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REPORTAJE

Enganchados al porno ‘online’

Nos adentramos en la vida extrema de los adictos al cibersexo

Noches en vela navegando por chats eróticos. Onanismo fuera de control ante la pantalla. Una doble identidad al margen de la pareja, la familia y el trabajo

Esta realidad paralela crece al calor de las nuevas tecnologías y afecta por igual a mujeres y a hombres. Al otro lado, una industria de contenidos sufre los estragos de la crisis económica

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EL ARDOR

A media tarde de un lluvioso jueves de primavera, Montse desliza el dedo índice por la pantalla de su tableta electrónica para desbloquearla y muestra uno de sus últimos rastreos por Internet. Sentada sobre un cojín del salón de su pequeño piso alquilado en Barcelona, pincha en un portal gratuito de vídeos pornográficos y aparece un mosaico repleto de imágenes divididas por categorías. Montse aparta la vista de la pantalla con un leve rubor y señala entre las carnales opciones que iluminan el artefacto dos de los variados géneros en liza: amateur y group sex.

“Los amateur me parecen más naturales. Me gusta ver la cara de alguien que no actúa. Por otra parte, en las escenas de sexo en grupo siempre hay alguien que propone algo novedoso. He llegado a quedarme un sábado entero aquí encerrada, viendo esto todo el tiempo y masturbándome hasta 18 o 20 veces. Te tienes que cambiar cuatro o cinco veces las bragas. Entonces caigo en la cuenta de que estoy fuera de control y me doy una ducha. ¿Quién deja de salir un sábado con los amigos, o a ligar, para quedarse viendo porno en casa? Entre semana es distinto. Me centro cuando estoy trabajando. Por la noche, ya en casa, miro vídeos del portátil en mi habitación antes de dormir. Si encuentro lo que me deja a gusto, me quedo tranquila y me duermo. Buscarlo es un chute de adrenalina. Da morbo que se trate de algo secreto. Nadie más sabe que hago esto. Ni mi compañero de piso. Aunque creo que sospecha algo. Bueno, hace 15 días conté todo lo que me pasa en la terapia de grupo a la que voy cada semana”.

He llegado a pasarme un sábado entero encerrada en casa, viendo porno y masturbándome hasta 20 veces"

Montse es guapa y delgada, tiene 33 años y ejerce como médico en un hospital barcelonés. Esta tarde en la que cae barro a plomo sobre Barcelona, fruto de una tormenta de origen sahariano, viste pantalones vaqueros y una blusa clara con estampado de flores. Aquí dentro, en este salón con paredes forradas de repisas vacías y una enorme televisión de plasma que casi siempre permanece apagada, Montse habla sin tapujos. Fuma tabaco suave y encadena con precisión pasajes de su biografía. El sexo no fue objeto de conversación frecuente con sus padres ni con sus dos hermanos mayores. Hija de un ingeniero y de una profesora de inglés y secretaria, descubrió el placer sexual a los 13 años. Vivió una adolescencia normal y una etapa universitaria que se truncó cuando un novio suyo tuvo un accidente de tráfico, permaneció en estado vegetal y murió años después.

Ella había sufrido algún trastorno anterior y a partir de entonces empezó a padecer ataques de pánico. Y algún arrebato suicida. Se acostumbró a los orfidales y a los antidepresivos. Y a mezclarlos con alcohol. Le descubrieron epilepsia del lóbulo temporal. Con el tratamiento, su vida mejoró. Y se instaló en Barcelona. Al principio compartió piso con dos chicas y un chico. Empezó a salir por la noche cada vez con más frecuencia. El alcohol mezclado con la medicación para la epilepsia le hacía perder el control. Cambió de piso y de amistades. Conoció a un compañero de trabajo aficionado a la fiesta y volvió a las andadas nocturnas. Se convirtió en consumidora habitual de cristal y cocaína. Y llevó una vida más que promiscua. Primero, los fines de semana. Poco a poco, también con más frecuencia al salir del trabajo. Una noche cumplió su fantasía: acostarse con dos militares a los que conoció en un after. Alternó incontables escarceos con novios más o menos formales y algún amigo especial que, según ella, aguantaba su ritmo en la cama. “Él y yo éramos capaces de encerrarnos aquí en casa y solo dejar de follar para comer algo. Con el tiempo, mi consumo de alcohol y droga fue en aumento. Perdía el control y me tiraba al primero que encontraba por la noche. También empecé a entrar en chats para conocer gente con la que liarme. Y a ver páginas porno para masturbarme compulsivamente. Hace un año y medio entré en terapia para quitarme de las anfetas que solía tomar para aguantar las guardias en el hospital. Y acabé en la consulta del doctor Navarro Sanchis”.

