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domingo, 3 de octubre de 2010
Reportaje:

Sáhara, desierto y (des)esperanza

Un fotógrafo ha retratado al oscurecer a 52 personas en 'La larga noche saharaui'. Una mirada sobre la situación de los 165.000 refugiados en Tindouf (Argelia). Allí, en un desierto donde solo crece el desaliento y el deseo de guerra, sueñan con su tierra y sobreviven desde hace 35 años de la ayuda externa.

Malainin Aomar no había visto a su padre desde hacia décadas. Desde que a mitad de los setenta él se marchó a luchar con el Frente Polisario: "Yo creía en sus ideales, luchaba por la liberación del Sáhara Occidental (SO), ocupado por España durante casi 100 años", dice. Desde los años en que España abandonó la colonia, su provincia 53: "Lo vimos venir... Argelia y Libia apoyaron la independencia, pero algo salió mal... y el 14 de noviembre de 1975, España firmaba los Acuerdos de Madrid con Marruecos y Mauritania para dividir nuestra tierra, obligándonos al exilio hacia el desierto de Argelia. Y a la guerra. Hubo muertos, desaparecidos...". Una parte de la familia de Malainin quedó a un lado, "territorios ocupados", los llaman; la otra se instaló en Tindouf (Argelia) en los campamentos de refugiados que levantaron las mujeres mientras los hombres permanecían en el frente; el mismo lugar adonde hemos llegado de la mano de Médicos del Mundo para seguir el rastro a algunos de los 52 retratados en el proyecto del irlandés Andrew McConnell, La última colonia: la larga noche saharaui, ganador del Premio Luis Valtueña de Fotografía Humanitaria que organiza esta ONG. En medio, una franja bajo control del Polisario, "territorios liberados", donde se fundó en 1976 la República Árabe Saharaui Democrática (RASD). E impidiendo el paso, un muro de casi 2.000 kilómetros que Marruecos comenzó a levantar en 1983 tan minado y vigilado como desconocido en Europa.

"Basta aterrizar en Tindouf, a cinco horas de avión de madrid, para apreciar que aquí la vida es inviable"

¿Más coordenadas? parece preguntarse Malainín, de 59 años, ocho hijos, soldado aún ("aún tengo fuerzas"), en esta segunda noche del Ramadán, hermosísima. Nada extraño que McConnell eligiera la oscuridad para fotografiar. Porque solo entonces la realidad de los campamentos se diluye. Un descanso de los 50 grados y el siroco diurno que impide respirar y empuja a las mujeres a cubrirse hasta las manos con guantes. Sí. Tres coordenadas más. Una. El mandato de la Misión de la ONU para el Referéndum de autodeterminación en el SO (Minurso), establecido tras el alto el fuego en 1991 y renovado el pasado abril, que permanece vacío de contenido (no se ocupa de derechos humanos), a pesar de tener desplazados a medio millar de militares y no militares con un coste de 48 millones de dólares en 2008, según HRW. Dos. El incumplimiento reiterado de los acuerdos por Marruecos, que solo se plantea la autonomía de la región (de hecho, el rey de Marruecos se encuentra cuando esto se escribe en Nueva York para hablar ante la ONU del progreso evidente de su país y de cómo tal autonomía es lo mejor para su integridad territorial). Tres. En el SO hay pesca, fosfatos, petróleo, arena...

Este desierto nada tiene de bucólico. Basta aterrizar en Tindouf, a cinco horas de avión de Madrid, seguir la carretera permitida (los extranjeros no pueden conducir, ni acercarse sin permiso a la ciudad argelina crecida al calor saharaui) y otear el horizonte para apreciar que aquí la vida es inviable. En la hamada no abundan las dunas ni la arena amarillo cálido donde sumergirse como en un mar; no hay espejismos en el horizonte... porque ya estás en él. En esta tierra prestada donde nunca antes habitó nadie de seguido sobreviven desde hace tres décadas 165.000 personas (según Argelia; el número de raciones de comida del Programa Mundial de Alimentos, 125.000, es otra referencia) que lo único que poseen es un pasaporte argelino de numeración especial.

