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domingo, 20 de septiembre de 2009
Reportaje:

Madres adolescentes

Criar un hijo a los diecisiete

Son minoría. Eligieron dar a luz. Ésta es la historia de unas mujeres, de edades diferentes, que en su momento decidieron seguir adelante con su embarazo. Eran menores. Y parieron sin saber el vuelco que daría su vida.

Cuando habla, le brilla el corrector dental bajo los labios. Ainhoa Ceache tiene 17 años, el pelo recogido en una cola de caballo, viste pantalón de chándal. En el salón huele a bebé y a siesta. Sentada en el sofá junto a su novio, dice: ?Adrián y yo nos conocimos en las fiestas de Alcorcón [Madrid], en septiembre de 2007. A los cuatro meses me quedé embarazada. Como no me bajaba la regla, fui al ambulatorio y allí me lo dijeron. Lo primero que sentí? Me asusté. El médico me dio un plazo: ?Tienes 15 días para contárselo a tus padres?. Tardé una semana en decírselo. Mi madre casi me mata?. Ocurrió un viernes de principios de 2008, iban juntas en el coche. Ainhoa murmuró: ?Mamá, el lunes va a venir Adrián a casa. Tenemos algo que contaros?. Su madre, casi con un sexto sentido, le respondió con otra pregunta: ?¿No estarás embarazada??.

Toda mi familia quería que abortara. Me decían que lo que tenía dentro era como un garbancito. Pero me negué

Tomás García sabe quién es su padre biológico. Se lo cruza en la calle. Pero de relación, cero, dice. Y ni trauma ni nada

Cuando tienes esa edad, crees que lo sabes todo. Ahora lo veo diferente. Pienso en mí entonces y sé que era una cría

Una potente llorera se filtra, de pronto, hasta el salón desde el piso de arriba del chalé. Gesto de alerta en el rostro de la adolescente. Se rompe el hilo de la conversación y a Ainhoa se le afilan las orejas. Medio segundo, y sus piernas se ponen tiesas, como si tuvieran un resorte conectado a la llamada de auxilio. Hasta este momento costaba imaginársela como madre. En pie, presenta el grito: ?Ése es Adrián?. Su hijo. Y desaparece como un rayo escaleras arriba.

Lo primero que hizo la madre de Ainhoa al conocer la noticia fue llamar a la mayor de sus hijas. ?Esta niña tiene que ir directamente a abortar?, se dijeron. Cuando se lo contó a su marido, el futuro abuelo, éste guardó silencio unos instantes y luego le empezaron a castañetear los dientes. No fue capaz de articular palabra. La hermana mayor de Ainhoa está casada, tiene 36 años, un hijo de dos y otro de cuatro. Le saca 19 a la menor de la familia, una vida. Pero los primos, los hijos de ambas, se están criando juntos, como si el embarazo prematuro de la pequeña hubiera devuelto el equilibrio familiar. Comparten juguetes, ropa, el parque que se encuentra en mitad del salón. Hasta hace un minuto, los tres críos dormían la siesta con la abuela. Adrián (hijo) entra en escena en brazos de su madre adolescente. Siete meses, 10 kilos. No llora. Ainhoa lo sienta en la silla, abre un tarro de potitos, le cuelga el babero. Aparecen también los primos y una abuela exultante: ?Se han ido acostumbrado a mis ronquidos?.

Ahora, todo son bromas. Pero hubo gritos. Lloros y peleas. Portazos, cenas a medias. Ainhoa lo explica con la cuchara en la mano enfilada hacia la boca de su hijo: ?Toda mi familia quería que abortara inmediatamente. Me decían que lo que tenía dentro era como un garbancito. Que no pasaba nada por hacerlo. Pero me negué. Yo no soy capaz de matar a un ser humano?. A las seis semanas, su madre la acompañó a hacerse la primera ecografía. Intentó convencer a la hija con el poder de la imagen: ?¿Ves?, ahora mismo no es nada, como un garbanzo?, le dijo. El reloj corría. Ainhoa ganaba el pulso y la familia acabó asumiéndolo. ?Fue un disgusto tremendo?, dice la hermana mayor. ?Pero cuando vimos que iba para adelante, lo aceptamos con resignación. Y nos pusimos a ayudar?.

