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PERDONEN QUE NO ME LEVANTE

Basta de apatía

Les recomiendo, de entrada, este libro: El crash de la información, de Max Otte (Ariel, colección Actual). Su subtítulo, "Los mecanismos de la desinformación cotidiana", no hace justicia del todo a su contenido. Pues va más allá de la denuncia del neofeudalismo financiero que nos ha convertido en nuevos siervos de la gleba, esclavizados por el consumo y conducidos por despiadados capataces rotatorios. Va más allá: sirve para recuperar verdades antiguas que pueden ayudarnos a salir del atolladero moral, social y económico en que nos encontramos.

Leo este libro y escribo estas líneas cuando la señora Merkel aún no se ha decidido del todo a salvar Grecia y lo que cuelga; cuando Rajoy y Zapatero, Pesimini y Optimini por más señas, todavía no se han reunido. No estoy influenciada, pues, ni por el éxito ni por el fracaso de ambos hitos. La verdad es que el mal que nos aqueja es más grave, viene de lejos y necesita soluciones drásticas que los políticos no parecen ni siquiera intuir. Las repercusiones de los errores que se están cometiendo no se eliminarán gracias a unas cuantas curas de urgencia.

"En trances como este hay que mirar hacia dentro. Y hay que buscar apoyos

Una avalancha de mensajes nos avasalla y cumple con su misión de mantenernos desinformados, débiles, resignados, apáticos. Es la táctica del capitalismo depredador: si creíamos que ya habíamos sufrido todas sus consecuencias, estamos muy errados. El capitalismo depredador se retroalimenta a partir de sus propias quiebras. Se nutre de nuestra sangre porque va inventando sobre la marcha novedosas maneras de vampirización. Está fuerte, pimpante, hinchadas las arterias por sus exitosas e imparables succiones.

¿Imparables? Quizá no. Quizá haya una revolución todavía por hacer, una revolución tan pacífica que debería helar la sangre de los manipuladores y de los poderosos.

Abrir los ojos.

En los momentos difíciles -y estos lo son- suelo repetir a quien quiera escucharme una vieja máxima que aprendí siendo muy joven. Y es que, en el mundo, las locomotoras son minoritarias; los vagones sin tracción propia, muchos. Sus ocupantes se comportan, en general, como entes pasivos, meramente transportables. Suele haber también vagones de carga, saturados de bovinos. Por el camino, los bandidos atacan. Y, por si algo faltara, a la locomotora se le atraviesa de cuando en cuando un obstáculo en el camino. O bien se le atasca la fuerza propulsora, o quizá algún desalmado toma el vagón-bar, y lo vacía en nombre de cualquier asquerosa virtud.

Así y todo, ni siquiera en estos tiempos del AVE, que corre tanto y transporta a una mayoría de ovejas muy bien trajeadas y conectadas por las tecnologías, las locomotoras han dejado de importarnos. Todavía las necesitamos. Hoy más que nunca, porque hay que tirar de mucho peso muerto o, al menos, en estado de profunda apatía.

España está belenestebanizada, ¿quién la desbelenestebanizará? Si aceptamos la palabra que acabo de sacarme de la manga y que -no se preocupen- no pienso volver a colocarles, como denominador simbólico de la banalidad en que andamos sumergidos a todos los niveles, habremos de convenir en que la situación es grave. En trances como este hay que mirar hacia dentro. Y hay que buscar apoyos.

Yo encuentro ayuda en los demás que me interesan -pequeñas piezas en la locomotora de la que, me gusta pensarlo, formo parte- y en los libros que me iluminan. Encuentro informaciones sueltas en los medios aunque, por desgracia, muy pocos análisis severos que carezcan de intenciones partidistas o de interesados propósitos de medro a partir de las próximas elecciones. Da angustia pensar en esta Europa que nació por la pela y que por la pela puede fenecer sin que hayamos alcanzado metas más altas, ni nos importe.

Escribe Max Otte en su epílogo que "el colapso de la información resume como en un extracto concentrado el de nuestra economía y nuestra sociedad". Desalentador. Pero propone recetas para que, como individuos y sin perder nuestra pertenencia a un cuerpo social, dejemos de amanecer sometidos y de anochecer desilusionados. Nos suministra 13 consejos que no tienen desperdicio, para aprender a consumir, para aprender a invertir, para aprender a exigir la verdad, para aprender a recuperar a los empresarios con ética, para aprender a ¡estar ilocalizables! Créanme, es un libro inteligente, lleno de indignación y sin espacio para las jeremiadas. Es un libro que vale más de lo que cuesta.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 16 de mayo de 2010