Dátiles y agua. Toda la familia de Malainin desperdigada por las alfombras en su jaima. Pronto llegará la cena. Estamos en Smara, la mayor de las cuatro wilayas de los campamentos, que llevan nombres de las poblaciones originarias de sus moradores (Smara, la ciudad santa; Dajla, El Aaiún y Auserd). No hay luz eléctrica en ninguna, excepto en Rabuni y el Veintisiete de Febrero, sedes y centros administrativos del Gobierno. Silencio y cielo. Rezos de las mujeres a lo lejos, voces en hasanía, su lengua. Una luna afilada y multitud de estrellas, un festín a ojos occidentales. Y la voz poderosa de Malainin narrando su vida en perfecto castellano. "Es que yo era español", se ríe. También lo habla su hija Jadiyetu, a su lado, de vacaciones; estudia Hostelería y Turismo en Murcia con uno de los programas de becas de que se nutren (han disminuido mucho) niños y jóvenes saharauis desde hace años.

Y cuenta Malainin que, gracias a un programa de ACNUR creado en 2004 y llamado Generación de Medidas de Confianza entre las partes (busca atenuar la separación familiar; 9.000 lo han usado ya; hay casi 40.000 solicitudes), pudo al fin reencontrarse con su progenitor hace no mucho en Dajla, la ciudad donde creció. El reencuentro fue emotivo. Histórico. Irrepetible. Y en un momento de lucidez, su padre, enfermo de Alzheimer, le preguntó: "Hijo, ¿has traído lo que fuiste a buscar?". "No. No he podido traerlo", le contestó él. "Entonces, casi mejor que no hubieras regresado", respondió decepcionado el anciano antes de caer en una de sus fases de olvido.

Aún le duele recordarlo. "Es verdad. En 35 años no hemos podido conseguir la independencia para nuestro pueblo", suspira Malainin. Y eso es mucho tiempo. Para las causas, las personas y las cosas. Los refugiados que en poco tiempo consiguieron pasar de una cultura más bien nómada a montar una estructura y una organización sólida de Estado se encuentran ante un agujero negro. Y su estado de salud física y, sobre todo, psicológica peligra. Lo expresarán de un modo u otro todos los que encontramos en los campamentos, aunque ellos, dignos, hospitalarios y sólidos como rocas, tan variados en sus tribus de procedencia como los colores de las telas (melfas) de las mujeres, aún se resistan a ahogarse en él.

1. Lo dicen los cubarauis, los que se formaron durante años en Cuba y languidecen en esta tierra, frustrados, críticos. Como Galli, tío de Brahim M. Fadil, que arremete contra su Gobierno: "Que los respeto, que sé que lo han intentado, pero ya esto no tiene nombre, que yo y tantos hemos estudiado, hice Derecho en Cuba, fui profesor, publiqué... y mira...". Y miro. Un paisaje de repuestos cubiertos de polvo, chatarra de un parque móvil traído caducado de Europa.

2. Lo dicen las mujeres jóvenes. Como Munaia, estudiante de Dajla, o Fatimeh, divorciada, un hijo, promotora de salud y miembro de la Unión de Mujeres Saharauis, para quienes tener una tierra es primordial. Como Salima Kedi Embarec que en un momento de la charla se viene abajo y llora: "Es que no aguanto más aquí, estoy cansada, ¿hasta cuándo vamos a estar aquí, a qué esperamos? El Gobierno, lo que podía hacer ya lo ha hecho, las ONG ya nos han ayudado, los periodistas ya han contado... Estamos agradecidos. ¿Pero hasta cuándo vamos a vivir de la ayuda? La guerra es mejor que nada. Y si algo te quitan por la fuerza hay que recuperarlo con la fuerza". Y enmudece cuando le hablo de la población marroquí instalada ya en el otro lado y que ya es mayoría allí. ¿Qué será de ellos? ¿Los echarán? "No había pensado en eso", responde. O como Salma, 24 años, administradora de Médicos del Mundo, cien por cien de Chiclana (Cádiz), donde vivió desde los cuatro años, discapacitada física por culpa de una vacuna caducada contra la polio ("el cementerio está lleno de tumbas por eso, pasó dos veces, en 1978 y en 1988"). Que cuenta que aquí se ahoga. Que la igualdad de la mujer cuesta. Que todos los hombres son militares porque no hay nada mejor que hacer. Que echa de menos la libertad: "No es que haya menos, sino que es diferente, por ejemplo, el trato con los chicos, si eres amable se confunden...". Y dice que no es ni pro- ni antiguerra. "Solo digo que la ayuda es ya una forma de vida, que debemos trasladarnos a las zonas liberadas. Pero no quieren porque allí no llega la ayuda. Pero se pueden hacer proyectos, levantar edificios, cultivar...".

