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Crítica:67º Festival de Venecia

Darren Aronofsky inyecta terror en 'El lago de los cisnes'

Al ojear la programación de una Mostra que lleva demasiado tiempo en irreparable declive, paraíso del cine de autor más indigerible, descubres con progresivo escalofrío que no hay ni rastro de los directores que están frenando con su genio la agonía del cine y cuya obra siempre despierta justificadas expectativas, independientemente de que a veces pierdan el estado de gracia o se equivoquen. En el último y mediocre Festival de Cannes falló la asistencia del venerado Terrence Malick, ya que se alargó el montaje de su nueva película. En consecuencia, esperábamos que su anhelada criatura fuera presentada cuatro meses más tarde en el Festival de Venecia, pero tampoco aquí hay señales de ella.

Cuentan que sigue sin estar a punto para su bautizo público. Sabemos que el artístico Malick no es un director prolífico, que solo ha rodado cuatro películas en 40 años, pero no es sorprendente si dedica tanto tiempo en la sala de montaje para ordenar con abrumador perfeccionismo las imágenes que ha filmado. A falta de nombres consagrados y de cine inicialmente apetecible, esperamos con fervor que aparezcan los milagros en la Mostra, que directores desconocidos o de los que no esperas nada grato hayan realizado películas que nos dejen con la boca abierta. O al menos, visibles y audibles.

Ha inaugurado la sección oficial Black swan, dirigida por Darren Aronofsky , un hombre cuyo delirante cine me ponía siempre de los nervios, pero que hace dos años me provocó algo cercano a la emoción con la trágica El luchador, retrato veraz, sutil, realista y conmovedor de los angustiados intentos de supervivencia de un perdedor.

Si no apareciera la firma de Aronofsky en Black swan, podrías apostar a que esta película la habían dirigido a medias el Polanski de Repulsión y el Haneke de La pianista. Durante gran parte del metraje posee el estilo visual, la atmósfera, las obsesiones, el tono enfermizo y perturbador, las perversiones mentales de esos dos cualificados buceadores del mal. En el desenlace aparece desgraciadamente lo peor de Aronofsky, su afición al desmadre, sus caprichosos delirios, su vocación de epatar.

Antes ha narrado de forma modélica los ensayos para una nueva versión del ballet El lago de los cisnes , la subterránea y maquiavélica lucha entre las bailarinas para conseguir el protagonismo. Aronofsky combina el psicologismo, la intriga y el terror describiendo la esquizofrénica personalidad de una mujer vampirizada por su madre, deseada por el retorcido director de la obra, manipulada por sus feroces competidoras, alguien que encarna con naturalidad la pureza del cisne blanco pero que descubre su lado oscuro, su facilidad para transformarse en el tenebroso cisne negro.

Aronofsky cuenta esta temible historia con poderoso sentido visual, con suspense, con desasosiego. Da mucho miedo el infierno mental que vive esa mujer con anverso angelical y reverso demoniaco, sus automutilaciones, su problemática sexualidad. El inquietante talento del director y la maravillosa interpretación que realiza Natalie Portman de los fantasmas que acorralan a ese trágico personaje, logran permanente hipnosis en el espectador. Por ello resulta aún más enervante que al final ese turbio universo se convierta en un esperpento barato, en efectismo hueco.

Machete, codirigida por el siempre previsible Robert Rodriguez y el antiguo director de vídeos musicales Ethan Maniquis, está centrada en la venganza de un ex policía contra el narcotraficante que intentó arruinarle la existencia. El argumento da igual en las películas de Rodriguez, solo es un pretexto para montar su eterno circo de violencia tan extrema como tonta. Los fans de su descerebrado cine seguirán disfrutando con el repetitivo menú de personajes caricaturescos, situaciones gratuitas y millones de tiros. Es más de lo mismo. Pero esta fórmula tan demencial todavía le sigue funcionando al autor de El mariachi. Seguro que su amigo Tarantino, que preside el jurado de la sección oficial, se ha divertido muchísimo con ella. Los modernos son así.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 2 de septiembre de 2010