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Los mitos de Galípoli

La batalla que cambió el curso de la I Guerra Mundial fue una gigantesca carnicería

A la vez, cimentó las bases de la Turquía de Atatürk y de Australia

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Tropas aliadas desembarcan en la península de Galípoli, en una imagen tomada entre 1914 y 1915.

Como en el síndrome de Stendhal rendido ante la belleza de Florencia, la contemplación de la memoria del horror y la temeridad entre las trincheras también desasosiega al viajero. Casi un siglo después, el vendaval de la historia aún no se ha llevado los ecos de la batalla de Galípoli, para las fuerzas aliadas, o de los Dardanelos, para las otomanas, que se enfrentaron ferozmente por el control de una pequeña península bañada por el Egeo y un estratégico estrecho que era la llave para doblegar al Imperio Otomano. Más de cien mil muertos y medio millón de heridos entre febrero y diciembre de 1915 que cambiaron el curso de la I Guerra Mundial y contribuyeron a prolongar los combates tres años más.

Para intentar comprender la dimensión de esta ofensiva hay que rebobinar desde la imagen congelada del actor Mark Lee abatido por los francotiradores turcos en el filme de Peter Weir –sin duda, un homenaje al miliciano español inmortalizado por Robert Capa– ante la desesperación de su camarada de armas australiano encarnado por Mel Gibson en Gallipoli. Y dar un salto atrás en el tiempo, en el mismo espacio de la Troya de Homero el griego y el Helesponto de Jerjes el persa.

Nunca tantos cayeron por tan poco territorio. El viento helado que llega desde el invierno del mar Negro aviva el seso y despierta al visitante extasiado ante los epitafios. Las insignificantes barrancas y playas, las mínimas lomas y mesetas escenario de la batalla de Galípoli estarían condenadas al olvido si no fuera por los mitos que germinaron entre las calaveras: el nacimiento de la identidad nacional australiana y los cimientos fundacionales de la Turquía moderna.

Mustafá Kemal Atatürk El padre de la República de Turquía tuvo un papel vital del lado otomano en la batalla.

Fue una idea brillante, pero se ejecutó con torpeza. El primer lord del Almirantazgo, a la sazón un Winston Churchill de apenas 40 años, aprobó la orden de apoderarse de los Dardanelos. Se trataba de una operación naval relámpago: cañonear las defensas artilleras otomanas en la embocadura del estrecho. Una pequeña fuerza terrestre se ocuparía de controlar después los fuertes y los puertos turcos para poder retirar las minas colocadas en el paso marítimo. Franquear el paso a las flotas británica y francesa hasta el mar de Mármara conduciría a la conquista de Estambul en pocos días y, con ello, a la derrota del Imperio Otomano. Al mismo tiempo quedaría despejada una vía vital de rearme a Rusia en el este para que las potencias centrales aflojaran la presión en el frente occidental, estancado en el barro de las trincheras desde el comienzo del conflicto.

Los buques aliados se estrellaron contra la tenacidad turca, pero sobre todo también contra sus propios errores. A partir del 19 de febrero de 1915, sus cañones hicieron mella en las fortalezas otomanas, algunas erigidas en el siglo XV tras la conquista de Constantinopla. Pero sus dragaminas fueron incapaces de aproximarse a la entrada del estrecho para desmontar las sucesivas líneas de minas que lo bloqueaban. A pesar de los vuelos de reconocimiento de los hidroaviones británicos, las piezas móviles de los artilleros turcos cambiaban de localización cada noche para castigar con su fuego nutrido cada misión de limpieza antiminas. Los grandes cruceros y acorazados aliados se arriesgaron a ponerse a tiro de las baterías costeras –que estaban también asistidas por fuerzas alemanas a las órdenes del general Liman von Sanders, asesor militar del Imperio Otomano y posteriormente jefe militar de las operaciones en los Dardanelos– para desalojar a la artillería ligera de las costas. Varios se fueron a pique al entrar en contacto con las minas o resultaron gravemente dañados.

