La crisis del coronavirus

“No debemos olvidar lo que pasó”. Trabajadores esenciales, seis meses después

Repartidores, enfermeras, funerarios, médicos o limpiadores... Diez personas que nunca pararon de trabajar alertan de la relajación ciudadana y piden prudencia ante la segunda ola del virus con el recuerdo de marzo aún presente

De izquierda a derecha, María del Mar Suárez, David Panadero, María Ángeles Moreno, Jorge Luengo, Asunción Montoya y Francisco Mera.
De izquierda a derecha, María del Mar Suárez, David Panadero, María Ángeles Moreno, Jorge Luengo, Asunción Montoya y Francisco Mera.

Los llantos a escondidas, los zapatos en la entrada, lavar la ropa antes de saludar desde lejos a la familia, el olor a lejía... Las historias de los trabajadores de primera línea durante el confinamiento son diferentes, pero similares. El miedo acompañó el día a día de los que no pudieron quedarse en casa cuando el 14 de marzo se decretó el estado de alarma. Seis meses después, septiembre aterra porque suena a “brotes”, a “irresponsabilidad”, a “incertidumbre”. “No debemos olvidar lo que pasó”, repiten. No se consideran ni héroes ni heroínas, pero se expusieron para mantener las ciudades limpias. Estiraron las horas en el hospital para atender a los enfermos, a pesar del colapso. Cuidaron de los mayores y pedalearon por las capitales vacías con la cena caliente en mochilas cuadradas. No están todos, pero estos son 10 de los rostros que le ponen nombre y voz a quienes no pararon cuando el coronavirus lo frenó todo. Y siguen trabajando para que no vuelva a ocurrir.

“Le grabé un vídeo de despedida a mi hijo por si me tocaba a mí. No lo he borrado”

MARÍA ÁNGELES MORENO | 50 años | Enfermera del Samu en Valencia

El mismo día que el Gobierno decretó el estado de alarma, María Ángeles Moreno se imaginó lo peor: “Le grabé un vídeo de despedida a mi hijo por si me tocaba a mí”, explica muy emocionada. “Tenía mucho miedo a morir". En el mensaje le decía que lo quería y “que la mamá había intentado trabajar lo mejor posible, pero que el coronavirus la había pillado”. Afortunadamente, seis meses después su galería está repleta de vídeos nuevos. Pero ese no lo ha borrado. “Tal y como está la cosa...”.

Desde la nueva normalidad, le repite la misma cantinela a su hijo de 16 años: “No te quites la mascarilla, respeta la distancia de seguridad, por favor... Es tan fácil que no entiendo por qué a los jóvenes les cuesta tanto entenderlo”, dice. Esta enfermera del Samu de Valencia ha visto fallecer a sanitarios y “bastantes” colegas suyos se han contagiado. “Eso te espabila”, cuenta. La carga de trabajo sigue siendo fuerte. No pueden permitirse más bajas en el equipo: “Hemos salido adelante porque la sanidad pública ha trabajado como un bloque. Desde el primero hasta el último. No podemos caer más”. Atrás quedan las semanas en las que los compañeros iban al trabajo con la maleta preparada “por si lo cogían”, pero el miedo sigue ahí. Palpable. “A veces miro a mi hijo y pienso en todo lo que estamos pasando y se me escapa un abrazo. Lo agarro por la espalda y lo aprieto muy, muy fuerte”.


“Me da mucho miedo septiembre”

FRANCISCO MERA | 43 años | Médico de familia

Oihane colgó a mediados de marzo un dibujo en la nevera de su familia. Es un arcoíris y unos pájaros de colores con un mensaje: “Papá, tú sabes que io te quiero. Pues si lo sabes, jo no quiero que te mueras”. Tiene seis años y sus padres son sanitarios en plena pandemia. Su madre, Cristina, enfermera y su padre, Francisco Mera, médico de familia en el centro de salud El Pla de Sant Feliu de Llobregat (Barcelona). El 2 de abril, ambos dieron positivo en coronavirus. Pasaron las siguientes semanas encerrados en casa cuidando de la pequeña artista, y del mayor, Unai, de 12 años, operado tres veces del corazón.

Tras unas vacaciones en el cabo de Gata (Almería), el recuerdo de aquello parece lejano, pero sigue presente. El dibujo permanece anclado al frigorífico. “Me da mucho miedo septiembre”, reconoce Mera. Las caras de sus compañeros exhaustos no dejan espacio al olvido. La carga de trabajo ha aumentado con las vacaciones y las bajas. “La crisis ha puesto de manifiesto las fallas de la sanidad pública: los recortes que padecemos desde 2007”, critica. “La nueva normalidad en el mundo sanitario sigue siendo muy precaria”.

