Historias de la pandemia

Abuela, maestra y canguro ‘online’

EL PAÍS publica otras cinco cartas con los testimonios de los lectores en el proyecto ‘Historias de la pandemia’

Denís Galocha
Carmen Las Heras Cisneros
La Roca del Vallès (Barcelona) - 28 may 2020 - 22:30 UTC

EL PAÍS publica una selección de las historias personales enviadas por los lectores sobre la pandemia. Cientos han respondido con sus relatos y experiencias a la invitación de la redacción.

Hacer de canguro, de abuela y de maestra jubilada por videollamada es posible.

La segunda semana de confinamiento, era lunes 23 de marzo de 2020, mi hija me llama y me plantea un reto. Enseñar y entretener a mi nieta Martina durante dos horas, dos o tres días a la semana. Sus padres están en casa, como casi todos, tienen teletrabajo, pero necesitan un tiempo de alivio para concentrarse aún más.

El recurso es instalar el Hangouts en mi ordenador y conectarme con mi nieta.

Ella tiene cinco años y sabe desenvolverse en este mundo digital, siempre con control parental, claro. Yo creo que después de tantos años utilizando herramientas digitales en la escuela, conseguiré descargarme la aplicación. Lo hago y veo cómo funciona.

Son las cuatro de la tarde. Recibo una llamada, es Martina y la veo delante de la pantalla, tiene un cuaderno de hojas blancas, un lápiz y una goma en la mano. Me pregunta qué haremos y le digo que lo mejor es establecer un tiempo para hacer cálculo, otro para leer y escribir y otro para jugar, pero que ella elija por dónde quiere empezar cada día. Llegamos a dos acuerdos: ella decidirá por dónde empezar e iremos rotando los temas, y se preparará enigmas y algunos problemas matemáticos para plantearme a mí y elegirá el cuento para leer. También me explica que ha pintado en un papel grande un dibujo del arcoíris y su papá lo ha colgado en la barandilla del patio.

Los días van pasando, unos mejor que otros, hoy empezamos con cálculo mental, le encanta, le digo que he hecho un bizcocho y que entre el abuelo y yo nos hemos comido la mitad. Le pregunto qué parte queda del bizcocho y, que si no fuera porque yo me quedo en casa, sería para ella. Me responde que es un problema muy fácil y que le ponga problemas más difíciles. Será que no me acuerdo si esto de las mitades es adecuado para niños de cinco años o será que mi nieta es muy lista.

Bueno seguimos con nuestro plan, ahora toca escribir en su diario de confinamiento lo que hizo ayer, lo escribe con letra de palo que según me dice le resulta más fácil que con letra ligada, escribe la receta de galletas de chocolate que hizo con su madre por la tarde, necesita un poco de ayuda. La receta la escribe en catalán y la palabra “xocolate” la escribe chocolate, enseguida se da cuenta y rectifica. Y para acabar la sesión de hoy ya toca jugar. Me dice: “Abuela, necesitas un jarrón grande o un macetero grande”. Y me propone un reto. Se trata de parecer que estas dentro y sales del jarrón, para ello hay que situarse lejos y deslizarse de manera que no se vea como entras y sí como sales del jarrón. Ella lo hace muy bien, yo no tanto.

Y llega el día de Sant Jordi, el día más mágico y emotivo que celebrábamos en la escuela y lo recuerdo con un poco de nostalgia. Martina se conecta y la veo disfrazada de caballero, quiere representar la leyenda de Sant Jordi, ella será el caballero y yo la princesa, tiene proyectadas en la pared de su habitación imágenes de la leyenda con sombras chinas. La rosa la hicimos ayer con plastilina y la barnizamos, nos quedó muy bonita. Hoy no haremos matemáticas, leeremos en voz alta, vuelvo a recordar la escuela, ella un poema de Gloria Fuertes y yo un fragmento del Quadern Gris de Josep Pla referente a la gripe de 1918 y al cierre de la Universidad y, claro, se lo explico pues es pequeña, pero lo entiende. Le gusta mucho que le cuente historias del pasado, bueno que, en este caso casi son el presente.

Se despide enseguida, me dice que se van conectar con los papás de sus cuatro amigas y luego les dejarán un ratito a ellas cuatro, solas, para hablar, me dice.