El 18 de marzo, la Armada aliada lanzó sin éxito su última ofensiva. Desde entonces los cañones dejaron de disparar en los fuertes del estrecho. Y desde entonces los turcos conmemoran cada año en esa fecha su victoria en la batalla de los Dardanelos. El general Ian Hamilton, jefe de la Fuerza Expedicionaria del Mediterráneo, telegrafió a Londres: “Muy a mi pesar, me veo obligado a llegar a la conclusión de que no es probable que los estrechos sean forzados por acorazados (…). Ha de ser una operación militar pausada y metódica, llevada a cabo con nuestras fuerzas al completo, para así poder abrir un paso para la Armada”.

Fue una carnicería. Mi abuelo llegó a tierra. Su amigo Paddy Mcguire, no.

Pero los combates no acabaron el 18 de marzo. A partir de entonces, la guerra solo cambió de escenario. Para los australianos, que acababan de irrumpir en 1901 en la historia como país independiente del Imperio Británico, la fecha de recuerdo de Galípoli es el 25 de abril, cuando se lanzó el desembarco de fuerzas terrestres aliadas. Es una fiesta nacional: el Día del ANZAC (así llamado por las siglas inglesas del Cuerpo Australiano y Neozelandés del Ejército).

Robert Gozalo Howes, de 48 años, es quizá uno de los españoles que más han investigado sobre la batalla. Como Serdar Halis Ataksor, de 57 años, es uno de los turcos mejor documentados sobre Galípoli. El bisabuelo de Robert se alistó con 27 años en los Fusileros Reales de Dublín y desembarcó con las fuerzas británicas el 25 de abril de 1915 en el sur de la península. El abuelo de Serdar, el mayor Halis Ataksor, que contaba entonces 37 años, estaba al mando del 27º regimiento del Ejército otomano que frenó el avance del ANZAC en el oeste. El fusilero londinense George Howes cayó muerto el 9 de diciembre, cuando los aliados se retiraban derrotados. Ataksor resultó herido en la contraofensiva australiana del 6 de agosto, pero sobrevivió a la guerra.

Winston Churchill El primer lord del Almirantazgo fue uno de los grandes perdedores de la batalla.

“Mi bisabuelo materno se embarcó hacia Alejandría tras varias semanas de adiestramiento en el sur de Inglaterra”, explica Robert Gozalo Howes en Madrid mientras muestra fotografías de su antepasado de uniforme. El 25 de abril participó en el primer gran desembarco militar del siglo XX, considerado como el principal precedente del Día D en Normandía. Iba a bordo del carguero River Clyde, que fue embarrancado a propósito en una playa de Helles, al sur de la península, pero los soldados se quedaron a unos 30 metros de la costa expuestos al fuego enemigo. “Fue una carnicería. De los 1.000 efectivos de los Fusileros de Dublín solo sobrevivieron 400. Mi abuelo llegó a tierra; su amigo Paddy McGuire, con el que se alistó, no”. El River Clyde acabó tras la guerra en manos de una naviera española del Mediterráneo rebautizado como Aurora. Fue desguazado en Avilés en 1966.

En realidad hubo cuatro desembarcos simultáneos lanzados poco después de las cuatro de la madrugada. Dos de ellos, el de la 29ª División Británica en el cabo Helles y una zona adyacente, y el de ANZAC en la costa occidental de Gaba Tepe, tenían como objetivo establecer cabezas de puente para la invasión aliada. Los otros dos, el del Cuerpo Francés del Ejército en la parte asiática de Kum Kale, no lejos de las ruinas de Troya, y el de la Real División Naval en el golfo de Saros, al norte de Galípoli, fueron meras maniobras de distracción para dividir la capacidad de respuesta de las fuerzas otomanas.

A pesar del alto número de bajas en el sur, el frente quedó pronto consolidado gracias al apoyo de la artillería naval franco-británica. Pero la zona del ANZAC estuvo marcada desde el principio por la desgracia. “Caven, caven, caven trincheras”. Ese fue el mensaje que les transmitió el general británico Hamilton cuando los mandos de la unidad australiana y neozelandesa le comunicaron que la situación era insostenible.

El escritor australiano Bill Sellars, de 52 años, lleva 18 de ellos viviendo a orillas de los Dardanelos. Llegó a Turquía en 1988 para realizar una investigación sobre la I Guerra Mundial. “Era mi destino, cinco miembros de la familia de mi madre, australiana, combatieron aquí, y tres de la de mi padre, británico, también”, explica en el puerto de Eceabat (el antiguo Maidos griego), en el estrecho.