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El psiquiatra José Antonio Navarro Sanchis tiene 47 años y coordina el programa de disfunciones sexuales del hospital universitario Vall d’Hebron de Barcelona. Montse es una de los casi treinta pacientes con problemas de este tipo a los que atiende mensualmente en este centro público. En su consulta privada también recibe a adictos de diversa índole. Un 10%, con trastorno de hipersexualidad. Enganchados al sexo. Y al cibersexo. “Muchos presentan también problemas de consumo de otros tóxicos asociados como cocaína y alcohol, y vienen derivados de dispositivos que atienden ese tipo de patologías. No es tan frecuente sin una combinación de consumo compulsivo de coca o de alcohol. Y la adicción al sexo online podría considerarse una derivación de la adicción al sexo físico, como le ocurre a Montse. El porno deja de ser un entretenimiento cuando la mayor parte del tiempo se destina a visualizarlo. A nivel cerebral se activan sistemas de recompensa que producen la sensación de placer que buscan los pacientes. Cuando genera problemas a nivel social, laboral y familiar, estamos ante un caso de enganche que precisa la ayuda de profesionales”.

Hace dos años, USP Dexeus alertaba en un estudio liderado por el especialista Josep Maria Farré sobre el aumento de adictos al sexo debido al cibersexo que afecta por igual a hombres y a mujeres, trasladando del 6% al 8% de la población el baremo de personas que padecen hipersexualidad. En el apartado ‘Psicopatología de la sexualidad e Internet’ del libro Sexualidad y salud mental, coordinado por el doctor Ángel Luis Montejo, director científico de la Asociación Española de Sexualidad y Salud Mental, el pamplonés Javier Aztarain menciona que un 20% de los adictos a Internet lo están en relación con el sexo. “Los hombres tienen una orientación mayoritaria hacia la pornografía, y las mujeres, hacia los chats de contenido erótico”.

No buscan amor por la Red. Ni una pareja estable. Es cibersexo puro. Y duro. Sin prolegómenos ni flirteos. Bajo el caparazón del anonimato en muchos casos. Los intercambios por chat abren la puerta a aventuras que pueden no equipararse a la infidelidad física. Una actividad “accesible, anónima y asequible”, como escribe el catedrático de Psicología Clínica de la Universidad del País Vasco Enrique Echeburúa en un artículo de la revista Adicciones titulado ‘¿Existe realmente la adicción al sexo?’. Internet también ha dado paso en la era del porno 2.0 a modalidades peligrosas a través del teléfono móvil. Del sexting, en el que se intercambian experiencias de contenido erótico por Internet como la que dio fama a la exconcejal de Los Yébenes (Toledo) Olvido Hormigos, a la sextorsion, con ataques personales, y el grooming o acoso a menores. Un informe del Instituto Nacional de Tecnologías de la Comunicación (Inteco) advertía en 2011 que un 1,5% de jóvenes de 10 a 16 años envían mensajes de contenido erótico, mientras que un 4,3% los reciben. Pero los protagonistas de este reportaje no se mueven en el delictivo mundo de la pederastia ni el acoso cibernético. Estas personas son adultas y simplemente buscan sexo adulto de manera compulsiva así en la Red como en la vida real. Hace mucho que pasaron del hobby a la obsesión.

FANTASÍAS DESBOCADAS

Ua tarde de este pasado invierno, Manu estaba practicando una felación a otro hombre cuando este le pidió su teléfono móvil para tomar una foto de la escena. La mala suerte quiso que el dispositivo estuviera conectado en red a la misma tableta que en el momento de tomarse la instantánea manipulaba la esposa de Manu desde casa. Ella se encontró de repente con aquella imagen de su marido practicando sexo con otro hombre. La mujer de Manu dejó pasar un tiempo prudencial antes de abordar el tema. Una noche, después de hacer el amor con él, le preguntó si había algo que ella no podía darle. Él dijo que no se trataba de eso. Tenía un problema desde hacía mucho tiempo. Más de veinte años.

Manu es un exitoso directivo madrileño de 46 años. Ha ejercido como abogado para grandes empresas nacionales y multinacionales. Sus compañeros de trabajo siempre le han visto como a un líder. Llega a nuestra cita en un bar de la capital conduciendo su flamante Harley-Davidson. Viste camisa a rayas de Ralph Lauren, lustrosos zapatos marrones y pantalones marrón claro de micropana. Luce alianza en la mano derecha, testigo de su segundo matrimonio. Tiene ganas de hablar. De que se conozca su caso por si puede ayudar a otras personas que estén en su misma situación y no sepan dónde acudir. Su relación con el sexo empezó a complicarse en la adolescencia. Se acostumbró a repetir con sus novias un comportamiento promiscuo que siguió desarrollándose el resto de su vida. El esquema era sencillo: salía con una chica y al poco tiempo la compaginaba con una amante simultánea; una vez que la segunda chica entraba en juego, se lanzaba a buscar sexo furtivo en lugares públicos. Tanto con mujeres –las más de las veces– como con hombres. Era la época pre-Internet. Todo se reducía a la caza física.

