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Boadella: “Cuido mucho a mis enemigos”

Creador en 1962 de la compañía de teatro Els Joglars y cofundador de Ciudadanos, Albert Boadella se despidió del teatro en Barcelona tras enfrentarse al independentismo

Los últimos seis años ha dirigido los Teatros del Canal en Madrid. Tras la presentación de su nuevo espectáculo de ópera, que se estrena en julio, anunció que era tiempo de irse

Albert Boadella, dramaturgo y actor. Ampliar foto
Albert Boadella, dramaturgo y actor.

Le gusta definirse como el bufón de la corte y posee ese punto de individualidad del anarquismo. Albert Boadella recibe en el que todavía es su despacho, en el edificio diseñado por Juan Navarro Baldeweg y que alberga los Teatros del Canal, una construcción ideada, a juicio del que ha sido durante seis años el encargado de la programación, para que “el arquitecto gane un premio de diseño [lo ganó] pero luego al ocuparlo surjan las grietas”. “Aquí podría hacer una novela”. Tres salas y cambios constantes de espectáculo, variedad de estilos e, incluso, actividades escolares. Toda una experiencia para alguien que había sido gestor de una compañía privada, en la que aguantó, “bueno, todavía se aguanta”, casi medio siglo.

Llegó del ámbito privado y decía que no tenía el perfil adecuado para trabajar en la Administración pública, ¿ha disfrutado de los márgenes de libertad a los que estaba acostumbrado? Mi plan era estar dos años exclusivamente, lo que era arrancar los Teatros. Después le he tomado cariño a la gente con la que trabajo aquí, un equipo nuevo donde no he cargado con ninguna herencia. Seleccionar las obras, no para mi gusto, sino el de los contribuyentes, que son los que pagan este edificio, es formidable porque te obliga a ponerte en la piel de otros y tratar de compensar los gustos de los espectadores, olvidándote del tuyo aunque sirva como filtro a todas las propuestas.

En ocasiones lo he visto en los Teatros del Canal hablando con la gente, ¿ha cambiado su público? Els Joglars combinó los contenidos con la popularidad, hicimos un juego, una mezcla difícil y complicada, lo popular puede tender a una cierta zafiedad o a contenidos complejos y experimentales. La gente en Madrid es muy expresiva y son amables, pero si te tienen que decir algo también lo hacen. No necesito hacer encuestas, lo veo directamente, a veces tomando un café se acerca alguien y te dice las cosas. Yo, que soy un catalán soso, y a veces inexpresivo, lo valoro doblemente. Tenemos un carácter poco dado a la expresividad.

Els Joglars empezó con la disciplina del mimo clásico, evolucionó hasta incorporar palabras y ahora cada vez se canta más en sus montajes. ¿Cómo lo explica? Cuando comencé a hacer teatro no me atraía lo que tenía a mi alrededor y salí por la tangente. Había estudiado en Francia y me hice mi propia cocina: me construía mimo-dramas. Como el pintor que empieza dibujando al carbón, luego va poniendo colores, palabras, onomatopeyas, objetos…, todo el escenario desnudo y nosotros con mallas, en el fondo fue como un re­aprendizaje, una fórmula para conocer el oficio. Después sucedió una cosa lógica, siempre fui un músico frustrado, así que empecé a meter la música por todas partes y, en los últimos años, me he lanzado. En la cuenta atrás de tu vida artística te quitas los complejos, con Joglars, por ejemplo, no tenía la oportunidad de trabajar con una orquesta.

Se metió con los militares, con la Iglesia, con la Generalitat. No parece especialista en hacer amigos. Abrimos unas brechas enormes, pero no creo que ahora una obra como Teledeum (1984) escandalizara del mismo modo. Hasta los obispos vendrían a verla para reírse un rato, pero el caso de Operación Ubú (1981) y sus secuelas (Ubú president y Ubú presidente o los últimos días de Pompeya) no tanto, no creo que Pujol quisiera venir. Ubú era distinto, fue una obra con más experiencia, ya sabíamos disparar al centro de la diana, era muy perversa en cuanto a la sátira, estaba hecha milimétricamente para obtener los resultados que queríamos. Cuando la gente salía y veía a Pujol, inmediatamente se le aparecía Ramon Fontserè, que era quien lo interpretaba, le entraba la obra y la historia. Jamás pudieron mirar a Pujol como lo habían visto antes, era una obra químicamente bien estudiada.

