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COLUMNA

Otra mirada sobre Próxima b

¿Es realmente este planeta un lugar que puede albergar vida?

Impresión artística de Próxima Centauri b junto con el sistema binario Alfa Centauri.
Impresión artística de Próxima Centauri b junto con el sistema binario Alfa Centauri.

Lo más interesante del descubrimiento del planeta Próxima B –aparte de su cercanía a nosotros- es que parece un cuerpo semejante a la Tierra, inmerso en la zona de habitabilidad de su estrella. O sea, justo a la distancia precisa para que las temperaturas no sean muy extremas y pueda existir en él agua líquida. Ese es uno de los requisitos básicos para la aparición de la vida.

Pero ¿es realmente un destino tan acogedor como se ha descrito?

En primer lugar, este planeta gira muy, muy cerca de su estrella, a sólo unos 7 millones de kilómetros, comparados con los 150 millones que nos separan a nosotros del Sol. Si no está abrasado es simplemente porque Próxima Centauri es una enana roja, tan sólo algo mayor que Júpiter y comparativamente muy fría. De hecho, brilla tan poco que, pese a ser nuestro vecino más próximo, no puede distinguirla a simple vista. Hace falta un telescopio de tamaño respetable para llegar a ver un simple punto brillante, perdido entre un enjambre de otros casi idénticos.

Al girar tan cerca de su estrella, Próxima b sufre enormes fuerzas de marea. Y como resultado presenta siempre la misma cara hacia su sol. Igual que sucede con la Luna con respecto a la Tierra. Y también con la mayoría de satélites de los planetas exteriores como Júpiter y Saturno. El día en Próxima b dura lo mismo que su año: 11 días terrestres, de la misma manera que el día en nuestra Luna dura lo mismo que su rotación en torno a la Tierra, poco más de 28 días.

Si el planeta no está abrasado es simplemente porque Próxima Centauri es una enana roja

Si la rotación de Próxima b está sincronizada, desde la superficie su sol se ve siempre en el mismo punto del firmamento. En la Luna también ocurre: los astronautas veían la Tierra fija e inmóvil. Como que el Apollo 11 aterrizó muy cerca del ecuador lunar, Armstrong y Aldrin veían la Tierra casi en el cénit; para otros astronautas estaba un poco más baja, según su punto de aterrizaje. Si en el futuro algún astronauta pisa los polos de la Luna, verá la Tierra rozando el horizonte. Pero siempre en el mismo sitio. En la Luna, el Sol sí se mueve; la Tierra, no.

En Próxima b, Próxima Centauri se ve de mayor diámetro que nuestro Sol pero mucho más roja. En teoría la temperatura en ese planeta debería rondar los 50 grados bajo cero. Pero es una cifra engañosa (se llama temperatura de equilibrio) que considera al planeta como un cuerpo negro perfecto, que refleja un 30% de la luz que recibe (un poco menos que la Tierra) sin tener en cuenta el efecto de la atmósfera ni otros factores.

Por débil que sea el resplandor de su estrella, el hemisferio de Próxima b en el que es siempre de día sufrirá temperaturas reales muy elevadas. La Luna, por ejemplo, tiene una temperatura de equilibrio de 0ºC, pero en pleno día se registran allí unos 125 grados que de noche caen a menos de 150. Por eso, las misiones Apollo aterrizaban siempre poco después del amanecer local, cuando el calor no se había hecho tan extremo.

Apenas conocemos nada de las circunstancias que se dan en Próxima b pero supongamos que posee una atmósfera de densidad similar a la de la Tierra (si no tiene atmósfera, no vale la pena hablar de la posibilidad de agua líquida). En ese caso, el punto subsolar, donde su estrella está siempre en el cénit, podría pasar de los 100 grados. Y en el lado opuesto reinaría siempre una noche gélida, sólo atemperada por la luz y el calor de las estrellas lejanas.

Sólo en una estrecha franja entre ambos hemisferios, justo donde el sol permanece siempre ligeramente sobre el horizonte podrían darse temperaturas agradables para la vida. Sería una anillo de unos pocos kilómetros de anchura, de iría de polo a polo siguiendo la línea del terminador, la separación entre el día y la noche eternos.

En el caso de que exista atmósfera, cabe esperar una meteorología muy violenta. A un lado, medio planeta inmerso en una capa de aire recalentado; al opuesto, aire muy frío

Si en Próxima b existe agua, es razonable pensar que en el hemisferio diurno se habrá evaporado, dejando tras de sí un desierto casi marciano. En cambio, en el lado opuesto podría haberse ido acumulando en forma de un grueso casquete de hielo (posiblemente de varios kilómetros de espesor) que envuelve medio planeta de polo a polo. Visto de cerca, no sería muy distinto del muro de hielo de Juego de Tronos.

Cerca de la estrecha franja templada, a caballo entre el día y la noche, el peso de semejante masa de hielo irá fundiendo sus capas más inferiores, igual que ocurre con los glaciares terrestres. Es el único sitio donde puede esperarse que se formen cortos riachuelos en cuyas orillas sí que podría darse la aparición de líquenes, plantas o incluso algún tipo de vida más o menos rudimentaria. Pero esos oasis tendrían muy poca extensión, limitados por un lado por el desierto abrasador y por otro, por una enorme pared de hielo. Y todo ello, asumiendo la existencia de un campo magnético suficiente para evitar que lleguen a suelo las oleadas de radiación que de vez en cuando emite Próxima Centauri.

Y hay más: si existe atmósfera, cabe esperar una meteorología muy violenta. A un lado, medio planeta inmerso en una capa de aire recalentado; al opuesto, aire muy frío. En la Tierra, el resultado esos contrastes producen grandes diferencias de presión que provocan violentos huracanes y tornados. Pero en Próxima b, dadas las tremendas diferencias de temperatura, las rachas de viento entre hemisferios serían aún más extremas. Cualquier planta que crezca allí necesitará unas buenas raíces para no verse arrastrada.

¿Podría ser que, después de todo, Próxima b no estuviese atrapado por las fuerzas de marea? Quizás sí. Mercurio, sin ir más lejos, está en una resonancia de 2 a 3: sus días duran 55 días terrestres y su año, 88. En ese caso, todo el planeta se iría exponiendo sucesivamente al calor de su estrella y las condiciones serían mucho más tolerables. Algunas simulaciones hablan de temperaturas menos extremas y la posibilidad de lagos de agua líquida incluso en las zonas iluminadas. Eso sí, siempre contando con la existencia de una atmósfera tangible.

Pero todo esto no son más que hipótesis. Tendremos que esperar bastante más hasta que Próxima b nos descubra su verdadero aspecto.

Rafael Clemente es ingeniero industrial y fue el fundador y primer director del Museu de la Ciència de Barcelona (actual CosmoCaixa).

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