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Psicología

Los voluntarios que torturaban en nombre de la ciencia

Una revisión del trabajo de Stanley Milgram muestra que los participantes creían hacer un bien mayor

Fotograma de la película 'Shock Room', basada en el trabajo de Milgram. rn
Fotograma de la película 'Shock Room', basada en el trabajo de Milgram.

¿Qué hace que una persona considerada normal torture a otra hasta matarla? En los años 60, el psicólogo social Stanley Milgram realizó una serie de experimentos donde creyó encontrar la respuesta a atrocidades como la del Holocausto. Su conclusión fue que los humanos somos capaces de lo peor cuando estamos cumpliendo órdenes de una autoridad. Ahora, una revisión de sus archivos muestra que los participantes no se limitaban a obedecer y justificaron sus torturas porque eran en favor de la ciencia.

Desde el verano de 1961 Milgram llevó a cabo una serie de experimentos en su laboratorio de la Universidad de Yale. En teoría, las pruebas eran para un estudio sobre el impacto del castigo físico en la mejora del aprendizaje. Eso fue al menos lo que decían los carteles que pegaron por el campus para captar voluntarios a cuatro dólares la hora.

Cartel buscando voluntarios para los experimentos de Milgram en la Universidad de Yale.
Cartel buscando voluntarios para los experimentos de Milgram en la Universidad de Yale. Wikimedia

En realidad, lo que Milgram quería estudiar era porqué las personas obedecen órdenes destructivas cuando proceden de una autoridad. En la versión más conocida de sus experimentos, los participantes se sentaban ante un aparato con 30 interruptores. El primero liberaba una descarga de unos suaves 15 voltios y el voltaje iba subiendo hasta el último, donde alcanzaban unos letales 450 voltios. Al otro lado del cable había un estudiante. Si se equivocaba en la tarea de recordar una serie de palabras, un supervisor vestido de bata blanca daba la orden de castigarlo con un calambrazo.

Eso es lo que creían los participantes en el estudio. Por fortuna para los estudiantes, nunca hubo descargas reales. Se trataba de actores que sólo tenían que meterse en el papel y quejarse de cada descarga y, si eran muy extremas, implorar porque la tortura acabara. Sólo al final de las pruebas Milgram dijo a los voluntarios que todo era una estratagema diseñada para estudiar la obediencia a la autoridad.

Los resultados sorprendieron al propio Milgram y aún ocupan espacio en los manuales de psicología. La gran mayoría de los participantes no tuvieron muchos reparos en administrar las descargas hasta el máximo de los 450 voltios. Sólo unos pocos abandonaron el experimento ante los lamentos del torturado.

En su elaboración del porqué de esta conducta, Milgram sostenía que, en presencia de una autoridad poderosa, las personas se concentran en cumplir los deseos de esa autoridad y no tanto en la cuestión de si sus acciones era moralmente correctas o no. Lo voluntarios se convirtieron en agentes pasivos y acríticos del de la bata blanca. Pero esas son las conclusiones que dejó escritas Milgram en sus artículos y en la obra Obediencia a la autoridad.

Sin embargo, los documentos originales de sus investigaciones dicen otra cosa. Dicen que, aunque muchos voluntarios sufrieron mientras aplicaban las descargas, la inmensa mayoría narcotizaron esa sensación con la idea de que estaban haciendo un gran servicio al estudio, la Universidad de Yale, la ciencia y al progreso humano en general.

La caja 44 de los Archivos de Yale

“Los materiales que he descubierto durante un periodo largo de investigación en los Archivos de Yale en 2012 contienen gran cantidad de información sobre las experiencias de los participantes que no habían sido estudiados antes”, dice la investigadora de la universidad australiana de Macquarie, Kathryn Millard y coautora de una revisión de los experimentos de Milgram publicada en el British Journal of Social Psychology.

La joya de esos archivos es la caja 44. Contiene documentos originales del trabajo de Milgram que él nunca usó en sus artículos públicos. En especial, material original sobre los más de 800 voluntarios que durante una hora jugaron a ser torturadores. Tras acabar los experimentos, Milgram les había enviado un dossier explicándoles los objetivos de su estudio y lo importante que había sido su participación en él.

El psicólogo les pedía también que respondieran a un cuestionario con 10 preguntas sobre su experiencia personal del experimento. 659 lo hicieron. Pero Milgram sólo usó las respuestas a una de ellas en sus publicaciones. Era la pregunta nº 8, la que les planteaba sí estaban satisfechos o lamentaban haber participado. Un 88% respondió estar muy satisfecho o satisfecho. Era el porcentaje que se conocía, pero los de las otras nueve preguntas nunca fueron hechos públicos por Milgram.

Entre esas preguntas rescatadas ahora por Millard y un equipo de psicólogos había algunas sobre sus propias sensaciones tras el experimento o si les había parecido relevante o habían aprendido algo. Entre el 67% y el 88% de las respuestas decían que sí. Otras les cuestionaron sobre el valor científico del experimento o la implicación de Yale en él. Según la pregunta concreta, entre un 80% y un 99% afirmaron la importancia del estudio, la necesidad de continuarlo con nuevos ensayos sobre la conducta humana o su valoración positiva de la implicación de la universidad en este tipo de investigaciones.

“Este es uno de nuestros principales argumentos: los participantes no obedecieron ciegamente sino que en realidad actuaron como lo hicieron porque creían en la causa científica en la que incluso ellos estaban teniendo un protagonismo”, comenta el psicólogo de la Universidad de Queensland y coautor del estudio, Alex Haslam.

Eso no significa que les agradara dar descargas. “La tarea en sí fue estresante ya que los participantes oscilaban entre identificarse con el supervisor o con el estudiante”, explica Haslam. “Después del estudio sin embargo, Milgram pudo resolver esta tensión explicándoles que el daño que estuvieron dispuestos a infligir era por una causa que merecía la pena”. Y los voluntarios le compraron el argumento.

Eso es al menos lo que se desprende del análisis de los comentarios que aparecen en las fichas de la caja 44. No hubo un comportamiento burocrático de sometimiento a las normas, sino un verdadero entusiasmo por la ciencia. Como escriben los autores en sus conclusiones: “Los participantes se sintieron bien consigo mismos porque habían sido parte de y ayudado al progreso científico”.

Con todo este nuevo material, Millard ha confeccionado la película documental Shock Room, en fase de posproducción, donde recrea los experimentos de Milgram a la luz de lo que ha desvelado la caja 44 de los archivos de Yale.

“Si Milgram pudiera leer este nuevo estudio y ver el film, querría pensar que le gustaría”, dice la investigadora australiana. “Exploró un tema de gran importancia: qué hacemos cuando nos encontramos en una situación en la que alguien nos pide u ordena algo que entra en conflicto con nuestra conciencia. Aunque este nuevo trabajo cuestiona sus conclusiones, aún señala la importancia de las implicaciones de sus experimentos”.

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