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Cuando el ‘skate’ era un monopatín

Un documental repasa los inicios, precarios y brillantes, de esta subcultura en España

Skatepark del Parque Sindical (1982).
Skatepark del Parque Sindical (1982).

Cuando los niños veían llegar a esos seres encima de una tabla con ruedas, debían sentir lo que los indios tayanes al vislumbrar a Pizarro y compañía con sus armaduras destellantes, caballos jamás vistos y barbas hasta el ombligo: ¿Serán dioses?

Mucho antes de los vídeos en Youtube y del contrabando de cintas en VHS, una furgoneta Volkswagen azul recorría España repleta de unos cuantos mocosos de menos de quince años que habían descubierto prematuramente el skate. La marca Sancheski, que llevaba fabricando esquís desde los años treinta, empezó a despachar monopatines (los bautizó así, de hecho) a finales de los sesenta en el País Vasco y, más adelante, no le quedó otra que formar un equipo para que girara por todo el país haciendo exhibiciones en colegios, pabellones y plazas.

La del Team Sancheski, con los dos hermanos con bigote de forzudo y la camada de cachorros sobre ruedas girando por el País Vasco, es sólo una de las muchas historias maravillosas que esconde el documental Monopatín, dirigido por Pedro Temboury, que analiza los épicos, tragicómicos y genuinamente ibéricos primeros pasos de la subcultura del skate por debajo de los Pirineos.

En aquellos primeros pasos (o metros deslizados), en concreto en zonas como la de Algorta (Getxo; en el País Vasco fueron los amantes del surf los que empezaron a ensayar con monopatín en días de mar en calma), la gente patinó durante años tumbada en su tabla. No fue hasta que un cómic con un verdadero skater, erguido sobre el artefacto en la contraportada, cayó en las manos de uno de ellos cuando supieron que en aquello se manejaba de otra forma. Es esa especie de efecto cargo cult, como esos antillanos que imitan aviones yanquis con raíces de bambú, común a nuestro descubrimiento de todas las subculturas foráneas: desde los punks comprando chapas de Otan No y borrando con Tipp-Ex para escribir The Clash encima (aquí no las vendían) hasta los primeros hip-hoperos que se ponían la chaqueta del chándal del cole para emular a los negros de Nueva York o esos primeros amantes del rock and roll que se calzaban botines flamencos porque habían visto las Chelsea boots en portadas de discos británicos (luego tocaban en Alemania, como explican Los Salvajes, y les gritaban toreros).

John McDonald, de Canadá, en Arenys de Munt (1979).
John McDonald, de Canadá, en Arenys de Munt (1979).

Monopatín indaga en la magia de esa precariedad y rastrea toda la historia de esta afición en España en torno a tres skate parks legendarios y con relatos memorables: el de Arenys de Munt (Barcelona), El Sindi (Madrid) y La Kantera (Bilbao). Cada uno de ellos esconde una trama que podría dar para una película de Hollywood en clave tragicómica española.

Uno de los hermanos Laguna de Madrid en Arenys de Munt. (1979).
Uno de los hermanos Laguna de Madrid en Arenys de Munt. (1979).

Un ejemplo es El Sindi: skate park en el Parque Sindical creado gracias a un ebanista, Tomás Moreno, y construido a ojo por los propios chavales (decenas de amantes del skate con acné dándole a la hormigonera, cuando la había). Todo en su historia da para un guion de Spielberg reescrito por Rafael Chirbes: los muchachos levantando piedras a peso y colaborando en la construcción, primeros pinitos imprecisos con la tabla, visita (a lo Bienvenido Mr. Marshall sobre ruedas) de las estrellas internacionales y posterior cierre del parque para… construir unas pistas de paddle. Una metáfora redonda como las ruedas de los monopatines. Si su historia fuera Los Goonies, sólo haría falta elucubrar sobre quién sería, en Madrid, Mamá Fratelli.

Regreso del futuro

Por Monopatín ruedan historias anónimas, pero también caras reconocibles. Javier Corcobado, cantautor rock y maldito del indie español, casi se mata en una exhibición en León (se vino abajo, cuando los patinadores esperaban en la cima, una rampa de madera de cuatro o cinco metros); Panko, DJ de Ojos de Brujo, le busca la miga poética al movimiento, aunque en su día quedó entre los primeros de un campeonato pero luego le dijeron que no le podían entregar el premio: un viaje a EE UU; Mercedes Resino, copresentadora de Tocata, actriz y colaboradora de autores como David Trueba, era la única chica en Madrid que se codeaba con los skaters más talentosos (su imagen es calcada, e igual de mágica, a la de una preadolescente Nicole Kidman en Los Bicivoladores).