Fue una generación irrepetible marcada por el valor y el deber.

“Para los australianos y neozelandeses es una parte fundacional de nuestra historia. Hasta Galípoli, Australia era la suma de seis antiguos territorios coloniales, después ya fuimos una nación. En estas trincheras nació una identidad marcada por los valores de sacrificio y camaradería”. Sellars recuerda que en las batallas del frente occidental francés y belga murieron unos 50.000 australianos, pero la memoria colectiva ha quedado fijada en los 8.800 soldados de su país que perdieron la vida en la península del Egeo. “El Día del ANZAC no es una celebración, es una conmemoración. No hay que olvidar que fue una desastrosa derrota”, matiza con un té turco en la mano.

“Nadie esperaba que los otomanos fueran a luchar tan fieramente, pero no hay que olvidar que la mayoría de esos hombres procedían de la región del Mármara. Luchaban para defender su propia tierra frente a una invasión extranjera”, concluye el escritor australiano.

Todos luchaban por el control de la meseta de Kilitbahir, en el corazón de la península. Esos cerros eran la piedra angular de la batalla y la clave de la bóveda que aún sostenía al Imperio Otomano. Si los aliados los tomaban, tendrían vía libre para cañonear el palacio del sultán en Topkapi. Hoy las banderas turcas dan una exagerada tintura roja a la memoria histórica por todo Galípoli. Marcan las líneas de frente, los cementerios de sus tropas, monumentos conmemorativos que emulan al elemental realismo socialista. El clímax nacionalista crece en la embocadura de los Dardanelos. La estructura de más de 40 metros que ahora es el memorial turco de la batalla iba a ser la base sobre la que se erigiría una estatua colosal. Pero la idea fue desaconsejada por los ingenieros a causa de los fortísimos vendavales.

Halis Ataksor Estaba al mando del 27º regimiento del Ejército otomano.

El paroxismo de la celebración de la guerra es aún más patente en Chunuk Bair. El nacionalismo kemalista turco se apropió durante décadas de la memoria del campo de batalla. Más de dos millones de turcos visitan ahora cada año el Parque Histórico Nacional de Galípoli, creado en 1973. La paradoja es que el nacionalismo islamista del Gobierno de Recep Tayyip Erdogan lo ha reconvertido en parque temático de exaltación de la victoria de tropas musulmanas que cargaban invocando a Alá contra fuerzas extranjeras en su gran mayoría cristianas.

Los cementerios de guerra de británicos, franceses, australianos y neozelandeses fueron los primeros en conservar el recuerdo de los caídos. Hoy mantienen una apacible distancia histórica. Solo el monolito memorial británico apunta a un pasado imperial, con la mención de los buques y unidades que intervinieron en la lucha. En el muro exterior que lo rodea están grabados los nombres de sus muertos. A media altura de la parte central del ala occidental se halla el de George Howes, el bisabuelo de Robert Gozalo.

El cementerio turco es meramente simbólico, con inscripciones en lápidas de metacrilato. Los cuerpos de los combatientes están inhumados en fosas comunes. El escritor y periodista Gürsel Göncü, de 52 años, es autor de un libro sobre la campaña de los Dardanelos y de una guía de los campos de batalla de Galípoli. Vivió cinco años en la península investigando los hechos sobre el terreno. “No hemos sabido preservar una parte de la historia de la humanidad. Me da vergüenza. Hemos perdido la memoria y la hemos sustituido por placas de plástico”, se lamenta en Estambul.

El Gobierno turco ha preparado un programa conmemorativo para el centenario de la batalla en 2015 que cuenta con un presupuesto de unos 20 millones de euros. “Con mucho menos se podría recuperar parte de nuestra memoria histórica”, critica Göncü. “Galípoli fue una hazaña de sacrificio que hoy sería irrepetible. Sacrificio no por la patria o por la religión. Ni siquiera por la familia. Sacrificio por el compañero de trinchera. Ahora no podemos comprenderlo. Los combatientes oían la respiración del enemigo…”. Frente a las investigaciones de británicos y australianos, Turquía no cuenta aún con una historia documentada en hechos objetivos. “Solo nos queda el relato oral”, advierte el escritor.

