La crisis del coronavirus

“Al final te gastas más en mascarillas que en leche”

La compra de tapabocas puede suponer de 70 a 115 euros al mes para las familias, un desembolso imposible para las más vulnerables

Mari Paz Maya, en el centro; su nuera, Sheyla Escudero, a la izquierda, y tres de sus nietas junto a su casa, en Usera.
Mari Paz Maya, en el centro; su nuera, Sheyla Escudero, a la izquierda, y tres de sus nietas junto a su casa, en Usera.Samuel Sanchez /

¿Quién no ha llegado tarde a una cita porque ha tenido que volver a por la mascarilla? Esta prenda, obligatoria en España desde mayo, se ha incorporado a la vestimenta con formas y colores variopintos, pero también tiene consecuencias en la economía de los ciudadanos: según un estudio de la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU), la compra de estos accesorios puede suponer de 70 a 115 euros al mes para una familia de cuatro miembros, mientras que la organización Facua lo cifra en unos 100 euros. Este desembolso es imposible en los casos más vulnerables. “Al final te gastas más en mascarillas que en leche”, lamenta María Paz Maya, que vive con ocho familiares en Madrid. Los sindicatos exigen que las empresas se las faciliten a los trabajadores, aunque en algunos casos son los empleados quienes asumen este gasto.

“En septiembre, la factura de la luz tipo ha sido de 59 euros, así que las mascarillas son la nueva factura para las familias”, dice Enrique García, portavoz de la OCU. “El gasto en estos elementos es muy alto, por eso pedimos que el Estado las reparta a las familias vulnerables. En Alemania, dan un bono de 300 euros y en Grecia reparten en los colegios”, añade. Mientras, Facua pide bajar el precio máximo de venta de las mascarillas quirúrgicas (96 céntimos) y que sean gratis para los consumidores vulnerables. La semana pasada, el Gobierno dio 15 millones de piezas a los municipios y a varias ONG, que las destinaron a las familias que más las necesitan, mientras que el Ministerio de Consumo está vigilando que no haya subidas de precio y recomienda las reutilizables, que a la larga son más económicas.

Las cuentas no le salen a Mari Paz Maya, de 50 años. Comparte piso en Usera con su marido, su hijo, su nuera y sus cuatro nietas, de 15, 12, 10 años y un bebé de año y medio. Son nueve para dos habitaciones. Las pequeñas van al cole, lo que supone mínimo dos mascarillas diarias. Consumen una caja de 50 cada dos días. “Es imposible hacerlo como dios manda, sabemos que duran cuatro horas pero la economía no nos deja”, explica Maya. Temen por las niñas e intentan que vayan siempre con protecciones homologadas. “Preferiría no llevar a las niñas al colegio para que no contagien a la pequeña, que tiene la inmunidad baja y es persona de riesgo, pero el centro no nos lo permite”, continúa. La familia de su hijo se mudó con ellos cuando perdió su casa. Ya llevan dos años. Los únicos ingresos que entran en la casa son los 900 euros del sueldo de su marido y el ingreso mínimo vital que cobra su nuera.

Una vecina, Conchi, cuenta que ella hace mascarillas de tela a mano. También tiene cuatro niños en casa y cada uno utiliza un color diferente para no liarse. Cose de sobra para repartir entre las vecinas. Otra amiga, Sole, comenta que lo malo de las de tela es que duran pocos lavados y hay que cambiar el filtro. “Además, en el colegio nos dicen que no son del todo seguras. Al final, la pasta te la tienes que gastar”.

Las ONG han detectado que mucha gente no puede adquirir esta prenda. “Si quienes piden ayudas no tienen para comer, es difícil que puedan comprar mascarillas. Muchas familias nos las piden porque sin ellas sus hijos no pueden ir al colegio”, dice Olga Díaz, de Cruz Roja. La organización ha repartido ya medio millón de ellas entre los más vulnerables. Mientras, Cáritas ha distribuido 3,3 millones, la mayoría donadas por Sanidad.

También pasa a pequeña escala. “En la Casa Vecinal de Tetuán [Madrid] ofrecemos alimentos a quienes les hacen falta, y observamos que muchos de ellos iban sin mascarilla o la llevaban muy usada”, explica Antonio Ortiz, de la asociación vecinal. “Por eso empezamos a repartir las que nos donan, unas las fabrica la gente en casa y otras las compran en farmacias”, apunta.

