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París. Día dos. Una noche en la ópera

Para Louis Vuitton y Dries Van Noten, la moda sigue siendo un espectáculo

 

"En hombre es difícil innovar", decía ayer Juan Avellaneda, en un salón del Hotel Pulitzer de París 'tapizado' con su colección. "Por un lado están el estilo inglés y el italiano, muy encorsetados, y por otro está la vanguardia. Nosotros intentamos mantenernos en el punto medio". En sólo tres temporadas, este barcelonés se ha instalado en el extremo más lujoso del escaparate y esta temporada, por primera vez, presenta en París sus camisas con cuello de pijama, abrigos de visón épilé (que no rasado), chaquetas de cachemir y preciosos emóquines de flocado de algodón negro o rojo.

La colección de Vuitton es un master en lujo y estética militar.

Avellaneda tiene el producto perfecto para el aquí y ahora, sobre todo en ese extremo del lujo donde lo verdaderamente especial de una prenda se aprecia al tocarla y la estética tiende a ser un juego de referencias cruzadas o un guiño extravagante sobre una base clásica antes que un delirio de estudiante de diseño. Si ha entendido esto, multiplíquelo por mil, súmele 162 años de historia, la lona con las iniciales más famosas del mundo y ser propiedad de Bernard Arnault, el hombre más rico de Francia, y se hará una idea del lugar que ocupa Louis Vuitton en la industria.

En el desfile de la casa francesa estaban Xavier Dolan, Lewis Hamilton, Jaime de Marichalar, la plana mayor del grupo LVMH, controlado por Arnault, y toda persona del entorno 'fashion' que se preciara de serlo y tuviera invitación. En el techo del pabellón acristalado en el Parc André Citroën ondeaba una tela iridescente (la obra 'Liminal air space-time', del artista japonés Shinji Ohmaki, traída desde Tokio) y, sobre la pasarela, un pulido show orquestado por el diseñador de la casa, el británico Kim Jones. Todo, perfectamente medido y deseable: los trajes, en azul, gris y marrón apagado; la revisión minimalista de la ropa militar, con canalé y refuerzos; la vuelta del logo (algo que ya vimos en Burberry); el vaquero con textura craquelada (con técnica Roketsu) y los lujosos abrigos de oficial, con vivos en visón, inspirados en el barón Alexis de Redé.

Momento del desfile de Rick Owens

Corazón y cabeza
Incluso Rick Owens parece haberse dejado conquistar por las matemáticas del lujo. Ese hombre al que nada queda por demostrar, cuyo estilo entre urbano y apocalíptico es más una iglesia con acólitos que sólo un 'estilo', el jueves, presentó abrigos, chaquetas abreviadas y gabardinas con pequeños desajustes. Eso sí, combinados con pantalones de pata de elefante y entre sayos con capucha abullonados y chaquetas con efecto de pintura derramada. Owens sabe epatar (recuerden las togas con una abertura que descubría el sexo la temporada pasada) y también sabe vender (sus zapatillas, camisetas de algodón y chupas de piel son objeto de culto), así que experimentar con piezas convencionales, para él, debe de ser igual de retador que para Avellaneda acortar mucho un pantalón.

Juan Avellaneda, el diseñador barcelonés que presenta su colección estos días en Paris.

Owens pertenece a esa casta, cada vez más escasa, de diseñadores establecidos pero independientes. La misma de la que formaba parte Martin Margiela hasta que fue comprado por Diesel, que podría engrosar el admirado Gosha Rubchinskiy (que también desfiló ayer con sus jóvenes vestidos de mercadillo ruso), y en la que, sin duda, manda Dries Van Noten.

 El belga cerró la jornada con un maravilloso espectáculo en la Ópera Garnier. En el espacio que dejaban en la escena dos gradas enfrentadas, los modelos desfilaron con una colección que reunía todos los rasgos por los que su diseñador se ha hecho grande. Sastrería, guerrilla, psicodelia y, en los mejores looks, todo ello al mismo tiempo. Piezas comerciales (trajes, punto, parkas enormes), piezas casi imposibles (pantalones de jacquard alucinógeno). Fluidez, juego y un poco de crudeza. Al final, el casting, formado en batallón, se inclinó ante el imponente patio de butacas vacío. Luego, se dio la vuelta y se inclinó ante nosotros. Lo que no se puede explicar tan bien es el aplauso que se ganó Dries Van Noten cuando salió a saludar.