3. Lo comenta el periodista del Servicio de Prensa Saharaui Bay Mohamed Ald, bien formado, ideólogo nato: "Todos nos apoyan, nos dan la razón, ¿y qué? Nuestra sociedad es distinta a la de la guerra, a la del alto el fuego, estamos más formados, pensamos distinto, hemos estado fuera, reclamamos. Y si la Minurso no hace algo, debe irse".

4. También Mohamed Lamin Slot, de 26 años, conductor de ambulancia, de las dos que hay: "Veo las series de médicos en la tele, con tantos medios, y pienso que el único poder del pobre es soñar; me gustaría que mis hijos no vivieran lo que yo, pero espero que la solución sea pacífica, con negociaciones. Que todas las partes sean generosas. Porque la muerte alrededor es terrible".

5. Y Hamdi Omar Toubali, 26, que saltó el muro desde "los territorios ocupados" y estaría dispuesto a coger las armas ya. Lo cuenta en Argel, donde pasa el verano becado junto a otros saharauis. Se alojan juntos, y allí todos, chicos y chicas, tomando un té tras otro, son pura causa saharaui. Piensan que sus mayores no hacen nada, que se han acostumbrado a la situación... "Nosotros esperamos otra cosa, otra vida".

Para Dumaha, psicóloga, 13 años en España, que trabaja en los servicios sanitarios, son los mayores aún más víctimas: "Sufrieron los estragos de la guerra, la pérdida, la huida, empezar de nuevo y, ahora, el exilio prolongado... ". Y mujeres y niños, los más vulnerables. Lo confirma la ONG de desarrollo Médicos del Mundo, que llegó aquí en 1995, ante la precariedad de las condiciones, primero con comisiones oftalmológicas y luego, desde 2004, con programas de refuerzo de la estructura existente y especial hincapié en salud materno-infantil y reproductiva y formación de personal sanitario, que lleva Maira Romero. "Las condiciones sanitarias en los campamentos son inadecuadas, sin abastecimiento regular de agua potable, sin la canasta de alimentos básica garantizada, sin la posibilidad de viajar a otro país a progresar, sin país, sin nacionalidad, sin identidad". "El exilio es como una neumonía, se necesitan antibióticos para tratarla. En este caso, el antibiótico es la solución política, aunque yo no pueda ofrecerla. Tan solo tengo aspirinas para aliviar el dolor", comentó el alto comisionado de la ONU para los refugiados, Antonio Guterres, durante su visita al norte de África este septiembre. Pero se ve que aquí ya muchos están hartos de aspirinas. Esa impresión tuvo el fótografo Andrew McConnell en los meses que pasó en Tindouf : "Es sorprendente que se pueda permitir que 165.000 personas languidezcan en el desierto y no se haga nada. Es inhumano y peligroso. Porque hay mucha ira en los campamentos saharauis y muchos están empezando a cuestionar el liderazgo del Polisario. Es comprensible que los jóvenes no puedan más, no ven las oportunidades. La situación es extremadamente difícil. No hay presión internacional para el cambio, porque los Gobiernos de Francia, España y EE UU tienen lazos estrechos con Marruecos". Y remite al ejemplo de Timor Oriental: "El cambio allí se produjo por la presión de los activistas de derechos humanos. Es necesario que haya una mayor conciencia en el público para que sus políticos se movilicen por el Sáhara Occidental". Una conciencia que en España la sociedad civil, muy implicada con los campamentos, tiene clara.