Mi problema puede estar en que lo que me apetece sexualmente no me atrevo a decírselo a mi pareja"

Se licenció en Derecho a principios de los noventa y comenzó a trabajar para un bufete de abogados. En aquel empleo conoció a una mujer con la que se casó tres años más tarde. Tuvieron un hijo. Él mantuvo encuentros extramaritales de manera esporádica durante aquel primer matrimonio. Hasta que fue a un prostíbulo por primera vez. “Mi problema puede estar en que lo que me apetece sexualmente nunca me atrevo a decírselo a mi pareja”.

Desde aquella primera visita a un lupanar, Manu también frecuentó las secciones de contactos de los periódicos. Una segunda mujer apareció en su vida. “Era sexualmente lo opuesto a mi primera esposa. Más espiritual, más conectada”. Y mientras arrancaba un proceso de divorcio, apareció una tercera mujer en el trabajo. Como director de recursos humanos, mantenía una trayectoria próspera. Y un magnífico sueldo que nunca se ha resentido desde que también se lanzó a buscar sus fantasías sexuales por Internet. Entró de lleno en el cibersexo. Anuncios de pornografía por la Red. Vídeos de alto voltaje. Y sobre todo, chats calientes de rastreadores, como él, de encuentros. Siempre gratis. El enganche fue en aumento.

“Si hacía 100 búsquedas al día, encontraba 50 personas con las que podía mantener conversaciones sobre sexo en vivo. No lo hacía para masturbarme. Se trataba de hablar con otros sobre mis fantasías. Cuanto más explícitas, mejor. Eso es lo que me ponía a cien. Llegado el caso, acababa encontrando a una persona con la que poner en práctica todo aquello en su casa. Mujeres, hombres, transexuales y bisexuales. A veces, también un poco de sado-­light. Más de un 90% de aquellas conversaciones no iban a más. Lo que me enganchaba era preparar esas fantasías. Y retroalimentarlas. Es la búsqueda la que me proporciona placer. Me hace sentirme vivo mentalmente. Feliz, durante un tiempo. Un día normal me levantaba y en el atasco, de camino al trabajo, iba cavilando una fantasía. Después curraba a saco, de manera efectiva, y en el receso para comer trasteaba con el móvil. Ya en casa, al terminar la jornada, daba rienda suelta a los chats. Sobre todo cuando estaba solo. En la Red hay infinidad de portales de enlaces a pornografía real. Dos follan y lo cuelgan. A todo esto, en 2002 conocí a otra mujer que me presentó un amigo. Me enamoré. Y me casé con ella. Hoy es mi esposa. Es la mujer de mi vida”.

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No es vida estar siempre buscando algo distinto de lo que tienes. Vislumbré que había tocado fondo"

En algún momento de este nuevo matrimonio apareció otra mujer. Y al volver a compaginar ambas relaciones, volvió a intensificarse esa búsqueda de fantasías que a veces se convertían en realidad. Todo desde su propio ordenador. De media, dos horas diarias. En los viajes de trabajo todo se disparaba. Pero era capaz de mantener la cabeza fría en el despacho y una imagen ejemplar ante su familia. Tuvo una hija con su segunda esposa. Y empezó poco a poco a darse cuenta de que aquel frenesí cibersexual le estaba pasando factura psíquica. “Estaba más tiempo fantaseando un encuentro con otro tío o con otra mujer que planificando las vacaciones con mi familia. No es vida estar siempre buscando algo distinto de lo que tienes. Empecé a vislumbrar hace tiempo que había tocado fondo. Entonces fue cuando mi mujer encontró aquella foto en la que yo hacía una felación a otro hombre. Y me dijo: ‘¿Hay algo que yo no puedo darte?’. Ha sido la pregunta que más me ha ayudado en mi vida. Me puse a buscar ayuda. Pero es más fácil encontrar asesoramiento especializado contra la eyaculación precoz que sobre este tipo de cuestiones relacionadas con la sexualidad. Leí algunas entrevistas con el doctor Chiclana y le llamé para pedir cita. Llevo 30 años con esto. Y acabo de ir por primera vez a la consulta de un especialista. Juntos buscamos el candado que hace saltar mi impulso. Aún me llegan mensajes al móvil del tipo: ‘¿Cuándo nos vemos?”.

–¿Qué hacía justo después de poner en práctica sus fantasías con aquellas personas?

