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martes, 18 de enero de 2000
Tribuna:

¿A quién fusilamos?

Al declarar la semana pasada a una periodista que nada hay más aburrido que el teatro, Fernando Fernán-Gómez estuvo moderado. Hace 86 años,Valle-Inclán expresaba en un artículo su deseo de que "toda reforma en el teatro comenzara por el fusilamiento de los Quintero". Fernán-Gómez no apunta a nadie en su diatriba; simplemente se abstiene (por lo visto, desde hace treinta años) de pisar las salas teatrales, y eso incluye su propia ausencia de los escenarios como actor, única desgracia en este asunto para los que seguimos yendo. Caigo por otro lado en la cuenta de que yo he visto -sin aburrirme lo más mínimo- dos obras suyas, Las bicicletas son para el verano y Los domingos, bacanal, representadas en el Español y el Maravillas hace bastante menos de treinta años, y en agosto del 99 se estrenó la película de Manuel Iborra Pepe Guindo, en la que Fernán-Gómez interpreta y rinde homenaje al actor de teatro. No hay genio sin paradojas, debe ser eso. ¿O es que el inminente académico de la lengua tuvo muy mala pata unas cuantas funciones seguidas y, perdiendo la fe en el culto a Talía, abjuró? También usted y yo, teatristas practicantes, nos hemos aburrido. Las mismas veces, aproximadamente, que en el cine, el concierto y la lectura. Alivia saber que Fernán-Gómez sigue al menos leyendo; y escribiendo. (Voy a comprarme su último libro de relatos, a ver cómo está de divertido).La otra noche, aprovechando que ese día no iba al teatro,me leí un excelente libro teatral que acaba de salir, La escena moderna. Manifiestos y textos sobre teatro de la época de las vanguardias (Ediciones Akal). Precisamente encontré en uno de los textos rescatados por el compilador y prologuista, José A. Sánchez, la frase destructiva de Valle contra los castizos hermanos Álvarez-Quintero y en general contra lo que el autor de Luces de bohemia denominaba, para execrarlos, escritores "nacidos bajo una mesa-camilla". (¿Será ése el tipo de teatro que ahuyenta a Fernán-Gómez de las salas? Es otra posibilidad a estudiar). El teatro que nos presenta Sánchez en este útil y aleccionador libro es un sueño. Desde finales del siglo XIX, un grupo de creadores y utopistas teatrales de Rusia y de Inglaterra, de Alemania, Italia y Cataluña, empezaron, sin ponerse de acuerdo previamente, a mostrar un gran aburrimiento ante las mesas-camilla, los decorados naturalistas de papel, la dicción engolada, el chascarrillo dicho con un ojo en la primera fila. Muchas cosas se les ocurrieron para acabar con ese mortecino y aburguesado teatro de éxito: violentas luces expresionistas, actores liberados del corsé, de todos los corsés que almacena la guardarropía de los coliseos, espacios y textos escénicos donde adquieran "las palabras la importancia que tienen en los sueños". Esto último es de Artaud, presente, como es lógico, en esta antología, al lado de los Gordon Craig, Appia, Copeau, Isadora Duncan, Meyerhold, Tairov, Adriá Gual, entre muchos otros. No todos ellos sufrieron el suplicio de Tántalo que los dioses del Gran Mercado del mundo reservan a los vanguardistas. Sin ejecuciones en masa, tan sólo, quizá, con el gesto ritual de "matar al padre", los soñadores de la escena moderna lograron despertar al público, a una parte al menos, y dejarlo en vela mientras las guerras mundiales, la muerte o la retirada cobarde de los campos de batalla mandaban al limbo sus conquistas. Beckett, Ionesco, Pinter, Grotowski, Bob Wilson, Peter Brooks, son algunos de los despiertos hijos de aquellos visionarios agitadores.

En España hemos sido más dormilones, o está más extendido el gusto de la mesa-camilla echegarayesca, otra palabra burlona de Valle-Inclán. Su teatro fue imposible, y también el de Lorca quedó muchas décadas enterrado bajo una arena de plaza de toros y un tendido de mantillas negras. La esperanza de que este viejo arte incomparable nos siga poniendo las pilas del llanto y la risa está en nuestras manos y en las de otros más directamente responsables, que bien podrían emplearlas a ratos perdidos en leer las 500 páginas del libro de José A. Sánchez. La bajada en ayuda de algún genio del Olimpo nos haría aún menos aburrida la función.

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