El ministro de salud, Sidahmed Tayeb, (alias Bere, uno de esos hombres con los que se puede hablar cien años sin aburrirse) nos recibe en su despacho, empotrado literalmente cual contenedor en un recinto vallado. Ni un lujo. Ni una concesión al cargo. Solo el polvo eterno pegado a los objetos, fotos de líderes, la bandera saharaui, algunos libros... El aire acondicionado no impide que rezumes sudor en cuanto te apoyas en el sofá. Una temperatura infernal para hablar de males, mientras él fuma en la pipa tradicional: "La ilusión con que se vivió todo en 1991 cuando se produjo el alto el fuego con la promesa del referéndum fue increíble. Una generación entera cambió para adaptarse a este lugar, y hasta ese año se había creado una sociedad que se podía movilizar en menos de seis horas, tan preparados estábamos para todo..., pero luego la gente se quedó flotando en el Pacífico sin rumbo. La situación ahora es insostenible, ni estás ni no estás, ni guerra ni paz, solo eres espectador de tu propia historia. No solo la falta de perspectiva, sino algo tan básico como ¿dónde me enterrarán? Y luego está la rabia. En la guerra se desfoga, pero esta situación de ser o no ser es mortal. Menos mal que somos una sociedad beduina, con gran resistencia a las catástrofes". En breve se va a celebrar el 12º congreso del Frente Polisario. "Ahí se verá". A su lado, el director de prevención, Sidahmed Larosi, matiza: "En 1975 entendimos lo que hizo España, tenía su propio cambio político en marcha, pero 35 años después ya no lo entendemos. No puede haber independencia del pueblo saharaui sin un cambio en la política exterior española. Y por tanto, en la francesa, puesto que España sigue sus pasos".

El paisaje mismo de los campamentos se ha convertido en la escenificación del estado de ánimo de sus habitantes. Lo que se ve es un desguace de personas, plásticos y vehículos diversos llegados hasta aquí cargados de alimentos o enseres... y aquí abandonados durante 30 años de caridad internacional (el grueso, de España) en los que ni los que dan ni los que reciben se han preocupado o los han podido retirar. Así, los campos parecen un reclamo publicitario de asociaciones, compañías y empresas solidarias. Contenedores, ejes de camiones, remolques y coches destrozados que conservan matrículas españolas conforman junto a las precarias viviendas de adobe una suerte de metáfora del abandono y el olvido. "Nuestro cordón umbilical es la ayuda humanitaria", dice el ministro. Pero hay quien opina que esta se ha convertido en la atadura que los fija a esta tierra ardiente: una forma de vida que origina todo tipo de picaresca. Ejemplo. Corre el Ramadán y el personal de Oxfam se organiza para la tradicional matanza de camellos (y hay que decir que los camellos lloran) que permitirá repartir raciones de carne entre las familias (los niveles de malnutrición entre mujeres y niños en Tindouf son de los más altos del mundo). Una de las cooperantes se encarga de revisar, cabeza por cabeza, el sello que garantiza que los animales sacrificados son los suministrados. ¿Razón? Algún año, alguien, aprovechando la noche, robó los rollizos y los sustituyó por famélicos.

