No es buena idea dejar la cáscara del plátano en la montaña

Las salidas al monte, pasar una noche al raso en la sierra o las más asequibles excursiones de día generan residuos que hay que tratar de manera adecuada

Carmen Vega y sus amigos se preparan para pasar la noche al raso en la sierra de Guadarrama (Madrid).
Carmen Vega y sus amigos se preparan para pasar la noche al raso en la sierra de Guadarrama (Madrid).

Es buen momento para pernoctar al raso en la montaña. Lo es por ser verano y por ser este verano tan raro, un respiro entre una primavera de encierro y lo que sea que tenga que venir. Esta práctica de echarse a dormir al aire libre tras una ruta de montaña se llama vivaquear y uno de los lugares en los que se permite hacerla es el Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama (Madrid). Si bien su web recomienda hospedarse en “refugios de montaña con guarda”, autoriza el vivac como alternativa a la acampada libre, prohibida porque “facilita la proliferación de basuras y la degradación de los ecosistemas naturales”.

Aún siendo un plan permitido, en cualquier salida a la montaña se generan residuos que hay que tratar de manera adecuada por ley y por responsabilidad cívica. Residuos como la piel o la cáscara de la fruta, que llevan novatos y expertos, o los geles energéticos para los cuasiprofesionales que emprenden rutas de dificultad alta. A continuación se detallan cuatro planes al aire libre y la basura que se origina según la exigencia y el tipo de actividad. Sobra decir que no hay que abandonar la basura en la naturaleza para no crear basuraleza y sobraría decir que estos residuos se deben guardar y depositar en el contenedor adecuado en el pueblo o refugio más cercano.


Plan: Hacer vivac en la sierra de Guadarrama (Madrid)

Dificultad: Media-alta

Perfil: Tiene varios sacos de dormir con diferentes especificaciones para adaptarse a todas las situaciones

Carmen Vega recomienda vivaquear al menos una vez en la vida. Su ascenso en la zona de la Pedriza o del monte Abantos comienza hacia las 6 de la tarde para contemplar desde arriba el atardecer. “Te guías por las horas de luz. Cuando se hace de noche, sobre las 10 u 11, te duermes”, explica. Vega lleva una esterilla y un saco para combatir los 12 o 15 grados que hace a 1.700 metros en la sierra de Guadarrama en una noche de verano. “Es muy incómodo. Duermes poco y en cuanto amanece te despiertas. A veces se acerca un zorro y te sobresaltas. Pero es muy bonito”, asegura esta madrileña de 26 años.

Vega lleva frutos secos como principal alimento para el camino. Trata de comprarlos a granel, pero en ocasiones recurre a paquetes de plástico del supermercado. Es este último caso guarda la bolsa en la mochila y la deposita en un contenedor amarillo de vuelta en su casa de Alpedrete (Madrid). “Siempre llevo fruta por si me da una bajada de azúcar”, añade esta diseñadora, que alterna fiestas de música electrónica con salidas a la montaña. A pesar de que la piel, la cáscara o el hueso de una manzana son biodegradables, no se deben abandonar en la montaña porque es basura y, como tal, hay que recogerla. Otra de las razones es el desequilibrio que producen en el ecosistema. Suponen alimento para animales dispuestos a comer de todo como los zorros, a diferencia de otros como los linces, que no cambian de hábitos. Si se abandona comida se favorece a los primeros. El zorro aumentará en este caso su presencia y tendrá una ventaja competitiva.

El desayuno de Vega en la montaña no dista mucho del de un niño: galletas, a veces incluso un bollo y una bebida chocolateada. “Todos llevamos una bolsa de plástico en la que guardamos los envases para depositarlos en el contenedor correcto a la vuelta”, afirma. El aluminio que sella los envases de bebidas y que sirve como precinto de garantía va al cubo amarillo de la misma manera que la botella, la etiqueta y el tapón. Los pañuelos desechables para limpiarse en el monte ante una necesidad se depositan en el contenedor de la fracción resto, no van al azul.


Plan: Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido (Huesca)

Dificultad: Alta

Perfil: Tiene aspecto de montañero hasta cuando está en la oficina

Se percibe que Nacho Sainz es un montañero experimentado desde el primer momento. Avisa a través de una detallada nota de voz de que la ruta que hizo con su amigo David en el Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido (Huesca) no era habitual. Partieron en autobús desde el municipio de Torla hasta la pradera de Ordesa, donde comienza la ascensión hasta dos tresmiles. Sainz relata de carrerilla los lugares que atravesaron: “Tozal del Mallo, clavijas de Carriata, faja de las Flores y el refugio Goriz, donde hicimos noche”.