–Despedirme. Cuando buscas sexo, no buscas sentimientos. Ni yo iba buscando ser el coach de nadie. Además, al terminar me sentía mal. Y solía decir: “Bueno, me marcho. Si no te importa, mañana tengo que madrugar”.

EL DILEMA

El doctor Chiclana al que acude Manu es especialista en psiquiatría, profesor de Psicopatología en la Universidad CEU-San Pablo de Madrid y autor de Atrapados en el sexo (Almuzara). Entre los síntomas de esta adicción online, Chiclana apunta, como le ocurría a Manu, llegar a preferir obtener el placer a través de Internet antes que con la propia pareja. “Para algunos autores como el doctor Carnes”, prosigue el doctor Chiclana, “Intersex o la adicción al sexo en la Red constituye un subtipo de adicción al sexo y para otros sería un subtipo de adicción a Internet”. En todo caso hay mantenimiento de la conducta a pesar de desencadenar consecuencias adversas y obsesión con la actividad. “Entre los rasgos comunes de mis pacientes adictos al cibersexo hay miedo a la intimidad con otros, dificultades afectivas y una pobre formación de la sexualidad. La terapia con ellos es multidimensional. Se trabaja la regulación emocional, la intimidad, la identidad, y se elaboran planes conductuales para poder dirigir de forma sana el uso del ordenador”.

El doctor Chiclana prefiere hablar de hipersexualidad,“porque puede ser por adicción, por impulsividad, por compulsividad o por un hábito aprendido sin que haya una patología subyacente”. Un asunto, el de su etiqueta como enfermedad, envuelto en polémica científica. Muchos expertos como Carlos Chiclana venían reclamando desde hace años la inclusión del trastorno hipersexualen el estadounidense Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM, en sus siglas en inglés), la biblia de los psiquiatras. Estos especialistas confiaban en su aparición en la edición del DSM-V presentada hace un año. Pero no fue así.

“En este terreno estamos envueltos en la polémica”, argumenta en su consulta de Barcelona el doctor Navarro, encargado del seguimiento del caso de Montse. “El DSM-V ha descartado la adicción al sexo basándose en que no es posible definir qué constituye exactamente una actividad normal sexualmente hablando. Al no poder definir qué es una sexualidad normal, tampoco ha resultado posible de momento definir lo extraordinario y, por extensión, incluir el trastorno de hipersexualidaden el manual psiquiátrico de referencia. Así que, teóricamente, no existe. En el equivalente europeo, el ICD-10, sí habla de impulso sexual excesivo. Desde luego que otros muchos especialistas y yo hemos tratado a personas con este problema. Y no olvidemos que existe hasta una revista científica especializada: Sexual Addiction and Compulsivity. En lo referente al cibersexo, podríamos hablar de varios grados: leve, moderado o grave, en función de cómo esta realidad afecte a la vida de esa persona”.

Fue en 2000 cuando el doctor Al Cooper, de la Universidad estadounidense de Stanford, estableció las variantes del uso internauta con fines sexuales y el grado de dependencia según su frecuencia de empleo. En su afamado estudio Cybersex: the dark side of the force (Cibersexo: el lado oscuro de la fuerza), basado en un muestreo de 9.000 personas, casi la mitad pasaba menos de una hora desarrollando actividades sexuales online, un 8,3% constituía casos de riesgo y solo un 1% lo vivía como una adicción. Y con ese mismo término, “adicción”, cataloga el catedrático de Psicobiología de la UNED Emilio Ambrosio a los enganchados al cibersexo. Como prueba ilustra el artículo científico Prelude to passion: Limbic activation by unseen drug and sexual cues, publicado en 2008 por el departamento de psiquiatría de la Universidad de Pensilvania y en el que se argumenta que tanto la cocaína como las señales sexuales activan el sistema de recompensa cerebral.

Hemos visto a famosos sexoadictos confesos como el golfista Tiger Woods y el actor Michael Douglas. Hemos vivido cómo el cine se ha hecho eco de esta realidad en obras recientes como Shame y Nimphomaniac. Y el año pasado, Joseph Gordon-Levitt abordaba estrictamente el fenómeno del enganche al sexo online en Don Jon. “La adicción al cibersexo es un fenómeno más novedoso que la adicción al sexo sin más”, dice Francisco Cabello, director del Instituto Andaluz de Sexología y Psicología. “Sobre esta última hay controversia científica. Puedo aceptar la discrepancia. Cuando un paciente me dice que es adicto al sexo, le pregunto: ‘¿Cuánta coca tomas?’. Y casi nunca me equivoco. Pero sobre el enganche online no tengo dudas de que es una adicción en sí misma. A mi consulta vienen personas que solo están obsesionadas con eso. Y, por mi experiencia, hay más mujeres en los chats eróticos que hombres. Por otro lado, la pornografía se está convirtiendo en el único modelo educativo sexual de los niños. La posibilidad de acceso por parte de menores sin contrastar una actitud crítica me parece arriesgada. El gran problema es que no hay verdadera educación sexual en la escuela”.

