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África No es un paísÁfrica No es un país
Coordinado por Lola Huete Machado

Los 10 africanos de 2016

De Malí a Sudáfrica, de Etiopía a Zimbabue, estos son algunos de los personajes más destacados del año

José Naranjo

Como cada fin de año toca echar la vista atrás y hacer resumen, en este caso elegir a los 10 africanos de 2016. Como todas las listas esta es incompleta, subjetiva y tiene mucho que ver con la mirada de quien la elabora, pero no cabe duda de que estos 10 personajes contribuyeron o siguen contribuyendo a construir una África mejor. Por eso están aquí y este es nuestro homenaje.

Alassane Hasseye, el saber anciano de Tombuctú

Alassane Hasseye no quiso esperar ni un solo día. Nada más quedar libre la ciudad de “esos bárbaros venidos de fuera”, los notables vinieron a hablar con él. Querían reconstruir los mausoleos cuanto antes y él era la persona indicada para la tarea. Jefe de la corporación de albañiles de Tombuctú y auténtico experto en la construcción en barro, al estilo tradicional, diseñó un plan para ponerse manos a la obra que contó con el apoyo financiero de Unesco. El pasado 4 de febrero, tras dos años de proyectps coordinados por Hasseye, las tumbas sagradas quedaron reinauguradas para el culto.

Alassane Hasseye, jefe de la corporación de albañiles de Tombuctú.
Alassane Hasseye, jefe de la corporación de albañiles de Tombuctú.JOSÉ NARANJO

A instancias del emperador Kankan Moussa, sus antepasados habían llegado procedentes de Marruecos a comienzos del siglo XIV para construir la mezquita de Djingayreber. El saber se fue transmitiendo de generación en generación hasta llegar a Alassane Hasseye. En 2012, los yihadistas que ocupaban el norte de Malí destruyeron 16 tumbas sagradas en las que se venera a santones, sabios y personas piadosas que nacieron o murieron en esta ciudad. “Esto es lo más importante que he hecho en mi vida”, asegura Hasseye, que se ha convertido en un símbolo del renacer de Tombuctú.

Malick Sidibé, de Bamako al mundo

En el Bamako de los años sesenta de la recién ganada independencia, el fotógrafo maliense Malick Sidibé no se perdía una fiesta, un picnic o una boda. Armado con su cámara Kodak Brownie Flash y a lomos de su bicicleta recorría las calles de la ciudad retratando la efervescencia de una clase media optimista, alegre y entregada al disfrute de la vida. El pasado 14 de abril, Sidibé fallecía en esa misma ciudad, hoy tan distinta. Con él se va uno de los mejores fotógrafos que ha dado África, reconocido y premiado, un hombre que logró conquistar los círculos artísticos de Londres, París y Nueva York, pero también un ser humano sencillo y cercano.

Tenía 80 años, estaba ciego, enfermo de cáncer y en los últimos meses apenas se levantaba de la cama. Sin embargo, su legado es eterno. En un rincón del popular barrio de Bagadadji de Bamako sigue abierto su famoso estudio decorado con cuadros y rayas negras y blancas al frente del cual está ahora su hijo Karim. En unas viejas estanterías, guardados celosamente en cajas de cartón, se pueden encontrar aún los negativos de los años sesenta y setenta en los que Sidibé inmortalizó a toda una generación y que hoy son buscados por sus descendientes venidos de todos los rincones del mundo. En Bagadadji, el tiempo parece haberse congelado.

Evan Mawarire, un lamento por Zimbabue

Nunca pudo imaginar que un simple vídeo colgado en Facebook iba a armar tanto revuelo. Fue el 19 de abril. Ese día, el predicador zimbabuense Evan Mawarire, harto de no poder pagar los gastos escolares de sus hijos, decidió envolverse en la bandera de su país y lanzar un lamento, pero también un grito de rebeldía, de solo 4 minutos y 12 segundos a través de las redes. El éxito fue instantáneo y la campaña #ThisFlag (Esta bandera) se convirtió en el estandarte de las crecientes protestas contra el régimen de Robert Mugabe, un dictador de 92 años que ha hundido a su país en un marasmo de corrupción y penosas condiciones de vida y pobreza. Mientras él y su esposa vacían las arcas del Estado.

Biram Dah Abeid, la lucha contra la esclavitud

El 18 de mayo, Biram Dah Abeid salía por fin de la prisión de Aleg, en el sur de Mauritania, tras año y medio de cautiverio. ¿Su delito? Haberse convertido en un referente para decenas de miles de sus compatriotas que aún sufren discriminación en su propio país por el hecho de ser negros. Y denunciarlo sin descanso. Descendiente de esclavos, este licenciado en Historia ha decidido dedicar su vida a la lucha por la definitiva emancipación y al combate contra la esclavitud y sus consecuencias, lo que denomina un “apartheid no escrito”.