Un embarazo adolescente es un embarazo indeseado. Esto es algo que apenas plantea dudas a psicólogos y trabajadores sociales con años de experiencia en maternidad juvenil. Tampoco a las mujeres entrevistadas para este reportaje: ninguna pensó en ser madre hasta que el test de embarazo dio positivo. No buscaban un hijo. Pero todas siguieron adelante. Con la nueva Ley de Salud Sexual y Reproductiva en camino, el debate se ha trasladado hacia la capacidad de decisión de una adolescente: ¿puede una chica de 16 años abortar sin el consentimiento de sus padres? La ministra de Igualdad, Bibiana Aído, el rostro que ha defendido esta futura Ley del aborto, ha asegurado en varias ocasiones que de esta forma se evitaría que las jóvenes acudan a clínicas ilegales, poniendo en riesgo su salud, por temor a reconocer ante sus padres que han fallado como hijos, que han cometido un error. Pero también existe una cara B del aborto adolescente. El de las menores que dijeron sí a la maternidad sin saber muy bien qué implicaba ni el vuelco que iba a dar su existencia. Ellas también decidieron. Y son minoría. En España, 10.700 adolescentes se quedaron embarazadas en 2007, el doble que hace 10 años, según el último dato publicado por el Ministerio de Sanidad; 6.273 de ellas lo interrumpieron voluntariamente. Unas 4.400 menores acabaron pariendo. Y esta decisión cambió su vida.

Almudena esconde un tatuaje bajo la pernera. Una A, de Andrea, su hija. Se lo hizo nada más nacer ella. La madre tiene ahora 26 años. La hija, nueve. Y su primera noticia llegó en forma de un retraso en la regla. Tres meses eran demasiados. Almudena se había acostado con su pareja haciendo cálculos y ecuaciones sobre el calendario. Método Ogino puro y duro. A los tres meses de aquello se encontró con su novio en un McDonald?s, y en los baños, sola, se hizo el test de embarazo. Dos rayitas. Positivo. Su primera reacción fue reírse. Un ataque de nervios. Dice que no recuerda nada más. A su novio, el padre, caminando detrás de ella, de vuelta a casa. Él hablaba. Ella había entrado en un universo paralelo. En lo primero que pensó fue en abortar: ?Lo tenía clarísimo. Hacer otra cosa era una locura. Pero más que por ser joven, por un miedo terrible a mis padres. Miedo a decírselo, a lo que me iban a decir, a lo que me iban a hacer. La idea era abortar sin que se enteraran. No sé cómo lo hubiera hecho, quizá en algún sitio ilegal?. Pasó una semana rumiando y concluyó: bien, he cometido un error, pero ya está hecho. ?De pronto me pareció una barbaridad abortar sólo por miedo a mis padres. A la semana se lo dije?. Sólo cambió un par de detalles: comentó que era la primera vez que mantenía relaciones y que falló el preservativo. Había decidido seguir adelante. Sus padres la respaldaron. Dice que sintió que debía tener a su hija. Sin más. Que no influyeron en ella ?ni posturas éticas ni religiosas?.

Su novio, tres años mayor, ya trabajaba. Ella siguió acudiendo al instituto. Como si nada. Disimulaba la tripa bajo una sudadera ancha, mientras él hacía castillos en el aire. Pensaba en un futuro juntos. Hasta que a Almudena, según dice, le llegó la madurez de golpe, poco después de nacer Andrea: ?Había que inscribir en el registro a la niña. Decidir los apellidos. Tuve un pensamiento frío: lo mejor para nosotras era no continuar con esa persona. Me gustaba. Pero no lo veía como pareja y familia. Y la niña se iba a criar en casa, conmigo y con mis padres?. Cortó la relación, Andrea se quedó con los apellidos de la madre y, aunque al principio el padre siguió viéndolas, sus visitas se fueron espaciando en el tiempo. Una discusión entre la ex pareja, a los tres años, lo alejó definitivamente.