En cierto modo, el tiempo le ha dado la razón, fue el primero en advertir la deriva del pujolismo. Hay cierta hipocresía en esta cuestión. En general, una buena mayoría de catalanes sabía de qué iba el asunto, otra cosa es que no lo expresaran, ni lo dijeran, pero, especialmente, alrededor del mundo de la cultura se conocían perfectamente los negocios y las supuestas irregularidades de todo lo que significaba no solo Pujol, sino todo su entorno. No tuve que hacer un gran esfuerzo de imaginación para crear mis Ubús o mi obra sobre Josep Pla o incluso, una serie muy premonitoria con la TVE del circuito catalán, con Pilar Miró, que se llamó Somos una maravilla, parodiando aquel eslogan de Somos seis millones. Aquella libertad vivida en los años ochenta por parte de los estamentos oficiales no la he vuelto a experimentar.

¿Luego se torció todo? Empezaron los sectarismos. La genética sectaria de la Península y la libertad ya quedó tocada en muchos aspectos, sobre todo, en una cuestión casi diría de autocensura. La libertad también es un juego doble: lo que te permiten y lo que tú deseas y crees que puedes hacer y, en este juego, ha existido el tributo de vasallaje hacia las Administraciones públicas. A partir del momento en que los Gobiernos se convierten en mecenas de la cultura hay una baja en la libertad y en ciertas formas transgresoras con temas que tocan a la realidad directa del país. Se ha tendido más a la metafísica, a buscar los problemas en otros rincones del mundo. El teatro tiene que ser siempre político, incluso haciendo una comedia tiene que existir también este retrato de la realidad.

¿Y no habrá una cuarta parte, con las estatuas de Pujol caídas por el suelo? Desde el punto de vista teatral me han superado. Lo fantástico es la gran demostración de que la realidad es insuperable. En mi oficio no se necesita la fantasía, lo que hace falta es tener el ojo muy entrenado para mirar a tu alrededor, una óptica muy profesional sobre lo que te rodea.

¿La libertad debe tener límites? La libertad con la belleza no debe tener ningún límite. El problema es cuando se utiliza la libertad de expresión desde un escenario para una zafiedad, insultar o determinados aspectos que entrarían dentro del Código Penal. La única cosa que en algún momento llegué a pensar era la cuestión del islam, ¿qué hubiera sucedido si yo me hubiera planteado una obra en la que el tema del islam hubiera sido muy protagonista? Ya hemos visto que la historia de los dibujos se ha ido lejos. Recuerdo cuando hice Teledeum; luego supe por un libro que escribió un ultra que habían planeado mi asesinato.

A uno de los actores lo apuñalaron aquí en Madrid. Sí, 16 puñaladas, lo dejaron inutilizado para hacer la obra. En el caso de Teledeum fue la reacción de una Iglesia que había dominado el cotarro durante muchos años y nadie había osado decir nada. Se encontraron con una sátira de una ceremonia concelebrada con distintas religiones en la que el catolicismo era muy importante.

La torna se estrenó en 1977 y, por el hecho de subir a un escenario a unos militares borrachos firmando una sentencia de muerte, desencadenó un consejo de guerra. Anunciamos sin saberlo –qué fantástica es la intuición– un crimen de Estado. La ejecución de Heinz Chez fue un crimen que sirvió de torna a la de Puig Antich. Los militares sabían perfectamente que el reo no se llamaba Heinz y que no era polaco, sino un súbdito de la Alemania Oriental que después había pasado a la Alemania Federal. No convenía ejecutar a un súbdito de la Alemania Federal, aunque hubiera matado a un guardia civil, pero los militares obviaron eso para conseguir que Puig Antich no estuviera solo. Nosotros en aquel momento no sabíamos que el sentenciado se llamaba Georg Welzel. Era una cosa muy seria esa historia, no entendíamos la ferocidad con la que nos atacaron los militares, a mí me pedían seis años de cárcel. El general auditor que llevaba el caso La torna había participado en el juicio a Heinz. Cuando lo vi claro pensé: “Aquí tengo que salir por pies, me van a meter seis años de cárcel”. Por eso me fugué.