El ministro no está de acuerdo con la palabra deterioro. "Lo que importa es que se vea que todos los actores aquí han puesto toda la carne en el asador". Sólo es que, antes, la proximidad del desenlace se percibía cerca: "Y construimos todo desde la temporalidad. Ahora, el objetivo es profesionalizar los sistemas, madurar. Hemos empezado a construir de otro modo, más duradero, y si nos vamos todo quedará para Argelia. Y en este proceso de madurez también debe existir la urbanización en los territorios liberados, en esa franja de 1.500 kilómetros por 30-70 de ancho pegada al muro. Ya hay allí un hospital, pistas de aterrizaje... y muchas personas se están trasladando hasta allí, unas 12.000 familias, para morir y enterrarse en tierra libre, porque están cansadas del sedentarismo, porque el clima es más fresco...". Dice que la fortaleza de su gente es extraordinaria y que hay cohesión, a pesar de existir diáspora, por tanto, "tan mal no se habrá hecho": "Lo que ignoro es hasta cuándo va a perdurar la fuerza moral del Polisario para evitar la guerra. El tiempo no juega a favor del pueblo saharaui". ¿Por qué? "Por la repoblación de colonos marroquíes en la zona ocupada, de segunda y tercera generación, incluso, o porque quizá nosotros no tengamos ya el mismo fervor... La desnaturalización del espacio del Sáhara es una política muy viva, como lo de asestar golpes mediáticos tipo embajador de Marruecos en Madrid". Luego ruega que tanto este artículo como la exposición de McConnell sepan pedir una solución justa para su pueblo: "Que no se cometan también injusticias al hablar de nosotros, de cómo estamos". ¿Y cómo están?

Valga un resumen de lo visto y oído:

Escuelas. Más hacinadas y necesitadas, porque hay aumento demográfico.

Profesionales. Faltan. De todo, por todas partes. Hay nueve médicos y un solo ginecólogo. Y no por escasez de formación, sino que los que estudiaron fuera se marchan: las remesas mejoran la vida de sus familias. Siguen llegando brigadas de médicos de Cuba, y los emigrados acuden en verano a ayudar. El sentimiento de ser saharaui pesa.

Becas. Los universitarios suelen trasladarse ahora a Cuba (en 1989 fueron 700 de una vez, hoy van sólo 20), España, Libia, Argelia, por orden decreciente; el idioma referente está pasando a ser el francés. Con los años, algunos se plantean si fue correcto permitir viajes de estudio tan masivos. "Hubo una época que no podíamos hacer otra cosa que enviar a los niños fuera: enterrábamos 35 al día".

Clima. Importa: las lluvias torrenciales se repiten. Las peores, las de 1997, aplastaron la wilaya de Auserd casi completa. El plástico es el mayor problema sanitario de los últimos tiempos: "Se llega a operar a las cabras cuando engullen bolsas, para salvarlas, dado lo que representan para la supervivencia de una familia", cuenta Larosi.

Wilayas. Dajla, a 170 kilómetros de Rabuni, es la más famosa y agradable, con agua, oasis, dunas, una carretera que atraviesa un paisaje infinito, jaimas típicas, sin tanta chatarra. Allí se celebra el festival de cine FiSahara cada año, con muchos invitados; un respiro al aislamiento en que viven.

Edificios. Los de los ministerios, hospitales, invernaderos... son precarios. Se construye ya un ministerio de "territorios liberados".

Clase sociales. Son un hecho, además de la división que representa pertenecer a según qué tribu. Esas diferencias que antaño se habían limado en una sociedad más igualitaria están desapareciendo ante el descenso cada vez mayor de ayuda, y hasta de ONG. Así, quien tiene alguien fuera vive mejor. Y hay trapicheos: de gasolina, de alimentos, incluso se dice que alguna ONG los revende.

Mujeres. Activísimas, fuertes, muy vivas. Gozan de bastante independencia, se divorcian a menudo y no les cuesta volver a casarse aun con hijos, que siempre quedan con ellas. La violencia de género se da en algún caso, pero está muy mal vista.

Parejas. Se comprometen pronto. Las relaciones sexuales se limitan al matrimonio. Pero las costumbres se han relajado. Hay información sobre sida, preservativos... El islam es moderado, personal.

Hospital de mutilados de guerra. Si existe un lugar para la reflexión sobre el futuro es éste, cerca de Rabuni, con electricidad. Hay 165 ex soldados y un médico para todos con ayuda de las familias. Uno, Said, solo puede mover la cabeza. Lleva ahí 30 años. Otro, Beschar, sabe mucho del mundo, por la tele y porque es lector empedernido. Y un tercero que no quiere dar su nombre fue marinero en El Aaiún. Y el mar es lo que añora.

La exposición 'La última colonia: la larga noche saharaui' se podrá ver próximamente en Santiago de Compostela. www.medicosdelmundo.org.

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