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La isla de la tecnología

Taiwán apostó su desarrollo a la producción de ordenadores. Hoy es la gran fábrica de electrónica, el Silicon Valley de Asia

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Calle de Taipéi dedicada a la venta masiva de tecnología.

A 390 metros de altura, Taipéi aparece sumergida por un calor tropical. Un manto de humedad y neblina le confieren un color cobrizo. Los edificios brillan débilmente al sol de la tarde, mostrando sus ángulos rectos, y se extienden hacia el horizonte hasta fundirse con la atmósfera. A vista de pájaro, el urbanismo muestra una sobriedad rectilínea y eficiente. Como si un planificador colosal hubiera trazado las avenidas con un programa informático. En otro tiempo, esta llanura se encontraba anegada por un lago. Hoy, recuerda a la geografía ordenada de los microchips. Circuitos, nodos, celdas interconectadas, y la vida en su interior moviéndose a impulsos eléctricos. Esta visión nos golpea en la azotea del rascacielos Taipéi 101. Como si hubiéramos aterrizado en una película futurista y no en la isla de Taiwán. Quizá el desequilibrio en la percepción provenga del verdadero viaje que acabamos de comenzar en el ascensor del edificio, desplazándose a 1.010 metros por minuto (37 segundos hasta el piso 91), mientras la luz se oscurece como si cruzáramos a otra dimensión y el ascensorista aconseja: “Traguen saliva para ajustar la presión”. En Taiwán, desde que se toca tierra, lo envuelve a uno la sensación de caminar por las entrañas de un artefacto electrónico.

La tecnología lo recubre todo. El Taipéi 101, sin ir más lejos, fue bautizado así como un guiño al sistema binario del lenguaje computacional. Durante cinco años (hasta 2010) fue la construcción más alta del planeta. Un bloque de vidrio azul con forma de bambú visible desde cualquier punto de la capital. Un tótem de la era digital. Levantado en el corazón de un vibrante distrito financiero, alimentado a base de exportaciones; el símbolo de una nación agrícola y pesquera que decidió jugarse su desarrollo a una carta: producir chips y ordenadores de forma masiva.

El petardazo ‘high tech’ del país comenzó en los sesenta, cuando las firmas de Silicon Valley mudaron sus líneas de producción a países en desarrollo

Si hacemos caso a las cifras de DigiTimes Research, web taiwanesa que estudia los vaivenes del mercado tecnológico, las compañías de esta nación fabrican en torno al 85% de portátiles del planeta (unos 440.000 al día). Acumulan cerca del 60% de la producción de tabletas (270.000 cada 24 horas). Funden también el 60% de los semiconductores –o chips– del globo. Manufacturan el 60% de las placas bases (la plancha donde se conectan los componentes de la computadora). Y se aproximan el 20% de la cuota mundial de teléfonos móviles (cerca de un millón de terminales al día). Normal que uno tenga la sensación de moverse entre circuitos. Forman parte de la vida cotidiana. Y uno cree percibirlos en los ornamentos de un edificio. En un cuadro en la pared de un hotel retroiluminado con leds (Taiwán es uno de sus mayores fabricantes). Y en la escultura de la entrada principal de la University Taipéi Tech, a medio camino entre el esqueleto de un robot y una enredadera.

La universidad conecta por una avenida con el centro comercial Gong Hua Digital Plaza: seis plantas donde se vende todo tipo de tecnología. Las callejuelas colindantes se dedican también al mundo digital. En un palmo se mezclan neones de Acer, Asus, LG, Samsung, Gigabyte y Toshiba. Los puestos venden ordenadores de segunda mano y tabletas recién salidas de la fábrica. En un corredor trasero, encontramos una ferretería de dos plantas dedicada a la manufactura casera de tecnología. Hay miles de cables y conectores. Chips a cuatro euros. Interruptores y planchas vírgenes en las que uno puede engranar las tripas de un ordenador. Una dependienta teclea en el traductor de su teléfono el contenido de la tienda y nos muestra la respuesta: “Capacitación electrónica”.