PANTALLAS CALIENTES

El ordenador de un enganchado al porno rezuma sexo. Y no es una metáfora. Lo asegura Andy, de 54 años, que brinda su testimonio a cambio de no decir su verdadero nombre. Todos los dispositivos conectados a Internet que Andy ha tenido, desde el ordenador del trabajo hasta el de casa, la tableta y el móvil, han llegado a rebosar este tipo de imágenes. “Cuando estás tan metido en tu ordenador, todo eso llega a ir por libre. Buscas por la Red cualquier cosa para documentarte en el trabajo, cualquier cartelera para comprar entradas de cine, y aparecen los cookies, los avisos de chat, las tías buenas llamando tu atención. Cuando eres un adicto y ves todo eso, resulta imposible no entrar a ver porno”.

Tu ordenador llega a ir por libre. Buscas cualquier cosa por Internet y salen solos los avisos de tías buenas"

Andy tiene una mirada insondable de color marrón claro que parece sumergida en una ansiedad imposible de controlar. Toma un café con leche y dos cruasanes a media mañana mientras desgrana su vida. Tuvo una infancia idílica en Barcelona. Segundo de los cinco hijos de un próspero empresario y un ama de casa, se crio en un ambiente de clase media-alta. Profundamente tímido y acostumbrado a soñar despierto, desconectaba fácilmente de la realidad. Su primer amor fue una compañera de instituto, su novia de los 15 a los 18. “Una chica espectacular. Tuvimos todo tipo de relaciones sexuales, salvo la penetración. Su carácter me volvía loco. Y me di cuenta a los 18 de que no me iba a casar con ella ni iba a ser la madre de mis hijos. Una tarde, que yo iba dispuesto a dejarla, ella empezó a besarme y me agarró el paquete. Pero yo no estaba excitado. No empalmé. Acababa de convertirme en mayor de edad y pensé que me había vuelto impotente. No permití que volviera a tocarme. Ella tampoco se atrevía a preguntarme al respecto. Y me dejó por otro. Unos meses después empecé a salir con otra chica. Tampoco se me subió. Me dirigí a Dios y le dije: ‘Al parecer, hasta aquí he llegado’. Me di por jodido”.

Andy atribuye todo lo que le ha pasado a una ignorancia supina en la materia. En el colegio apenas le hablaron de sexualidad, más allá del uso de anticonceptivos. Tampoco se atrevió nunca a contar sus inquietudes a los amigos. Ni a sus novias. Ni a un hermano. Ni a nadie de su familia. “No he hablado de esto con nadie en mi vida; el sexo es un tema muy importante que, en cambio, ha sido siempre visto socialmente como algo sucio”, reflexiona hoy. “Yo empecé a tener una especie de bloqueo con las chicas, pero cuando veía una revista porno sí me excitaba. Me pasé de los 18 a los 32 pensando que a la hora de la verdad era impotente. Tras ingresar en la universidad, los estudios se convirtieron en la prioridad. Pensé que si no podía andar con mujeres, lo mejor que podía hacer tras licenciarme como ingeniero era meterme en el seminario”.

Permaneció allí 10 años. Hizo voto de castidad. Cuando miraba a las mujeres por la calle pensaba que no servía para estar solo, a pesar de creer que no podía practicar sexo con ellas. Entró en depresión al darse cuenta de que tampoco servía para ser sacerdote. Por entonces conoció a una chica. Fue amor a primera vista. Él era un joven alto y apuesto a punto de ordenarse sacerdote que vivía interno en el seminario. Traicionó el voto de castidad al declararse ante ella. Pero la chica le rechazó y volvió a entrar en escena la depresión. Habló con un psiquiatra, que le recomendó salir de aquel lugar cuanto antes. “Vio en mí un carácter obsesivo, que cuando está sometido a reglas genera ansiedad. Estando todavía interno, decidí que tenía que resolver la incógnita. Y me fui de putas. Resultó breve y decepcionante. Al poco tiempo volví con otra chica, y ahí sí que funcioné. A mediados de 1993 me invitaron a marcharme del seminario”.

Regresó a casa de sus padres en la treintena. Y buscó novia. “Pero me había vinculado al sexo de pago. Empezó a haber épocas en las que iba cuatro horas por la mañana y otras cuatro por la tarde. Como una jornada laboral. Me convertí en un depredador. Acumulé deudas de varios millones de pesetas. Iba encadenando préstamos de medio millón cada uno. En las épocas duras me pulía las 500.000 en dos días. Pagaba intereses con nuevos préstamos. Una de aquellas mujeres a las que visitaba, no especialmente guapa, pero sí encantadora, se convirtió en mi esposa. Y en la madre de mis hijos. Pensé que al casarme dejaría de estar tan obsesionado con el sexo. No fue así”.