Hoy es lunes 27 de abril, nos conectamos y lo primero que me explica es que ha salido de casa a dar un paseo con su padre, ella en bici. Está muy contenta, me explica que ha ido hasta el final del parque, y que hay un kilómetro de distancia desde su casa. No sabe de medidas, pero esto algún dia le servirá de referencia cuando haga equivalencias con unidades de longitud, ahora me viene al pensamiento que hace años un día pregunté a un alumno si sabía que era una hectárea y su respuesta fue que eran dos horas de tractor, su padre me confirmó que era el tiempo que se tardaba en labrar una hectárea. Y pienso que durante este confinamiento, la vida enseña, igual, lo que no se enseña en la escuela. También Martina es muy consciente de que un kilómetro es lo que dice la normativa y que la ha cumplido. Me enseña un pequeño texto que ha escrito para el ministro de Sanidad agradeciéndole que ya puede salir cada día a la calle.

Ya es 28 de abril, es martes. Hoy es el cumpleaños de Martina, cumple seis años. Ella acepta muy bien que es un cumpleaños diferente, está sola con sus padres y cuando nos conectamos para felicitarla me explica que cuando se ha levantado ha tenido que resolver un juego de pistas para encontrar sus regalos. Le digo que de dónde han salido los regalos si las tiendas están cerradas, ella se ríe y me dice abuela ya lo sabes: compra online. Le hemos regalado, entre todos, ropa, un lego, un libro de dinosaurios y dos juegos de mesa. Le encantan los juegos de mesa, en cuanto podamos vernos jugaremos al Monopoli y al Scrabble. Quedamos después de comer para soplar las velas. Yo en casa con el pastel, que le he hecho, y juntas soplamos las velas, ella sopla seis velitas y yo una con el número seis. Nos damos un beso muy fuerte y nos despedimos, va a jugar con sus padres al Monopoli.

En septiembre, si todo va bien, ya empieza primero de Primaria. No me preocupa nada que, por culpa de coronavirus, algunos aprendizajes escolares no los haya adquirido, ya lo hará. Lo que sí ha aprendido es a ser paciente, a respetar una rutina, unos horarios, a cocinar, a ayudar en las tareas domésticas, a controlar sus emociones, a emocionarse por cosas cotidianas, a compartir. Ha crecido como persona y ha crecido en valores. Y estoy contenta de ser canguro, abuela y maestra online.

Reflexiones de una maestra

Silvia Bueno Montavez / Córdoba

Como en el hundimiento del Titanic, cuando el barco iba a pique allí quedaban los músicos de la orquesta tocando hasta el final; así me he sentido a veces en este trayecto, sobre todo al principio, intentando mantener el equilibrio mío y de mis discentes y familias cuando el suelo que pisábamos se tambaleaba. Efectivamente, ni nuestra sociedad y en consecuencia tampoco nuestra comunidad educativa estaban preparadas para hacer frente a este momento histórico que nos ha arrebatado la libertad y la cotidianidad de nuestras vidas.

Un peso y estrés enorme para todos, madres, padres, abuelas, abuelos, maestras, maestros, niñas y niños. En mi caso cerca de 150 alumnos/as a los que atender telemáticamente, una tutoría y especialidad en una asignatura instrumental, inglés. Muchísimas horas frente al ordenador fuera del horario lectivo intentando llegar a todas las familias por igual y quitándole, con frecuencia, la prioridad a mi propia vida personal y familiar.

A pesar de todo ello, y teniendo en cuenta que esta forma de comunicación a través de una pantalla nos deshumaniza a todos y todas, desde mi perspectiva, estamos viviendo una situación única de aprendizaje en todos los sentidos. Y los niños/as también deben aprender de esta situación.

Por otro lado, estamos en un momento en el que nuestra profesión se dignifica más que nunca, se ha hecho visible la necesidad de nuestro quehacer diario en los centros y de la importante labor que desempeñamos dentro de nuestra sociedad.

Considero que hemos hecho un gran trabajo, compañeras y compañeros, y debemos estar orgullosos/as de la labor que estamos desempeñando sin prácticamente recursos (pues este confinamiento nos pilló a todos/as por sorpresa) más que los propios, la creatividad, la investigación realizada y compartida entre nosotros/as, el esfuerzo dedicado, la motivación y la empatía y resiliencia propias. Esta última palabra se la enseño cada curso a mi alumnado, hasta suelo pedirles que la busquen en el diccionario y copien su significado, pues considero que la capacidad de superar las circunstancias adversas es clave en la vida de una persona y, desde niños/as deben aprender y sentir que su papel dentro de su familia, su colegio y su entorno es importante y que juntos/as, con apoyo de la comunidad, se puede salir adelante.

