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domingo, 22 de mayo de 2005
Entrevista:JERÓNIMO LÓPEZ

Nuestro hombre en la Antártica

Ha escalado varios 'ochomiles' y fue el primer español en llegar a la cima del monte Vinson, el techo de la Antártida. El geólogo Jerónimo López conoce como pocos el continente de los hielos y los efectos que en sus glaciares puede estar causando el debatido cambio climático.

En abril de 1990, una fantástica fotografía del geólogo Jerónimo López era portada de EPS. Bien equipado para el frío polar, crampones en las botas y piolet en mano, López trepaba por las paredes de una profunda grieta glaciar entre el milenario hielo azul de la Antártida. Una imagen que hablaba por sí sola de la dureza y atractivo del continente de los hielos, "un lugar más frío que Siberia, más seco que el desierto del Gobi, con más ventisca que en la cumbre del monte Washington y más vacío que el rincón más desértico de Arabia", en palabras de Amundsen, el primero en llegar al mismísimo Polo Sur.

Jerónimo López es sin duda uno de los españoles que más saben de la Antártida, de sus glaciares, montes, rocas, hielos y vientos, y también el que nos representa en todos los organismos internacionales y nacionales relacionados con la ciencia en ese mítico continente. Pero este profesor de la Facultad de Ciencias de la Universidad Autónoma de Madrid es, además de un coyuntural "burócrata antártico", un reconocido investigador polar y un notable montañero que puede presumir de haber escalado algunos de los codiciados ochomiles y sietemiles repartidos por el mundo. Y fue el primer español, junto con Pedro Nicolás, en subir, en 1990, a la cima del monte Vinson, el techo de la Antártida, cuando todavía era un desafío.

Sus investigaciones en la Antártida comenzaron hace 16 años, y tras siete campañas realizadas puede hablar con buen conocimiento de sus hielos y rocas, y de uno de los posibles efectos del discutido cambio climático que allí también es palpable: el retroceso de los glaciares.

Alto, delgado, fibroso y con un aspecto juvenil que desmiente sus 53 años, si exceptuamos la barba racheada de grises, López, gallego de origen (As Pontes), casado y con dos hijos, fue, en 2002, el más joven de los cuatro miembros del Comité Científico Internacional de Investigación en la Antártida (SCAR) que recogieron el Premio Príncipe de Asturias a la cooperación internacional.

Es raro el día que no hay alguna noticia relacionada con el cambio climático. Los expertos afirman que el calentamiento del clima está causando en la Antártida cambios profundos bajo el hielo, retroceso en los glaciares, aparición de praderas de hierba donde antes sólo había hielo. ¿Qué está pasando realmente en el Polo Sur?

Estamos en un periodo especial de calentamiento global; hay evidencias de ello y es bastante generalizado en el mundo, también en la Antártida y en el Ártico. Las áreas polares son especialmente sensibles e interesantes para detectar si ese cambio se está produciendo, y hay elementos en ellas para tratar de ver en qué medida es consecuencia de factores antrópicos, producidos por el hombre, y de ciclos naturales, y ésa es una gran pregunta que está planteada. Las áreas polares están cambiando, pero, igual que ocurre en el resto del planeta, el cambio no es uniforme; no se puede decir que en toda la Antártida estén retrocediendo los glaciares: hay sectores en que lo están, y hay evidencias claras de ello, pero hay otros sitios donde los glaciares aumentan de tamaño. Hay lugares donde hace más calor y otros donde hace más frío; igual que pasa en todo el planeta, el calentamiento no es uniforme.

¿Entonces hay un alarmismo excesivo con el cambio climático?

Los sistemas terrestres son muy complejos y están interconectados, sobre todo a través de la atmósfera y los océanos, con las grandes corrientes oceánicas. Ciertos efectos se trasladan de unos lugares a otros, y allí pueden tener consecuencias en sentido contrario al de origen. La forma de saberlo es utilizar modelos, tener buenos datos y registros fiables, que no existen desde el principio de los tiempos. En la Antártida sólo los tenemos desde hace 50 años. Y ésta es una respuesta al porqué de investigar en sitios tan remotos. Gracias a que desde los años cincuenta se hizo una serie de instalaciones en la Antártida hay buenos registros de temperatura y de otros parámetros.

