ArchivoEdición impresa

Acceso a suscriptores »

Accede a EL PAÍS y todos sus suplementos en formato PDF enriquecido

sábado, 1 de mayo de 1999

Los grabados de Ricardo Baroja muestran su búsqueda del color en el blanco y negro

90 obras del artista se exponen en la Real Academia de San Fernando de Madrid

Ricardo Baroja (1871-1953) perteneció a una generación de grabadores, o aguafortistas, que defendieron su esencia de pintores. Baroja afirmaba en 1944: "Ahora ha salido por ahí gente que quiere hacer grabados sin saber pintar. No tienen idea del color, y una de las condiciones esenciales del grabado es la de producir con el blanco y negro la sensación del color". Noventa piezas del artista, que buscó en Goya, Durero y Rembrandt a sus maestros, se exponen ahora en la Real Academia de San Fernando de Madrid. Una serie de planchas, dibujos y estampas que demuestran otra idea del hermano de Don Pío: "Quieran o no, el grabado es un arte fundamentalmente literario".

La exposición Ricardo Baroja, 1871-1953. El arte de grabar, que se inauguró ayer en Madrid, permanecerá en la sala de la Calcografía Nacional de la Real Academia de San Fernando (Alcalá, 13) hasta finales de mayo. Cuenta, entre otros, con fondos de la Biblioteca Nacional, a la que el grabador donó una parte importante de su obra; del Círculo de Bellas Artes, que posee tres números de la revista Estampa, que incluyen aguafuertes de Baroja, y del Museo de Bellas Artes de Córdoba, que posee las pruebas que Baroja regaló a Julio Romero de Torres. En total se incluyen dibujos preparatorios, planchas, estampas, revistas con aguafuertes, libros y documentos, de los que un 70% son inéditos.Javier Blas Benito, comisario de la exposición, aseguró ayer que el estilo de Baroja es heredero del de Goya "en la violencia de sus formas y en los trazos enérgicos". Pero Baroja -"el mejor grabador de aguafuerte de la generación más importante de aguafortistas de la historia del grabado español"- se distancia del pintor de Fuentevaqueros al enclavar su temática en el movimiento romántico y en el de las vanguardias de principios de siglo. Baroja vivió los últimos 17 años de su vida prácticamente encerrado en el caserón de Itzea, en Vera de Bidasoa, donde, según relata Javier Blas Benito en el catálogo de la exposición, todavía permanece "una séptima edición de los Caprichos con las estampas gastadas por el tacto y la mirada y con manchas de la ceniza de una pipa".

Libros ilustrados

Julio Caro Baroja explica en sus memorias cómo el contacto desde niño de su tío con novelas y revistas ilustradas fue su caldo de cultivo como ilustrador: "Para mi tío, La isla misteriosa tenía más significación estética como obra ilustrada por Férat, un artista poco conocido, que por su texto famosísimo. Tonos sombríos, oscuros, figuras y vidas sombrías también. He aquí el primer ingrediente en las concepciones plásticas de Ricardo Baroja".

Aguafuertes nocturnos de Madrid, los crepúsculos solitarios de Rosales, el cuartel de la Montaña o el Jardín Botánico, junto a las imágenes de un viaje a Soria, acompañado por su hermano Pío (del que ilustró varias novelas; entre ellas, La busca), Ricardo Baroja retrató en planchas de cobre sus paseos por la ciudad y el campo.

El artista escribió en 1910 a Luis Bello, director de la revista Europa, en la que publicaba grabados, el artículo "Cómo se graba un aguafuerte", que se convirtió en un texto fundamental para entender su proceso creativo. "... Yo, amigo Bello, a veces, las más, me pongo a rayar una plancha de cobre, sin previo boceto, quizá sin la menor sospecha de lo que voy a hacer. Empiezo tímido, cohibido, ante la enorme superficie del metal, limpia y brillante. La punta de acero tiembla en mi mano, un poco entorpecida ya por una enfermedad. Los rasgos son mezquinos, inexpresivos, sin trabajo durante un rato. Me voy aburriendo lentamente y la desesperación artística (muy distinta de la verdadera desesperación) me ha invadido. Ceso de trabajar y pienso irremisiblemente: he aquí echada a perder otra magnífica plancha de cobre". Baroja continúa en el mismo artículo, escrito en el momento más fértil de una carrera dedicada a "este maravilloso, aristocrático, perfecto y divino procedimiento de grabado": "La plancha de grabado está mordida, amigo Bello. La he lavado con agua fría, luego con esencia de trementina, después con alcohol. La plancha está limpia, brillante, dorada. Ahora no queda más que estamparla. Pero hablar de la obra hecha ¿para qué? La obra propia concluida siempre es mala, sólo sirve para ser regalada, vendida, publicada o borrada. Mejor es pensar en hacer otra cosa. Porque toda obra hecha es despreciable; porque todo lo que uno es capaz de hacer es despreciable".

NOTICIAS RELACIONADAS

Selección de temas realizada automáticamente con
Atención al cliente

Teléfono: 902 20 21 41

Nuestro horario de atención al cliente es de 9 a 14 los días laborables

Formulario de contacto »
EL PAíS Edición impresa

Lo más visto en...

» Top 50

Webs de PRISA

cerrar ventana