Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra

Érase un hombre a un teléfono pegado

El móvil gana la partida: es fácil de llevar, es agenda, linterna, GPS, cámara de fotos...

Un 'auténtico amigo' que a veces nos aísla de la gente real

 Elisabet Sans / Álvaro de la Rúa / Cristina Pop

La pesadilla recurrente de este siglo: uno está a punto de coger un avión y, de repente, nota que le falta algo. Al fin, la profecía autocumplida: te han robado el teléfono. Uno se lo ha imaginado muchas veces, ha rebuscado otras tantas en el bolso deseando que no hubiera pasado. Aun en sueños, uno se culpa por haber atraído con malos pensamientos un grave trastorno.

Variaciones de esta historia suelen estropear el descanso de Antonio Merino, consultor financiero independiente, pero también el de Laura G. Menchón, entrando como una tromba en la adolescencia. A Cristina Martín (35 años) hay que perdonarle el sueño obsesivo: dos veces le han quitado el teléfono de las manos; primero, en un bar, y cuatro meses más tarde, en la parada del autobús. Lo que se dice tener mala suerte. Según un estudio de la compañía estadounidense de investigación tecnológica Unisys, una persona tarda como promedio 26 horas en denunciar el robo de una cartera, pero si el objeto perdido es un teléfono, la denuncia se produce a los 68 minutos.

Perder el móvil supone quedarse fuera de una parte importante de la realidad: lo que sucede en Internet. También significa que no se estará disponible, que no se le podrá encontrar por las vías ordinarias. Léase, llamada, mensaje, e-mail, WhatsApp. Hay quien asume la desconexión como un reto o como una excentricidad, pero hay muchos que no se lo pueden permitir; otros que, como diría Bartleby el escribiente, en el relato de Herman Melville, preferirían no hacerlo, y unos pocos que viven la pérdida de la conectividad con angustia. Son los que cargan a todas partes con una batería de repuesto y los cables de conexión; los que monopolizan el enchufe más cercano del sitio en el que acaban de entrar, y solo entonces se sienten tranquilos, porque les da pavor quedarse desconectados.

La ‘nomofobia’, o miedo a no estar en contacto por el móvil, podría manifestarse al perder la batería

En una encuesta realizada en Reino Unido, los participantes equipararon el hecho de “no estar en el móvil” con suce­­sos estresantes de la vida como un divorcio o una mudanza. Cuando uno está desen­­chufado imagina que están sucediendo muchas cosas. A saber: mientras la batería se carga se ha producido esa llamada de trabajo importante, ha pasado algo grave en la familia y nadie ha podido avisarle, el único e-mail del día que no podía esperar yace en el buzón sin que ni siquiera se pueda leer el asunto. Luego, cuando se recupera la conexión (y el aliento) se comprueba que todo sigue igual.

Como no podía ser de otra manera, unos expertos anglosajones, concretamente británicos, acuñaron en 2008 la nomofobia (acrónimo de no mobile phobia) y la describieron como el miedo a no estar en contacto por el móvil, un sentimiento que, según sus estimaciones, podrían estar incubando el 53% de los usuarios de este servicio de telefonía de Reino Unido. En su opinión, la ‘nomofobia’ podría manifestarse cuando nos quedamos sin cobertura o sin batería, o cuando perdemos el teléfono.

Lo que está bastante claro es que se ha creado una nueva necesidad: estar conectados las 24 horas y los 7 días de la semana. “La naturaleza absorbente del dispositivo y la información en tiempo real arrastran a los usuarios, la intermitencia y la respuesta constante del otro lado refuerzan esa sensación. Además, hay que contar con la presión de vivir en un mundo en el que para muchas personas “inmediatamente” significa literalmente “inmediatamente”. Todo esto provoca que la gente viva extasiada en sus teléfonos e ignore la vida que pasa por delante”, explica Robert Sutton, profesor de la Universidad de Stanford y autor del libro Good boss, bad boss (2010) (Jefe bueno, jefe malo). Algunos estudios en Estados Unidos estiman que, mientras estamos despiertos, el tiempo promedio que pasamos sin mirar el móvil es de unos diez minutos. Y precisamente, la capacidad de abstraernos de la realidad circundante es uno de los grandes atractivos del teléfono. El informe del Pew Research Center de 2012 que califica a este cacharro como “la nueva herramienta ubicua” indica que un 13% de los usuarios fingen usarlo para evitar interactuar con la gente que tiene alrededor, y otro abrumador 43% de ellos se entretienen con el teléfono porque lo que tienen cerca les parece aburrido.

