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Crítica:TEATRO

El viejo y la niña

Joven autora, Paloma Pedrero ha elegido una antigua fábula, la del viejo y la niña, y la ha resuelto también como los antiguos; como, digamos, en Doña Francisquita: el viejo se queda solo, la niña se va con el joven. Todo envuelto en poesía fácil de sainete. El Torero (Juanjo Menéndez) da un espectáculo callejero -una función de corrida de toros- cuando conoce a la chica (Natalia Dicenta), una clásica marginal salida del reformatorio. La incorpora a su espectáculo y a su vida; pero el vecino Víctor (Fernando Veloso), que es joven, interviene: cuando la muchacha es contratada para actuar en una sala de fiestas, se va con ella, y El Torero vuelve, solo, a las calles. Todo termina con siluetas recortadas sobre el forillo y un solo de trompeta triste, a la manera de Fellini. El sainete melodramático está planteado en escenas sueltas, con más abundancia de diálogo -en el que la autora confía demasiado- que de acción, y un exceso de subrayados en gestos, voces y formas de carácter.Juanjo Menéndez tiene su buen estilo de siempre, Natalia Dicenta brilla en la muchacha, Fernando Veloso no va muy lejos, Carlos Marcet compone un tipo de boxeador sonado, y Fernando Ransanz, un buen personaje madrileño; todos afectados por la falta de rasgos de diálogo y por el intento de creación de tipos. El viernes por la tarde, un público muy juvenil y predominantemente femenino aplaudió con mucha insistencia al terminar la función.

Invierno de luna alegre

De Paloma Pedrero (premio Tirso de Molina 1987). Intérpretes: Juanjo Menéndez, Natalia Dicenta, Carlos Marcet, Fernando Veloso, Fernando Ransanz. Escenografía y vestuario: Gabriel Carrascal. Música: Fernando Martín. Dirección: Paloma Pedrero. Teatro Maravillas, 10 de febrero.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 13 de febrero de 1989