Presidente y fundador de la Iniciativa para la Resurgencia del Abolicionismo (IRA), creada en 2008, recibió cinco años después el Premio Derechos de Naciones Unidas por su compromiso. Sin embargo, en su país ha sido condenado en diversas ocasiones. Tras salir de la cárcel se ha implicado a fondo en una campaña para dar a conocer en todo el mundo y especialmente en África las condiciones de vida que sufren los negros en Mauritania, en un intento de sumar apoyos a su causa. Abeid compagina el activismo con la política: tras quedar segundo en las elecciones de 2014, su objetivo ahora es llegar a ser presidente de su país en 2019.

Souleymane Guengueng, 25 años esperando justicia

Souleymane Guengueng, en Dakar, durante el juicio a Hissène Habré.
Souleymane Guengueng, en Dakar, durante el juicio a Hissène Habré.J.Naranjo

El 3 de agosto de 1988, el meticuloso contable Souleymane Guengueng era detenido en Yamena, la capital de Chad. La paranoia imperaba en el reino del dictador Hissène Habré. Acusado de formar parte de la rebelión dio con sus huesos en una cárcel construida en una antigua piscina, en la que vio morir a decenas de compañeros por el calor asfixiante, las enfermedades, las torturas. Cuando dos años y medio después fue liberado, comenzó la titánica tarea de elaborar un listado de víctimas que se convirtió, una década más tarde, en la base para la primera denuncia contra el tirano, una auténtica yincana judicial que concluyó este año con el mismísimo Habré sentado ante un tribunal de justicia en Dakar.

El juicio comenzó el 20 de julio de 2015. Guengueng estuvo allí todo el tiempo, asistió a las sesiones, contempló al dictador cada vez que entraba o salía de la sala, escuchó sobrecogido y por la boca de otras víctimas lo que él ya sabía, los abusos, las ejecuciones, las violaciones. Intentó escudriñar tras las gafas de sol y el silencio de Habré, esperó que dijera algo, que se defendiera. Pero nada. Aún así, cuando el pasado 30 de mayo el juez burkinés Gustave Kam leyó la sentencia a cadena perpetua y la sala cuatro del Palacio de Justicia Lat Dior de Dakar estalló de júbilo, Guengueng comprendió que sus 25 años de lucha habían valido la pena.

Mmusi Maimane, el Obama sudafricano

En sólo unas horas del pasado 3 de agosto, Mmusi Maimane, de 36 años, pasó de ser el líder del principal partido de oposición en Sudáfrica a convertirse, esta vez sí, en un serio aspirante a la Presidencia de este país en 2019 con el objetivo de destronar al histórico Congreso Nacional Africano (ANC), el partido de Nelson Mandela, que lleva en el poder desde la instauración de la democracia en 1994. Ese día, Alianza Democrática (AD), considerado despectivamente un “partido de blancos” en la narrativa del ANC, se convirtió en el partido más votado en Pretoria, Ciudad del Cabo (allí ya ostentaba la Alcaldía) y Port Elizabeth, tres de las ciudades más importantes del país en las que ahora gobierna, además de Johanesburgo.

Maimane, sin embargo, es negro. Hijo de militantes de la ANC y nacido y crecido en Soweto representa como pocos a la nueva Sudáfrica frente al degastado y varias veces señalado por corrupción Jacob Zuma, el actual presidente. El joven aspirante, un liberal conservador de fuertes convicciones religiosas, ha sabido conectar con unos votantes que empiezan a percibir la necesidad de pasar página y de que se produzca por primera vez una alternancia política en el país más poderoso del continente, pero también uno de los más desiguales. La figura política emergente de la potencia africana, conocido como el Obama sudafricano, es también empresario y fue un activo militante en la lucha contra el SIDA.

Feyisa Lilesa, una medalla con mensaje

Maratón de los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro, 21 de agosto. El atleta etíope Feyisa Lilesa, de 26 años, se acerca a la meta y a la conquista de la medalla de plata. Todas las cámaras le enfocan y, entonces, levanta los brazos sobre su cabeza y forma una X con sus antebrazos y los puños cerrados. Medio mundo se pregunta entonces qué era aquello, pero en Etiopía entendieron el gesto a la primera. Lilesa estaba haciendo suya la protesta del pueblo oromo, una etnia formada por unos 35 millones de personas, que ha sufrido una violenta represión por parte del Gobierno en el último año. Lilesa volvió a hacer el gesto en la rueda de prensa posterior y explicó su significado, convirtiéndose en el mejor propagandista de la causa.

A pesar de ser la etnia mayoritaria en Etiopía, los oromo han estado tradicionalmente marginados y excluidos del poder. En noviembre de 2015 se aprobó un plan para ampliar la capital, Adis Abeba, llevando a cabo para ello la expropiación de tierras de cultivo y de pastoreo de este pueblo. Las protestas posteriores acabaron con una brutal represión que ha provocado un millar de muertos. El gesto de la X es el símbolo de la resistencia de los oromo y Lilesa, un reconocido atleta, decidió tras los Juegos Olímpicos buscar refugio en Estados Unidos por temor a represalias. Desde entonces no ha dejado de reivindicar la causa. Tampoco de correr.