¿Y qué dicen esos registros?

Pues de 18 estaciones con registros largos, 11 han sufrido calentamiento, y siete, enfriamiento. Hay evidencias, por ejemplo, de que en los últimos 50 años la península Antártica, situada frente a Suramérica, es uno de los tres lugares en el mundo que más calentamiento han sufrido, casi dos grados por encima de la media global. Son lugares muy sensibles a la descongelación, a que se produzca agua de fusión que penetra hacia la base de los glaciares y contribuye a que fluyan más rápidamente, y a la ruptura de grandes plataformas de hielo, como la Larsen, que se desintegró en parte en 2002. Eso está ocurriendo en dicha península y también en el Ártico canadiense.

Los científicos del British Antartic Survey aseguran que el 75% de los 400 glaciares antárticos está en regresión.

Así es, aunque hay algunos que están avanzando. Estamos viviendo un periodo interglacial, y los glaciares están más retrocedidos de lo que estuvieron en el máximo de la última glaciación, hace 20.000 años. Eso quiere decir que es un periodo más cálido que en otras épocas, con un nivel del mar relativamente alto, porque cuando el hielo se funde aumenta el nivel del mar. Los ciclos climáticos se han producido bastante regularmente a lo largo del cuaternario y por eso ha habido glaciaciones cíclicas cada 100.000 años. Pero esto no elimina el hecho de que hay que superponer los efectos humanos, y hoy día tenemos una capacidad de afectar como nunca ha tenido la humanidad a lo largo de la historia. Y hay actuaciones humanas que se superponen a esos ciclos naturales y pueden potenciarlos hasta consecuencias catastróficas. Existen efectos, como la disminución de la capa de ozono, que son exclusivamente debidos a la acción humana.

Entonces no hay exceso de alarmismo…

Creo que en general no, aunque a veces aparecen informaciones exageradas o sacadas de contexto. Es verdad que en los Alpes, en los Pirineos, en los Andes hay glaciares que están desapareciendo, y en los últimos 10 años el retroceso también se ve en la Antártida, pero hay que tener en cuenta la perspectiva. No se puede tener una visión antropocéntrica: lo que yo veo es todo. Y estamos viendo 10, 20 o los últimos 50 años que llevamos de registros en la Antártida. Pero también hay que tener cuidado con el mensaje contrario, el "podemos hacer lo que sea, ya que todo da igual", porque las consecuencias pueden ser impredecibles, y los efectos, irrecuperables. Por ejemplo, hay modelos que muestran que, de mantenerse el calentamiento unos milenios, el hielo de la Antártida se reducirá en la periferia, sobre todo en la península Antártica, pero aumentará en el centro del continente, una zona muy árida en la que incluso hay menos precipitación que en el Sáhara. Porque si el aire es menos frío podrán penetrar más las borrascas y traerán precipitaciones a zonas donde no había, y nevará más, con lo cual se acumulará más hielo. Los sondeos en el hielo antártico, que nos han proporcionado burbujas de aire del pasado, nos han hecho ver que los valores actuales de CO2 y de metano -gases de efecto invernadero- son muy superiores a los que ha habido a lo largo de los últimos 400.000 años. Eso, desde luego que debe preocuparnos y hacernos tomar medidas.

¿Y qué hace ante esta situación el SCAR, del que usted es vicepresidente? Se supone que reúne a los mejores especialistas en la materia.