Albert Boadella. ampliar foto
Albert Boadella.

Lo he soñado o se encontró con una manifestación que pedía su libertad cuando se fugó del hospital. Estaba en el Hospital Clínico en la quinta planta, y el día que me iba a fugar vino un estudiante y dijo que tenían prevista una manifestación a las cinco de la tarde en la puerta para pedir mi libertad y la libertad de expresión. Le mandé por ahí, le rogué que no lo hicieran, no quería ninguna manifestación y él, claro, no entendía nada. Salí por la ventana del lavabo, pasé andando por la cornisa, que era estrecha, hasta encontrar otra ventana que estuviera abierta. ¿Se imagina a los manifestantes abajo aplaudiendo?

Menos mal que no tiene vértigo. Me cambié de ropa y salí por la puerta principal, vestido de médico y con peluca. Los policías que estaban en el vestíbulo no me reconocieron. A los que vigilaban en la habitación mientras me afeitaba los arrestaron, hablo de 1978. Escribí una carta a su jefe diciendo que yo había transgredido su confianza porque tenían que haberme esposado a la cama y ellos se habían negado a esposar a un hombre que no había cometido un delito de sangre, ni había robado. Ellos mismos lo entendían.

Aquel procesamiento acabó con muchas cosas, se rompió Els Joglars. Els Joglars estaba roto, yo había tenido una reunión pocos días antes de que me metieran en la cárcel con el equipo que había entonces y les dije que era la última obra que hacía con ellos. Eso fue tremendo porque, posteriormente, cuando hubo que hacer piña para enfrentarnos a la situación, yo les dije que me escapaba. Era un riesgo tremendo, pero tenía que decirlo y los abogados querían que nos quedáramos. Mi idea era la fuga y que La torna se representara en Perpiñán, esa era la jugada, pero no se pudo hacer porque el equipo estaba roto.

¿Cómo ha cambiado la sociedad? Funciona el mito de la libertad de expresión como algo sagrado, cosa que antes no sucedía; había unos límites, unos tabús muy fuertes, pero ahora basta que alguien diga que lo han censurado para que automáticamente se monte un cirio, pero sí han cambiado las cosas. No creo vivir en un país tan trágico como a veces lo pinta mucha gente a la que le da vergüenza ser española. Soy relativamente optimista, pienso que hay cosas buenas.

Trabajar en un teatro público le ha ayudado, por ejemplo, a acompañarse de una orquesta. Claro, pero cuando deje este puesto seguiré haciendo lo mismo. Si me contrata la ópera de Parma lo haré allí o en el Real. Tengo claro que quiero acabar mi vida artística en el mundo de la música, no solo en la ópera, sino en espectáculos como Amadeu o El pimiento Verdi. Yo provenía de una familia de músicos.

Albert Boadella

Boadella: “Cuido mucho a mis enemigos”

Durante casi medio siglo la obra de Albert Boadella (Barcelona, 1943) fue Els Joglars. Fundó la compañía con Carlota Soldevilla y durante un tiempo el director y los actores vivieron juntos en una mansión fuera de Barcelona, al estilo de lo que hacía Molière. “Para trabajar con los actores necesito cierta empatía”. Siempre a la contra, fue uno de los primeros en rechazar el Premio Nacional de Teatro, en 1994, porque llegaba “demasiado tarde” y, en 2004, la Creu de Sant Jordi.

Ahora prepara una adaptación de la ópera Don Carlo, ¿un paso más en su reconocido verdianismo? Supera los mejores Wagner, es una obra monumental. Creo que está entre las mejores del mundo junto con La flauta mágica. Por el contrario, el guion lo cambiaría. Nunca he respetado los textos, los he hecho míos. Pero esta vez sigo las notas, el libreto entero, aunque hago un ejercicio muy complicado para dotarla de cierta realidad, porque esta ópera es nuestra antiembajada histórica, la leyenda negra al cien por cien, además de totalmente falsa. Retomo la realidad y pongo el personaje de don Carlos como un hombre loco al que hoy determinaríamos con sus patologías exactas. Las hijas que tuvo con Isabel de Valois eran inteligentísimas, si hubieran reinado ellas otro gallo nos hubiera cantado. En España no había ley sálica como en Francia, pero se empeñó en tener otro varón y tuvo a Felipe II, que ya no estaba tan dotado.