Las madres adolescentes suelen ser madres solteras. Así de rotunda se muestra Charo Herrero, la elegante trabajadora social del hospital Universitario de Getafe. Las jóvenes llegan a su consulta casi siempre acompañadas de sus padres. Sin pareja. ?Las relaciones con la familia pueden ser mejores o peores, pero en el momento del parto las apoyan?, cuenta Herrero. ?Luego, el núcleo familiar se mantiene: las madres adolescentes siguen viviendo con los padres. Pero la pareja, generalmente, no termina bien. Suele tratarse de relaciones viciadas?. Debido a la presión al alza de los embarazos jóvenes en su hospital (26 partos el año pasado), acaban de poner en marcha un programa específico de atención precoz a la madre adolescente, del que se encargan la trabajadora social e Ignacio Águila, ginecólogo y obstetra. Atienden a las menores desde la primera analítica, en la semana 12, y no desde el parto. ?Cuando vienen, la mayoría ya suele haber decidido tener a su hijo. Pero las condiciones del embarazo no son las ideales?, dice Charo Herrero. Por eso las enganchan desde el principio. Las jóvenes entran en el despacho de la trabajadora social, y ella pregunta si es un embarazo deseado o no. Si sienten el apoyo de la familia y la pareja. Si ven truncadas sus perspectivas de futuro. Las orientan sobre los recursos disponibles tras la gestación: clases de formación, educación a distancia, servicios sociales. ?Todo para que no se encuentren con el niño en brazos y digan: ?Vale, ¿ahora qué??.

Cuando María García, una leonesa menuda y peleona de 53 años, se hizo esta pregunta, se encontraba en una residencia del Patronato de Protección de la Mujer con rejas en las ventanas, en Madrid, a 340 kilómetros de su familia. Era julio de 1972, tenía 16 años y un recién nacido en los brazos al que llamó Tomás y al que rechazó y quiso a partes iguales en aquel momento. María dice: ?Cuando supe que estaba embarazada, sentí que había pecado. Era de una familia en la que se rezaba el rosario todas las noches. Me confesé a un cura franciscano y él me ayudó a tramitar lo del Patronato?.

Vivía en León, con su familia, en una antigua casa de labranza, a un paso de la muralla. ?Fue un palo sobre todo para mi padre. Se lo tomó como una vergüenza?. Aquella vergüenza crecía, tomó forma de tripa. Las monjas la expulsaron del colegio y María pensó que sería mejor estar muy lejos de esa pequeña ciudad en la que un embarazo adolescente, sin padre que lo reconociera, se relacionaba con la prostitución y dejaba una tormenta eléctrica de chismes a su espalda. Los padres de María cedieron la tutela al Patronato de Protección de la Mujer. Llegó de seis meses a la residencia Peñagrande (Madrid), donde una monja la olfateó como un perro y dijo: ?Esto no es un colegio de pago?. No lo era. Si todo iba según lo firmado, se pasaría allí encerrada hasta los 25 años. Ella recuerda que los domingos, las internas tenían que pasearse por la capilla ante una bancada de señores en busca de una mujer con la que casarse.

Tomás, el hijo de María, sorbe una cerveza en una terraza de León. Acaba de cumplir 37. Lleva el apellido materno en primer lugar y unas rastas largas y gruesas hasta media espalda. Una vez pasó cerca de Peñagrande con su madre. Ella dijo: ?¿Quieres conocer donde naciste??. Pero se negó. Los padres de María recuperaron su tutela a los seis meses de nacer el niño. En diciembre de 1972, madre adolescente e hijo volvieron a casa. Él sabe quién es su padre biológico. ?Pero de relación, cero. Y ni trauma ni nada?, dice. Tomás es músico. Toca la gaita en un grupo folk de León con cierto prestigio. Acabó solfeo. Estudió la carrera de Historia del Arte. Y una diplomatura en electrónica. Vive con su novia y le gusta escaparse al monte, lanzarse al vacío en parapente y la escalada. María dice que si sacó adelante a su hijo fue por la ayuda de sus padres. ?No éramos ricos, pero nunca nos faltó de nada. Teníamos comida y una casa. En alguna ocasión, mi madre me dijo: ?Vive tu vida. Cásate y yo cuidaré de Tomás?. Pero decidí no casarme ni tener más hijos?. Pero volvió a Madrid, a estudiar en la universidad. ?Vete y recupera la adolescencia?, le dijo esta vez su madre. Se enroló en los movimientos feministas del principio de la transición. Y cuando regresó a su tierra, en su cabeza empezaba a tomar forma la idea de una asociación que ayudara a otras madres solteras. La fundó en 1984, una agrupación pionera en España, a la que bautizó Isadora Duncan (www.isadoraduncan.es), como la bailarina estadounidense de principios del siglo XX, madre sin pareja conocida, culta, bisexual. Tomás, su hijo, también trabaja en la asociación como voluntario. Prestan apoyo a familias monoparentales: alojamiento, papeleo, asesoramiento fiscal. ?Para Hacienda, por ejemplo, no existimos?, dice María. ?Si no te has casado y luego te separas, la legislación no nos considera familia monoparental?.