Las llamadas de alarma vienen precisamente de esa comunidad, de la investigación que desarrolla. El SCAR trata de promover la ciencia antártica, coordinarla y orientarla hacia los programas más interesantes, y recientemente ha adaptado su estructura a los nuevos tiempos, a la necesidad de registros fiables, bancos de información adecuados, etcétera [detrás de ese comité están los comités nacionales de una treintena de países]. Y lo que hace es lanzar mensajes de hacia dónde debe enfocarse la investigación, y las comunidades científicas de esos países coordinan sus esfuerzos hacia ese fin.

¿Como llega un español a ser vicepresidente del SCAR? Estos organismos internacionales suelen estar 'copados' por anglosajones y nórdicos.

Sobre todo porque se tiene el respaldo y la confianza de los compañeros científicos que te eligen, porque es una elección democrática. Yo he llegado porque mis compañeros me han querido poner allí. Es verdad que no hay muchos españoles en los órganos directivos de organismos de ICSU [Consejo Internacional para la Ciencia], quienes tienen más presencia son los países que más invierten; por ejemplo, el Reino Unido. Los países punteros promueven su presencia en los grandes comités y programas científicos internacionales; en ellos se adquiere una información de primera mano y se puede intervenir en la posición de la ciencia internacional. En España, esos aspectos no se promueven ni valoran mucho, como he podido apreciar, una vez más, cuando recientemente me nombraron miembro del Joint Comitee para el Año Polar Internacional. Dos grandes organizaciones, ICSU y la Organización Meteorológica Mundial, han comenzado ya a organizar lo que será el Año Polar Internacional en 2007-2008, que supondrá una gran focalización de la ciencia en las áreas polares, Ártico y Antártico. Hay ya una veintena larga de países que han formado sus comités nacionales para poner en marcha grandes programas de investigación.

¿Tiene sentido tanta burocracia para un continente casi virgen?

La palabra burocracia tiene cierto desprestigio… Lo que hace falta es ordenar e identificar lo prioritario con la mínima burocracia posible. Pero cuando se tiene que poner de acuerdo a miles de científicos -en verano suele haber en la Antártida unos 4.000 investigadores, que pueden ser un 15% del total involucrado- y hay una treintena de países implicados, con institutos y universidades en los que trabajan centenares de personas, es necesario tener un mínimo de organización. Algo de eso que llama burocracia es imprescindible. Por ejemplo, el Año Polar Internacional ha comenzado con una llamada a la comunidad científica internacional y hemos tenido cerca de 900 respuestas con iniciativas. El gran objetivo es hacer cosas que no serían posibles con el ritmo habitual. Eso va a requerir esfuerzos, y hay países que ya lo han decidido.

¿Y España qué va a hacer?

En España, como suele ocurrir en otros casos, no solemos llegar muy a tiempo a estas iniciativas. Al final terminamos haciendo las cosas con entusiasmo, pero el verdadero tirón lo suele hacer la comunidad científica; la respuesta de nuestra Administración suele ser tardía. Los discursos son de buenas intenciones, pero nos cuesta llegar a la concreción.

¿Interesa la Antártida a la ciencia española?

Lo que pasa con la Antártida es similar a lo que pasa con la ciencia en general: el discurso es bueno, pero la realidad no termina de aclararse. No estamos en buena situación no ya comparados con Estados Unidos o el Reino Unido, sino con los países de nuestro entorno, como Francia o Italia. Este tipo de ciencia tan internacional, tan necesitada de tomar decisiones con antelación, como es ahora el caso de un Año Polar que requiere usar instalaciones que deben modernizarse según los objetivos planteados -buques que han de ajustar sus calendarios-, en España toca en la llaga de lo que más cojeamos: tomar decisiones adecuadas basadas en el conocimiento que llega de la comunidad científica, y sobre todo tomarlas a tiempo. Es algo que en nuestro país no está resuelto, y hay una difícil comunicación entre la comunidad científica y quienes resuelven los medios. Hacen falta más medios, pero también estructuras de gestión adecuadas.

¿Algún ministro se ha interesado en hablar con usted de temas de la Antártida, por poner un ejemplo?