“Al principio éramos héroes, ahora nos tratan como a bichos contaminantes”

ASUNCIÓN MONTOYA | 56 años | Repartidora de comida a domicilio

En 2018 empezó a trabajar para la empresa Glovo, pero ni las condiciones ni los ingresos eran suficientes. Ahora, la mochila amarilla comparte espacio con las de Deliveroo, Amazon, Uber Eats y Greenvios. “Las guardo en casa porque no me caben todas en el coche”, explica. Asunción Montoya es venezolana y hace más de tres años que reside en España. La crisis del coronavirus la pilló en el peor momento, recién salida del hospital por neumonía. Sin embargo, se lanzó a las calles de Madrid sin pensarlo. “No había otra”, cuenta. Sus compañeros de reparto, la mayoría inmigrantes como ella, tampoco podían elegir: “Los inmigrantes hemos estado al frente, porque no teníamos otra opción. Al principio éramos héroes pero ahora nos tratan como a bichos contaminantes”, lamenta.

Sus jornadas siguen llegando a las 14 horas diarias. “Nos tienen que escuchar. No se pueden olvidar del papel esencial que hemos cubierto todo este tiempo”, critica. Una vez en casa, cuida de su madre, de 86 años, a la que no besa desde febrero. “Me echo gel hidroalcohólico hasta en la cara. No podría soportar que se contagiara por mi culpa”, dice. El miedo no la abandona. “Y menos ahora con tanto irresponsable”.

“Noto que la gente se ha relajado”

DAVID PANADERO | 37 años | Limpiador de vías urbanas

Unas semanas antes del confinamiento, David Panadero y su esposa, María, supieron que volverían a ser padres. Desde entonces han ido intercalando la alegría de un hijo en camino con la incertidumbre de la pandemia. María ha podido quedarse en casa y disfrutar de un embarazo “por ahora tranquilo” y de horas y horas con Ariadna, de tres años, la futura hermana mayor. Panadero ha estado en primera línea: es limpiador de vías urbanas en el municipio madrileño de Rivas Vaciamadrid. “Durante el confinamiento sentía más incertidumbre pero la gente era más responsable. Ahora noto que la gente se ha relajado. Es cada vez más recurrente ver las mascarillas mal puestas o en el codo”. No quiere generalizar pero la irresponsabilidad le quema. “Nos jugamos tanto…”.

A pesar de la merma de la plantilla y del caos de adaptarse a cambios continuos en los protocolos, se sabe afortunado: “Se reajustaron los turnos y nunca faltaron equipos de protección y ahora tampoco nos falta de nada”. Pero no baja la guardia y su cabeza está actualmente en el permiso retribuido que estudia el Gobierno para cuidar de los hijos que tengan que cumplir cuarentena: “Ariadna acaba de empezar el cole y estamos muy escépticos”.

“No sé cómo afrontaremos esta segunda ola. Estamos agotados”

MARÍA CRUZ MARTÍN | 54 años | Jefa de servicio de medicina intensiva

A María Cruz Martín las vacaciones se le pasaron “volando”. Y no pudo evitar estar pendiente del Hospital Universitario de Torrejón de Ardoz (Madrid), donde trabaja como jefa de servicio de medicina intensiva y donde la UCI ya ronda el 80% de su capacidad. “Afortunadamente, el escenario es diferente al de marzo, cuando llegamos a superar el 300% de las unidades iniciales, pero no nos podemos confiar”. Se reconoce cansada y sabe que su equipo también lo está. “No sé cómo vamos a afrontar esta segunda ola. Estamos agotados”.

La situación ha cambiado y el perfil del paciente ingresado también. “Nos preocupa mucho que sean cada vez más jóvenes, pero ahora tenemos protocolos mucho más estudiados y más experiencia”, asegura. Personalmente, todo es más complicado. Su madre vive en una residencia y hace un mes y medio que no la puede ver: “Estuvo muy enferma hace unos meses y no pude viajar para cuidarla”.

“Nadie nos cuida a nosotras”

CONCHA REAL | 60 años | Auxiliar de atención sociosanitaria en domicilio

“La nueva normalidad nunca existió para nosotras”, explica Concha Real, auxiliar sociosanitaria en Getafe (Madrid). “Seguimos peleándonos con la empresa para que nos den el material de protección. Ahora no hay excusas”. Recibe 10 mascarillas quirúrgicas al mes cuando necesitaría al menos una FFP2 semanal. No se explica cómo es posible. “¿No hemos aprendido nada?”, se cuestiona una y otra vez. El riesgo es mucho mayor en las casas de los usuarios a los que atiende ahora que se permite el movimiento. “Nosotras vamos con guantes, pantalla, mascarillas y batas a casas en las que la gente va a su bola. Nadie nos cuida a nosotras”, critica.

