Acoso escolar: No olvidamos
El acoso escolar es transversal, por más que haya factores de riesgo, como tener gafas, pluma, sobrepeso o ser una nulidad en los deportes


Entré en la madrugada del jueves viendo el programa 59 segundos. Ya saben: eso de planchar a deshora necesita un poco de apoyo. Se tocaba el tema del acoso escolar. En la mesa, Vanesa Moreno, Bob Pop, Sergio Medialdea (el actor que fue el primo de Zumosol), Carlota Corredera, Carmen Cabestany (presidenta de No al Acoso Escolar, NACE) y el padre de Kira López, una niña a quien el acoso llevó al suicidio.
Conozco muy bien el tema del acoso escolar y, como Vanesa Romero, he estado en varios colegios huyendo del acoso. Se debate en la mesa si los acosadores se acuerdan (Bop Pop dice que no), si se disculpan (con Sergio Medialdea se disculpó uno, al parecer) o si vienen de familias desestructuradas. En la mesa, varios intentan contener las lágrimas. Así es el acoso. No se olvida jamás. Yo me acuerdo de vez en cuando de lo mío, y algunas veces de un niño que se llamaba Jokin Ceberio, que era solo ocho años menor que yo, y que se suicidó en septiembre de 2004.
El acoso es transversal, por más que haya factores de riesgo (como tener gafas, pluma, sobrepeso, ser una nulidad en los deportes). Hay acosadores gordos, de minorías étnicas y también homosexuales. Hay acosadores pijos y guapos, pero también pobres y feos. Hay acosadores de todo tipo, igual que hay acosados de todo tipo. Los que sienten algo parecido al arrepentimiento suelen usar frases como “yo era un poco cabroncete”, pero la mayoría no dicen nada. Es sorprendente la cantidad de acosadores que ahora trabajan en una ONG o de profesores de yoga. A veces me cruzo con algunos de ellos.
El factor común de las víctimas es la mansedumbre; siempre son (o hemos sido) gente que no se metía con nadie. Nunca se acosa al revoltoso. Y el factor común de los victimarios no es, como se dice a veces, ser inseguros o venir de familias desestructuradas. Lo segundo puede ser, pero poca gente hay con la autoestima de los acosadores. Yo les recuerdo disfrutar. Se reían y celebraban mis lágrimas, mi destrucción. Tenían 11, 12, 13 y hasta 17 años. Eran perfectamente conscientes de lo que hacían. Los míos y los de todos los que estaban en esa mesa junto a Gemma Nierga, y también los que acosaban a Kira y a Jokin, y a tantos otros que no llegaron a adultos; les robaron la vida unos años antes.
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