Del franquismo a esta parte, la situación no ha mejorado demasiado a la hora de evitar embarazos indeseados, explica Iván Rotella, miembro del equipo de sexólogos del Centro de Asesoramiento y Atención Sexual para Jóvenes de Gijón. ?Durante la dictadura, las relaciones sexuales eran un tabú: de las 10 cosas importantes que había que saber, conocíamos tres. Ahora es al revés. Los adolescentes tienen exceso de información. Saben 50 cosas, todas mezcladas. Pero las 10 fundamentales siguen sin tenerlas claras?. La mayoría de embarazos adolescentes, según Rotella, se deben a la falta de un programa educativo sólido en materia de relaciones sexuales. ?Hay que ir educando desde pequeños, y no a los 16 años. Si no, es como enseñar educación vial cuando ya se tiene una moto?. Aunque alguno prefiera mirar hacia otro lado, las estadísticas están ahí. Tres de cada 10 adolescentes españoles de entre 15 y 17 años han mantenido al menos una relación sexual completa, según el último estudio sobre conductas escolares de la Organización Mundial de la Salud (2006). Las chicas son más precoces: el 32% de ellas mantiene su primera relación a los 16. ?A esa edad, con la confusión que tienen, una pareja no sabe comunicarse?, concluye el sexólogo de Gijón. ?Y ellas suelen dejarlo todo en manos del chico?.

Por ejemplo, el condón. Viviana Jiménez, de 16 años y madre de dos niñas, dice que preguntó por él en el momento oportuno. Su pareja, mayor que ella, respondió: ?Yo controlo?. Ella tenía 14 y a los nueve meses largos se encontraba en un hospital de Reus (Tarragona) dando a luz a Nerea. Viviana nació en 1993, en Antioquia (Colombia). Su padre murió cuando ella era pequeña y entonces se mudó a Madrid con su madre y sus dos hermanos. A los 13, cuenta, se empezó a mezclar con gente que no le convenía: ?Pandilleros y eso?. Comenzó a salir con un chico ecuatoriano de 18 años. Al mes de que éste dijera ?yo controlo?, supo que estaba embarazada. Se calló la noticia.

?No me veía capaz de tener un hijo. Me volví loca. Pensé en el aborto, pero matar a una criaturita era pecado. Decidí seguir adelante, más que nada por el cargo de conciencia?. A los 15 años parió a Nerea en Reus, adonde se había marchado con su abuela y su tía. Se lo recomendó la asistente social. Su madre se había vuelto a casar y había tenido otros tres hijos. El ambiente en casa, donde convivían ocho personas, no era el idóneo para un embarazo. Después de dar a luz y pasar un tiempo en Reus, Viviana volvió a Madrid con su niña. Reencontró a su pareja. Hablaron de casarse, de una vida juntos. Ella se mudó a casa de sus suegros. Era el primer paso. ?Pero para entonces?, dice, ?estaba otra vez embarazada?.

Su segunda hija se llama Karen y tiene cuatro meses. Apenas se queja, medio adormilada en el coche de bebé. Nerea, de un año y nueve meses, juega en uno de esos columpios con forma de caballito suspendido sobre un muelle. Las tres se encuentran en un parque infantil, a las puertas de una residencia para madres sin recursos de la Comunidad de Madrid. Es su hora de salir a dar una vuelta, a media tarde. Cuenta Viviana que a medida que avanzaba el segundo embarazo, las cosas se torcieron con su pareja y sus suegros. Nació Karen y la situación se volvió insoportable. Una asistente social le comentó la posibilidad de criar a sus hijas en una residencia pública, donde hay guardería, apoyo de monitores, comida y otras 39 madres en situación de desamparo. Entre los planes de Viviana se encuentra aprovechar el tiempo para estudiar un curso de auxiliar administrativo. Suelen salir plazas para trabajar en alguna empresa. Después de abandonar dos veces el instituto, con cada uno de los embarazos, prefiere ganar dinero cuanto antes. ?Estaré aquí, en la residencia, hasta que pueda conseguir algo de lo que vivir?, dice mientras coge a su hija mayor de una mano y empuja el coche de la pequeña con la que le queda libre. Dice que se ha aprendido de memoria la ruta de los ascensores: sólo toma y se apea del metro en estaciones con elevador mecánico. Cada viaje es una odisea. Tarda una hora sólo en preparar todo antes de salir de la residencia. Ropa, agua, chupete, babero, comida. Al menos, cuenta, tenía experiencia. Viviana es la mayor de los seis hermanos y hermanastros. Dice: ?He pasado de cuidar de mis hermanos a cuidar de mis hijas?.