Tanto como ministro, no, aunque sí he tenido durante años oportunidad de hablar con políticos o gestores de niveles altos, y normalmente he encontrado, como corresponde, una sensibilidad favorable. Yo creo que los políticos, cuando dicen esos mensajes de que hay que promover la ciencia, lo dicen porque lo creen y quieren que España esté en ciencia internacional como nos corresponde. Y cuando les explicas los problemas de por qué no es así, porque la organización que tenemos no es suficientemente ágil y no está bastante engranada, lo entienden. Pero arreglar esa situación no es fácil: tiene costes; hay que cambiar cosas; hay que estar interesados de verdad en ello; hay que tener un proyecto, desarrollarlo, tener interlocutores que de verdad se lo crean y quieran arreglarlo. Yo creo que hemos dado un cambio positivo, pero hace falta que ese mensaje se traduzca en realidades.

¿Ni siquiera cuando dieron al SCAR el Premio Príncipe de Asturias, que usted recogió, se interesaron?

Recibimos el premio en 2002 y tuvo mucha proyección pública, pero no se tradujo en nada ni ha tenido consecuencias positivas… El cambiar las cosas requiere tiempo y medios, y es verdad que no se pueden arreglar de la noche a la mañana.

¿No tiene sensación de postergar sus investigaciones, el trabajo de campo, por la 'burocracia antártica'?

Yo sigo investigando, con mi grupo de la Universidad Autónoma de Madrid, sobre la evolución geodinámica y climática en un sector del arco de Scotia, que une Suramérica con la Antártida, donde apenas existen investigaciones en tierra porque algunas islas son de difícil acceso. Hay mucha investigación marina alrededor, y queremos enlazarla con nuestros datos y contribuir en el Año Polar Internacional. Hemos publicado artículos y varios mapas geológicos y geomorfológicos de las islas Decepción, Livingston y Rey Jorge; hemos muestreado suelos y permafrost en áreas concretas, y queremos, mediante imágenes de satélite de mucha resolución y teledetección, extenderlo a un ámbito regional, y eso está imbricado en un programa de todo el hemisferio sur y la Antártida. Son temáticas bien conocidas en el Ártico, existe un mapa del permafrost en el Ártico, pero no en la Antártida.

Está claro que es usted nuestro hombre en la Antártida, parece difícil que alguien la conozca mejor en estos momentos.

No, no, en España hay un buen grupo de investigadores con mucha experiencia antártica, lo que ocurre es que me voy viendo metido en posiciones que me dan una perspectiva relativamente amplia de aquel continente. Y aunque el tiempo que dedico a la burocracia es limitado, tiene algunos costes. Pero también esas actividades son enormemente formativas, te dan la perspectiva de saber cómo hacen las cosas en Francia, en Alemania, en Gran Bretaña; ahora mismo estar en el Año Polar…

¿De verdad no añora sus montañas, sus escaladas a los 'ochomiles'; su subida al Winson, el monte más alto de la Antártida?

En cierto modo, sí, sigo siendo alpinista y me gustan mucho las montañas. En efecto, he ido varias veces al Himalaya y he hecho una treintena de expediciones por las principales cordilleras del mundo. He estado ocho veces en el Himalaya, en el Karakorum, y he subido a tres picos de más de 8.000 metros, entre ellos el Everest, sin oxígeno, en 1988. También subí al Hidden Peak, y al Manaslu, y a otros de más de 6.000 y 7.000 metros en los Andes, Alaska y África. Las montañas siempre han sido para mí, desde niño, una afición, y no sólo las más grandes y conocidas. He ido y sigo yendo a mis montañas cercanas, la Pedriza, Gredos, Guadarrama, al Pirineo cuando vivía en Zaragoza -fui tres años profesor de la Universidad de Zaragoza-. Siempre me ha atraído hacer expediciones con los amigos. Algunos siguen haciéndolas y me invitan, como hace poco mi amigo Carlos Soria, y claro que me gustaría ir; pero el tiempo no es elástico y cada vez tengo más responsabilidades. A medida que he ido metiéndome más en la investigación antártica, las campañas, los viajes son largos…

Cuando hace esas escaladas a montañas míticas, ¿las sigue viendo con ojo y espíritu de geólogo o le puede el placer del riesgo y la exploración?