Encadenó empleos en empresas en las que acababa de irrumpir Internet como nueva herramienta de trabajo. Y a través de la Red se entregó al consumo de pornografía de manera compulsiva. Al principio pasaba ratos contemplando fotos. Pero su enganche al sexo era integral y aquellos estímulos propulsaban su fogosidad. “Siempre he tenido despacho en todas las empresas en las que he trabajado. Pero me metía en líos. Acostumbraba a tener varias páginas abiertas al mismo tiempo e iba pasando de una a otra. Mi ordenador del trabajo estaba a rebosar de porno. Siempre en secciones gratuitas. Si veía una foto que me ponía cachondo, la imprimía y me iba al baño a cascármela. Pero donde disfruta el adicto es en la preparación, en la búsqueda. Por eso estás permanentemente visitando esas páginas. Y los chats eróticos donde mantienes conversaciones sobre sexo. Si estás solo en casa, te la cascas. La vas cagando permanentemente. Una vez entró una chica a mi despacho y no me dio tiempo a minimizar los pantallazos. Se quedó de piedra al ver lo que tenía abierto. Y aunque te sientes fatal, aunque sientes vergüenza, es imposible dejarlo. No hace mucho me pilló mi hija trasteando con el móvil y me dejó hecho polvo”.

La adicción al cibersexo se va a disparar en sociedades cada vez más aisladas, con máquinas para fomentarlo"

Su productividad cayó en picado con los años. Pero Andy es de los que resuelven rápido. Ningún jefe suyo le ha pillado nunca en un renuncio. En cuanto empezaba a sentirse incómodo porque notaba que sus compañeros comentaban con sorna sus aficiones en horas de trabajo, buscaba otro empleo. Entretanto, con su mujer siempre ha tenido relaciones sexuales “normales”. “La he querido mucho. El sexo compulsivo, tanto de pago como internauta, es como abstraerse del presente. Una forma de escapar de mi ansiedad. Primero dejé el de pago y me enganché a la pornografía. Después empecé a cambiarla por los juegos de móvil. Ahora trabajo con Carlos Dulanto en conocer qué me produce ansiedad”.

Carlos Dulanto es un especialista en adicciones que tiene consulta en el centro de Madrid. Aquí atiende a pacientes como Andy, quien para Dulanto tiene “una adicción al sexo de larga evolución con la que recuperó su autoestima”. Andy sería, según Dulanto, un adicto al sexo “limpio”, ya que no compatibiliza su relación patológica con esta área con el enganche al alcohol o la cocaína, como sí ocurre en la mayoría de los casos que él analiza. “La adicción arranca cuando la actividad compulsiva empieza a dar más problemas que beneficios. Y otro factor importante es la sensación de culpa. El enganchado al cibersexo o al porno online tiene la ventaja de poder hacerlo en su casa, sin que nadie lo sepa. Sabiendo dónde buscar, tampoco requiere de un gran desembolso económico. Está comenzando a desarrollarse y se va a disparar en sociedades cada vez más aisladas, con tiempo y máquinas capaces de fomentarlo. Como ocurre con la cocaína, con el alcohol o con el juego, la adicción no se cura. Pero se puede sujetar. Todo adicto es un escapador. La terapia comienza intentando recuperar la actividad que las páginas porno han reemplazado. Y tratando de usar el sexo de forma sana, eliminando el componente patológico”.

Andy recaló en la consulta de Dulanto hace tres años. Ha tenido altibajos. A la tercera sesión dejó la prostitución. Y puso toda la carne en el asador virtual, que ya había frecuentado en forma de intercambio de fotos con fines masturbatorios. “Mi mujer siempre ha tenido buen dormir. Y yo me quedaba muchas noches desvelado. Entonces, con ella al lado en la cama, agarraba el móvil y empezaba a chatear a oscuras. Más de un día fui a trabajar sin haber pegado ojo en toda la noche. Ahora, como te digo, he cambiado el porno por los juegos para móvil. Pero no lo he dejado del todo. Me ha costado tres años empezar a recuperar el gobierno sobre mi vida”.

–¿Habla usted de sexo con sus hijos?

–Poco. Se trata de algo que me gustaría hacer más a menudo.