Pablo Sela en Arenys de Munt (1979).
Pablo Sela en Arenys de Munt (1979).

Pero si una escena de cine de los ochenta viene a la mente es la de Marty McFly como un tiro sobre su monopatín futurista Mattel sin ruedas y de color rosa. Algo así, una especie de viaje al futuro, es lo que vivió José Antonio Muñoz-Cuéllar, que en 1975 abrió Caribbean, la primera tienda de skate en España. “Fui a estudiar unas semanas a la Universidad de Berkeley, hacia  1973. Un día iba paseando por la calle y de repente pasó por mi lado un zumbido: ¡Iba rapidísimo y ni siquiera hacía ruido! Me puse a correr y a gritar como un loco detrás de ese skater. Justo habían inventado las ruedas de uretano y aquello parecía una pasada. Así que todo el dinero que me habían dado mis padres lo gasté en comprarme dos monopatines. Tenía que coger comida del bufé libre del desayuno, para comer y cenar, porque me quedé sin dinero para el resto de mi estancia. Pero valió la pena”. A la vuelta, en su regreso al pasado, la España de los setenta, esa misma escena se repetía con protagonistas intercambiados: “Como me pedían siempre que de dónde lo había sacado, empecé a encargar tablas y las vendía en mi Seat 133, que aparcaba en Nuevos Ministerios y zonas así. Poco después abriría el negocio”.

Los pioneros no lo tenían fácil: no podían acceder a nuevas figuras y posturas con un clic. Ahí entraba en juego el poder de la imaginación que surge de la precariedad: debían imaginar todo a partir de una fotografía. “Por ejemplo, ves a un tipo volando y no sabes si viene de tirarse desde arriba de la rampa, si ha subido por la derecha o por la izquierda…. Pero probábamos y probábamos hasta que conseguíamos algo parecido. Y luego, claro, cuando venía a los parques uno que había ido a Londres chupábamos todas las ideas. O cuando, más adelante, vinieron al Sindi los mejores americanos…”.

Ese mismo mecanismo de imitación fantasiosa se llevaba a cabo también con los looks: “Cogíamos calcetines de baloncesto rayados, pantalones cortos de pana… Y nos construíamos las tablas a imagen e las que veíamos. A veces incluso dibujábamos el logotipo de la marca, porque aquí no llegaban todavía”.

Patina a muerte en Super 8

La película lleva la firma de Pedro Temboury, skater, surfer y cineasta de culto con películas como Kárate a muerte en Torremolinos y Ellos robaron la picha de Hitler. Pero el proyecto se empezó a cocinar en la web 402k8. Su creador, Alfredo Prados, reclamó desde esa plataforma material de archivo, una llamada a la que respondieron generosamente tanto Muñoz como John McDonald, que envió cintas sobre su estancia en el skate park de Arenys de Munt.

Exhibición de la Bones Brigade, Christian Hosoi (1987). Parque Sindical.
Exhibición de la Bones Brigade, Christian Hosoi (1987). Parque Sindical.

“Al margen de los responsables de las marcas, lo bonito es que muchos particulares enviaban sus fotografías y películas caseras en Super 8. La gran mayoría de las imágenes son inéditas; entonces no es como ahora, que todo el mundo graba todo con un móvil. Después fue muy especial que compartieran su pasado y también anécdotas con nosotros”. Sólo les quedó una espina clavada: “No pudimos lograr que saliera Joaquim Roig, el empresario que creó el parque de Arenys, el segundo de toda Europa. Piensa que mucha gente perdió mucho dinero en aquellos primeros tiempos, cuando el skate no estaba consolidado, cuando no era ni un deporte ni un hobby; algunos prefieren no recordarlo”.

Sin embargo, la película pulsa de maravilla la sensación de euforia de aquellos días de descubrimiento: “Somos muy fans de películas como Dogtown and Z Boys [legendario documental de Stacy Peralta sobre un grupo de skaters californianos], pero ellos eran pioneros consolidados, estrellas de lo suyo… En cambio los nuestros eran anónimos, personas humildes, normales”. Pero ese documental tiene su versión de ficción, Los amos de Dogtown. ¿No sería perfecto dirigir una película sobre su equivalente español? ¿El Vaquilla en una tabla? ¿El nacimiento legendario de un parque de skate? “¡Te compro la idea! La verdad es que las persecuciones serían muy emocionantes, pero las historias también. Piensa en El Sindi, por ejemplo: una historia preciosa que ya está escrita, que parece un guion….”.

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