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Crítica:68ª edición de la Mostra de Venecia

Gary Oldman resucita con maestría al Smiley de John Le Carré

Quiero pensar que éramos infinitos los lectores que compartíamos gozosa adicción a la literatura de John Le Carré centrada en la Guerra Fría y que sentimos que faltaría algo importante en nuestra vida cuando Le Carré decidió que el largo y mortífero juego de ajedrez entre Karla, jefe del KGB, y George Smiley, el habitante más reflexivo y triste del circus, había terminado. No tenía sentido continuar después del bendito derrumbamiento del muro de Berlín, pero a su enamorado público nos hizo la puñeta.

Cerró la saga cuando Smiley, ese hombre metido hasta el alma en la sórdida oscuridad del espionaje, cuando él hubiera querido dedicar su vida al estudio de los poetas alemanes del siglo XVIII, ese tipo introvertido que seguía considerando a su adúltera mujer como la única ilusión de un hombre sin ilusiones, lograba destruir a su enemigo ancestral utilizando como cebo a la hija de éste, el único punto vulnerable en una personalidad acorazada. Le Carré siguió escribiendo del horroroso estado de las cosas en tantos lugares del universo y algunas de esas novelas están muy bien, pero desapareció para siempre el viejo, inconfundible y admirable aroma que desprendía el circus.

Tomas Alfredson hace entendible una historia complicada de narrar en imagen

Todd Solondz me irrita menos que en anteriores ocasiones con 'Dark horse'

Antes del trágico desenlace las victorias y las derrotas, el macabro juego psicológico entre Smiley y Karla había estado equilibrado. Para mi gusto el esplendor máximo de la batalla entre los servicios secretos de Reino Unido y Rusia alcanza su cumbre en El topo. La BBC adaptó esta novela en una espléndida serie de televisión de los años setenta. La dirigía John Irvin y el eternamente modélico Alec Guinness encarnaba magistralmente a George Smiley. James Mason también había sido Smiley en el cine en la apreciable Llamada para el muerto, dirigida por Sidney Lumet. O sea, dos actores legendarios a la altura de personaje tan complejo.

Consecuentemente, mi curiosidad era grande ante una nueva versión de El topo. Que el propio Le Carré haya asumido en ella el papel de productor ejecutivo ofrecía cierta garantía sobre el tratamiento que iban a dar a su criatura. Me intrigaba que el director elegido fuera Tomas Alfredson, creador de esa insólita, perturbadora y hermosa crónica sobre el desamparo, el insomnio y la soledad de una niña vampira titulada Déjame entrar y me mosqueaba que al sobrio y estoico Smiley le diera vida alguien tan vocacionalmente histriónico como Gary Oldman. Mi suspense ante lo que podía hacer el sueco Alfredson con el turbio universo del circus, con el retrato de sus sinuosos, burocráticos, leales o traidores habitantes, con la atmósfera húmeda y grisácea de Londres, con el retorcimiento profesional que marca las guerras clandestinas, con las trampas, los engaños, los pactos y la violencia subterránea que forman las señas de identidad del espionaje, está más que satisfecho.

Alfredson ha captado el espíritu de Le Carré, su estilo visual es tenso y pausado, describe los matices y hace entendible una historia complicada de narrar en imágenes. Los flashbacks no chirrían y tienen sentido. También han desaparecido mis prejuicios ante la excelente interpretación que hace Gary Oldman de Smiley, ese hombre que habla poco y observa mucho, cuyo poderoso cerebro analiza un mundo en el que resulta muy problemático distinguir la verdad de la mentira, las apariencias de la realidad. El topo posee una estética que parece de otra época, tiene un tono hipnótico, es transparente su alergia al efectismo. Suplementariamente es un placer ver a Colin Firth, a John Hurt, a Toby Jones, actores todos ellos consagrados, otorgando veracidad y estilo a personajes tan breves como sabrosos. Creo que Le Carré se reconocería en este espejo de su mundo. Por mi parte, este circus se acerca mucho al que había imaginado leyendo El topo.

Cuenta Todd Solondz en la presentación de Dark horse que por primera vez ha intentado comprobar si era capaz de hacer una película que no tratara del estupro, la pedofilia y la masturbación. Lo ha logrado, pero eso no evita que solo pueda entusiasmar a sus admiradores incondicionales, que forman legión en los festivales de cine. Reconozco haberme irritado menos que otras veces, pero me da igual la torturada relación entre los dos friquis que la protagonizan, un treintañero que se ha quedado colgado en la infancia e incapaz de abandonar la tutela familiar y una zumbada pasiva aquejada de incurable hepatitis. Solondz aplica su inimitable estilo, supuestamente tan gracioso, transgresor y surrealista, para narrar otra reconocible tontería. La ovación al final de la película ha sido interminable. Ellos sabrán por qué.

* Este articulo apareció en la edición impresa del Martes, 6 de septiembre de 2011