En Taipéi, todo el mundo parece tener el móvil a mano, como un revólver. Volvió a ocurrirnos algo similar en Treasure Hill, una colonia de viejas casitas, donde se asentaron en 1949 parte de los militares chinos que llegaron a Taiwán huyendo de Mao Zedong, y tras los pasos de Chiang Kai-shek. Hoy estos chinos lideran uno de los países que mejor representa la globalización, pero cuya legalidad internacional sigue en un limbo. Apenas una veintena de países reconoce Taiwán. Y son poco relevantes. Solo la Santa Sede en Europa. Ninguno de los asiáticos. Ni Estados Unidos ni Japón ni la República Popular China, principales clientes de sus mercaderías (mantiene relaciones con la comunidad internacional a través de oficinas comerciales). Pero el viejo barrio, mientras, se ha transformado en un cogollo de artistas donde un guarda al que le preguntamos dónde podemos encontrar una audioguía desenfunda el móvil, susurra al terminal unas palabras en mandarín, y muestra el resultado en la pantalla. Casi como si fuera una respuesta a nuestras preguntas sobre la capacidad productiva de la isla, se lee en inglés: “Seguid caminando. Encontraréis ayuda”.

Así que un día más tarde, en un despacho de la Universidad Nacional de Taiwán, comienzan a aparecer algunas claves que explican por qué el sector tecnológico suma más del 50% de las exportaciones y alcanza un tercio de la producción industrial, según la Cámara de Comercio española en la región. “En los setenta llegaron los americanos. Comenzaron a construir una industria tecnológica. Ése es el punto de partida”, narra Ko Hui Chang, profesor especializado en las relaciones entre sociedad y tecnología. “Buscaban mano de obra barata. Y una regulación medioambiental poco estricta. Construyeron grandes fábricas. Y comenzaron a producir radios y televisores. Luego ordenadores. En los ochenta, cuando los americanos se fueron en busca de una mano de obra aún más barata en Asia, dejaron las fábricas y quedaron los ingenieros taiwaneses ya formados. Comenzaron a comprar las factorías”.

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Una monja con una tableta a los pies del Taipéi.

El libro The east Asian High-Tech drive (2006) remonta a los sesenta el petardazo en alta tecnología, cuando las firmas de Silicon Valley (California) mudaron sus líneas de producción a países en desarrollo. El valle de silicio dejó de producir chips de silicio. Y la oportunidad la aprovecharon algunos países donde desembarcaron. Corea, Singapur y Taiwán “lograron elevar la categoría de sus economías y diversificar a otras áreas high tech”. Así nacieron los tigres asiáticos, donde el Estado “fue el principal artífice de la industrialización”, según el ensayo. Taiwán contó entre 1950 y 1979 con uno de los mayores sectores públicos del mundo (fuera del bloque comunista). Los bancos fueron nacionalizados tras la llegada a la isla y el ascenso al poder del Kuomintang, que comenzó a manejar con puño de hierro el país tras medio siglo de colonialismo japonés. Estados Unidos, mientras tanto, salvaguardaba las aguas agitadas del estrecho de Formosa y abría un canal para sus factorías. Aún hoy, el protector sigue presente en Taipéi. Como una metáfora, dos puentes cruzan el río Keelung y unen el centro con un barrio al norte llamado Neihu, el Silicon Valley de Taiwán, donde se concentran 3.000 empresas de tecnología. Estas pasarelas hacia la era digital se llaman MacArthur 1 y MacArthur 2. Un tributo al general estadounidense que veía la isla como un escudo frente al comunismo.

El Kuomintang permitió muy pronto la entrada de multinacionales estadounidenses, como RCA, pero se aseguró la transferencia de conocimiento mediante joint ventures con casas locales (así se fundó en los setenta el mayor productor de pantallas de televisor del mundo) y fomentando las compras a subcontratistas taiwaneses. Se planificó al detalle. A largo plazo. Se enviaron delegaciones de mentes brillantes a aprender procesos en el extranjero. Convocaron a chinos expatriados en Estados Unidos para liderar el cambio. Y a finales de los setenta se puso en marcha la industria taiwanesa de semiconductores. La más potente del mundo. Poco a poco pasaron de ser mano de obra barata a contratar mano de obra barata en la china continental. En Taiwán quedan pocas fábricas. Producen el 80% fuera. Son los ciclos de la historia económica. Los avatares de la deslocalización.

