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Análisis:OSCAR 2007

Babel

El escritor mexicano Carlos Fuentes reflexiona sobre la incomunicación y la soledad en un mundo globalizado y se pregunta qué nos une más, la felicidad o la infelicidad. El autor cree que el director de cine Alejandro González Iñárritu despliega en su última película su arte explorando el acto humano, sus consecuencias, la fatalidad que lo macula y la libertad que lo redime.

Vivimos en un mundo global y la paradoja es que estamos más aislados que nunca

El séptimo arte es el más joven de todos y por serlo hereda toda la carga estética, visual y literaria anterior y al mismo tiempo quisiera inventar un nuevo imaginario. Italo Calvino solía decir que los dibujos animados eran la máxima novedad del cine, arte de la metamorfosis. Arte público, también, puesto que el cine requiere una audiencia que no sólo ve sino que paga por ver. Arte e industria, esfuerzo colaborativo que no depende, como la literatura, las artes plásticas o la composición musical, de un solo creador.

Por eso me llaman la atención las obras cinematográficas que atentan contra su naturaleza comunicativa y de masas para tratar el tema de la soledad y la ausencia de comunicación. King Vidor, en una obra maestra del cine mudo, La muchedumbre (The crowd), aprovecha el silencio del medio para comunicar el sentido moderno de la soledad en la muchedumbre, hoy verdadero lugar común sociológico (David Riesman, La muchedumbre solitaria). En Vidor, la incomunicación urbana. En la obra de Michelangelo Antonioni, la soledad e incomunicación son internas. La sociedad desaparece. Jeanne Moreau en La noche se pasea por un Milán solitario: ni ve ni es vista. La incomunicación de la pareja es acentuada por la soledad de la persona. Como dice Mónica Vitti en La noche, comunícate y el amor desaparece. La soledad, entonces, sería el castigado precio del amor, paradoja de la falta de comunicación individual.

Ahora, Alejandro González Iñárritu, en Babel da el siguiente paso: la incomunicación en un mundo hipercomunicado, la soledad en la globalidad. Las historias separadas (aunque invisiblemente relacionadas) ocurren en Marruecos, Japón y la frontera herida entre México y Estados Unidos. Ya esta simple descripción nos refiere a la globalidad y González Iñárritu no evade este hecho. Vivimos en un mundo global pero la paradoja de la globalización es que estamos más aislados que nunca.

Dos niños cabreros del Sáhara en posesión de un rifle que es algo más que un juguete. Una pareja de turistas norteamericanos que no pueden entender o ser entendidos fuera de las fronteras de EE UU. Una nana mexicana encargada de dos niños de Los Ángeles (California) para la cual no cuenta la frontera política porque lo que cuenta es la familia sin fronteras, la de ambos lados de la línea divisoria de México-EE UU, y una muchacha japonesa sordomuda privada físicamente de toda comunicación como no sea la de su cuerpo bello e indefenso.

Con estos elementos dramáticos, González Iñárritu crea no una película, sino la película de la realidad globalizada. Ésta, dirán ustedes, está presente en cualquier número de cintas de aventuras, de James Bond a Tom Cruise, que saltan de frontera en frontera. La diferencia está en que para James Bond moverse de Londres al Polo Norte no es un problema. Para una trabajadora mexicana que cruza la frontera con dos gringuitos para asistir a una boda en México, el problema es mayúsculo. El mundo globalizado se presenta entonces como un desierto atrincherado por la discriminación, la sospecha, la arbitrariedad y la injusticia. Los peores prejuicios locales, aldeanos, se manifiestan con crueldad e indiferencia parejas. Los niños marroquíes ignoran que un rifle disparado al azar puede herir a un turista azaroso. La nana mexicana ignora que cruzar la frontera con dos niños rubios despierta todas las sospechas e inhibiciones de los guardias fronterizos (de origen mexicano). La comunicación global se pierde en los desiertos de la incomunicación local.

González Iñárritu se plantea una duda rigurosa: ¿puede haber cine erótico con erosión del amor? Es la pregunta subyacente de Babel y el autor la responde de numerosas maneras. Una de ellas es la atención prestada a las fragilidades de la persona humana y a los matices que, lejos de debilitarla, la fortalecen. Si la gente no se entiende, ¿por qué todos, de Los Ángeles a Marruecos a Tokio, respiran el mismo aire? La comunidad (tácita, discreta) sobrevuela la soledad de Babel y González Iñárritu despliega su arte explorando el acto humano, sus consecuencias, la fatalidad que lo macula y la libertad que lo redime.

Quiero decir que éste es un artista que se pregunta honestamente qué cosa nos une más, lo feliz o lo infeliz. La respuesta está en los ojos y la mente de cada espectador.

No evado para nada el impacto político de Babel, una obra del microcosmos migratorio y terrorista de la globalidad, minado a fondo por la ignorancia y la falta de comprensión mutua. Vivimos una doble moral, nos dice González Iñárritu. Buscas a tres terroristas y matas a tres mil personas. El arte dice lo que no dicen los medios. Y Babel nos permite preguntar si vivimos con las reliquias de un mundo condenado o con los presagios de un mundo por nacer.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 25 de febrero de 2007