El día en el que acunamos a Dolores Vázquez
Sigue esperando a que le pidan perdón. Las instituciones, la prensa, la gente de la calle. Esos que espera que puedan entender hoy que era y es inocente


Resulta algo inquietante la figura del círculo. Puede servir para rodear a alguien y centrar los aplausos en quien se queda en el centro. Pero a veces, también, se hace con el objetivo de dirigir ahí mismo la broma, la burla, el insulto. Y a veces, demasiadas veces, los golpes. Los minutos en los que cámaras y periodistas hemos esperado a Dolores Vázquez tenían algo de todo esto. Esperando a la pieza del día, la presa de entonces que es hoy la homenajeada en el Día Internacional de la Visibilidad Lésbica, para hacer un círculo a su alrededor. Todos en sus puestos con los móviles listos, comprobando que los micrófonos funcionan, los nervios de siempre, un día más en la oficina que era esta mañana de lunes la sede del Ministerio de Igualdad. De repente, se hizo el silencio. Y después se escuchó una voz procedente del pasillo diciendo: “Gracias, gracias”.
Vázquez apareció serena, la calma después del caos, los nervios guardaditos en un bolsillo del pantalón. Ha tenido mucho tiempo para pensar en lo que iba a decir delante de un enjambre de micrófonos y teléfonos que le escoltaban el óvalo facial. Así durante casi doce minutos y medio.
Con las manos entrelazadas a veces, acariciando sus anillos, ha recordado que han pasado casi 26 años desde aquel asesinato, el de Rocío Wanninkhof, y su posterior detención. Los meses en prisión, un lugar que destierra hasta tal punto que prefiere no pronunciar su nombre. “Me siento una persona distinta, sin olvidar, pero lo llevo mejor. Pasé un calvario, está ahí, y puedo usar palabras que antes no podía utilizar. Espero que sea un día hermoso, lindo”, dijo muy seguido, pausando para cada coma, con la sonrisa leve y el pelo de colores, por si alguien dudaba de que la vergüenza, en su caso, ya nos la ha lanzado al resto de bandos que nos encargamos de juzgarla.
“Espero que sea una medalla bonita. Me la merezco, ¿no?”, pronunció mirando a uno y otro lado, esperando la confirmación. Hubo un tímido sí por respuesta, y continuó con lo que quería decir y recordar. Dos sonidos que aún, cuando resuenan, le impiden conciliar el sueño.
El primero es el de un cerrojo, “ya sabéis de dónde”. Salidas y entradas y ese cerrojo abriendo y cerrando, un juicio en el que se sintió “como un monito de feria”. El diminutivo para aligerar lo que aún pesa. El segundo es el de los flashes de las cámaras. Mientras lo decía, volvían a sonar, casi al unísono. “Con el documental he perdido un poco de ese miedo. Soy más abierta, soy yo misma, porque serlo es muy importante”, añadió. Más flashes. Esos días, los del juicio, aparte del ruido de las cámaras, se escuchaban voces. Esas que la llamaban “guarra” antes que “asesina”.
En todo este tiempo en España han pasado y cambiado muchas cosas, pero otras permanecen casi inalterables. Dolores Vázquez sigue esperando a que le pidan perdón. Las instituciones, la prensa, la gente de la calle. Esos que espera que puedan entender hoy que era y es inocente. Como lo entendieron y supieron la familia y amigos que la sostuvieron durante ese tiempo, cuando llegaba a casa después de ir al psicólogo y al psiquiatra y se ponía a acunarse a sí misma.
“Durante tres años no he visto la televisión, no podía salir a la calle, ni siquiera ir a las citas con el INEM a firmar”, contó. Le quedaban, cree recordar, apenas dos años y dos meses para poder jubilarse. No tiene pensión, por tanto, sí una ayuda, por eso espera que eso también se le repare. “Claro que espero que me indemnicen, algo que me permita mejorar mi calidad de vida. He estado muy malita, pero ya estoy mejor, y es algo que no depende de mí. Es verdad que no me han compensado, pero es el Gobierno el que tiene que decidir. Con buena fe es posible, ¿no creéis?”, dijo. Esta vez fue el silencio como respuesta. Y de nuevo los flashes de las cámaras. Dice que ha aprendido a vivir y a querer, y que hubo un día en el que comprendió que estar enfadada con el mundo le impedía ser ella. La gratitud frente al rencor. Se fue por donde había venido para que comenzara el homenaje. Hoy han sido otros los que la han acunado.


























































