La crisis del coronavirus
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

La mascarilla y la fe

Desde hace ya bastante tiempo, para volver a 2019 solo hace falta entrar en un bar. Ahí dentro es lo mismo de siempre

Clientes aguardan turno este martes en un centro comercial de Madrid.
Clientes aguardan turno este martes en un centro comercial de Madrid.JUAN BARBOSA

Uno de los dependientes de la charcutería del supermercado de la esquina dice que no piensa quitársela, aunque esté permitido. Que no le importa trabajar con mascarilla porque es más seguro. Su compañera anuncia, algo decepcionada: “Que no, que aquí la empresa nos obliga a llevarla todavía”. “Bueno, pues eso, mejor así”. Y entonces ella se anima: “Pues sí, mejor, así los jefes no se enteran de las burradas que digo”.

En el colegio de mi hija, ya no tomarán la temperatura al entrar. Tampoco habrá que guardar cuarentena tras los contagios y los niños y las niñas de diferentes cursos podrán mezclarse en el recreo. Continuarán, quizá, entrando de forma escalonada, como en una coreografía militar. ¿Alguien puede imaginarse todas esas hileras de pupitres, con las caras sonrientes, al descubierto, manchadas de tiza?

A lo largo de estos dos años, le he dicho a mi hija muchas veces que se quite la mascarilla. Quítate la mascarilla, hija, que estamos en la calle. Quítatela, que no hay nadie, y así respiras. Quítate la mascarilla, que aquí no pasa nada. Quítate la mascarilla, hija, que ya estamos en casa. Nunca he tenido que reprenderla por no llevarla. Una mañana salimos de casa, nos montamos en el autobús y no fue hasta la mitad del trayecto hacia la escuela que nos dimos cuenta de que se le había olvidado ponérsela. Se tapó la cara con las manos y se subió el jersey hasta la nariz; recuerdo sus ojos desorbitados, entre el pánico y la risa nerviosa, como si hubiera salido a la calle desnuda. No pasó nada. Llevábamos una de repuesto en la mochila.

Fue el uso de la mascarilla y ninguna otra cosa, ni el gel, ni la toma de temperatura, ni las entradas escalonadas como en una coreografía militar, ni las vacunas que aún no existían, lo que les permitió a mi hija y a otros miles de niños y niñas volver a las clases en aquel septiembre de 2020. Y volver al colegio, tras los aciagos meses de encierro, era algo que mi hija deseaba y necesitaba de forma urgente. Estar con sus amigas y sus amigos, tocarlos, mirarles a los ojos, hablar y reír. Regresar a la vida.

El miedo es una fe de las que mueven montañas

Jamás se ha quejado por tener que llevarla. Ha sido obediente, ha confiado. Siete horas diarias de clase con mascarilla. Una hora y media de correr por el parque, de subir a los árboles, de jugar al fútbol, con mascarilla. Clases de teatro, de inglés, de acrobacias, con mascarilla. Ayer me dijo, mientras se lavaba las manos al volver a casa: “Yo no me la quitaré aún en el colegio, aunque me dejen. Solo cerca de mis mejores amigos, y en una esquina. El virus sigue existiendo”. Yo le explico que ya no es lo mismo, que casi toda la población está vacunada, que el virus no hace tanto daño. Pero no la arranco de su convicción. El miedo es una fe de las que mueven montañas. La miro enjuagarse el jabón bajo el grifo y pienso en los abuelos y las abuelas que me encuentro en los parques, por la mañana, sentados en un banco bajo un platanero, solos, sin nadie alrededor, con su mascarilla quirúrgica tapándoles la cara, todavía, por si acaso.

Al principio, pensé que jamás nos acostumbraríamos. Las calles desiertas y los cubrebocas son síntomas inequívocos de distopía. Más tarde, creí que nunca saldríamos de esta. Y hoy, mira por dónde, es un día importante. Aunque desde hace ya bastante tiempo, para volver a 2019 solo hace falta entrar en un bar. Ahí dentro es lo mismo de siempre. Labios, risas, dientes, tragos, lenguas y silbidos. Como en 2019, pero sin inocencia.

Lara Moreno es escritora. En 2020 publicó el ensayo Deshabitar (Destino).

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