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Así es el pulso entre Twitter y Vox por la libertad de expresión y sus límites

La suspensión de la cuenta del partido en la red social traslada a España un conflicto frecuente en Estados Unidos

El portavoz Vox en el Congreso de los Diputados, Iván Espinosa de los Monteros; su secretario general, Javier Ortega Smith; el presidente de la formación, Santiago Abascal; y la secretaria general del Grupo Parlamentario, Macarena Olona; presentan en el Congreso una iniciativa parlamentaria.
El portavoz Vox en el Congreso de los Diputados, Iván Espinosa de los Monteros; su secretario general, Javier Ortega Smith; el presidente de la formación, Santiago Abascal; y la secretaria general del Grupo Parlamentario, Macarena Olona; presentan en el Congreso una iniciativa parlamentaria.

La cuenta de Vox en Twitter no puede tuitear desde el pasado martes. Twitter la ha suspendido porque cree que un tuit de Vox del pasado sábado incumplía sus políticas de "incitación al odio". La portavoz socialista Adriana Lastra escribió, en referencia a Vox, que "no soportan al colectivo LGBTI". Vox respondió: "Lo no soportamos es que (...) con el dinero público promováis la pederastia".

El partido alegó la suspensión porque no se referían al colectivo sino a un programa público concreto. Vox intercambió el pasado martes correos electrónicos con la encargada de Políticas Públicas de Twitter España, Camino Rojo. La decisión final fue elevada un equipo multidisciplinar que decide estos casos y que no pertenece solo a Twitter España.

Vox tiene dos alternativas borrar el tuit y seguir como si nada, o crear una cuenta nueva

La compañía rechazó la alegación y se mantuvo en su decisión inicial: o Vox borra el tuit o su cuenta oficial seguirá limitada, aunque accesible. Los usuarios de Twitter pueden ver los tuits anteriores de Vox y seguir la cuenta, que desde la noche del miércoles ha crecido unos 3.000 usuarios, hasta 389.000.

Los líderes del partido piden explicaciones públicas a Twitter. Pero en realidad tienen dos alternativas: borrar el tuit y seguir como si nada, o crear una cuenta nueva. El enroque de ambas posturas eleva en España una de las grandes guerras tecnológicas de los últimos años: la libertad de expresión. Es un fenómeno extremadamente complejo con montones de aristas, pero puede reducirse a una sola pregunta: ¿puede una red social decidir los límites de lo que se dice en su plataforma?

Hay una parte de la respuesta que es obvia: claro que sí. Hay decenas de miles de moderadores de contenido de YouTube, Facebook o Twitter que cada segundo toman exactamente esa decisión sobre millones de posts. Es un trabajo que obliga a ver imágenes terroríficas y que las plataformas subcontratan para no mancharse las manos. Los moderadores no son solo humanos, la inteligencia artificial detecta su parte de patrones y repeticiones.

A Facebook además le disgustan los desnudos, que Twitter permite. Ambas prohíben de raíz apologías de la violencia, pedofilia u otros delitos graves. Pero en seguida llegan los grises de los límites que chocan con la libertad de expresión. El perfil de la batalla entre Vox y Twitter es nuevo en España, pero Estados Unidos tiene una consistente tradición reciente de suspensión de cuentas por discurso de odio.

El conflicto español

Este es el conflicto que ha aterrizado en España: los conservadores lamentan que sus quejas, críticas o denuncias al pensamiento progre dominante son "censuradas" y los progresistas creen que las redes premian el contraste y el griterío porque enganchan más, pero están también obligadas a poner unos límites.

Así ha sido la estrategia de Vox: "Una actitud antidemocrática y anticonstitucional que nos fuerza a clasificarla como lo que es: CENSURA", escribía Santiago Abascal, líder del partido, precisamente en Twitter. Abascal luego compara el tuit bloqueado con otros de Pablo Iglesias e Izquierda Unida con otro tipo de discurso de odio.

En Estados Unidos, Facebook y Twitter han suprimido cuentas de figuras mediáticas conservadoras como el presentador de radio estadounidense Alex Jones, el periodista británico Milo Yiannopoulos o el actor James Woods, cuyas afirmaciones son mucho más excesivas que cualquier cosa que vemos en España. El caso de Woods es calcado al de Vox. Tuiteó en abril una oscura referencia al informe Muller y Trump: "Si intentas matar al rey, mejor no falles #ColgadlosATodos". Su cuenta de dos millones de seguidores está abandonada desde abril: "Mientras [el fundador de Twitter] Jack Dorsey sea el cobarde que es, mis días en Twitter están en el pasado", dijo Woods en un comunicado.

Los bloqueos a cuentas políticas han sido más esporádicos. El ejemplo máximo de tuitero que sobrevive diciendo lo que le da la gana es Donald Trump. En diciembre de 2017 retuiteó tres vídeos islamófobos. Twitter, primero, dijo que los dejaba porque eran "informativos". Luego corrigió y dijo que no violaban sus políticas.

Las redes sociales han ido tomando un decidido camino hacia más moderación de contenidos en los últimos años

Malabarismos

Si esto suena a malabarismos arbitrarios es porque lo son. Twitter no deja de decidir caso por caso sobre tuits que son denunciados por usuarios. Si los insultos son contra una persona o una organización, tiene más opciones de seguir que si son contra un colectivo vulnerable.

Las redes sociales han ido tomando un decidido camino hacia más moderación de contenidos en los últimos años. "Twitter tiene unas normas muy ambiguas que le permiten un cierto grado de arbitrariedad. ¿Qué es eso de una conversación saludable? El único límite debe de ser la ley", dice el abogado Borja Adsuara, que se define como "fundamentalista de la libertad de expresión".

Pero una red social no es igual que un medio de comunicación, responsable de lo que publica. Twitter podría dejar que se publicara todo menos lo que la ley impidiera en cada país. En sus orígenes Twitter se definía como "el ala por la libertad de expresión dentro del partido de la libertad expresión". Pero aquello se ha acabado. Twitter se ha encontrado con que el acoso y el odio pueden también limitar la libertad de expresión de quien lo recibe: "Si las personas experimentan abusos en Twitter, esto puede poner en peligro su capacidad para expresarse", dicen en sus reglas.

En Twitter se publican más de 500 millones de tuits al día. Es como si cada día se publicaran todos los artículos de la historia de The New York Times desde el siglo XIX. Es inabarcable. Hace un tiempo las redes principales decidieron que les convenía no ser estandartes de extremismo y desinformación, o al menos hacer ver que querían impedirlo.

"Creo que toda suspensión, tanto si es permanente como temporal, hace que cada uno piense sobre sus acciones y comportamientos", dijo Dorsey tras una de las sanciones a Alex Jones. Twitter avisa. Montones de cuentas que juegan al límite de la denuncia advierten en su bio de sus cuentas secundarias: "Si me cierran esta cuenta podéis seguirme en esta otra". Un simple mensaje a sus colegas les sirve para recuperar algunos cientos de seguidores. A los que tienen miles les conviene ir con más cuidado.

Los políticos de Vox siguen tuiteando sin parar, además de hablar por la tele y YouTube, Facebook o Instagram. Es difícil argumentar que su voz está anulada. Twitter les ha advertido una vez y si quieren quedarse sin su cuenta principal, allá ellos. Se hace difícil pensar que alguien en San Francisco está ahora preocupado porque una cuenta de unos españoles pudo pasarse de la raya. El aviso está dado.

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