En conclusión, este virus ha venido a darnos una gran lección a todos y todas, empezando por mí como docente, que he sido consciente tanto de mis limitaciones, las cuales intento día a día mejorar y solventar dentro de mis posibilidades, como de mis fortalezas. Así mismo, ahora más que nunca tomamos conciencia tanto de la importancia de las relaciones humanas en general como del necesario intercambio entre profesor-alumno en particular y que ninguna plataforma digital podrá sustituir jamás.

Eduardo ha cambiado

Elisa Almazán Blanco / Fuenlabrada de los Montes (Badajoz)

Sobre su armario, duermen doblados aquellos pantalones vaqueros que vestía en los días en los que en el colegio no tocaba realizar actividad física.

Hoy por hoy, su vestuario se limita a un bucle entre pijamas y chándals.

Incluso su pelo se ha transformado. La longitud del mismo, al tener que prescindir del servicio de peluquería durante casi dos meses, ha logrado dejarnos comprobar que tiene algunos rizos como los de su mamá. De nuevo, otro bucle.

Aquel 14 de marzo del 2020, a Eduardo comenzó a dolerle mucho la barriga. Cuando acudimos a un centro médico, su cara se transformó con gesto de incredulidad al comprobar cómo aquellos sanitarios lo atendían enfundados en trajes muy similares a los de cualquier astronauta.

Comenzó así su época de encierro. Primero tedio. Después apatía. Finalmente aceptación. Y de manera inequívoca, su nueva vida en un mundo online. Clases virtuales a determinadas horas, realización de ejercicios prácticos que debe (como el resto de sus compañeros y compañeras) enviar a una determinada hora al correo electrónico de un docente en formato JPG o PDF. Conversaciones a través de pantallas táctiles con familia y amigos/as. Todo en la distancia y a través de acercamiento tecnológico. De nuevo, Eduardo entra así en otro bucle. Despertar, desayunar y para continuar… volverse a conectar.

Una ducha rápida, un cepillado de dientes profundo, otro chándal limpio (que ya le queda algo pequeño) y colocar mediante sus dedos a sus nuevos e indomables rizos. Le gustaría acudir a sus entrenamientos de fútbol y enfundarse sus guantes de portero. Sabe que no puede ser y entonces cambia esa improbable opción por la de ver partidos de fútbol de otras temporadas en la televisión.

Le encantaría celebrar el cumpleaños de Ainara rodeado de todos/as sus compañeros/as y amigos/as. Degustar en dicha celebración sándwiches salados y dulces, beber refrescos cítricos, romper esa piñata y apresurarse a recoger del suelo las golosinas entre serpentinas. Por el contrario, Eduardo manda un mensaje escueto que dice “Felicidades Ainara” y lo acompaña de un emoticono con los ojos en forma de corazones. La respuesta a dicha felicitación no tarda en llegar. Otro emoticono que ahora lanza besos en forma del órgano vital que representa al amor.

Sobre su mesa de estudio, todavía permanece el diploma que hace dos semanas las fuerzas de seguridad de nuestra localidad le otorgaron reconociendo su buen comportamiento en el estado de confinamiento provocado por la covid-19. Le digo que lo enmarcaremos y así se convertirá en un cuadro que decorará su habitación. Eduardo me mira de reojo y no sonríe. Estoy convencida que piensa: ”¿ Para qué enmarcar un recuerdo que quiero olvidar?”

Este año será su último año escolar en la etapa de Primaria. Abandonará el cole donde ha crecido académicadamente. Se graduaría junto a sus compañeros y compañeras… pero no. Ante la imposibilidad de celebrar el acto más solemne de cualquier escuela, las maestras han pedido una foto de todos y cada uno de ellos/as para elaborar una orla. De nuevo, vuelta al mundo virtual. Foto que enviar. Bucle que, de nuevo, lo vuelve a visitar.

Con una camisa blanca sobre pared blanca, Eduardo posa con sonrisa forzada. Compruebo además que, ante la falta de vitamina D, su piel ha adquirido el mismo color que su camisa y la pared sobre la que posa. Hace dos semanas, en su primer paseo con mamá (ataviados con mascarillas como nuevos acompañantes), Eduardo no emitió palabra alguna. Andaba…sin más. Observaba a las ovejas pastar, a las nuevas flores que había traído la primavera y entonces me preguntó:

-“¿Cuándo podré ver a todos mis amigos/as?

