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La cuarta ley de la robótica: pagar impuestos

Desde la precampaña francesa hasta el mismísimo Bill Gates, nadie habla de otra cosa estos días que de gravar a las máquinas por el empleo que nos van a quitar

Un hombre da la mano a un robot en la Global Robot Expo de Madrid. Ampliar foto
Un hombre da la mano a un robot en la Global Robot Expo de Madrid.

El tema de que los robots paguen impuestos está caliente. Lo proponen los sindicatos españoles, lo llevan en sus programas los candidatos franceses y lo repudian los analistas económicos de la City. Las últimas incorporaciones al debate son las de Bill Gates y las de algunos expertos que han presentado esta semana El próximo paso: la vida exponencial, como puedes leer en Materia. Cuando Isaac Asimov formuló sus famosas tres leyes de la robótica, no imaginó que la cuarta podía acabar siendo presentar la declaración de la renta.

Si los robots van a quitar el empleo a millones de personas, razona Gates, tendrán que contribuir al fisco como ahora hacemos sus futuras víctimas de carne. Esos ingresos de Hacienda deberían dedicarse a reciclar a los trabajadores para nuevas tareas no automatizables (en el caso de que haya alguna), y a estimular sectores de automatización improbable, como la educación y la sanidad, que falta va a hacer, por otra parte. Música para los oídos, ¿no es cierto?

Los optimistas aducen que los robots no van a quitarnos el empleo, sino a ayudarnos a hacerlo mejor; que la automatización bajará los precios y eso beneficiará a todo el mundo; y que una sanidad que no incorpore robots se hará cada vez más cara

No para los oídos de los analistas financieros. Mi analista de referencia en este género (la columna Free Exchange de The Economist) le ha dado, con elegancia característica, un buen repaso al creador de Microsoft. Los economistas desconfían de cualquier gravamen sobre las inversiones en capital –los robots deben considerarse una— porque la teoría dice que eso frena las inversiones y acaba haciendo a la gente más pobre, y que, además, genera pocos ingresos para las arcas públicas. Los optimistas también aducen que los robots no van a quitarnos el empleo, sino a ayudarnos a hacerlo mejor; que la automatización bajará los precios y eso beneficiará a todo el mundo; y que una sanidad que no incorpore robots se hará cada vez más cara.

Pero mi argumento favorito contra cobrar impuestos a los robots es el siguiente: que nuestras economías están ya tan anegadas de mano de obra mal pagada que los empresarios van a encontrar muy poco incentivo para sustituirla por máquinas. Ya tienen colas de ciudadanos jóvenes y bien formados que están dispuestos a hacer el trabajo del robot por menos dinero. Un verdadero consuelo.

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