Un millón de muertos

Solo recordaremos su nombre

Pese a sumar millones de muertos, otras enfermedades del pasado han desaparecido de la memoria colectiva

Víctimas de la gripe  española de 1918 hacinadas en un hospital de emergencia en Fort Riley, Kansas.
Víctimas de la gripe española de 1918 hacinadas en un hospital de emergencia en Fort Riley, Kansas.AP

Cuando investigaba para escribir El jinete pálido, mi libro sobre la pandemia de gripe de 1918, cada poco tiempo tenía que pellizcarme metafóricamente. ¿De verdad habían desaparecido, al menos, 50 millones de personas en todo el mundo, tal como me decían los científicos e historiadores? ¿Y dónde estaban los homenajes a su memoria? ¿Dónde estaban los panegíricos? ¿Las novelas y las obras de teatro que hablaran de su paso por esta tierra? ¿Por qué, en lugar de gritar sus nombres desde los tejados, casi todos los supervivientes callaron su pérdida, como si no quisieran o no pudieran encontrar las palabras para transmitirla a la posteridad?

Especial: Un millón de muertos

En menos de nueve meses, la pandemia de la covid-19 ha alcanzado una cifra simbólica de fallecidos en el mundo que seguirá creciendo mientras la ciencia no dé con una vacuna eficaz

Ahora que estamos a punto de alcanzar el macabro hito de un millón de fallecimientos confirmados por covid-19 en todo el planeta, surge la pregunta de cómo se recordará esta pandemia en el futuro, si es que se recuerda. Por más que ahora nos parezca impensable, la lección que nos enseña la historia es que caerá en el olvido, y muy pronto. Pocos de los que están hoy vivos recuerdan dos pandemias anteriores —la llamada gripe de Hong-Kong de 1968, que mató aproximadamente a un millón de personas, y la gripe asiática de 1957, que causó entre el doble y el cuádruple de muertes— o, si lo hacen, se guardan sus recuerdos para sí mismos. Y eso que son dos pandemias que están todavía, por usar una expresión pintoresca, “en la memoria reciente”.

¿Será diferente esta pandemia? La experta alemana en memoria Astrid Erll sugirió recientemente esa posibilidad al destacar que la covid-19 tiene un rasgo importante del que careció la gripe de 1918: un archivo que está creándose de manera consciente, mientras la enfermedad continúa moldeando nuestro presente. En este mundo hiperconectado, es posible, si se desea, examinar los datos sobre infecciones y muertes en todo el planeta casi al momento. El constante aluvión de noticias digitales y comentarios en las redes sociales mantiene la enfermedad en el primer plano de nuestra conciencia y nos proporciona la sensación de lo que Erll llama el “carácter planetario” de nuestro Estado. “Es la primera pandemia que estamos viendo a través de Internet”, escribe, “una auténtica prueba para la construcción de la memoria mundial en el nuevo entorno mediático”.

Gracias a este archivo en construcción, al que se añaden los diarios de la pandemia que se ha puesto de moda escribir, la covid-19 puede acabar siendo la experiencia que defina a esta generación. Los investigadores de la memoria hablan de un fenómeno denominado “bulto de reminiscencia”, que consiste en que las personas están más marcadas por los acontecimientos ocurridos en la adolescencia o en la primera edad adulta. En una encuesta de 2016, el Pew Research Center de Washington descubrió que, para los estadounidenses de la generación del baby boom, los momentos históricos que definían sus vidas eran el asesinato de John F. Kennedy y la Guerra de Vietnam, mientras que, para los nacidos después de 1965, eran los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 y la elección del presidente Barack Obama. Es posible que, para quienes nacieron después de 1980, esta pandemia eclipse esos acontecimientos.

No obstante, algunos hechos históricos son más memorables que otros. A estas alturas es difícil saber durante cuánto tiempo y con cuánta intensidad recordarán los jóvenes adultos de hoy la covid-19. Además, ¿qué recordarán exactamente? La construcción de la memoria colectiva y la redacción de la historia se basan siempre en un tira y afloja. De ahí las disputas entre el presidente Donald Trump y el Gobierno chino sobre si calificar el SARS-Cov-2 —el virus causante de la covid-19— de virus “chino” o “estadounidense”. A los observadores esa pelea puede parecerles absurda y mezquina, además de una manipulación de los conocimientos científicos disponibles. Pero los políticos saben que la etiqueta puede ser lo único que recuerden las generaciones futuras sobre la pandemia y que, por tanto, influirá en los futuros acuerdos políticos. El precedente histórico más obvio es la mal llamada gripe española, la pandemia de 1918, solo porque España, que era neutral en la guerra y no tenía censura de prensa, fue el primer país europeo que notificó casos.

A corto y medio plazo, no solo hay que acordar un nombre. ¿Recordarán los jóvenes el agua limpia de los canales de Venecia, los cielos azules sobre Pekín y los debates sobre el hecho de que nuestra forma de utilizar la tierra —la agricultura industrial, la destrucción de los bosques— ha acelerado la aparición de patógenos nuevos? ¿Se mezclarán sus ideas sobre la pandemia con sus ideas sobre el cambio climático para fomentar una nueva solidaridad internacional sobre estas cuestiones? ¿O se obsesionarán con las privaciones del confinamiento, que han evocado para tantos los regímenes totalitarios del pasado, la esclavitud y el racismo?

Es inevitable que la pandemia signifique cosas diferentes para distintas personas, y la manera de adquirir esos significados pone al descubierto la dinámica extraña y no lineal de la conciencia histórica. Sin recuerdos firmes de las pandemias anteriores, nos cuesta imaginar los recuerdos futuros. Pero, cuando estalla una nueva pandemia, revive nuestro interés por las del pasado y hace que adquieran un sentido nuevo. Las barreras entre épocas diferentes se eliminan durante un tiempo y, como dice Erll, unos procesos que se produjeron en periodos muy anteriores del antropoceno —la revolución agraria, hace 12.000 años, y la revolución industrial, hace 250 años— vuelven para atormentarnos en nuestro presente cada vez más acelerado.

Como mínimo, pues, ese hito inminente de un millón de muertes por covid-19 nos ofrece la oportunidad de reflexionar sobre nuestro sitio en este planeta y nuestra relación con la humanidad pasada y futura, antes de que el tiempo y la memoria pasen de nuevo a otra cosa y esta experiencia trascendental se quede reducida a un mero nombre seguramente engañoso.

Laura Spinney (Yorkshire, Reino Unido, 1971) es escritora y periodista, autora de El jinete pálido. 1918: La epidemia que cambió el mundo (Crítica)

Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

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