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miércoles, 22 de julio de 1981
Reportaje:

El juicio moral sobre el aborto, condicionado por la religión, la biología y la filosofía

El aborto provoca generalmente una reacción moral en nombre del derecho fundamental a la vida. Pero la vida humana ¿qué es?, ¿cuando empieza?, ¿cómo se describe? De esta manera el juicio moral sobre el aborto remite necesariamente a consideraciones filosóficas y biológicas. Este juicio moral tiene además connotaciones religiosas, no sólo porque las iglesias se han expresado abundante y contundentemente sobre el tema, sino porque durante muchos siglos la pregunta filosófica sobre el origen de la vida humana se formulaba en términos de animación del cuerpo, esto es, de presencia en el cuerpo del alma creada por Dios. Religión, filosofía y biología son tres ingredientes que se suelen dar en el juicio moral que la sociedad hace sobre el aborto.

y MANUEL TOHARIAEste debate dura siglos, no obstante, lo cual, Ronald Reagan está empeñado en que su poderoso país fije de una vez el principio de la vida humana. Por eso dos congresistas republicanos presentaron a finales de mayo el siguiente proyecto de ley: «El Congreso considera que en virtud del desarrollo científico existente se puede determinar que la vida humana comienza con la concepción». Este planteamiento, que coincide con el de la jerarquía católica, tiene muchos más recovecos. Basta con mirar hacia atrás y extender luego la vista sobre los campos de la filosofía y la biología que debaten el asunto.

El tema del aborto ha sufrido un desplazamiento en los últimos diez años. Durante siglos, el punto neurálgico se formulaba en términos de animación, es decir, cuándo y cómo el cuerpo recibe el alma racional, momento a partir del cual empieza el hombre a ser hombre. Esta formulación eminentemente filosófica ha dejado paso a la de la hominización, de tinte más científico, aunque igualmente cargada de pretensión filosófica: cuándo y cómo empieza la vida humana. Huelga decir que estas consideraciones no son ociosas, ya que el juicio moral sobre el aborto depende esencialmente del comienzo de la vida humana.

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El alma llega a la mujer a los cuarenta días, y al hombre, a los noventa

Cuarenta días en el caso de la mujer y noventa en el del hombre es el plazo que se toma el alma racional para hacerse presente en el óvulo fecundado, decía Aristóteles y han repetido la mayor parte de los hombres de iglesia. Eso es lo que se llama la animación retardada. Naturalmente que este aserto no es el resultado de un trabajo de laboratorio bioquímico, sino el cálculo que se deriva de una determinada teoría filosófica, el hilemorfismo: el alma, forma sustancial del cuerpo, no se le junta hasta que éste no ha logrado un grado tal de perfección que pueda el alma ejercer realmente las funciones que le son propias. Hasta que el zigoto adquiera ese desarrollo físico, no dispone más que de formas sustanciales o almas inferiores a la racional, Y acordes con su grado de desarrollo: primero es un alma vegetativa, luego será sensitiva y finalmente la racional. Si sólo se puede hablar de hombre en el caso del feto animado -a los cuarenta o noventa días, según sea hombre o mujer-, sólo se puede hablar de aborto a partir de los cuarenta o noventa días. Por eso, santo Tomás afirma que no incurre en la pena de irregularidad el que provoca el aborto antes de la animación.Este planteamiento del teólogo medieval, bien condicionado por la filosofía del pagano Aristóteles, fue oro de ley durante muchos siglos, aunque no pudo impedir que le saliera una doctrina rival, minoritaria, durante esos mismos siglos, pero que es la que ahora va a misa: la teoría de la animación inmediata. A partir del tercer día, ya está el alma presente en el cuerpo. Todo aborto sería, por tanto, un homicidio o es reductible a un homicidio. También en este caso subyace una determinada teoría filosófica: se ha marginado de la escena al hilemorfismo y ocupa su lugar el cartesianismo. Para Descartes, el hombre es la unión de dos sustancias distintas, alma y cuerpo. Pero el papel del alma no es esperar a que el cuerpo disponga de los órganos que la permitan actuar, sino todo lo contrario: hacer posible el desarrollo del cuerpo.

Aunque las dos doctrinas coexisten en la Iglesia católica desde el siglo pasado, priva la animación inmediata, con lo que se endurece su juicio moral sobre el aborto.

En los últimos diez años se produce un cambio sustancial en el planteamiento del problema. La secularización de la sociedad, una mayor atención a la investigación biológica y el predominio de una sensibilidad antiabortista relegan el tema filosófico de la animación del feto a favor de la hominización: ¿desde cuándo la célula viva es persona humana? Pero, a pesar del desplazamiento temático, también aquí encontramos una división de opiniones semejantes a las anteriores: los hay que son partidarios de la hominización retardada, lo que llevaría a distinguir entre anovulatorios y prácticas abortistas, y los hay partidarios de una hominización inmediata, por lo que sólo distinguen entre anticonceptivos y aborto.

Al cambio de planteamiento subyace, pues, una mayor valoración de los conocimientos biológicos. El óvulo fecundado ya es vida humana, aunque no todos ponderen igualmente su relación con la futura persona.

Desde un punto de vista puramente biológico, sin ninguna adjetivación moral o filosófica, una célula está viva cuando efectúa las funciones de nutrición que le permiten subsistir. En sentido estricto, el espermatozoide que es expulsado en la eyaculación y el óvulo que es expulsado en la menstruación son células vivas, cuya muerte acontece posteriormente a dichas eyaculación y menstruación. Desde un punto de vista puramente celular, y haciendo abstracción del contenido genético de sus núcleos (veintitrés cromosomas en el espermatozoide, veintitrés cromosomas en el óvulo, 46 cromosomas en el zigoto), la misma vida anima al óvulo sin fecundar, al óvulo fecundado y al espermatozoide.

