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domingo, 9 de febrero de 2003
DESAPARECE UN MAESTRO DE LA LITERATURA

Muere Monterroso, genio de lo breve

El escritor, fallecido a los 81 años en México DF, bordó sin prisa una obra llena de paradojas, humor y tristeza

Tímido, irónico, humilde. Así era el escritor guatemalteco, nacido en Honduras, en 1921, Augusto Monterroso, que falleció el viernes en México DF, donde vivió exiliado gran parte de su vida, a los 81 años. Un paro cardiaco se lleva a este escritor minimalista y brillante, que siempre vivió "alejado de los reflectores y el bullicio". Nativo de "la Centroamérica vencida", Monterroso se consideraba un simple cuentista y su ideal último era "ocupar media página en el libro de lectura de una escuela primaria de mi país". Lo logró con creces. El autor de Movimiento perpetuo, capaz de inventar los cuentos más pequeños y geniales, premio Príncipe de Asturias 2000, será incinerado en el Panteón Español de la capital mexicana.

El escritor Augusto Monterroso murió la noche del viernes, fulminado por una dolencia cardiaca, en su casa de Ciudad de México a los 81 años. El entrañable Tito pasará a la historia como el autor del relato más breve de la literatura universal: "Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí" (1959), pero otras cualidades humanas y creativas lo harán también inolvidable. Lega una obra sobresaliente y una legión de amigos. Perseguido políticamente en Guatemala, fijó su residencia en México desde el año 1944. Apenas hace dos meses, este corresponsal habló con él sobre su último libro, Pájaros de Hispanoamérica (Alfaguara), y lo encontró cansino y apagándosele la voz a veces, pero siempre lúcido y afable.

Escribió el cuento más corto de la historia: "Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí"

El mundo de la literatura y la academia acudió ayer a rendirle honores al tanatorio y todos comunicaron su pésame a Barbara Jacobs, viuda de un narrador que comenzó a publicar en 1959, incidiendo en la parodia, la fábula y el ensayo, el humor negro y la paradoja. El volumen Cuentos, fábulas y lo demás es silencio reúne toda su obra de ficción. Escribió, entre otros textos, La oveja negra y demás fábulas (1969), Movimiento perpetuo (1972), La letra e: fragmentos de un diario (1987) y Viaje al centro de la fábula.

Galardonado en el año 2000 con el Premio Príncipe de Asturias, la obra de Monterroso se caracterizó por "una originalidad de creación muy grande, un mundo muy personal trasladado al papel en un estilo inconfundible, transparente y eficaz", según Álvaro Mutis, el escritor colombiano afincado en México, interlocutor del fallecido en largas sobremesas y tertulias. "Pasábamos horas enteras disfrutando los capítulos del Quijote".

Carlos Fuentes dijo ayer a este diario que Monterroso fue un "destilado de la mejor prosa escrita en la América Latina del siglo XX: lo que a unos nos tomaba 100 páginas a él le tomaba una frase".

Fuentes también destacó que Monterroso representa la totalidad del mundo hispanoamericano. El literato nació el 21 de diciembre de 1921 en Tegucigalpa (Honduras), pero vivió en Guatemala, de donde salió exiliado a México. Durante el gobierno del presidente guatemalteco Jacobo Arbenz (1951-1954) fue vicecónsul en México y después del derrocamiento de Arbenz se estableció por un tiempo en Chile, donde fue secretario de Pablo Neruda.

Profesor de filosofía, animador intelectual en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), su brevísimo relato sobre el dinosaurio, publicado en diciembre de 1959 en la UNAM, dentro de un volumen que incluía otros doce textos, marcó su producción. Fue el más famoso. "Cuando apareció era muy difícil publicar un cuento de esa extensión, lo difícil no era escribirlo, sino publicarlo", dijo en el 40º aniversario de su publicación. "Incluso unos críticos dijeron que no se valía, que eso no era cuento". Ésta es la anécdota más comentada: Un amigo le presentó a una señora: "¿Conoce usted a Augusto Monterroso?", le preguntó. "Sí", contestó ella, "lo he leído". "¿Y qué le parece el cuento de El dinosaurio? "Ése es uno de los que más me gustan, pero apenas voy por la mitad".

La viuda del autor desaparecido, Barbara Jacobs, autora de cuentos, ensayos y novelas, reconocía recientemente que después de treinta y tantos años de convivencia con Monterroso seguía siendo su discípula. La escritora mexicana, de 55 años, habló muchísimo con él sobre la vida, su trabajo, el trabajo de ambos, y esa intensidad enriqueció la relación. Tito y Bárbara preferían sentarse a leer cuatro horas, a discutir sobre el Hidalgo de La Mancha, que ir al cine, a una fiesta, de excursión o de vacaciones. En 1997 escribieron juntos El cuento triste, concebido en un viaje de New Orleans a México en 1981. Monterroso le propuso una antología del cuento triste. Para entretenerse en el avión, redactaron cada uno la lista de los más tristes que recordaban. Monterroso entendió la vida como una dificultad. Siempre habrá una lucha que no termina, que conduce a la preocupación, a la angustia, al agobio, a una tristeza esencial.

Ir venciendo las dificultades, según su definición, lleva al respiro, "a lo que generalmente uno llama la felicidad o la alegría: la ausencia de dolor, la ausencia de dificultades. Pero, en el fondo, ahí está la tristeza, o sea, las dificultades, lo duro que es el hecho de vivir, lo que hace que la cosa sea triste". Pero la vida podría ser aún más triste si no existiera la muerte. "Recuerdo un texto de Swift en el que existe una república de señores que no mueren -sólo envejecen- y eso hace sus vidas mucho más tristes de lo que uno se imagina cuando piensa que si no hubiera muerte todo sería menos angustioso".

Tito se despidió de este mundo después de haber publicado Pájaros de Hispanoamérica, recopilación de impresiones y vivencias, a veces anecdóticas, sobre amigos y literatos a los que rindió homenaje. "No pretenden ser retratos. Son comentarios que se me han ocurrido sobre la persona y la obra, pero que he venido publicando a través de muchos años en periódicos y revistas", dijo a este diario. Los escritores, como aves cantoras, en el aire casi siempre, libres, viajando de un lado a otro para participar su canto. Así los concibió Monterroso.

Admiraba a Charles Lamb, para quien la acción más importante de su vida había sido atrapar una golondrina en pleno vuelo. No soy lento escribiendo, matizaba, sino publicando. Unos escritos de hace 14 años, sobre su adolescencia y juventud, probablemente no verán la luz porque escribía y guardaba los textos; pasaba el tiempo y los volvía a ver. Murió después con un libro de ensayos ya terminado, una compilación de cosas antiguas.

Monterroso superó en los plazos al clásico Horacio, quien recomendaba dejar reposar los textos nueve años antes de difundirlos para garantizar una sintonía entre la realidad y lo que se dijo y lo que se quería decir. El maestro americano pensaba que nadie como uno mismo puede ejercer la crítica y enmendar la escritura.

Augusto Monterroso, en una imagen de 1996. / GORKA LEJARCEGI

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