Hace un par de años, en una cena de Barack Obama junto a las testas coronadas de Silicon Valley, el presidente de Estados Unidos preguntó a Steve Jobs si había alguna forma de fabricar iphones en casa; quería saber por qué ese trabajo no se podía realizar ya en Estados Unidos. “Estos empleos no volverán nunca”, respondió el fundador de Apple, según reconstruyó The New York Times. La cabecera abría con esta escena una serie de reportajes, premiada con un Pulitzer, sobre la penosa situación en las fábricas usadas por el gigante tecnológico. La compañía Foxconn, uno de los principales socios manufactureros de Apple en Asia, perdió el anonimato ante el gran público. Era entonces y sigue siendo, con diferencia, la mayor empresa de Taiwán. Su facturación en 2013 superó el 10% del PIB del país. De sus fábricas, la mayoría en la China continental, han salido playstations, teléfonos Nokia, libros electrónicos de Kindle, y millones de iphones y ipads. Es, como se la conoce en la jerga, una ODM (fabricantes de diseño original). Producen por encargo. Una de las especialidades de Taiwán. Comenzó su vida en 1974 como una pequeña compañía de interruptores para televisores. Un caso de éxito. Pero también de un modelo productivo que comienza a dar muestras de agotamiento.

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El interior de una ferretería dedicada en exclusiva a la manufactura casera de electrónica.

Foxconn representa las grandes contradicciones de la isla. En palabras del sociólogo tecnológico Ko Hui Chang: “Por un lado, los taiwaneses piensan que esta empresa ayuda a la economía, pero a su vez les genera ansiedad porque cuando los americanos vinieron apoyaron el trabajo aquí, el Gobierno taiwanés aprendió de ellos, copió su patrón y luego las empresas se mudaron a China para replicarlo”. El riesgo es que los chinos continentales hagan lo mismo. Y que acaben borrándolos del mapa adoptando su modelo. La deslocalización, añade el profesor, complica además la búsqueda de un empleo digno entre los jóvenes. “Muchos renuncian a trabajar en el sector tecnológico. Tengo amigos que trabajan en él, con horarios de ocho de la mañana hasta medianoche. Algunos de mis estudiantes prefieren abrir un pequeño negocio. Un café o una librería. Quieren disfrutar del tiempo”, asegura. Los sueldos de la industria tecnológica llevan una década estancados. El país crece, pero no los salarios reales. Incrementa la producción, pero no los beneficios. Es uno de los problemas de las manufacturas. Poco diseño implica márgenes escasos. Hoy se trabaja lo mismo. Pero los taiwaneses ganan menos. Hay un exceso de universitarios (el 84,4% alcanza la educación terciaria, según el Foro Económico Mundial, el séptimo país con mayor porcentaje del planeta); y a la vez sufren escasez de puestos técnicos. Y, lo más preocupante, según el Instituto Chung Hua para la Investigación Económica, uno de los think tank más poderosos del país, vinculado al Gobierno, ha descendido el número de alumnos en carreras científicas. Pero, como recuerda Tsung-Che Wei, subdirector en esta organización: “Para garantizar el futuro de las manufacturas necesitamos más gente dedicada a las ciencias; estamos recomendando al Gobierno que promocione una mayor implicación desde la infancia”.

Panificación. Transferencia de conocimiento. Tecnología desde niños. Ciencia en todas partes. Al abandonar la universidad, comenzamos a ver Taipéi con otros ojos. El profesor nos ha dado una última pista para interpretar el urbanismo tipo circuito integrado: quizá derive de los años como colonia japonesa, cuando se erigió la mitad de la ciudad. A algunos de sus ingenieros les gustaba más Taiwán que Japón. Una tierra prístina sobre la que explorar nuevas ideas. Como una placa base en la que ir engarzando chips y procesadores. Y engalanada estos días, precisamente, con anuncios de marcas que producen este tipo de artículos: son algunos de los patrocinadores de Computex, la feria más importante de tecnología de Asia, que se celebra estos días de principios de junio en Taipéi. Un punto de encuentro, sobre todo, entre negocios. Con cenas, reuniones y fiestas para satisfacer a clientes. Hay música en directo y barra libre en discotecas ubicadas en rascacielos para romper la barrera entre vendedores y compradores. Con más de tres décadas de historia, Computex se reparte en cuatro sedes en distintos puntos de la ciudad. Durante unos días se percibe una notable presencia de extranjeros moviéndose de un lado a otro. En estos momentos, por ejemplo, nos dirigimos a un hotel a los pies del Taipéi 101, donde Asus, la quinta compañía tecnológica del país, según Forbes (pero la única entre esas cinco que diseña sus productos y los comercializa con su marca), va a desvelar sus secretos de la temporada. La empresa ha invitado a un nutrido grupo de periódicos del mundo (El País Semanal entre ellos) para dar cuenta de sus novedades.