-Cuando llegue no la normalidad a la que estamos acostumbrados, Eduardo, sino la nueva normalidad.


Mis padres se han ido. El coronavirus se los ha llevado

Inés Ramos Pérez / Rivas-Vaciamadrid (Madrid)

Mis padres eran residentes en Madrid. Enfermaron a mediados de marzo, poco después del comienzo de la cuarentena, con fiebre alta y dolor de garganta. Fueron tres veces al médico, pero les dijeron que solo era faringitis y que no había nada de qué preocuparse. Les recetaron paracetamol y les dijeron que se quedaran en casa.

Ni yo ni nadie más de la familia estábamos preparados para lo que estaba a punto de ocurrir. Parecía que no era nada importante. La última vez que hablé con mi madre me dijo que se encontraba un poco mejor y que le había bajado la fiebre. Treinta horas después, a las 6 de la mañana del 28 de marzo, cuando mi padre la despertó para que se tomara las medicinas, mi madre murió en la cama, a la edad de 67 años.

Mi padre llamó a la policía y a una ambulancia. Cuando llegaron los sanitarios, les diagnosticaron a los dos de coronavirus. El cuerpo de mi madre se quedó solo en el piso durante 24 horas, debido al retraso que llevaban las funerarias por el alto volumen de fallecidos. No se la llevaron hasta el día siguiente.

Mientras tanto, mi padre fue trasladado al hospital, desde donde llamó a su hermana (mi tía) y le contó lo que había pasado. Yo no recibí la noticia hasta muchas horas después, ya que vivo en el extranjero a siete horas de distancia y cuando pasó todo yo estaba durmiendo. Cuando me desperté esa mañana vi un montón de llamadas perdidas de mi tía y supe que algo malo había pasado. Fue lo más duro que he vivido en mi vida.

Mi padre pasó cuatro días en el hospital, conectado a un respirador. Nadie de mi familia pudo ir a verle debido a las estrictas medidas de seguridad. Mi padre había visto morir a su mujer delante de sus ojos y se pasó cuatro días solo en el hospital, sin móvil y sin contacto con nadie de la familia. Solo yo fui capaz de hablar con él tres veces a través del fijo del hospital. Pero él apenas podía hablar debido al respirador y estaba muy, muy deprimido. No paraba de llorar como un niño. Escucharle en esas circunstancias fue una experiencia desgarradora.

Mi padre murió el 1 de abril, tan solo cuatro días después de mi madre, a la edad de 72 años. La doctora que lo atendió, y que me llamó para darme la noticia, me dijo que había perdido las ganas de vivir. Mis padres eran inseparables y, así como habían pasado toda su vida juntos, decidieron irse también juntos.

Mi ADN se ha quedado solo. Mis abuelos han muerto, mis padres también, y no tengo hermanos ni hermanas. Aparte de mi marido, los familiares más cercanos que me quedan son mis tíos y primos.

Debido a la cuarentena y al cierre de fronteras, no podré viajar a España por varios meses. Cuando vaya, me uniré a mis tíos y primos en un pequeño funeral para enterrar las cenizas de mis padres. Pero por ahora, no puedo hacer nada más que esperar. Aparte del duelo en sí, lo peor de todo es la incertidumbre. Espero que el poder ver sus cosas y sus recuerdos después de tantos meses de espera me ayude a procesar mejor su pérdida y a seguir adelante.

La última vez que pude abrazar a mis padres fue en octubre de 2018. El año pasado no pude viajar a España por problemas económicos. Estaba deseando ir a verles este año. Pero ya no podrá ser. El coronavirus se los ha llevado.

El canto de la ballena

Daniel Herrera / Long Beach (California USA)

Vivimos desde hace unos años en un caserón más viejo que antiguo en la parte más alta de Belmont Heights, donde el barrio, gracias a la mancha feorra de nuestra casa, deja de ser pijo.