Muchas óperas versan sobre personajes antagónicos y se siguen como una especie de metáfora entre el bien y el mal, un modelo que ha traducido a algunas de sus obras, protagonizadas por dos colectivos claramente diferenciados. A mí me gustan las cosas de buenos y malos, pues soy de los que creen que hay buenos y malos. La vida está hecha de constructores y destructores. Son necesarios ambos, lo que pasa es que hay que controlar que los destructores no sobrepasen el nivel. De momento, como todavía estamos vivos como especie, quiere decir que los constructores han ganado, por poco, pero han ganado.

¿En torno a esa filosofía ha construido su teatro? También lo he construido en torno a otra figura importante. Detrás de un hombre de teatro tiene que haber alguien que sepa introducirse en la realidad y desvelarla. No me gusta la palabra crear, es inexacta. En el mundo del arte, ahora se usa para todo, todo el mundo es creador, pero crear es hacer algo a partir de cero y un artista no hace nada a partir de cero. Crear es desvelar. Desde Aristófanes hay elementos que, por lo que sea, han quedado opacos frente al conjunto de los ciudadanos, y hay algunos especialistas, que somos nosotros y todo tipo de artistas, que tienen una óptica especial sobre las cosas, que penetran en estas realidades profundas y te hacen dudar sobre la verdad de los otros. Me gusta el teatro comprometido, en el sentido de saber decir que no y que sí a ciertas cosas y acusar ciertas actitudes como lo que son. No he hecho un teatro escapista. ¿Cómo se entiende que en la España de los últimos treinta años no exista una obra memorable sobre terrorismo? Esto es escapismo. Ha habido cierto escapismo de asumir riesgos o compromisos.

¿Y tiene que ver con el vasallaje con el poder del que hablaba antes por las subvenciones? Desde el momento en que se produce ese cambio tan brutal en la sociedad por el que el mecenazgo ya no es de un príncipe, sino que pasa a ser del Estado o de la comunidad autónoma, hay que vigilarlo. Cuando el Estado a uno le da diez y a otro no le da nada, podemos creer que es por cuestiones de calidad, pero siempre queda la duda. Conviene vigilar a quien lo recibe.

Esperanza Aguirre le contrató como director de los Teatros del Canal. Con sus defectos y sus virtudes, también parece un personaje caricaturizable. ¿No le inspira? A Esperanza le he tomado mucho cariño, es una mujer que tiene un trato personal enormemente cálido y sencillo. He trabajado aquí y he hecho lo que me ha dado la gana. Ha sido el único político con el que no he tenido un serio enfrentamiento, y le tengo gran aprecio como persona y como política porque dice lo que piensa, guste o no guste. No se me ocurrió parodiarla, yo satirizo a alguien que considero que tiene que ser el hazmerreír del público, no a alguien a quien tengo cierto aprecio. No se me ocurre hacer una sátira de Albert Rivera porque es un chico que nació de nuestra iniciativa de Ciudadanos, es responsabilidad de la idea de unos cuantos, y no le haría esta maldad.

¿Sigue en Ciudadanos? Llevan camino de convertirse en una gran fuerza política. Yo voto Ciudadanos. La verdad es que no me lo imaginaba, también la realidad me ha superado. Pensaba que Ciudadanos sería importante en Cataluña, pero no se me había ocurrido que sería absorbido por el conjunto de España. Esto es gracias a la personalidad de Rivera. Tiene algo este hombre, una forma de hacer que merece la confianza y la conexión que tan bien conocemos la gente del teatro. Después, me parece muy importante que desde Cataluña se haga un partido español, partidario de la unión entre todos y que eso tenga una dimensión. He sido un hombre que me he peleado mucho en Cataluña y que he tenido que salir. Mi vida en Cataluña desde el punto de vista artístico se ha acabado.