AL OTRO LADO

El barcelonés Conrad Son, de 47 años, es un fucker de primera clase. Cuerpo atlético. Depilado integral. Bien dotado, pero sin llegar al tremendismo. Una estrella del porno ibérico que ha sabido reconvertirse al negocio online. De la época analógica queda para la historia su afamada Les exxcursionistes calentes, primera película porno rodada íntegramente en catalán. Su ático en Barcelona, donde vive con su pareja, la también actriz del género Evita de Luna, se ha convertido en base de operaciones de un concepto integral para Internet que incluye producciones de series como Xposure with Conrad Son, que acaba de vender a la distribuidora estadounidense Badoink; un programa semanal llamado Conrad Son show, que se emite desde su propia cama y que podría asemejarse a una especie de Sálvame versión porno,y un docu-reality de pago titulado Amantres, en el que participan Conrad Son, Evita de Luna y la recién llegada a esta casa: Nena Gogó, que también mantiene caliente un canal de multiwebcam erótico de pago. Juntos componen un trío en la vida real que rueda sus propias aventuras. Todos estos contenidos se brindan desde la web personal de Conrad Son, algunos en abierto y otros mediante suscripción. Xavi, el cuñado del actor, productor y director, se encarga de la gestión de la web. Todo queda en casa.

“Me gustaría que mis canales online se convirtieran en el Mediaset del porno”, dice Conrad Son. “Reinventarse o morir. En 2004 yo llegué a rodar y producir con 180.000 euros de presupuesto. Ahora puede que una empresa de las potentes llegue a los 18.000. Y hay gente que rueda escenas por 1.000 euros. De ahí hacia abajo, según el escalafón. Hemos pasado de la superproducción a la escena para Internet. La gente se la casca con el móvil y con la tableta. Y el mercado ha colapsado. Los ­tubbers en abierto han hecho mucho daño. Ruedas una escena y la cuelga un canal en abierto y gratis. A mí la crisis económica me dio de lleno. Pero me ha ido bien por saber evolucionar. Como pasa en el cine convencional, has de buscar otras vías creativas, con más inventiva y mejor rodadas. Ofrecer calidad para alguien que quiera pagar”.

Tres decenios después de la legalización de los cines X en España, la industria nacional atraviesa su particular crisis de renovación tecnológica a la que se unen los estragos de la Gran Recesión. La irrupción de Internet elevó la pornografía a la categoría de mainstream, pasando a ser producto online de consumo masivo antes vedado a las sórdidas butacas de los cines X, los sex-shops y las estanterías ad hoc de los extintos videoclubes. Del intercambio de ficheros a la consolidación de las webcams y las redes sociales. En la era del porno 2.0 reina el calentón rápido. De usar y olvidar al instante. La escena en vídeo de corta duración se consolida en detrimento del filme. Junto con series, realities, chats en vivo y webcams. El boom se vivió en España en plena época alcista, a partir de 2005. Y cayó en picado desde 2008, acompasado con la crisis económica. El amateurismo y la gratuidad atacaron ferozmente a los profesionales.

De webcams sabe mucho Fernando Chierechetti. Avezado jugador de póquer y miembro de esta industria con dos decenios de experiencia, ha vivido el paso de la cinta de VHS al DVD y a la web. Se hizo cargo de la red comercial de los distribuidores y pioneros servidores fisgonclub.com y Sex Olé, este último centrado en las webcams de porno casero desde el cambio de milenio. Años después se convirtió en general manager del conglomerado Invertred y abrió con ellos la línea de producción de la web actricesdelporno.com, una de las más exitosas del mercado español que combina la creación de material profesional con webcams en vivo de actrices y ama­teurs. Todo de pago, por 29,95 al mes o un euro al día. Hoy cuentan con 1.500 suscriptores. Las webcams se pagan aparte, con un contador de minutos. “Hoy tenemos 1.700 webcammers registradas que ofrecen cibersexo en directo”, explica Chierechetti. “El 95% de ellas están en Latinoamérica, operando para el mercado español. Casi todas son mujeres, salvo algunos transexuales y contadísimos hombres. Las más experimentadas pueden llegar a ganar hasta 3.000 o 4.000 euros al mes. Y estamos entrando en la tercera dimensión del género con la comercialización de un aparato con el que el usuario puede tener auténtico sexo cibernético: básicamente es una vagina de plástico que emula los movimientos en vivo de la chica que está al otro lado de la webcam”.

El gigante del porno Private acusa hoy una "dramática" caída en ventas por la crisis y la piratería

En cuanto a cifras económicas, Chiere­chetti emplea los mismos términos opacos que la mayoría del sector español, que mueve decenas de millones de euros. “No te puedo hablar de números. Empleamos a 30 personas y esto sigue siendo rentable, pero desde luego la crisis afectó de lleno al negocio. Hasta 2008, aquí iba todo viento en popa. A partir de entonces, la industria se ha resentido como la sociedad a la que pertenece”. Otro de los factores del declive de la vertiente profesional, explica Virginia Crener, psicóloga especializada en sexología que llevó durante siete años la imagen de marca de los portales amateur fisgonclub.com y sexole.com, “está en que ya puedes mantener sexo cibernético con tu cámara del móvil y cualquier desconocido o con tu propia pareja; la práctica del sexting está removiendo estos cimientos. Además, ha bajado el consumo de porno duro por cierto componente de rutina”.

