¿Sabemos para qué servimos?

Ante la situación laboral hay que preguntarse ¿qué sé yo que ofrezca valor a otras personas?

Cultivar el talento y hacerlo con pasión es el primer antídoto contra el fracaso

ILUSTRACIÓN: JOSÉ LUIS ÁGREDA

Por la crisis, la digitalización o la globalización, los empleos y las industrias están cambiando para siempre. Ahora mismo están apareciendo nuevas profesiones, pero son casi invisibles para quienes contemplan el mundo laboral desde el caduco paradigma de la era industrial.

Aquellos que queramos seguir disfrutando de un trabajo deberemos reinventarnos cada poco y aceptar la inevitabilidad de empezar en una nueva profesión cada tanto, varias veces a lo largo de la vida. Se abre ante nosotros la era del conocimiento, el talento…, y de los creativos, emprendedores del conocimiento y expertos… Y sumarse a esa corriente laboral emergente es posible, excitante, rentable… y necesario. La pregunta “¿para qué sirvo?” se responde con otra pregunta: “¿A quién sirvo, y resolviéndole qué problemas?”.

La actual crisis es un cambio estructural, es un cambio sin vuelta atrás, un cambio masivo de paradigmas. Por consecuencia, todos nosotros deberemos cambiar profundamente de mentalidad en cuanto a las formas de ganar y gastar el dinero, porque los viejos tiempos no volverán.

“La educación es el arma más poderosa que puedes usar para cambiar el mundo”(Nelson Mandela)

El economista americano Richard Florida señala este fenómeno en su libro 'El gran reset'. ¿Y por qué la economía mundial debería resetearse cíclicamente? Porque es la manera de deshacernos de lo caduco y dejar paso a lo nuevo. Sí, nuevos modelos económicos impulsados por el ingenio, la tecnología, la invención y el talento. Innovaciones que comportan nuevas formas de vivir y de trabajar y que conducen a cambios sociales y económicos de gran calado. Una y otra vez hemos salido reforzados, incluso más prósperos a medio plazo, de cada uno de esos profundos resets económicos.

El cambio que se está destilando ahora mismo en Occidente es el paso de la economía industrial a la economía del conocimiento, basada en las ideas y el talento. Los países, la empresas y las personas que lo entiendan –y se reinventen– saldrán adelante con éxito; las que no lo hagan quedarán descolgadas.

Las claves del cambio

ILUSTRACIÓN: JOSÉ LUIS ÁGREDA

Libros

– ‘La educación del talento’, de José Antonio Marina.

– ‘Las claves del talento. ¿Quién dijo que el talento es innato? Aprende a desarrollarlo’, de Dan Coyle.

Películas

– ‘El discurso del rey’ (2010), de Tom Hooper.

– ‘Art & copy’ (2009), de Doug Pray.

¿Qué podemos hacer para reinventarnos pro­­­­fesionalmente? Aprender, la inversión en educación es la mejor inversión, y el foco donde deberían converger todas las políticas de estímulo, en lugar de dilapidar los escasos recursos en sectores de la antigua economía (la automoción convencional, la economía de las finanzas perversas o la construcción especulativa).

Adentrarnos en la sociedad del conocimiento es nuestra única opción. Dijo José Antonio Marina: “La educación debe ser el motor de la prosperidad, porque su objetivo es crear talento, que se ha convertido en la verdadera riqueza de la naciones”. Un talento que se mide por el “índice de empleabilidad”, que es el índice que mide las posibilidades de tener trabajo. Una capacidad en la que deberíamos invertir durante toda la vida profesional con formación útil.

Los puestos de trabajo están transformándose. Y ello, como resultado del cambio de mentalidad de las personas que los ocupan. Están dejando de tener sentido los organigramas verticales, el ordeno y mando, la obediencia ciega. Las personas reclaman sentido, hacer cosas que tengan un propósito claro, más allá de ganar dinero. En la era creativa, en la que ingresamos a principios de siglo, las ideas, el talento y el conocimiento son el nuevo petróleo de la economía. Su motor. En países como Estados Unidos, por ejemplo, esta clase representa ya el 30% de la fuerza laboral y supone la mitad de todos los ingresos laborales del país.

De nuevo, la pregunta “¿para qué sirvo?” se contesta con otra pregunta: “¿Qué sé yo que ofrezca valor a otras personas?”. Los creativos son y serán las personas más solicitadas y mejor pagadas. Mientras que los trabajos repetitivos, manuales, de bajo valor añadido y/o digitalizables se esfuman o entran en la precariedad, los trabajos creativos ofrecen oportunidades inimaginables.

¿Qué podemos hacer para formar parte de esta prometedora oportunidad profesional? Una vez más, invertir en nosotros mismos, en formación actualizada.

Ahora sabemos que el talento se hace, no se nace con él. Este es uno de los descubrimientos de la neurociencia más democráticos y alentadores. Todos podemos desarrollar cierto talento, con disciplina y dedicación entregada. Sabemos que el talento es el efecto de la práctica y del aprendizaje deliberados durante 10.000 horas. Es la suma de la aptitud (lo que se sabe) más la actitud (querer saber más y mejorar).

“Los medios de producción ya no son ni el capital, ni los recursos naturales, ni la mano de obra; son y serán el conocimiento” (Peter Druker)

Después de leer el libro de Malcolm Gladwell 'Fuera de serie', uno entiende cuál es la diferencia entre quienes hacen algo especial en la vida y quienes no. El autor explora las historias de grandes deportistas, de los Beatles, Mozart… y se pregunta qué distingue a unos de otros. En su estudio concluye que nuestro modo tradicional de pensar en el talento es erróneo.

El talento florece con un condicionante: la vocación. La pasión por lo que se hace, el amor por la profesión, servir más y mejor a la sociedad. Si una persona desempeña un trabajo porque no tiene otra cosa o por ganar dinero nada más, no le puede ir bien.

En nuestra economía se estima que un 80% de las personas trabajan en ocupaciones que no aman. Cuando en una profesión no hay amor no puede haber dinero. No es de extrañar que una sociedad así no avance por sí misma y vaya a remolque de otras economías más innovadoras. En la era del talento no tenemos opción: o nos decidimos por servir con una vocación –y nos entregamos en cuerpo y alma hasta tener éxito– o elegimos vender horas en empleos poco interesantes, con condiciones precarias y mal pagados. El precio de la ignorancia es, ahora más que nunca en la historia, altísimo.

El conocimiento de un buen profesional vale más de lo que imaginamos. Un experto puede obtener ingresos sirviendo con lo que sabe de su tema preferido. Un experto, por cierto, no es una persona que lo sabe todo, pero sí es una persona curiosa que lo quiere saber todo sobre su tema. Por eso se considera a sí mismo un estudiante, un aprendiz; y cuanto más aprende y sabe, sus clientes le consideran más experto.

En la actual era es posible convertir lo que a uno le gusta en una profesión útil y rentable. Si alguien tiene un consejo o una información valiosa con los que resolver problemas a los demás, es posible hacer carrera en una industria real como experto y obtener ingresos por lo que sabe.

Lo único necesario para ser un experto es contar con conocimiento de valor y saber cómo entregarlo al mundo. Ahora mismo hay muchas personas que necesitan saber lo que alguien sabe, y le pagarán por su ayuda.

 

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