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Reportaje:

Los otros 'Guernicas'

La sombra de la fatalidad le persiguió, implacable, toda la vida. “Mi padre lamentó a menudo la tendencia a que su trabajo fuera siempre destrozado o perdido”. Paul Quintanilla (Nueva York, 1940) pone en palabras lo que en los últimos años de su vida se convirtió en una obsesión para Luis Quintanilla (Santander, 1893-Madrid, 1978), quien más que olvidado fue sepultado por el régimen de Franco. Ninguna de las obras públicas, los murales que el pintor santanderino realizó en Madrid o en Hendaya, Francia, sobrevivieron. Tan sólo uno se salvó del desguace, el realizado para el hall de entrada del antiguo Museo de Arte Moderno de Madrid y que hoy forma parte de la colección del Museo Reina Sofía. Setenta años después del bombardeo por la aviación alemana de la población de Gernika, los frescos que Quintanilla pintó para formar parte del pabellón de España en la Feria Universal de Nueva York de 1939 se han rescatado y han regresado por fin a la tierra que le vio nacer. Son los otros Guernicas perdidos. Denunciaron al mundo la barbarie de la Guerra Civil, pintados por un español sin patria.

"Fueron, junto con el 'Guernica', un proyecto para denunciar ante el mundo las calamidades de la Guerra Civil"
En 1939, Quintanilla se encontró sin patria, sin dinero y con cinco murales "propiedad de un Gobierno fantasma"

Hijo de una familia de la alta burguesía de Santander, Luis Quintanilla fue uno de los más importantes pintores de frescos de la España republicana. Casi adolescente, se enroló como marino en un buque mercante y quiso conocer de primera mano lo que se cocía en el París de principios del siglo XX. Audaz, bien parecido y con aplomo, el joven santanderino se presentó ante su paisano Juan Gris gracias a la intermediación de Totó la Blonde, “una de las más conocidas y acreditadas prostitutas de Montmartre”. Su protectora le dejó un estudio y le compró útiles de pintura. Se convirtió en su ángel de la guarda. “Juan Gris”, decía Quintanilla, “teorizaba bien, pero, afortunadamente para él, pintaba mejor, y oyéndole y viendo su trabajo en 1912 también seguí la estética cubista”. Declarada la I Guerra Mundial, Quintanilla regresó a España, pero por poco tiempo; en 1920 se le sitúa de nuevo en París, donde conoce a Picasso, entabla amistad con Modigliani y con el que sería su amigo del alma, Ernest Hemingway. Dos años después, en 1924, viaja a Florencia para estudiar la técnica de la pintura al fresco.

En 1929, ya instalado de nuevo en España, y como reacción al auge fascista en Europa, decide afiliarse al PSOE. Su vida aventurera cobra un nuevo sentido y ya no para de trabajar para distintos encargos, entre ellos, junto con el escultor Emiliano Barral, en el monumento a Pablo Iglesias. Quintanilla pintó los frescos sobre la vida y la obra del primer diputado socialista en una especie de templete. El vandalismo de la piqueta de Franco lo destruyó en 1959 y hoy sólo se conserva la cabeza en piedra del fundador de la UGT en la sede socialista de Madrid.

Su compromiso político le llevó a la cárcel en octubre de 1934, junto con el comité revolucionario que preparaba la huelga general contra el Gobierno de Lerroux y a los que Quintanilla daba cobijo en su estudio. En la cárcel modelo caza ratas y dibuja los retratos de sus compañeros de prisión: los escritores Julián Zugazagoitia, Francisco Cruz Salido, Manuel Bueno ?“los tres, asesinados por las huestes de Franco después de terminar la guerra”?, los políticos Largo Caballero, Santiago Carrillo, Lluís Companys y los miembros del Gobierno de la Generalitat. Los buenos oficios de Hemingway y Dos Passos logran su libertad.

El 18 de julio de 1936 le pilla trabajando en el monumento a Pablo Iglesias en el Cuartel de la Montaña de Madrid. Quintanilla acude a recibir órdenes del Gobierno republicano y le encomiendan la defensa de aquel punto estratégico. En aquellos años, Quinta, como le llamaban su amigos, recorrió el frente con su cuaderno de dibujo, vivió el asedio del alcázar de Toledo (los corresponsales de guerra citaban su nombre en las crónicas) y espió en Francia a los fascistas que cooperaban con los golpistas españoles. En el último tramo de la Guerra Civil recibe un nuevo encargo de Negrín, presidente de la República: pintar los murales del pabellón español en la Feria Universal de Nueva York, como anota en sus memorias Pasatiempo. La vida de un pintor (Biblioteca del Exilio. Ediciós do Castro 2004).

Posiblemente Quintanilla conocía ya en esa época el Guernica de Picasso. “En 1937 viajó en varias ocasiones a París, pues entonces trabajaba como espía del Gobierno. Es lógico, por tanto, aventurar que lo contempló en el Pabellón Español, aunque también es fácil imaginar que lo hubiera visto en 1939, cuando se expuso en Nueva York”, comenta Esther López Sobrado, historiadora del arte y profesora en el instituto de Villarcayo (Burgos), especialista en la obra de Quintanilla y en la de varios pintores cántabros en el exilio, y la “madre” del rescate de los cinco frescos neoyorquinos.