Puede argumentarse que también una célula vegetal tiene vida, y que su muerte no tiene la misma importancia que la de una célula humana, pero ello entraña igualmente un juicio de valor, evidentemente antropocéntrico. Científicamente hablando, células vivas lo son todas.

Los defensores de la hominización retardada dan por buenos los resultados biológicos, según los cuales, el óvulo fecundado, desde el momento de la concepción, comienza a vivir una vida propia, de tal manera que ya puede hablarse de vida auténticamente humana. Pero distinguen entre vida auténticamente humana y persona humana, basándose en las mismas investigaciones biológicas. Otros autores se preguntan si, dado que la muerte cerebral es el criterio científico para diagnosticar la muerte de la persona, no habría que considerar el comienzo de la actividad cerebral del feto -muy posterior a la concepción- como el inicio de la vida humana.

Los que más lejos han llevado la teoría de la hominización retardada son quienes la explican en base a criterios relacionales. Sus partidarios, franceses mayormente, se resisten a considerar los criterios biológicos como definitivos para delimitar el comienzo de la existencia humana: la referencia a los demás es constitutiva de la personalidad humana. No se puede considerar al feto como un en-sí, separado de quienes le engendran y cuyo reconocimiento les hace persona. El aborto no es homicidio porque ese feto, al carecer del reconocimiento que le hace persona no es persona.

El reconocimiento de los demás nos hace persona

Los defensores de la hominización inmediata aducen, por su parte, que el zigoto es una realidad humana, autónoma y diversa del organismo materno. El proceso embrionario, desde el momento de la concepción, es un proceso lineal y continuo, que se desarrolla sin saltos cualitativos. Toda interrupción, incluida la de los anovulatorios, es un homicidio.Ahora bien, el zigoto contiene en su núcleo un mensaje genético que determinará de forma invariable ya la entidad del próximo ser. Su carácter biológico humano es pues, indiscutible. Es una célula humana viva, como lo son, por otra parte, las células vivas de cualquier organismo humano, sean de la piel, los pulmones o la sangre.

Otra cosa es que el zigoto tenga la posibilidad de crecer y desarrollarse hasta dar lugar a un nuevo ser humano, posibilidad que no tienen las células humanas vivas de la piel, los pulmones o la sangre, aunque los recientes experimentos de cloning parecen probar que cualquier célula somática o, mejor dicho, el núcleo de cualquier célula somática puede servir de punto de partida para el desarrollo de un individuo completo.

Obviamente, en el caso del hombre, el camino elegido por la naturaleza es el de la unión de un óvulo y un espermatozoide para dar un zigoto. Pero existe de forma natural para ciertos animales y plantas la partenogénesis, y la ciencia moderna nos brinda la posibilidad teórica de desarrollar un nuevo ser a partir de una célula cualquiera, mediante el cloning.

El zigoto da lugar a un nuevo ser de forma espontánea. El cloning podría dar lugar a un nuevo ser mediante un estímulo inicial artificial. Desde un punto de vista científico, ¿qué privilegio tiene el zigoto, de cara a la futura persona, que no tenga el cloning? ¿Puede aplicarse a la eliminación de una célula cualquiera el juicio moral que se aplica a la anulación del proceso por el que ha optado la naturaleza?

Tampoco es científicamente evidente que el desarrollo que va del zigoto al feto sea lineal. Por lo que respecta al desarrollo del embrión, en su primera fase de mórula todas las células que lo constituyen son iguales, y cada una de ellas podría, en teoría, dar lugar a un nuevo ser, si se la aislase. De hecho, los gemelos univitelinos se forman de esta manera.

Posteriormente, el desarrollo continúa, produciéndose una diferenciación entre las distintas células, de tal forma que van apareciendo grupos celulares, diferentes unos de otros, y que serán más tarde los diversos sistemas del futuro organismo. La transición no es perceptible, pero existe un punto, precisamente cuando el embrión se convierte en feto, esto es, cuando ya adquiere una apariencia similar a la de la especie a la que pertenece (en el hombre, más o menos a partir del tercer mes de embarazo), en que la circulación blastodérmica o umbilical (primera circulación) se transforma en circulación alantoidea o placentaria (segunda circulación). Parece como si la naturaleza hubiese querido señalar este importante paso del embrión al feto con un proceso de alimentación y oxigenación del nuevo ser claramente distintos.

En el juicio moral sobre el aborto se mezclan, pues, consideraciones biológicas y filosóficas que cada teoría dosifica diferentemente. La teología parece convencida de que de su propio fondo argumental no puede sacar ninguna conclusión definitiva. La Biblia no condena claramente el aborto, a pesar de ser una práctica común. El único texto claro, el del Exodo, 31, 22-23, no considera al aborto como un homicidio, sino como una violación del derecho del padre a la descendencia, que debía ser penalizada con una multa. La biología, por su parte, puede desentrañar el significado biológico del zigoto en relación con el futuro ser humano.

Pero la definición del ser humano es una cuestión eminentemente filosófica. De ahí que a todo juicio moral subyace una determinada antropología.Y si el pre-juicio antropológico es determinante del juicio moral, obligado es reconocer que el pluralismo filosófico actual desborda las filosofías personalistas que condicionan los juicios morales actuales.

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