La mochila, el bocata y la mascarilla

Nuria Hernández, directora del colegio público Valle Inclán de Madrid, notó que algunos niños llevaban mascarillas casi transparentes de tanto lavarlas. Por eso buscaron otra solución. Los filtros de las reutilizables se hacen con una tela que se puede encontrar en las mercerías, así que enseñaron a los padres cómo elaborarlas. Los padres gastan ahora 10 euros al mes. “El colegio reparte además comida, pero los productos sanitarios son tan básicos que nadie cae”, explica Hernández.

Incluso para quien no tiene problemas económicos es un quebradero de cabeza, como se ve al plantear la cuestión en un chat de WhatsApp con varios padres en Madrid. Ahora, a mochila y bocata se añade la mascarilla. “Si eres súper legalista, cada niño debería gastar dos higiénicas desechables al día, que sumado a las horas fuera son unos 27 euros por niño al mes”, dice Teresa, de 46 años y madre tres niños de 12, 11 y 9. Se gastó 130 euros en unas mascarillas de tela que admiten unos 50 lavados. “Tienen seis cada niño. Cada día llevan una puesta al cole, y una en la mochila de repuesto. Así me da para todo el año, ya que cada una se lava una vez a la semana”. Beatriz, de 42 años, tiene dos hijas de 9 y 11 años, pero no se preocupa tanto: “Yo les compro desechables y usan la misma varios días seguidos. Sé que está mal, pero si no es mucho gasto. A quienes se quitan la mascarilla en el colegio para toser los demás les gritan 'coronaviruuuuus”.

Óscar, de 40 años, es padre de un niño de 8. “En nuestro cole han pedido que las mascarillas no sean de tela, así que las compramos en la farmacia. Unos 24 euros al mes”. Victoria, de 44, es madre de dos niños de seis años y la más previsora del grupo: “Hemos gastado unos 420 euros en distintos tipos ―de tela, de poliéster, quirúrgicas de un uso, de tejido con cambio de filtro, KN95―, con las que calculamos que tendremos para el trimestre contando con pérdidas, roturas y lavados. En el colegio nos han pedido que llevemos un kit covid con dos mascarillas, pañuelos, toallitas, gel hidroalcohólico y una bolsita donde guardar la mascarilla cuando se la quitan para comer”.

Otro lugar donde hay que usar siempre mascarilla es en el puesto de trabajo. El real decreto 21/2020 fija que cuando no se pueda garantizar la distancia de 1,5 metros, la empresa deberá proporcionar equipos de protección adecuados, aunque no especifica que sea esta prenda, según señala el Ministerio de Trabajo. “La obligatoriedad del uso de las mascarillas depende de la normativa de las comunidades autónomas. Hay autonomías que lo han fijado como una obligación para las empresas y otras que lo establecen como una obligación de cada persona”, dice un portavoz ministerial. Los sindicatos interpretan que las empresas deben facilitárselas a los trabajadores. “Es una obligación del empresario garantizar la seguridad, por lo que deben proveer de mascarillas a los empleados que las necesiten”, dice Jaime González, técnico de salud laboral de CC OO. “Si alguna empresa no lo cumple, hay que denunciarla ante la inspección de trabajo”, apunta Ana García, secretaria de salud laboral de UGT. El ministerio ha recibido denuncias por este motivo, pero no sabe precisar cuántas.

Hay ejemplos de una cosa y de la contraria. Lola González, de 39 años, trabaja en el Museo Arqueológico Nacional. “Cada día nos dan una mascarilla a todos los empleados y también guantes si alguien lo pide”, dice. El Bar Rodríguez ofrece tapas caseras en el barrio sevillano de San Lorenzo. Uno de sus camareros, Julio Díaz, cuenta que cada uno de los siete trabajadores tiene dos mascarillas de filtro de carbono con el logo de la empresa, que paga el propietario (unos 60 euros al mes). “Intercambiamos mascarillas quirúrgicas con las de tela conforme vamos lavando las otras”, comenta.

En cambio, Fátima Arana, de 58 años, se compra ella misma las mascarillas quirúrgicas que necesita. Usa una por cada servicio de cuatro horas en las cinco casas en las que trabaja como limpiadora y cuidadora en Zaragoza. “Voy a casa de una mujer que fue operada de corazón, no me obliga a llevarla, pero lo hago para protegerla”. Después, por la calle intercala cuatro mascarillas de tela, que regularmente lava y les cambia los filtros. “Cada una me costó alrededor de 10 euros, pero a la larga ahorro más”. Cruz Roja ofrece mascarillas y equipos de protección para personas vulnerables que los necesiten para trabajar y no puedan adquirirlos. Con la precariedad todo es más difícil. Rodeada de sus cuatro nietas, Mari Paz Maya se queja: “Si no morimos del virus vamos a morir de pobres”.

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