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domingo, 2 de enero de 2011

Un largo viaje a casa

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Hoy mismo, un joven actor se presentó, de manera bastante inesperada, en mi casa junto al mar en Golden Beach [Florida] para despedirse y darme un libro de Hunter S. Thompson titulado Gonzo. Quería darme las gracias por todas las fotografías y películas que hicimos juntos el pasado invierno antes de coger el coche para irse a Nueva York parando solo una noche.

"¿Llevas buena música?", le pregunté.

"Sí, me he descargado muchas cosas nuevas, pero después de ocho horas la música puede hacerse un poco pesada, por eso tengo algo de Dostoievski en un CD".

Le contesté: "Bien, déjame que te enseñe un momento algunas fotografías de Leo Fuchs. Están en un libro sobre su obra como fotógrafo y productor, vista desde los bastidores del mundo del cine. Puede que reconozcas a algunos de esos actores y directores. Aunque solo tengas 24 años, sé que aún ves películas antiguas en DVD y las películas clásicas de TCM". Miramos juntos un boceto del libro de Leo llamado Special photographer [Fotógrafo especial] y nos entretuvimos mirando las fotos de Paul Newman. El joven actor que me visitó se parecía mucho a él. Le conté que una vez, hace años, fotografié a Paul Newman en la Carrera Internacional de Palm Beach en Florida. Mi padre se había puesto enfermo y por eso yo había dejado de trabajar. Pero acepté este último encargo de Esquire para fotografiar a Newman para su portada. Mi madre siempre le decía a mi padre cuando se ponía a cuidar el jardín sin camisa: "Al, eres igual que Paul Newman". Mirando estas viejas fotografías de Leo no puedo evitar pensar que estaba haciendo todo esto en una época en la que a los actores no les asustaba mostrar el patetismo y la complejidad que lleva aparejado el arte de hacer películas.

"Fue un viaje alucinante a través de estas páginas", le dije, ya que siempre he creído que este libro no trataba solo del mundo cinematográfico, sino también del viaje de un hijo para probar y comprender la vida de su padre a través de las instantáneas tomadas cuando Alexandre todavía era joven. Sonreí al ver la mirada inocente de los ojos del joven actor. Reaccionó ante las fotografías como yo hacía siempre, mirándolas una y otra vez. Compartimos esa sensación entre una sonrisa y una lágrima, recordando cosas olvidadas y los inicios de cada uno. Los familiares de este joven actor, que perdió a su madre a una edad muy temprana, eran refugiados de Polonia. Estaba contemplando las fotografías que había hecho Leo de los actores que su padre y su madre veían cuando eran pequeños, con la esperanza de que su nueva vida en Estados Unidos estuviera a la altura del sueño que veían en las películas que se hacían allí. Para mí, esas fotografías representaban mi primera cita en el cine sin que me acompañaran mis abuelos y los inicios de la razón por la cual quise hacer fotografías y películas. Con este libro, Leo alcanza la categoría de John Hamilton (el fotógrafo de plató preferido de John Ford), de Sid Avery (el fotógrafo predilecto de George Stevens en películas como Gigante) y de Phil Stern (el amigo del Rat Pack). La naturalidad de sus fotografías solo puede compararse con los retratos informales de Spencer Tracy que realizó Imogen Cunningham o los retratos de Cecil Beaton de Marlon Brando de joven, con su pelo rebelde y todo él envuelto en un abrigo como si fuera una sábana. "Se podría decir", le dije a este actor, "que esas fotografías de Leo eran 'la cruda realidad', o como les gusta decir en Hollywood, 'la realidad misma". Al igual que sus homólogos, Leo era un artista de la persuasión. No estamos hablando de unos tipos en el restaurante P. J. Clarke's que beben bourbon Wild Turkey y apuestan en la siguiente carrera de Belmont; estamos hablando de hombres que trabajan solos y solo con su cámara y el antojo de un encuentro fortuito. Leo era único en su género y guardó estos recuerdos en papel Agfa bajo llave en un baúl cuando volvió con su familia a París. Al final los rescató su hijo Alexandre, como tesoros perdidos hundidos en las profundidades del mar.

Mientras miraba esas fotografías, el actor que estaba sentado junto a mí, vestido con unos pantalones cortos anchos y una camiseta sin mangas, parecía perdido en el mundo de Leo. Podías oír cómo su corazón latía más fuerte, mostrando su excitación por dirigirse a Nueva York y por la oportunidad de explorar el mundo que Leo hizo tan mágico en sus fotografías. Es como cuando abres tus ojos por la mañana y ves a un ser querido, o el mar, o un jardín lleno de flores y de juguetes rotos de niños. Dije: "Es extraño lo que pueden hacer los fotógrafos. Te pueden hacer una promesa imaginaria y te pueden seducir tanto como cualquier película sentimental o cualquier comedia. Sus fotografías te llegan y te dan el placer de compartir la vida de alguien, dejándote todavía sediento de respuestas a todas las preguntas sobre el cómo y el porqué".

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