Para acceder a la presentación es necesario mostrar un código QR previamente descargado en el móvil. En una antesala, un enjambre de periodistas rodea los productos de la marca: portátiles ultrafinos, tabletas, sus transformer books… Al otro lado del tabique, hay un salón de eventos con un escenario y 200 sillas. La luz se apaga y aparece Jonney Shih, el presidente de la compañía, con el aire de un Steve Jobs asiático. Habla un inglés a ráfagas y se apoya en frases como: “Dejad que os presente lo… ¡increíble!”, para exhibir una batería de productos, desde “el router más rápido del mundo” al “dos en uno [tableta y portátil] más fino del mundo”, pasando por pantallas cuya resolución es “un sueño hecho realidad” [en este punto hay aplausos], teléfonos-tabletas (los “padfones”), y finalmente un “5 en 1”: un ordenador portátil, tableta y teléfono, todo a la vez, que se engancha el uno al otro como una matrioska. “No es… ¡increíble!”, concluye Shih como un relámpago.

Un par de días más tarde lo entrevistamos en una sala austera, en la sede de su compañía a las afueras de Taipéi, levantada sobre campos de arroz. Desde el último piso se ve un campo de béisbol, el deporte nacional, y se aprecia cómo el patio central, que desde abajo parece un jardín zen, es en realidad una enorme placa base. Cara a cara, Shih habla con un hilo de voz. Asegura que sus shows sobre el escenario pertenecen a la nueva filosofía que ha impregnado la compañía: “Las tomo como parte del pensamiento en diseño frente a nuestra antigua orientación ingeniera”. Más mercadotecnia y menos gigaherzios. La historia de Asus no es muy distinta de la de otras compañías de manufacturas. Fundada a finales de los ochenta por un grupo de ingenieros informáticos de Acer, hoy la principal competencia, su idea era fabricar placas base. Pura ingeniería. Circuitos para entendidos. Producidos de forma eficiente y a gran escala. Un trabajo gris y sin nombre. El sino taiwanés. Dominaron ese mercado (lo siguen dominando). Pero quisieron dar el salto. En eso están. Dejando a un lado el “cerebro izquierdo” de los ingenieros (como él) obsesionados con el rendimiento, para dar entrada a “lo irracional”, según Shih. “Cuando quieres algo fino y bello, y también una enorme batería, ¿cómo lo haces?”. Y entonces toma uno de sus últimos lanzamientos, el Zenfone, y pasa minuto y medio en silencio intentando abrir la carcasa para mostrar su interior.

La feria Computex conserva, en gran medida, esa vieja visión centrada en la ingeniería anónima. En un paseo aleatorio por la mayor de las sedes, uno encuentra pequeños expositores de compañías que fabrican ventiladores para PC, tarjetas gráficas, cables internos, puertos, baterías de litio y cosas por el estilo. Firmas de 10 o 15 trabajadores locales con fábrica en China. El gran tejido económico que da vida a la isla. Las pymes representan el 95% de las empresas. “Esto es un país de componentes”, había avisado Óscar García Maroto, un ingeniero curtido en la Cámara de Comercio española de Taipéi. La cuestión es si podrán subir de nivel. No todo es gris en la feria, y de pronto surge una enorme pantalla en la que desarrolla un tiroteo. Ametralladoras, granadas y vísceras en el videojuego. En cualquier caso, éste no es el lugar donde se lanza una videoconsola revolucionaria. Sino donde Intel explica la velocidad de sus procesadores. La compañía española Ozone, con sede en Torremolinos (Málaga), lleva seis años sin perderse la cita. Venden teclados, ratones y auriculares. Periféricos, en la jerga. “Es la feria más importante del mundo”, asegura Curro Herrera, su responsable de marketing. “Pero no va destinada al consumidor final”. Ozone tiene oficina en Taipéi, para controlar sus fábricas en la República Popular China. Y José R. Díaz, fundador de la empresa, da su explicación sobre por qué Taiwán es una plaza clave: “Está cerca de China, son medio chinos y son más listos que los chinos. Pero se les está acabando el chollo con el despertar de China: han empezado a vender sus propias marcas y controlan cada vez más partes del proceso”.