Hace unos meses, el peso de la pandemia se cristalizaba día tras día en las duchas al llegar a casa. El agobio y la impotencia se abrían paso en esos 10 minutos de baño donde lloraba sin parar. Ahora siente rabia. “Nos negamos a ser invisibles. Somos muchas”, lamenta. Ella es una de las 120.000 auxiliares sociosanitarias en España y la portavoz de la Plataforma Unitaria de Auxiliares de Ayuda a Domicilio. “Estamos a un tris de explotar”, sentencia con la mirada puesta en la ventana de su salón.

“Estamos preparando material por si la segunda ola es igual de fuerte”

ISABEL ORTEGA | 49 años | Gerente de una funeraria

Los servicios funerarios nunca han sido un trabajo fácil, pero la crisis del coronavirus lo empeoró todo. En Ortega Servicios Funerarios, un negocio familiar de siete trabajadores, estos han sido meses de altibajos y de un volumen de trabajo que poco a poco vuelve a la normalidad. Isabel Ortega, gerente de la empresa, asegura que todo parece estar más calmado: “Hace días que no tenemos un fallecido de covid, antes eran prácticamente todos los que entraban”. Pero no se confía: “Estamos preparando material por si la segunda ola es igual de fuerte. No nos puede pillar desprevenidos”, cuenta.

Dice que no vive con miedo, pero piensa a menudo en los que no pudieron dar un último adiós: “El cierre del duelo, aunque sea a posteriori, es muy necesario después de todo por lo que han pasado los familiares”. Por ello planea celebrar una ceremonia en homenaje a las víctimas “cuando todo esto acabe”: “Cuando no haya aforo y podamos vernos las caras sin mascarillas. Cuando lo venzamos”.

“Es muy común ver a gente discutiendo en el súper porque alguien no lleva mascarilla”

JORGE LUENGO | 28 años | Reponedor de supermercado

La casa de Jorge Luengo está llena de botes de gel hidroalcóholico. Uno en el salón, otro en la entrada y decenas de recipientes pequeños “aquí y allá”. Lleva cuatro años trabajando de reponedor en un supermercado y nada se compara con estos meses: “Lo peor ha sido la incertidumbre de los primeros días”, cuenta acariciando a su perro. Cree que la gente se ha relajado un poco. A veces en exceso. “Es muy común ver a gente discutiendo en el súper porque alguien no lleva mascarilla o porque la llevan muy mal puesta”, dice. “Imagino que se debe a que ninguno de esos ha perdido a alguien cercano por coronavirus”.

“Exigimos tener acceso a test rápidos”

VIOLETA RALLO | 37 años | Farmacéutica

Violeta Rallo utilizó la misma mascarilla los 29 primeros días de pandemia. “Estuvimos desprotegidos y olvidados”, lamenta esta farmacéutica desde el local en el que trabaja en Valencia. Ahora no falta el material y los trabajadores están “más rodados”, pero exige “acceso a test rápidos”: “Trabajamos frente a frente con pacientes y quieras o no asumes mayor riesgo. Porque si tienen tos viene a ti, si tienen dolor de garganta también... Nadie puede permitirse más bajas laborales".

Para Rallo, hace falta de un canal de comunicación entre centros de salud y farmacias. “Es fundamental. Esto podría solucionar muchos problemillas de los pacientes que acuden a nosotros”, cuenta. Los ingresos de algunos compañeros, los eccemas en la piel del uso continuo de gel alcohólico y la exposición constante han provocado un “estrés permanente” en la plantilla que aún no cesa. Confía en que las cosas se calmen. Mientras, hacen acopio de material “como pueden” de cara a los próximos contagios.

“Esperamos no tener un nuevo colapso”

MARÍA DEL MAR SUÁREZ | 26 años | Enfermera de Urgencias

María del Mar Suárez intenta ser prudente sin obsesionarse. No se despega de la mascarilla, queda con las mismas personas sin ampliar a nuevos círculos y respeta las distancias. Pero no se quita de la cabeza que puede ser un vector de contagio dada su profesión como enfermera de Urgencias en el Hospital Clínico San Carlos (Madrid). Tampoco olvida lo vivido hace seis meses. “Parecía otro mundo. Hemos visto morir a gente que en otras circunstancias habrían tenido acceso a cuidados intensivos. Gente de la edad de mis padres”, recuerda con un hilo de voz. Solo espera que la historia no se repita: “Estamos expectantes, esperando no tener un nuevo colapso sanitario”.

“En el trabajo ha habido un cambio radical y algunos pacientes vuelven a usar las Urgencias de manera inadecuada”, critica. A Suárez estos días el término “héroes” le chirría más que nunca. Agradece el afecto de la gente, pero “eso no cambia la situación actual del sistema sanitario”: “La ratio de pacientes por enfermera, la precariedad de los contratos, la falta de presupuestos... Estamos en un sistema que no cuida a quien se dedica a cuidar”.

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