Allí, en Nueva York, en un estudio de la Quinta Avenida, empezó inmediatamente la tarea de su gran mural Ama la paz, odia la guerra, compuesto por cinco paneles: Destrucción, Dolor, Hambre, Huida y Soldados. El Gobierno de la República le pagó por su trabajo 8.000 dólares. Cuando lo terminó, el general Franco ya era generalísimo. Había ganado la guerra, y Quintanilla se encontró, de pronto, sin patria, sin dinero y con cinco grandes murales “propiedad de un Gobierno fantasma”.

Existe un paralelismo entre la obra Ama la paz, odia la guerra, de Quintanilla, y el Guernica, de Picasso. “El más evidente ?señala Javier Gómez, historiador del arte y director del área de exposiciones de la Universidad de Cantabria, otro de los protagonistas en la recuperación de la gran obra de Quintanilla? es que se trata de dos proyectos encargados por el Gobierno republicano para denunciar, en sendos foros internacionales (la Exposición Internacional de París de 1937 y la Exposición Universal de Nueva York de 1939), las calamidades de una guerra concreta, pero el afortunado resultado fue una denuncia de alcance universal en ambos casos”.

En 1990, la prensa norteamericana publicó la noticia de la aparición de los murales sobre la Guerra Civil, cuatro paneles horizontales y uno vertical, de dos metros de alto por dos de ancho cada uno, en el pasillo de la salida de emergencia de un cine porno-gay en el 144 de Bleeker Street, en el Village neoyorquino. Jerald G. Green, estudioso de la obra de Luis Quintanilla, confirmó su autenticidad. Hubo negociaciones para adquirir los frescos, pero no se llegó a un acuerdo con el propietario del cine, que pedía 2,5 millones de dólares.

Para Esther López Sobrado, el día en que aparecieron los frescos del pintor en Nueva York fue una fecha destacada. “El edificio permaneció vacío hasta 1944, año en el que ocupaba el inmueble la Free World House, junto a otra serie de organizaciones con nombres que sugieren un carácter antifascista. Es probablemente entonces cuando Luis Quintanilla debió de colocar sus frescos en el pasillo. Las organizaciones antifascistas tuvieron problemas para subsistir económicamente en el local, y éste se convirtió en 1946 en el restaurante Montparnasse. Su dueño pidió entonces a Sydney Simon, pintor y escultor americano, que repintara los frescos de Quintanilla, ya que los motivos de la guerra no le parecían acordes con la actual función. Simon dijo entonces que pertenecían al famoso artista español Luis Quintanilla y que no los borraría; si el dueño del restaurante persistía en esa escalofriante idea, lucharía con la Equity Artist encerrando los frescos bajo llave. El dueño del restaurante acabó aceptando los murales”.

El siguiente propietario del inmueble, Jackie Raynal-Sarre, abrió un cine de arte y ensayo en 1962. Varios años después, el cine fue comprado por John R. Souto, que lo convirtió en un cine porno-gay, que cerró en agosto de 1990. Perdimos la pista de Souto y entonces temimos que había llegado el final para los frescos”.

Retomada la pista de Souto, comenzaron “unas largas, lentas y a veces tensas negociaciones para intentar su compra y posterior regreso a casa”, según López Sobrado. “Llegué a temer que se acabara cumpliendo el vaticinio de Quintanilla y los frescos sucumbieran anegados por el agua”. Entre mayo y julio de 2005, cuenta Javier Gómez, “organizamos la exposición Luis Quintanilla (1893-1978). Estampas y dibujos en el legado de Paul Quintanilla, en la Universidad de Cantabria, en colaboración con la Fundación Bruno Alonso (depositaria del legado a que alude el título). Así conocí a Esther López Sobrado, comisaria de la muestra, y a través de ella supe de los avatares de los frescos”.

En agosto pasado, Javier Gómez y Esther López Sobrado viajaron a Nueva York para reconocer las obras. Cuando llegaron al loft del Village donde estaba el mural más pequeño, Hambre, experimentaron un shock, aumentado después tras “el descubrimiento de los otros cuatro en la maraña contenida en aquel garaje-trastero de Queens. Como historiador, sentí algo completamente nuevo para mí: por primera vez no estaba leyendo o escribiendo historia; estaba dentro de la historia”. La Junta de Calificación, Valoración y Exportación del Bienes del Patrimonio Histórico Español aprobó la gestión de la Universidad de Cantabria con el propietario de los frescos el 23 de mayo de 2006.

Los frescos aterrizaron hace un mes en Santander. En este curioso paralelismo con el Guernica, los murales de Quintanilla llegaron desde el avión a la Universidad en un camión de la empresa SIT, el mismo que devolvió el cuadro de Picasso a España hace 30 años.

Ama la paz, odia la guerra se instalará definitivamente en el paraninfo de la Universidad de Cantabria. Antes habrá que restaurarlos. Están hechos polvo, llenos de heridas, repintadas las figuras con bigotes y sombreros. Para López Sobrado será el punto final de un largo exilio: “¿Qué mejores muros para alojar unos frescos que denuncian el sufrimiento y el dolor de cualquier guerra que el paraninfo de una Universidad?”. Paul Quintanilla se muestra también feliz por el rescate: “Estoy encantado de que hayan regresado, por fin, a su casa, a España. Me siento feliz de que los frescos de mi padre se hayan salvado de la destrucción. Siempre estaré en deuda con la Universidad de Cantabria por haberlo hecho posible y les quiero enviar mi gratitud.”

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