Cuando la masa piensa alguna cosa me llevo las manos a la cabeza, tengo auténtica fobia”

¿No cree posible volver si le ofrecieran montar algo en catalán? Una cosa que duele mucho, sobre todo porque yo soy muy catalán, es que creo que hubiéramos sido más felices sin la lengua catalana, mucho más felices; hubiera existido el mismo número de artistas, escritores, todo exactamente igual, la gente seguiría siendo igual de inculta o de culta. Se ha utilizado una lengua como un efectivo militar, de lucha y separación, no como un elemento de entendimiento. A mis nietos, hay que decir que viven en Soria, no les hablo en catalán. Lo saben porque son hijos de mi hijo, pero no les hablo en catalán.

Definió a su padre como un ampurdanés prototípico. Es decir, alguien que cuando una opinión es respaldada por más de cinco personas se siente obligado a mantener la posición contraria. ¿Heredó esa tradición? Cuando la masa piensa alguna cosa me llevo las manos a la cabeza, tengo auténtica fobia. Aquella frase de “el pueblo unido jamás será vencido” me da terror. Ha sido bandera de muchísimos desastres. Yo soy un antirrevolucionario total, lo peor de las revoluciones es que luego llegan los contrarrevolucionarios, que es lo peor que hay.

Nunca ha sido un buen camarada. El otro día les decía a los alumnos en un curso: sois élite y os tiene que gustar ser élite. ¿Por qué queréis ser pueblo? Las élites como vosotros son los que mueven el mundo. La excelencia aquí es algo que se esconde.

La excelencia se considera un arma de la derecha. Eso cuando había derecha tenía lógica, ahora todo el mundo se ha movido hacia la izquierda, nadie quiere estar del lado de la derecha. ¿Dónde se ha visto una derecha que suba los impuestos? Este ultraizquierdista que es Montoro.

Le han atacado y criticado, pero siempre ha respondido puntualmente desde el escenario a todas las críticas. Generalmente no pierdo el sentido del humor, es algo que me enseñó mi familia, se reían mucho en casa, y creo que el sentido del humor es lo más civilizado que tenemos, lo que realmente nos distingue de los animales. Hay que tomar distancia sobre los acontecimientos y sobre uno mismo, como antídoto contra el fanatismo y lo talibán.

Lo dice con humor, pero en ocasiones ha sacado el cuchillo. Al crítico de El nacional lo fusilaba. Sí, es cierto. Pero había críticos que me fusilaban a mí, no por cuestiones artísticas. La crítica tiene que existir y debe ser subjetiva, es una necesidad. Ahora, cuando entramos en términos más allá de la cuestión profesional, que es lo que me ha sucedido a mí muchas veces con los críticos, que entraban en mi propia vida –han aparecido incluso mis hijos–, cuando alguien hace algo de este tipo yo respondo con arte. La escena era mucho más artística que las críticas que me hacían.

Nunca es divertido que te peguen un tiro. He contestado a los críticos porque había algunos que tenían manía conmigo. Los personajes más pesados siempre han llevado nombres de críticos en el escenario. En la vida es importante tener adversarios, me fío muy poco de los que quieren estar bien con todo el mundo, buen rollo. Yo no soy de buen rollo, a mí me gusta que la gente se enfrente, me gusta polemizar, decir las cosas, y eso provoca, pero he cuidado mucho a los adversarios, los he ido regando porque te dan mucha vida.

¿Está disfrutando de los últimos días en los Teatros del Canal? Llevo seis años aquí, me gusta mucho y he disfrutado, pero he hecho ya el trabajo que tenía que hacer, no creo que alargarse sea una buena medida. Aquí hay gente muy capaz.

¿Volverá a Barcelona? Vivo en el Ampurdán, en la tierra de mi padre, sigo teniendo mi casa allí. Voy y vengo. A veces estoy aquí tres meses, según el trabajo. Madrid me gusta una barbaridad, no podré vivir sin ella, es enormemente abierta, la ciudad más abierta de Europa, muy comunicativa. Seguramente que el trabajo que realice lo haré desde aquí.