Nosotros ocupamos el piso de abajo y tenemos vecinos arriba, con los que compartimos el patio trasero. Al principio las vecinas eran cuatro muchachas estudiantes muy majas y respetuosas. Ellas cuidaban el jardín común con cariño e instalaron unas lucecitas de hada que todavía hoy funcionan con luz solar. Un año después, vino un grupo de mujeres camboyanas, también encantadoras. Solían delatar su presencia por los golpes de la escoba en la escalera común y alguna que otra fiesta. Por fin, hace cosa de un año, llegó el grupo polémico: todos hombres y casi todos estudiantes: uno de Utah, otro macedonio y un saudí. A ellos se unió Peter, un tipo de lo más raro que recuerda demasiado a Norman Bates y, por fin, la Ballena, un tipo grandote pero no muy alto, de barba olvidada, pinchuda y de ese color indefinible en los muy rubios invadidos por las canas; los ojos, azules, pequeños y resacosos, que parecen querer esconderse entre los pliegos del ceño hinchado y la sombra de la gorra calada hasta abajo. Su atuendo es el típico de los que por aquí se negaron a crecer: camiseta enorme, pantalón corto de baloncesto que llega por debajo de las rodillas y calcetines blancos encajados en chanclas de arco. Frisará su edad los 50 años.

Lo de ballena no es para nada despectivo, lo que pasa es que está instalado justo encima de nuestro dormitorio y sus ronquidos de bebedor de docena de cervezas diaria (a juzgar por lo que veo en la basura) se oyen nítidamente por las noches. Para hacer soportable la trágica situación, empezamos a pensar que no era un hombre, sino un adorable cetáceo el que prorrumpía en medio de nuestro lienzo sonoro de la noche con su misterioso canto. Una vez empezamos a pensar así, sentimos que podía hasta arrullarnos. Qué remedio. No es por esto que decidimos mudarnos, quede dicho.

El conflicto llegó un día, poco antes del inicio de la pandemia, que me lo crucé por la calle y vi que la gorra que llevaba era la típica roja de los seguidores de Donald Trump, con el lema Make America Great Again. Me quedé lívido. Nosotros somos muy evidentemente inmigrantes; hablamos en español todo el día con mi hijo en el jardín; somos profesores de español los dos, etc. Para nosotros, que ya hemos sufrido incluso delitos de odio (y eso que esto es California) saber que el vecino de arriba es fan de Trump nos coloca en la esfera directa de su desprecio y, con un niño pequeño, lo que la imaginación puede llegar a maquinar da mucho miedo. Desde ese día, empezó a ser más difícil llevar a cabo el truco de la ballena. Teníamos a un fan de Trump, quizá armado, tres metros por encima de nosotros durante toda la noche. La ballena, de pronto, se nos hacía tiburón, y los tiburones, que yo sepa, no cantan.

El caso es que hace un par se semanas él bajó las escaleras traseras que dan al jardín y me lo encontré de frente, algo que no había pasado nunca. Yo estaba jugando con mi hijo y me preocupaba, para empezar, que ni el tipo ni nosotros llevábamos mascarilla. Entonces, me dijo algo totalmente inesperado: “Do you guys like avocados?” (que si nos gustaban los aguacates). Creo que fingí bien cierta naturalidad: “Oh yeah! Avocados are always welcome! That’d be awesome! Thank you, man!” (que claro que sí, que de puta madre). Luego me dijo algo de un árbol que tiene su familia y del excedente que justificaba su gesto. Al día siguiente, encontramos una bolsa de papel llena de aguacates y limones en la puerta de casa. Unos aguacates enormes, excelentes, y unos limones que siempre vienen bien en una casa medio mexicana como la mía.

Lo desinfectamos todo y pasaron unos días hasta que, haciendo cajas para la mudanza, encontré una tarjetita de esas de agradecimiento que en Estados Unidos forman parte esencial de las relaciones sociales. Muy sencillita: color sepia elegante, un marco y un simple “Thank you” escrito en el centro. La rellené con una frase obvia y la dejé pegada con cinta adhesiva a un frasco grande de minestrone, que es lo más digno que encontré en casa para devolverle el gesto. Como no conozco el nombre del tipo, para que se supiera quién era su destinatario pensé en poner “For the Trump supporter”, pero puse “For our neighbour who very kindly gave us avocados” (para el vecino que nos dio aguacates muy amablemente).

Dudo que el minestrone tenga la culpa, pero el caso es que la cosa se complicó aún más ayer cuando, en plena noche, a punto de conciliar el sueño con el canto de la ballena, el ronquido cesó de pronto para dar paso a un lamento largo y profundo, íntimo y brutal, de esos de querer que se acabe todo, pensé. Me conmovió muchísimo, y me llené de una íntima compasión que me hizo llorar a mí también, hasta quedar dormido. Espero encontrar una ocasión antes de irnos y, por lo menos, preguntarle su nombre: presentarnos con o sin máscaras, sin darnos la mano.

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