Se mezclan las dos cosas. Siempre me ha interesado la naturaleza, y mi formación me llevó a los glaciares, a las rocas, porque el tipo de geología que yo hago -la geodinámica se ocupa de los procesos en la Tierra, de cómo cambia su fisonomía a lo largo de la historia- me hace ver esas cosas siempre que voy a las montañas; pero también cuando viajo a cualquier sitio no dejo de ver cómo son las rocas, si están plegadas o no, si hay fallas, y eso me permite entender y disfrutar más del paisaje. Lo mismo pasa en la Antártida: cuando voy a investigar, a coger muestras de playas, de alturas, tengo que cruzar glaciares, ponerme los crampones, acampar en sitios difíciles.

Como geólogo se mueve entre glaciares y montañas; las dos cosas se dan juntas en la Antártida, en medio de una enorme soledad y dureza. ¿Cómo ha vivido ese paisaje de glaciares, hielo y montañas?

Para mí, la Antártida tiene cosas muy atractivas: esa limpieza del aire que permite ver distancias enormes, pierdes la escala porque no hay árboles, no hay elementos humanos que te den la escala… Y ves animales que no es fácil contemplar en otro sitio. Yo no había visto elefantes marinos o pingüinos hasta que no fui a la Antártida. Son cosas que te sorprenden, te llaman la atención, como saber que estás en un sitio remoto donde puede no haber nadie alrededor en cientos de kilómetros. Eso me pasó cuando subimos al monte Vinson, no había nadie en unos 200 kilómetros a la redonda. Esos espacios abiertos de soledad, de ausencia de ruidos; ese aire especial, los témpanos pasando por el mar, es un ritmo y un tipo de percepciones a las que no estás acostumbrado, y si te gusta la naturaleza, te atraen, sorprenden y gustan, y las recuerdas luego.

Pero cuando se vuelve con frecuencia a un territorio tan duro e inhóspito, la cosa debe de cambiar…

No hay la misma sorpresa de las primeras veces, pero, desde un punto de vista científico, tiene un enorme interés; incluso la forma en que se aborda esa investigación, tan compartida con otros porque es dura y hay que ayudarse, es muy interdisciplinar. Yo he aprendido mucho de otros compañeros botánicos, físicos, biólogos, con los que he coincidido en los barcos y bases; es muy enriquecedor. Mi interés por la Antártida está sobre todo basado en la ciencia; si quiero ir allí no es porque sea un territorio casi desconocido, sino porque es allí donde están las cosas que queremos investigar y que no podemos estudiar en otros sitios. Lo que sí tiene es diferencias con otros lugares remotos que conozco. Por ejemplo, con respecto al alto Himalaya, tú estás en la cumbre del Everest o en el Karakorum, y son sitios muy remotos, a días de la civilización, pero desde allá arriba ves tonos verdes, marrones; sabes que puedes tardar en bajar una semana o dos, pero quizá encuentres a un pastor con sus yaks, un pequeño poblado; hay vida y colores, riqueza cultural… En la Antártida, tú estás en la cumbre del Vinson a 5.000 metros -exactamente a 4.898, unos 90 más que el Mont Blanc-, que es una altura modesta comparada con el Everest, y no tienes esa sensación de falta de oxígeno, pero sabes que no hay nadie en 200 kilómetros a la redonda; que, te pongas a andar por donde te pongas, no vas a encontrar a nadie, y que de allí no sales como no te vengan a recoger. Allí estuvimos tres semanas, en verano, con temperaturas entre 18 y 40 grados bajo cero.

Fue el primer español en escalarlo. ¿Interés científico o puro desafío antártico?