El solapamiento de etapas es el gran conflicto al que se enfrentan de golpe las madres jóvenes. ?La adolescencia es una búsqueda de la identidad. ¿Cómo vas a ayudar a un hijo a buscar la suya??, se pregunta Mara Cuadrado, una psicóloga clínica que suele tratar con madres sin recursos de la Comunidad de Madrid. El adolescente, cuenta, suele estar pendiente de uno mismo, siendo muchas veces incapaz de generar un buen vínculo afectivo con los hijos. ?A esto hay que añadir los conflictos fisiológicos: las hormonas están disparadas, las chicas jóvenes son más susceptibles, se desesperan?, dice la psicóloga. El cuerpo se está haciendo. Los adolescentes suelen estar cansados. Necesitan dormir más. Y esto, la maternidad lo borra. Luego está el problema de los roles. Los abuelos suelen asumir el papel autoritario, generando tensión con la madre-hija y confusión en el hijo-nieto. ?Aun así, la situación ha mejorado bastante en los últimos años?, continúa la psicóloga Cuadrado. ?Existe la posibilidad del aborto. Y quienes deciden ir para adelante presentan un mejor pronóstico. Tienen más actitud y mejores conocimientos?. El contraste gira en torno al núcleo familiar. ?Si hay una familia con recursos que apoya a su hija, perfecto?, dice Mercé Mitjavila, psicóloga especializada en maternidad. ?Los problemas aparecen cuando no hay vínculos familiares y la chica enfoca la maternidad con miedo y resignación?.

Natalia cuenta que lo primero que aprendió fue a ser más eficiente. Se volvió tajante, iba al colegio y a casa. No había tiempo para más. Rompió con muchas amistades. Cuidaba de su hijo, lo acostaba y, de noche, se acodaba sobre los libros. ?Seguí estudiando. Quise darle la mejor madre posible?, dice. Natalia tiene 31 años; su hijo Nicolás, 16. Ninguno de sus nombres es real. Han preferido preservar su intimidad y no retratarse para este reportaje. La madre sigue en la universidad, acabando el doctorado en una carrera de ciencias, becada por el Ministerio de Educación. Pertenece a una familia acomodada. ?Salí adelante gracias a la ayuda de mis padres. Mi madre, que no trabajaba, cuidaba de Nicolás mientras yo iba al colegio. Mi padre fue como su padre hasta que tuve una relación estable?. Del padre biológico prefiere no hablar. ?Basta con decir que desapareció?. Entonces, ella estudiaba en un colegio religioso de una gran ciudad española. Fue una historia breve y complicada, las primeras relaciones sexuales. Cuando se quedó embarazada, a los 15, sólo se atrevió a hablarle a su madre: ?Ella nunca me dijo lo que tenía que hacer. Es religiosa, antiaborto, como yo. Pero seguí adelante con el embarazo por mí, no porque me dijeran que tenía que seguir. Mi madre me enseñó a ser madre. Cuando tienes esa edad te crees que lo sabes todo. Ahora lo veo diferente. Pienso en mí entonces y sé que era una cría?.

Con un hijo bajo el brazo, dice, daba miedo a su alrededor. ?A nadie le divierte salir por ahí y que alguien traiga a un enano llorando?. Su abuela solía comentar: ?Quien quiere a la flor, quiere a las hojas de su alrededor?. Poco después comenzó a salir con su actual marido. Al principio, éste creyó que Nicolás era su hermano pequeño. Luego lo asumió con naturalidad, cuando el crío empezó a llamarle papá. ?Nos casamos hace siete años, cuando acabé la carrera. Hemos tenido tres niños más. Y los que vengan. Bueno, con un límite?. Natalia desgrana su historia sentada en el porche de un chalé espacioso de las afueras, lejos del bullicio de la ciudad. Sus hijos reclaman su atención constantemente. Se le suben al regazo. Se pintan la cara con unos rotuladores. Ella sigue hablando. La calma envuelve el lugar, como si a este lado de la burbuja no existieran problemas. Huele a resina. Se oyen las primeras chicharras de la tarde.

