La crisis del coronavirus

“Si no nos mata el virus, lo hará la tristeza”

La suspensión de viajes y reuniones sociales agrava el aislamiento de las personas mayores, el 20% de la población

José Luis, el viernes en la cafetería de la asociación de jubilados de la calle Idiakez, en San Sebastián.
José Luis, el viernes en la cafetería de la asociación de jubilados de la calle Idiakez, en San Sebastián.Javier Hernández /

María Yéboles se quedó viuda a los 57 años. Ahora tiene 89 y sigue luchando. Entonces era por su pensión de viudedad —"me encontré a Javier Arenas en un restaurante cuando era ministro de Trabajo y tuvimos una discusión"— y ahora pelea para que las mujeres de su edad no se queden en casa solas, aisladas, acobardadas por el virus, enfermas de tristeza.

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“Hace unos días, a medianoche, me llamó una amiga”, cuenta la presidenta de la asociación de viudas de Zamora, “y me dijo: ‘María, tengo mucho miedo, me siento muy mal, llevo tres meses sin pisar la calle’. Me contó que su hija no la dejaba salir por temor a que se contagiara. Así que llamé por teléfono a la hija y le dije: ‘O mañana sacas a tu madre a dar un paseo o la saco yo’. Hombre, ya está bien. Yo sé que lo hacen para protegernos, pero se equivocan. Somos mayores, no tontas”.

María y sus amigas forman parte de un colectivo muy grande. De los 47 millones de españoles, casi el 20%, es decir, unos nueve millones, tienen más de 65 años. De ellos, más de dos millones viven solos. Y de los que viven solos, el 72% son mujeres. El azote del virus y las medidas de confinamiento están destruyendo también el mundo que, con más ganas de vivir que achaques, se habían construido para cuando las responsabilidades quedasen atrás.

Hay quienes, como Guillermo García, un ex guardia civil de La Palma del Condado (Huelva), se lo toman con filosofía: “Yo tengo ya 87 años y me hacía hasta cinco viajes al año con el Imserso, pero ahora los han suspendido y estoy aparcado. Prácticamente solo voy de mi casa a la plaza, me tomo un café con un amigo y me vuelvo para atrás. Ya no se sale con esa alegría que se salía antes, sales pero no sales, sales cohibido”.

Hay quien ni a la plaza va. Para Ena Velasco, de 70 años, el mundo se ha vuelto cuesta arriba. “A las personas mayores”, explica desde su casa en el barrio madrileño de La Ventilla, “el confinamiento obligatorio nos dejó traumatizadas. Una persona joven puede decir: esto pasará. Pero nosotros no. Nos están amargando el final de nuestra vida. Es así como me siento, amargada. Yo iba a dos centros culturales, pero ahora están cerrados. Te dicen que sigamos en contacto por Internet, pero no saben si tienes ordenador, o si te alcanza para pagar la cuota de conexión. Todo está hecho para los jóvenes. Ellos están acostumbrados a lo virtual, pero nosotros necesitamos tocar, palpar, ver al profesor, a los nietos, al médico... Y ya ni los médicos te atienden, también ellos están confinados, como protegiéndose, con miedo. Llamas al ambulatorio y no te cogen el teléfono, y cuando te lo cogen, te dan cita para una consulta telefónica para varios meses después, aunque le digas que tienes depresión y piensas cosas horribles. Hasta ahora me sentía joven, ya no. Si no nos mata el virus, lo hará la tristeza”.

Cristina Martín pertenece al grupo cooperativo Tangente, que trata de dar consuelo a mujeres como Ena Velasco, ayudarlas a combatir la soledad no deseada, tejer redes de afecto en los barrios de Madrid. “En los últimos meses”, explica, “el cierre de los centros de mayores y de los centros culturales ha agravado muchísimo la situación de aislamiento y soledad. La pérdida de contacto social y con los familiares es muy grande y eso ha derivado en muchos casos en un agravamiento de la salud. Al tratarse además de población de riesgo, la angustia y el miedo se traducen en estrés, ansiedad, trastornos de sueño...”.

Maite del Campo tiene 66 años y vive en San Sebastián. Josefina, su madre, tiene 89 y reside en Zamora. En los meses del confinamiento absoluto, madre e hija quedaban a una hora fija para hablar por teléfono mientras paseaban por el pasillo de sus casas respectivas. “Se le ocurrió a ella”, recuerda Maite, “y la verdad es que fue una buena idea. Mi madre tiene mucho miedo a quedarse quieta. Sabe que a esa edad es muy difícil recuperar la movilidad que pierda”. Madre e hija son un buen ejemplo de un fenómeno cada vez más frecuente debido al aumento de la esperanza de vida. “Las dos estamos jubiladas”, explica Maite, “pero esos 23 años que nos separan se agigantan debido a la brecha digital. Nosotros tenemos acceso a cosas que ellos ni se imaginan, y a mí me da un cierto miedo que eso mismo nos pase a nosotros dentro de unos años. Un ejemplo son los bancos. Yo ya he visto cómo dos personas delante de mí se tuvieron que marchar de una sucursal sin hacer una gestión porque no entendían la tecnología... Y, durante el confinamiento, los que hemos tenido acceso a la tecnología hemos podido seguir viéndonos. La generación de mi madre, solo por teléfono”.

Rafael Villafranca trabajó toda su vida de profesor y ahora es presidente del club de jubilados de Cascante, en la Ribera de Navarra. Durante los últimos años su preocupación ha consistido en “sacar a la gente de casa”, que los jubilados siempre tuvieran algo que hacer. “Los martes y los viernes”, explica, “teníamos bingo en el club de jubilados. Siempre acudían 60 o 70 personas, las mujeres arregladas para la ocasión. Luego estaban los viajes del Imserso, y también los de un día que organizábamos por nuestra cuenta. El último fue en marzo a la basílica de Javier, ahora ya nada”.

La preocupación actual de Rafael Villafranca es otra: “Hay miedo, bastante miedo entre la gente mayor. Me consta que hay hijos que quieren que sus padres salgan a la calle y ellos no quieren. Y estoy muy preocupado porque me parece que revertir la situación va a costar mucho. No se van a atrever fácilmente a volver a la vida anterior. Nos van a hacer falta dos o tres años, y a estas edades eso es mucho tiempo”. Y luego está lo que más duele:

—La última vez que abracé a mis nietos fue por carnavales...

El viernes por la tarde, en la asociación de jubilados de la calle Idiakez, en el centro de San Sebastián, solo hay una mesa ocupada. José Luis, de 84 años, relojero jubilado, cumple con precisión su ritual de todas las tardes desde que el virus cambió las ciudades y los rostros. “Después de comer en casa con mi mujer y mi hija”, detalla, “vengo aquí, me pido un cortadito, veo la serie y sobre las seis y pico vuelvo a casa. Antes salía a andar con los amigos, pero ya los amigos no van y lo único que hago es esto”.

La nueva normalidad es un hombre de 84 años solo, en medio de un bar desangelado, mirando un televisor colgado en la pared desde detrás de una mascarilla, con el paraguas encima de la mesa.

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