Éramos dos personas, Pedro Nicolás y yo, y fuimos a hacer un trabajo. Nos trasladaron en avioneta hasta un campamento cerca del paralelo 80 de latitud; llevábamos una radio y estuvimos enlazados hasta que vinieron a recogernos. ¿Arriesgado? Si tienes experiencia suficiente, los riesgos están controlados, se minimizan. Fuimos donde había afloramientos rocosos; hicimos una serie de estudios aprovechando la ascensión, se trataba de investigar al tiempo que subíamos. Desde luego era un aliciente escalar la montaña más alta de la Antártida; entonces habían subido muy pocas personas y ningún español, ahora está más popularizada. Allí no hay animales, es puro hielo y roca. Hay paredes rocosas de hasta 2.000 metros, y en la propia cumbre aflora la roca. La ascensión es como el Mont Blanc; un poco más difícil, pero no de dificultad extrema. Hay que tener cuidado porque cuando te mueves por glaciares puede haber grietas y hay que usar la cuerda.

¿Y eso no es arriesgado a 30 bajo cero y ni un ser humano en 200 kilómetros?

Siempre hay riesgos que es importante controlar; pueden sobrevenir vientos muy fuertes que levantan unas polvaredas de nieve que te enfrían enormemente y te desorientan, y es fácil perderse. Nosotros teníamos una pequeña tienda de campaña, y montamos tres o cuatro campamentos, pero siempre íbamos con la tienda encima. En una ocasión, cuando volvíamos hacia el campamento base, se formó una gran ventisca y, totalmente perdidos, tuvimos que meternos en la tienda y aguantar 24 horas. Cuando se despejó la ventisca no estábamos muy lejos del campamento base; pero, de no haber tenido aquella tienda con nosotros, la situación hubiera sido complicada. Una simple tela protegiendo del viento parece que no es nada, pero puede cambiar mucho la sensación térmica.

Supongo que en esas circunstancias es obligado acordarse de los pioneros, de Shackleton, Scott, Amundsen… Es inevitable pensar en el terrible viaje de Scott, tan bien contado en ese fascinante libro 'El peor viaje del mundo', y sobre todo de Shackleton, que después de perder su barco consiguió salir adelante y salvar a todos sus hombres, con aquellas ropas en pleno invierno antártico…

Claro que los recuerdas, y conocer esas historias y estar en el mismo escenario es un atractivo adicional. De Shackleton me he acordado muy especialmente, porque nuestro grupo llevaba varios años queriendo ir a la isla Elefante, que es donde él estuvo después de tantos meses de peripecia, cuando echaron los botes al agua y llegaron a la isla Elefante, en las Shetland del Sur. Todavía hoy tiene muy difícil acceso, sin ninguna base y unas costas muy acantiladas. Anteriormente habíamos intentado ir con el buque Hespérides, y en dos ocasiones no logramos desembarcar. Finalmente, hace dos años, en un proyecto combinado con colegas brasileños, conseguimos hacer una campaña en la isla, y ahora estamos haciendo varias publicaciones y mapas. Un buque brasileño, con helicóptero, nos permitió montar campamentos; pero en una de las ocasiones, el helicóptero que iba a recogernos al final del día a un geólogo holandés, a otro brasileño y a mí, nos dejó trabajando a lo largo de la costa. Llevábamos comida y sacos de dormir, pero no tienda porque el tiempo estaba bueno y el barco a la vista. Pero el día fue pasando, se metió el viento de forma muy rápida, el barco tuvo que alejarse, llegó la noche y estábamos totalmente mojados por el aguanieve y tuvimos que disponernos a pasar la noche sin tienda; vimos una morrena con grandes bloques y uno que hacía de visera, y allí pasamos la noche, acurrucados unos contra otros, comiendo la poca comida fría que teníamos.