MAdre e hijo. Ainhoa Ceache, junto a su hijo Adrián, de 10 meses. Ainhoa Ceache (Página anterior). Tiene 17 años y un hijo, Adrián, de 10 meses. Su novio y ella viven cada uno en casa de sus padres. Ainhoa abandonó el instituto cuando se le empezó a notar la tripa. La vida allí se le hacía insoportable. Algunos compañeros forjaron un insulto con su segundo apellido: Zorrilla. En el centro le comentaron que no podían hacerse responsables de lo que le sucediera a una alumna gestante. Sufrió tres amenazas de aborto. ?Pero al final no fue tan complicado?, dice. Lo complicado empieza tras el verano. Ella nunca ha sido buena estudiante. Ha perdido un año lectivo e inicia un módulo inferior para terminar la ESO y obtener una formación en peluquería. Viviana Jiménez Nació en Colombia. Vino de niña a España. Tiene 16 años y dos hijas: Nerea (un año y ocho meses) y Karen (cuatro meses). Viviana grita desde la ventana a la calle. Saluda. Dice que sus niñas están bien. Que la tratan bien en esta residencia para madres adolescentes en ?riesgo de exclusión?. Entró en julio, cuando se torcieron los planes de futuro con su pareja. ?Tener un nene te quita libertad?, decía poco después de dar a luz a Karen. Había abandonado por segunda vez el instituto. Era mayo. Y se pasaba los días deambulando alrededor del hospital. El bebé seguía en observación. Y ella se dejaba caer por la planta de neonatos cada tres horas, para darle de mamar. Almudena Arbós Tiene 26 años. Está a punto de acabar Trabajo Social. Tuvo a Andrea a los 17 años. Ahora, dice, vive una segunda adolescencia. ?Sólo le di el pecho una vez. La primera noche. Fue una sensación preciosa. Cuando salí del hospital, me dieron pastillas para cortar la leche. Me reincorporé al instituto enseguida. No iba a estar en clase expulsando leche. Pero la experiencia fue increíble. Y rara. Como cuando me colocaron a Andrea en brazos nada más dar a luz. ¡Buf! Es algo tan grande que no puede ser. Tardé muchísimo en asimilarlo. Pasaron los meses y no me sentía madre. Me lo tomaba como una especie de trabajo. Cuidaba de ella como una niñera?. María García Tiene 53 años. A los 16 dio a luz a Tomás. Desde 1984, dirige la asociación de madres solteras Isadora Duncan. Al poco de nacer Tomás, tres extraños llamaron a la puerta. Uno era viudo, recién casado con una madre adolescente. Ella le acompañaba. El otro, soltero y mayor, buscaba una mujer en edad casadera, con hijo. María dice que jamás olvidará la mirada de la chica: ?Reflejaba la tristeza mayor del mundo. Mi padre los echó de allí, gritando que ni se le pasaba por la cabeza casar a su hija?. Tomás se crió llamando ?papá? a su abuelo hasta el día en que murió el bisabuelo y preguntó a su madre: ?Si quien se ha muerto era tu abuelo, ¿quién es mi abuelo??.

FOTOGALERIA: Vivana Jiménez

Nació en Colombia. Vino de niña a España. Tiene 16 años y dos hijas: Nerea (un año y ocho meses) y Karen (cuatro meses). Viviana grita desde la ventana a la calle. Saluda. Dice que sus hijas están bien. Que la tratan bien en esta residencia para madres adolescentes con "riesgo de exclusión". Entro en julio, cuando se torcieron los planes de futuro con su pareja. "Tener un nene te quita la libertad", decía poco después de dar a luz a Karen. Había abandonado por segunda vez el instituto. Era mayo. Y se pasaba los días deambulando alrededor del hospital. El bebé seguía en observación. Y ella se dejaba caer por la planta de neonatos cada tres horas, para darle de mamar. / SOFÍA MORO

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