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Los hábitos deportivos se contagian en las redes

Una investigación con un millón de corredores revela la importancia de las redes sociales en la propagación del comportamiento saludable

Corredores en el Maratón de Boston, Massachusetts, el pasado 17 de abril.

Un estudio sobre el ejercicio diario de más de un millón de personas, registrado durante cinco años, ha demostrado por primera vez que los hábitos deportivos se contagian en las redes sociales. Y el contagio muestra dos asimetrías bien curiosas: los corredores menos activos influyen sobre los más activos, pero no al revés. Y tanto las mujeres como los hombres contagian a los hombres, pero solo las mujeres contagian a otras mujeres. Las campañas para fomentar el ejercicio pueden beneficiarse mucho de estos resultados.

Sinan Aral y Christos Nicolaides, de la escuela Sloan de administración de empresas del MIT (Instituto Tecnológico de Massachusetts, junto a Boston), no tienen un interés específico en el deporte, sino en el contagio en redes sociales, un fenómeno que tiene cada vez más interés para economistas, sociólogos, médicos, científicos de la computación, politólogos y físicos. Han utilizado los hábitos deportivos como un enfoque práctico, y de alta precisión, para investigar ese problema general. Presentan su trabajo en Nature Communications (artículo de libre acceso).

Observar algo que podría ser un contagio social es fácil, pero demostrar una relación causal ha sido imposible hasta ahora debido a escollos como la homofilia, o tendencia de las personas a elegir amigos que son similares a ellas. Si dos amigos en Facebook salen a correr a diario, ¿es que uno ha contagiado el hábito al otro o es que ya tenían esa tendencia a correr previamente? Otro problema son los llamados “factores de confusión” (confounding factors), o estímulos externos que afectan a ambas personas a la vez, y que por tanto pueden indicar una relación causal donde no la hay.

Aral y Nicolaides han utilizado un diseño experimental innovador para eludir esos escollos y otros. En lugar de fiarse del ejercicio que la gente dice hacer, han accedido a los datos precisos de sus dispositivos “ponibles” (wearables), los que cada vez más corredores llevan encima para registrar la distancia que han corrido, su velocidad y sus parámetros fisiológicos. Su muestra es muy amplia: 1,1 millones de corredores que, en conjunto, han hecho 350 millones de kilómetros en cinco años. También han accedido a sus relaciones en las redes sociales, que suman 3,4 millones de vínculos. De ahí vienen los resultados expuestos en el primer párrafo.

“Encontramos que hacer ejercicio es socialmente contagioso”, dicen los científicos del MIT

“Encontramos que hacer ejercicio es socialmente contagioso”, dicen los científicos del MIT, “y revelamos así un mecanismo de comportamiento que pude explicar las correlaciones de obesidad y felicidad halladas en trabajos anteriores; nuestros resultados indican que unas estrategias de intervención social que tengan en cuenta los efectos de contagio entre amigos podrán propagar el cambio de comportamientos en las redes sociales de modo más eficaz que las teorías que ignoran el derrame social”.

Las dos asimetrías demostradas en la investigación (los corredores menos activos influyen sobre los más activos, pero no al revés; y tanto las mujeres como los hombres contagian a los hombres, pero solo las mujeres contagian a otras mujeres) también tienen importancia para el diseño de políticas que estimulen los hábitos saludables. “Los diferentes subsegmentos de la población reaccionan de manera distinta de la influencia social”, dicen Aral y Nicolaides. “Esto indica que unas políticas hechas a medida para diferentes tipos de personas en diferentes subpoblaciones serán más efectivas que las políticas dirigidas al promedio de la gente”.

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