Acordándose de Shackleton…

¡Cómo no íbamos a acordarnos de él! Desde luego, nosotros pasamos bastante frío; estábamos a bajo cero, no demasiado, pero con mucho viento y mojados, y eso es lo peor de soportar; pero recordábamos a los 22 hombres que se quedaron en la isla Elefante mientras Shackleton fue hasta Georgia del Sur. Tardó dos meses y pico en volver, y no llevaban nuestras ropas modernas que se secan rápido, ni las camisetas de forro polar… Aquella experiencia del Endurance, entre 1914 y 1916, fue tremenda, uno de los mayores ejemplos que existen de fuerza de voluntad, capacidad de supervivencia y moral para resistir la adversidad. Shackleton quizá no conseguía sus objetivos como Scott o Amundsen, pero como persona era admirable y sabía salir de dificultades enormes.

Cuénteme alguna de sus peores experiencias antárticas.

En el monte Vinson ha sido la vez que he pasado más frío porque cuando estábamos en la cumbre había unos 34 grados bajo cero, con un viento muy fuerte, y la sensación térmica estaba casi en el límite de lo que podías resistir, de unos 60 o 70 grados bajo cero. Desde la cumbre, que estaba totalmente despejada, veíamos toda la cadena de montañas, las enormes planicies heladas; pero hicimos unas fotos, cogimos unas muestras y nos bajamos rápidamente a la arista, y en cuanto nos protegimos del viento, aunque seguíamos estando a 34 grados bajo cero, era como si hubiera llegado el verano… Quizá las situaciones más difíciles en la Antártida han estado unidas a los desembarcos en zodiacs. No hay puertos ni grúas, y cuando te dejan en una isla o acercan a tierra tienes que bajar de una zodiac, mojarte los pies, la ropa, y después de hacer tu trabajo volver a meterte en la zodiac. Puede que no estés a más de cinco bajo cero, pero con ese viento y mojado se pasa mucho frío. Y sabes que si te caes en esas aguas…

Ya sé que los antárticos rechazan hablar de peligros; pero, de verdad, ¿nunca ha sentido miedo?

Ha habido momentos de detectar peligros, pero no han sido situaciones límite; siempre sabíamos que íbamos a salir, que era cuestión de aguantar dos o tres días. Sabes que aunque pases mucho frío y no comas, no te mueres. A veces hay que tener paciencia porque, aunque lleves una radio, igual la avioneta, helicóptero o zodiac no puede recogerte en varios días; pero las comunicaciones han cambiado muchísimo, ya pasó la época heroica en la que se iban unos y no se sabía dónde estaban ni si iban a volver. Y además hay unas normas de comportamiento claras: no se puede hacer locuras, todo está controlado, se llevan radios y se conecta a determinadas horas. Son territorios hostiles, difíciles, que exigen tener experiencia y cumplir unos protocolos de seguridad.

Usted que conoce bien el panorama internacional, ¿a qué nivel está la investigación antártica española?

Creo que está en un nivel relativamente digno, sobre todo para un país con muy escasa tradición polar y que se ha incorporado tardíamente a la investigación antártica. La gente puede pensar que se dedican cifras elevadas por ser la Antártida, pero no es mucho en relación con otras investigaciones; además, creo que tiene que ser así, la investigación antártica no debe sobredimensionarse. Es verdad que hace falta dinero en general, y debería haberlo para el Año Polar, pero no es el único problema. Hay que tener una estructura adecuada para gestionar esos medios, que de verdad se seleccionen los buenos proyectos, que se seleccionen a tiempo, y que los investigadores más competentes y reconocidos internacionalmente tengan facilidades y no se topen con una carrera de obstáculos. Hay que preguntarse en qué medida España puede jugar internacionalmente si pone sus elementos sobre la mesa, y sus elementos son sus científicos, sus instalaciones, sus bases, sus buques. Pero todo eso requiere una gestión coordinada y correcta, y ahí es donde tenemos una asignatura pendiente.

Internet SCAR: www.scar.org.

Jerónimo López, delante de la Facultad de Ciencias de la Universidad Autónoma de Madrid, de la que es profesor. / CRISTOBAL MANUEL

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