La prensa estadounidense ha frivolizado, diciendo que el smartphone es también el nuevo cigarro de después

A estas alturas, la relación con su telé­­fono es emocional, y en caso de que se lo roben el disgusto será máximo. Habrá perdido mucho más que un teléfono con su agenda de contactos. Se habrá quedado sin sus fotos, su despertador, su brújula, sus mapas, su GPS, su linterna, su espejo, sus juegos, su hombre del tiempo, su compañero en los interminables viajes de metro, sus playlists para correr, su música, su teléfono inteligente más inteligente que usted… ha perdido un amigo. Parece casi normal que en una encuesta realizada en 2012 por el Canal Spike TV, el 80% de los hombres dijeran que “amaban” su teléfono porque “le daba seguridad y les hacía la vida más fácil”. En el mismo año, el 68% de los británicos contestaron a otra encuesta de la compañía YouGov, afirmando que renunciarían a la cerveza, al vino, los chocolates, los zapatos, la televisión y hasta al coche durante un mes, a cambio de quedarse con el móvil. El 22% de ellos aseguraron que “el teléfono móvil es lo más importante que se llevan cada noche a la cama”. Curiosamente, solo el 11% de las mujeres entrevistadas fue tan lejos en sus afirmaciones.

A pesar de la llegada de las tabletas y los ligerísimos ordenadores portátiles, el teléfono sigue siendo imbatible. La encuesta de medios que realiza cada año la consultora Nielsen reveló que en 2012 el 46% de la actividad social online tuvo lugar desde los móviles (las tabletas, de momento, acapararon el 16%). Estas cifras se disparaban en los jóvenes de entre 18 y 24 años. Para los analistas de Nielsen, la portabilidad convierte al teléfono en el gadget ubicuo por excelencia. “Lo puedes llevar a cualquier parte en el bolsillo. Lo puedes usar para todo, y, de vez en vez, hablar por teléfono”.

El don de la omnipresencia del que los teléfonos móviles han dotado a los humanos ha traído como consecuencia la invasión de espacios que hasta hace una década estaban más o menos definidos. “Es un hecho que la casa ha invadido el trabajo y el trabajo ha invadido la casa, y no parece que los límites puedan volver a ser restaurados”, ilustra Lee Rainie, director del centro de investigaciones Pew Research Center. Este experto explica que el fenómeno empezó con el éxito de BlackBerry y se ha disparado con la democratización de los teléfonos inteligentes y las tabletas. España es el segundo país del mundo con mayor penetración de smartphones, superado solo por Reino Unido (informe Our mobile planet: global smartphone user). “Las personas usan sus dispositivos para acceder al correo electrónico corporativo allá donde estén: en casa, cenando con amigos o de vacaciones al otro lado del mundo”. La llegada de la crisis económica solo ha acentuado esta tendencia. “Incluso, profesionales con una carrera muy sólida temen ser reemplazados por alguien presto a estar disponible y conectado las 24 horas”, explica Rainie. John Lilly, el ex CEO de Mozilla que anunció en su blog que comenzaba un ejercicio de desconexión temporal con el que solo ha conseguido hasta ahora “no sentir la necesidad de mirar su e-mail y su Twitter cada cinco minutos”, resume muy bien el estado de la cuestión: “Lo bueno de la tecnología es que te puedes ir a cualquier lugar del mundo y seguir trabajando, lo malo es que donde quiera que estés tendrás que trabajar”. Para el profesor Sutton, tanta conectividad no es buena. En su libro explica: “Gracias a los dispositivos electrónicos, sobre todo al móvil, nadie parece estar prestando total atención a casi nada, todos están rindiendo peor porque están haciendo muchas cosas a la vez”.

“La casa ha invadido el trabajo y el trabajo ha invadido la casa, y no parece que los límites puedan volver a ser restaurados”, dice Lee Rainie, director del centro de investigaciones Pew Research Center

También nos relajamos con varias cosas a la vez. Vemos la televisión con un ojo puesto en el teléfono, y aunque en España no acaba de arrancar la compra online desde el móvil, el estudio Mobile Life de TNS sí ha detectado que cuando vamos de compras preferimos consultar con el teléfono o whatsappear con amigos a preguntar a la dependienta de la tienda. Además, un 63% de los consumidores españoles hacen showrooming, una práctica que consiste en fichar un artículo por Internet, ir a la tienda, probárselo, asegurarse de la talla correcta y luego comprarlo en otro lugar, probablemente en alguna web.

El móvil no solo duerme con nosotros cada noche –en el caso de los adolescentes, debajo de la almohada y en modo vibrador–, también lo consultamos en medio de la madrugada si nos despertamos, y si vamos al baño va con nosotros. En realidad, lo que dice la encuesta Harris Interactive realizada entre 2.000 dueños de teléfonos inteligentes en Estados Unidos, es que a cualquier hora del día solemos irnos con el móvil al servicio. Este mismo informe apunta que el teléfono se mira de reojo hasta en la iglesia.

Pero para calibrar la intimidad que hemos alcanzado con el teléfono basta un dato de esta misma encuesta. Uno de cada cinco estadounidenses confiesa que lo primero que hace después del sexo es mirar el móvil. No tenemos datos de España, pero no suena muy descabellada la estadística. Si así fuera, estaríamos ante un acto de amor romántico, por más que la prensa estadounidense haya frivolizado con la estadística diciendo que el smartphone es también el nuevo cigarro de después.

Más información