Este madrileño de 28 años acostumbra a llevar frutos secos, fruta, lomo y otros loncheados. Los envases de plástico en los que se conserva el embutido se depositan en el contenedor amarillo. Sainz resume el proceso de reciclaje en la alta montaña: “Tú te encargas de guardar y gestionar tu basura y los refugios habilitan contenedores”. Los clásicos mapas doblados para orientarse en la montaña se pueden reutilizar o reciclar en el contenedor azul. Los ciudadanos depositaron una media de 19,4 kilos de papel y cartón en 2019, un 7,1% más que hace un año, según Ecoembes.

La ruta les llevó al día siguiente ya por el lago Helado, la escupidera de Monte Perdido, de vuelta al lago Helado y ascensión a la escupidera del Cilindro de Marmoré (3.325 metros). “Hay un tramo chiquitito de escalada. Como un tercer o un cuarto piso. Diez metros, no será más”, dice con tranquilidad. Coronaron y regresaron al lago Helado y de ahí al refugio Goriz otra vez. “Ahí empiezas a bajar hacia la Cola de Caballo, que ya sería el cañón de Ordesa, las gradas de Suaso, el bosque de hayas y de vuelta a la pradera de Ordesa”, termina.


Plan: Subir a la Mola, en el Parque Natural de Sant Llorenç del Munt i l’Obac (Barcelona)

Dificultad: Moderada

Perfil: Viste ropa de montaña de gama media y accesorios técnicos

La catalana Estel Vila parte en coche desde su casa de Sant Llorenç Savall (Barcelona) y conduce hasta Talamanca. Desde ahí comienza su ascensión a la Mola, una cima de 1.104 metros gobernada por el monasterio románico del siglo XI de Sant Llorenç del Munt. La ruta de dificultad media que realiza con asiduidad le lleva unas dos horas de subida y otras tantas de bajada. Golosa y precavida, acostumbra a llevar unas barritas de cereales. El envoltorio de plástico lo guarda en la mochila y lo deposita con diligencia en el contenedor amarillo al llegar a su casa.

Hasta hace no mucho se mostraba un tanto descuidada, pero su pareja ha llevado a cabo una buena labor de instrucción sobre el reciclaje en el confinamiento: 2,5 millones de ciudadanos han empezado a separar residuos que antes no reciclaban en los meses de encierro, según el estudio La sostenibilidad, el compromiso medioambiental y el reciclaje tras la covid-19, realizado por Focus para Ecoembes.

Vila continúa con la descripción del plan. “Voy ligera, llevo agua y crema solar. Si subo con amigos y planeamos comer, reservamos en el restaurante que hay arriba”. Una parte del antiguo monasterio acoge un establecimiento que sirve una gran selección de butifarras, verduras y carnes a la brasa. Todo el género de la carta sube a lomos de una recua de mulas. Ningún vehículo motorizado ni bicicletas pueden acceder por las empinadas rampas.


Plan: Excursión al Piélago (Toledo)

Dificultad: Baja

Perfil: Ante la falta de atuendo apropiado se viste como si fuera a una carrera popular

El talaverano Miguel Corrales convenció a algún que otro colega más bien de ciudad la Navidad pasada para subir una pequeña cima en el Piélago, una zona de castaños en la sierra de San icente (noroeste de Toledo). Corri, como le conocen sus amigos para diferenciarle de otro Miguel que hay en la panda, domina esta zona rural de 1.300 metros de altitud por la de veces que ha ido con la bicicleta. “Si desde la explanada del Piélago tomas la vertiente del Real de San Vicente llegas a un castillo en ruinas desde donde se ve Hinojosa”, explica con esa suficiencia que muestran los afortunados de tener buena orientación. Una bolsa de patatas, unas aceitunas y unas bebidas sirvieron como avituallamiento. Tanto el envase de plástico como las latas se depositan en el contenedor amarillo.

“La ruta estrella es subir a las antenas (unos repetidores de televisión y radio), desde donde se divisa la otra zona del Piélago que ya pertenece a Ávila”, detalla para situar al lector que decida animarse a ir desde Madrid o desde cualquier ciudad recalentada de Toledo –tres o cuatro grados menos asegura Corri que hace en la zona–. En cualquier caso resultan salidas fáciles de realizar en todas las época del año y que se completan en apenas un par de horas.

Otro plan diferente y todavía más sencillo consiste en ir a pasar el día a una zona recreativa con bancos, columpios, parrillas y todo lo esperable para ir con niños. Corri habla ya de llevarse una nevera con latas de bebida, bocadillos, incluso unas tiras de panceta para hacer a la brasa. “Aunque haya grandes papeleras o contenedores de reciclaje a mí me gusta llevarme la basura de vuelta a casa”, explica este trabajador de una fábrica de cerámicas industriales en Castellón. “Si todo el mundo tirara los desechos en esos contenedores, se llenarían. No me gusta ver basura acumulada”, asegura este ciclista de facciones recortadas por el viento. El papel de aluminio que envuelve los bocatas se ha de depositar en el contenedor amarillo de la misma manera que las latas de bebidas y las bandejas de plástico blanco de la carne.

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