacción o, este mismo año, la incorporación al consejo de administración de una representante elegida por los periodistas dotan a EL PAÍS de unas garantías y una transparencia poco comunes.

Pero por encima de este entramado se sitúa la propia tradición: el destilado de décadas de trabajo de cientos de periodistas que han configurado una forma de hacer, una huella donde la calidad y el rigor responden a lo que nuestra audiencia pide.

Es esa huella, más que el camino, lo que importa.

Porque, pase lo que pase, lo fundamental es cómo se cuente. Ahí radica la credibilidad. La plataforma o el soporte son secundarios. El lector espera de nosotros algo tan sencillo —y tan importante— como que contemos la verdad. Hasta donde podamos y tengamos contrastado. Huyendo del rumor y del insulto. Esa es la piedra angular de nuestro proyecto. En momentos de tantas turbulencias como los actuales, el método es nuestro principal sostén. Porque la verdad es método, no opinión.

Esta premisa fue olvidada por muchos tras la crisis del modelo industrial que golpeó a los medios hace más de 15 años y forzó nuestra conversión acelerada al universo digital: un momento de extrema debilidad que fue utilizado por los enemigos del periodismo para capturar cabeceras, imponer la dictadura del clickbait y, en ocasiones, generar realidades alternativas, clonando las burbujas mediáticas con las ideológicas y extendiendo una profunda desconfianza en la información.

Todo ello coincidió, y de algún modo favoreció, un giro en la historia. En estos años, el orden internacional surgido tras la II Guerra Mundial se ha venido abajo. Las grandes potencias, encabezadas por Estados Unidos, China y Rusia, vuelven a competir sin reglas claras y ponen en riesgo los consensos que durante décadas cimentaron la estabilidad. No es un proceso nuevo, pero sí acelerado: del Brexit y la primera elección de Donald Trump hemos pasado a un escenario de confrontación abierta, con intervenciones ilegales y guerras. La última, en Irán.

La incertidumbre ocupa ahora el horizonte. En un mundo donde la ultraderecha es cada vez más poderosa, no hay árbitro; y en la lona han quedado muchas certezas y, sobre todo, la previsibilidad. Nadie sabe con seguridad dónde estará el mundo en los próximos años, ni si acuerdos como el del cambio climático, que llegaron a tener alcance planetario, seguirán en pie.

No son días para las sutilezas. Arrastradas por este torbellino, nuestras sociedades se ven abocadas a un destino incierto. El ruido se impone al diálogo, y se ha fomentado la clausura del pensamiento, la incomunicación, las plataformas donde se prefabrica la realidad al gusto del usuario y se retroalimenta el prejuicio. Por ello, nuestra tarea es más importante que nunca. El periodismo es un contrapeso y una salvaguarda democrática.

Pero para hacer frente a los desafíos hace falta tener una visión clara y, desde luego, aceptar la existencia de los retos que nos amenazan. Aunque muchos no quieran reconocerlo, hace ya tiempo que atravesamos el umbral de una nueva era. Se ha producido una fractura histórica y hemos hecho presente un futuro que, en muchos sentidos, resulta descorazonador. Es algo que ha ocurrido otras veces y que, históricamente, ha venido acompañado de ciclos de represión y violencia. Cuánto vayan a durar esta vez dependerá de la resistencia y solidez de nuestras convicciones democráticas.

Ante estas amenazas, hemos de reafirmar nuestro compromiso con una prensa libre e independiente. Este no es, como recordaba Ryszard Kapuściński, un oficio para cínicos. No podemos quedar impasibles ante la guerra, la corrupción ni las desigualdades. Hay que contarlas, y hacerlo con rigor. Esa es la mejor manera de garantizar, en la parte que nos corresponde, la buena salud de nuestras sociedades. Y en este esfuerzo, aunque esto se olvida con frecuencia, los periodistas no debemos ocupar el terreno de los partidos ni de los jueces. Tenemos nuestro propio espacio. Todo lector sabe cuál es, y también todo periodista que se precie. De nosotros se espera que informemos y analicemos con sentido crítico, que denunciemos los abusos del poder y que apostemos por la pluralidad y la independencia.

En EL PAÍS llevamos 50 años empeñados en esa tarea. Y, vistos los retos a los que nos enfrentamos, estoy seguro de que tenemos trabajo para otro medio siglo. No será fácil, como no lo ha sido hasta ahora, pero algunas cosas hemos aprendido en estos años. La más importante es que, en ese camino, en esa sucesión infinita de portadas, contamos con nuestros lectores y con nuestro legado: medio siglo de buen periodismo, hecho al filo, muchas veces de madrugada, con las horas escapándose entre los dedos.

Ese es nuestro trabajo. Y esa será siempre la portada de mañana: un periódico hecho para los lectores y en defensa de la democracia.

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