Nadie esperaba que los otomanos fueran a luchar tan fieramente.

En la fría mañana de domingo de invierno, el guía refiere a los visitantes de Galípoli la peripecia de Mustafá Kemal Atatürk en la batalla. El entonces teniente coronel comandaba con 32 años el 57º Regimiento, estacionado en Bigali, al norte de la península. Cuando llegaron noticias del desembarco de las fuerzas del ­ANZAC, otros comandantes se mantuvieron en sus posiciones y solo él se atrevió a marchar hacia la costa occidental. Según este relato, envió a sus tropas por la carretera mientras él marchaba con su caballo campo a través. Al llegar a la zona de combates se encontró con dos centenares de soldados otomanos que se retiraban tras ser arrollados por el avance australiano. Les ordenó que le siguieran con estas palabras: “No les pido que ataquen, les pido que mueran. Eso dará tiempo para que otros turcos ocupen nuestro lugar”. Kemal resistió hasta la llegada de su regimiento para hacer retroceder a las fuerzas del ANZAC hacia la playa.

Serdar Halis Ataksor, que conserva el diario militar que escribió su abuelo entre el 14 de diciembre de 1914 y el 6 de agosto de 1915, cuando este fue herido, no comparte la versión. “El mayor Ataksor, que mandaba el 27º Regimiento, estaba mucho más cerca del punto de desembarco del ANZAC, y fueron sus tropas las que contuvieron el avance enemigo hasta la llegada de los refuerzos del 57º Regimiento de Atatürk. La primera unidad perdió 900 hombres, un tercio de sus efectivos, mientras que la segunda solo tuvo 400 bajas mortales”, asegura con el dietario de tapas de cartón marrones en la mano. “La repu­tación de Atatürk como gran táctico militar se fraguó en las colinas y barrancos de Galípoli”, tercia Gürsel Göncü, que asiste atento a la conversación. “De ahí surgió el jefe militar que dirigió la guerra de la independencia tras la derrota en la I Guerra Mundial y que fundó la República de Turquía en 1923”.

SS ‘River Clyde’ El carguero británico desembarcó en Helles 1.000 efectivos. Solo sobrevivieron 400 a la carnicería.

El diario del mayor Ataksor también muestra las miserias del bando otomano. “Detalla la dramática falta de municiones –fue una lucha de bayonetas caladas– y la ausencia de equipos sanitarios”, precisa el nieto del militar. Los heridos graves en el frente turco solían ser dados inmediatamente por muertos. “No tuvieron ninguna oportunidad. Y la falta de suministros, sobre todo de agua, acabó causando más bajas que las balas de los turcos”. Robert Gozalo Howes recuerda las seis cartas enviadas por su bisabuelo que conserva su familia materna. “Las comunicaciones estaban censuradas, pero muestran su tristeza por el alejamiento de su mujer y sus hijos pequeños. Ellos sabían que iba a morir. Fue una generación irrepetible marcada por el valor y el sentido del deber”.

El éxito de algunos submarinos aliados al burlar el bloqueo del estrecho para hostigar a buques de guerra y mercantes turcos en el mar de Mármara no oculta el sentimiento de derrota total que debía acompañar a las tropas que se retiraron de la península en diciembre de 1915. La evacuación fue la operación mejor ejecutada de toda la campaña de Galípoli. El mando militar turco tendió un puente de plata al enemigo. Conservada con mimo en la zona de la ensenada ANZAC, en el cementerio australiano, una de las lápidas lleva este epitafio: “Pagó el precio de la paz. 575 Trooper H. Blanch. 20-6-1915. Tenía 20 años”.

Las cabezas del primer lord del Almirantazgo Churchill y del general del Ejército Expedicionario Hamilton rodaron tras una investigación en Londres. Atatürk fue ascendido al grado de pasha o general, y su leyenda no dejó de crecer hasta convertirse en padre de la patria. Tras la muerte en 1938 del primer presidente de Turquía, el culto a la personalidad de su figura histórica permanece. Y de la sangre de los 8.700 australianos caídos brotó el alma de un país reciente al otro lado del planeta.

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