Adama Barrow, el ‘tapado’ que derrotó a Yahya Jammeh

Adama Barrow, presidente electo de Gambia.
Adama Barrow, presidente electo de Gambia.Jerome Delay (AP)

En la tarde del 2 de diciembre, el empresario Adama Barrow, de 51 años, recibía la llamada más importante de su vida. Al otro lado del teléfono, el dictador Yahya Jammeh le felicitaba y deseaba lo mejor como nuevo presidente de Gambia. Ese momento estelar, grabado y emitido horas después por televisión, anunciaba una nueva era para el pequeño país africano, bajo el yugo de la dictadura durante 22 años. Las cosas, sin embargo, se torcieron una semana después cuando Jammeh decidió dar marcha atrás e impugnar los resultados, enrocándose en el poder y desafiando a la comunidad internacional y sobre todo a la Cedeao, que trata de convencerle de retirarse y dejar paso al vencedor de los comicios.

Hasta estas elecciones, Barrow era un gran desconocido para la mayoría de los gambianos. Emigrante en Inglaterra que regresó para montar su propio agencia inmobiliaria, fue durante años el tesorero del principal partido de la oposición. Hombre discreto, de trato amable, con un perfil político bajo, fue el elegido por una coalición de siete partidos para ser el candidato único frente a Jammeh. Ahora Barrow vive días inciertos, teme por su seguridad personal y trata de desplegar toda su capacidad de persuasión para intentar doblegar al dictador. Con enormes apoyos internacionales pero enfrentado a quien todavía detenta el poder y controla a las Fuerzas Armadas, la resolución de esta complicada y amenazadora ecuación está aún en el aire.

Ousmane Sow, un gigante de la escultura

Su luz se apagó el 1 de diciembre. A la edad de 81 años, Oumane Sow, uno de los más grandes artistas africanos de los últimos tiempos, el único que ingresó en la Academia de Bellas Artes de Francia, fallecía en su Dakar natal vencido por la enfermedad. El niño que hacía figuritas con piedra y alambre, que después emigró a Francia a probar fortuna y logró estudiar fisioterapia en París, el hombre que hasta los 50 años y de vuelta ya en Senegal era un desconocido para el gran público y que luego, convertido ya en escultor de éxito, conquistó al mundo con su obra, ha dejado tras de sí un legado impresionante, en el que destacan sus series de esculturas monumentales de guerreros y hombres africanos de poderosos músculos.

Aunque su primera exposición tuvo lugar en 1987 no fue hasta que mostró su obra en el Puente de las Artes de París en 1999 cuando se empezó a labrar el reconocimiento internacional. A los guerreros masai de Kenia, los australes zulúes, los nuba de Sudán o los fulani de África occidental siguieron los indios americanos en su célebre reproducción de la batalla de Little Bighorn. El gigante Sow, medía 1,93 metros, no dejaba indiferente. Sobre una estructura de hierro, paja y fibras de yute, aplicaba una mezcla especial que mantuvo en secreto para modelar su espectacular obra, en la que también incluyó lo que él llamaba “los grandes hombres”: De Gaulle, Víctor Hugo, Nelson Mandela. El bronce tampoco le fue ajeno.

Nana Akufo-Addo, la normalidad democrática

Nana Akufo-Addo junto al presidente de Nigeria, Mahamadu Buhari.
Nana Akufo-Addo junto al presidente de Nigeria, Mahamadu Buhari.REUTERS

En el maremágnum de noticias casi siempre negativas sobre África ha encontrado poco acomodo la victoria electoral de Nana Akufo-Addo en Ghana. Esto es así porque ha sido pacífica, aceptada por el rival y exenta de sobresaltos. Pero no por ello es menos relevante. Ocurrió el 9 de diciembre. Ya se había presentado en dos ocasiones a las elecciones, en 2008 y 2012, y en ambas ocasiones las perdió. Al igual que Abodulaye Wade en Senegal, Alpha Condé en Guinea o Mahamadou Issoufou en Níger, Akufo-Addo supo esperar su momento y este le llegó en 2016. Ya es el presidente electo de una de las democracias más sólidas de África.

Procedente de una familia de la élite ghanesa (su padre fue uno de los padres de la independencia), educado a caballo entre el Reino Unido y su país, abogado defensor de los Derechos Humanos y muy activo en la lucha contra la dictadura de Jerry Rawlings en los años noventa. Destacado miembro del Nuevo Partido Patriótico (NPP) que llegó a presidir, fue Fiscal General y ministro de Asuntos Exteriores durante los gobiernos de John Kufuor en la década pasada. Ahora, como presidente, este liberal de 72 años se ha planteado el reto de luchar contra el desempleo y mejorar las inversiones extranjeras en Ghana.

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Sobre la firma

José Naranjo
Colaborador de EL PAÍS en África occidental, reside en Senegal desde 2011. Ha cubierto la guerra de Malí, las epidemias de ébola en Guinea, Sierra Leona, Liberia y Congo, el terrorismo en el Sahel y las rutas migratorias africanas. Sus últimos libros son 'Los Invisibles de Kolda' (Península, 2009) y 'El río que desafía al desierto' (Azulia, 2019).

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