Para un gigante global de contenidos como la multinacional Private Media Group, que cotiza en el Nasdaq estadounidense y tiene oficina en Barcelona, la evolución de esta industria se ha visto tocada de lleno en la línea de flotación a causa de la piratería y los canales de emisión en abierto. Su consejero delegado, Charles Prast, sí lo ilustra con datos: “La evolución de las ventas totales en 2010, 2011, 2012 y 2013 ha sido de 23 millones de euros, 7,9 millones, 6,7 millones y 5,5 millones, respectivamente”. Con un descenso “dramático” en ventas, Prast vaticina que el futuro estará en “contenidos de nicho, videochats en vivo para relaciones virtuales y servicios de encuentros y citas y conexiones online”.

EL DESENFRENO

Susana es una chica normal de Madrid. Hija de una familia normal y corriente de clase media. Su cuerpo es menudo y esbelto. Como el de cualquier otra mujer que podrías encontrar en el metro. O tras un mostrador como azafata de tierra en un aeropuerto, algo para lo que se está formando a sus casi 30 años después de no encontrar trabajo a pesar de una exquisita formación en Dirección y Administración de Empresas y un Máster en Dirección Financiera. Fue una niña exigente consigo misma. No tuvo amigas. Tampoco era alta, ni guapa, ni delgada. A los 15 años padeció anorexia y bulimia. A los 17 mantuvo su primera relación sexual y encadenó varios novios. En la universidad comenzó a salir de fiesta todos los días. De lunes a domingo. De noche, entre la neblina de las discotecas, empezó a sentirse atractiva. Deseada. “Y sentirse deseada crea adicción”, dice hoy en una ­trattoria madrileña.

“Me centraba con una amiga en salir de caza. Nunca me llevaba los tíos a casa. Lo hacía con ellos en las esquinas, en los baños, en el coche. He llegado a tirarme a tíos en plena calle, mientras pasaba gente a nuestro lado. Usaba abrigos largos para taparme. Entonces no veía nada raro en todo aquello. Y la búsqueda de la emoción, de la sexualidad al límite, me tenía enganchada. Después me sentía vacía. Abandonada. Acabando en la universidad, empecé a salir con un chico. Yo estaba empeñada en acostarme con él, y él solo quería hacer manualidades. Un día le hice ver que aquello no era suficiente. Y me violó. Puse un modo bloqueo en mi cerebro. Y empecé otra vez a salir de noche. Cada vez más ansiosa. Entre semana, al salir de clase, tiraba de ­chorboagenda y buscaba algún recurso. También estaba mi porno en Internet. No iba mucho a los chats eróticos porque encontraba lo que quería en la calle. Pero el porno sí lo usaba para consolarme. En los descansos mientras estudiaba en casa. O antes de irme a dormir. Sobre todo veía hentai. Después iba al baño a desahogarme. Pero, sobre todo, lo que me provocaba ansiedad era la caza, esa búsqueda de la emoción y de sentirme deseada”.

Tardó en contarle el episodio de la violación a su hermana. Y por extensión, a sus padres. Hace dos años se sinceró con ellos. Y empezó a ir a terapia con el doctor Carlos Chiclana. Los médicos habían visto en su sexualidad compulsiva un trastorno de la personalidad límite. “Con el doctor Chiclana he empezado a entender que los chicos han de ganarse el derecho a estar conmigo. Y a trabajar relaciones sanas. Desde diciembre tengo pareja. Algo impensable hace un par de años. Me habría gustado estar ya casada, con un hogar, una familia y un perro. Pero todos los planes que tenía para mi vida se fueron al traste. Hoy llevo tatuado un fénix en llamas en el lomo derecho”.

Susana empezó a renacer tras contar lo que le pasaba a su familia. Sigue acudiendo con frecuencia a la misma consulta del doctor Carlos Chiclana que Manu, el exitoso directivo, ha empezado a visitar tras un enganche masivo y prolongado al cibersexo. Él acaba de arrancar con la terapia. Confía en que saldrá de esto. Es un hombre inteligente y alguien a quien todos ven como a un líder. Ahora cree que si hubiera tenido a alguien con quien hablar sobre lo que le pasaba, quizá no habría tensado tanto la cuerda y podría haber puesto antes un freno. Antes de despedirse y volver a montar en su Harley de camino al trabajo, recuerda el día en que confesó a su mujer que tenía un problema. “¿Sabes qué me respondió?: ‘Me alegro de que hayamos tenido esta conversación como dos personas adultas”.