Contamos con buenos cimientos en la industria digital. Pero necesitamos más innovación”, dice Jonney Shih, el presidente de Asus, una de las mayores compañías del país

El futuro de Taiwán depende en gran medida de apuestas como la de Asus. Más diseño y menos componentes. Competir como marca y no como fábrica. “Contamos con buenos cimientos en la industria digital. Pero necesitamos más innovación”, dice al fin Jonney Shih cuando logra abrir el teléfono con sus dedos de ingeniero. Un par de horas después, volvemos a ver la cara del presidente de Asus en una foto junto a los 8 tycoons digitales del país. Cuelga en la sede del Instituto para la Investigación de la Industria Tecnológica (ITRI, en inglés). Ubicada en Hsinchu, a hora y media en coche de la capital, es una de las piezas centrales del puzle. Lo fundó el Gobierno en 1973 y logró arrancar el motor tecnológico. Hoy representa la esperanza para levantar unos exiguos beneficios, que rondan el 3% y el 5% en el sector. Cuenta con más de 20.000 patentes. Y sus investigadores han de tener siempre un ojo en el mercado. Cada hallazgo ha de ser susceptible de comercialización. Se incuban negocios. Y, si son viables, comienzan una nueva vida fuera: 244 empresas han nacido así; spin offs, las llaman. Varias de sus invenciones recientes se encuentran expuestas en un enorme hall. Llama la atención una ventana que es un panel solar, pero transparente (Taiwán es puntera en tecnología fotovoltaica); un sistema de purificación de CO2; un linimento ignífugo; un altavoz que es en realidad una onda de luz (el sonido rebota en las paredes). Hitos recientes. Pero en unas vitrinas guardan viejos recuerdos: el primer ordenador en chino mandarín; una bicicleta Giant, marca local, fabricada con una novedosa fibra de carbono en su momento (Taiwán es hoy uno de los mayores productores de bicicletas), y la mencionada foto de los tycoons, entre los que destaca un anciano llamado Morris Chang. Un ingeniero nacido en la China continental y criado en Estados Unidos que lideró en los ochenta el ITRI, tras estudiar en MIT y foguearse en Texas Instruments. Abandonó el instituto para fundar TSMC, una de las primeras spin offs. El Estado puso la mitad del capital. Hoy es la mayor fábrica de chips por encargo del planeta. Y la segunda mayor compañía del país.

Su cuartel general se encuentra muy cerca, en el parque tecnológico de Hsinchu, un polo industrial de 650 hectáreas, construido sobre una plantación de té, y puesto en marcha por el Gobierno en 1980. Otra de las apuestas planificadoras. Las 500 compañías instaladas suman el 10% de las manufacturas del país. Pero, sobre todo, el lugar es famoso por su interconexión entre empresas. Un cluster tecnológico que han intentado replicar delegaciones de medio mundo. A un paso del ITRI y de dos de las mejores universidades de ciencias del país. Michael Kramer, portavoz de TSMC, resume las virtudes de su ubicación mientras se oye de fondo el zumbido de una fábrica que no descansa: “Aquí tenemos clientes y proveedores. Y el que solía ser nuestro principal rival está cruzando la calle”. Luego escruta el móvil de su interlocutor, y dispara: “Siete dólares de ese teléfono son nuestros”. No se llevan el reconocimiento, pero sí el beneficio. Microingeniería digital. Anónima, pero innovadora. Acaban de comenzar a producir chips con circuitos de 20 nanómetros, “más pequeños que algunos virus”, dice Kramer. No se nos permite adentrarnos en la fábrica. Pero el tipo accede a mostrarnos lo que producen. Desaparece y vuelve con un disco dorado en la mano. Del tamaño de un vinilo. “Una oblea de silicio”, dice. El elemento químico que bautizó el valle californiano. La materia prima de la electrónica. El chispazo que dio vida a Taiwán. Bajo la luz de la oficina resplandecen sus tonos irisados. Un centenar de chips en estado puro, que luego serán cortados y comenzarán su vida en otra parte. Si uno acerca la vista, distingue surcos. Calles y manzanas y arterias. Como si admirara la geografía de una ciudad desde un rascacielos

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